jueves, 28 de octubre de 2021

Para niños exploradores y amantes de la naturaleza

 

Errata Naturae, además de su apuesta literaria exigente y heteróclita, presenta últimamente una línea infantil, Pequeños salvajes, que combina a la perfección cualidades diversas que los padres más exigentes desearán para sus hijos: un buen contenido, en una edición atractiva a la par que sostenible y una buena dosis de diversión y entretenimiento.

 “¡EY! Esta es mi casa”,escrito por Blanca Lacasa e ilustrado por Gómez, hará las delicias de los más pequeños de la casa, por lo divertido e imaginativo de las ilustraciones, y también saciará el afán de conocimiento de los no tan pequeños, por la información que condensa sobre los diversos habitáculos donde pueden vivir los animales. En sus páginas hallaremos ilustraciones fantásticas e imaginativas mostrándonos auténticas ciudades subterráneas de hormigas, termitas, mejillones o piojos, donde se incluyen habitáculos como piscinas, bibliotecas, sala de bebés… Hay detalles especialmente cómicos como la ciudad de los conejos, donde predominan las zanahorias en todas sus figuraciones, o el hecho de que los osos necesiten expulsar un tapón fecal después de la hibernación,  En realidad la apuesta original del libro es esta: la de presentar animales con elementos antropomórficos y así ayudar a la mente de los niños a visualizarse a sí mismos con relación a su manera de habitar el espacio. Los animales son como niños y los niños son un poco animales, o de hecho todos los humanos, ¿o no? Y los niños pueden aprender de las mejores cualidades de los animales, como el hecho de que los orangutanes se hagan la “cama” todos los días desde pequeños, o que las termitas se preocupen por airear sus espacios. También podrán dejar volar su imaginación y sentir que son gigantes que necesitan apoyar su bebida en mesas del tamaño de edificios enteros.

Por otro lado, “La vida en el océano” de Julia Rothman (de quien Errata ya publicó anteriormente los fabulosos “Cuaderno de naturaleza” y “La vida en el campo”) más que un libro para leer de un tirón se trata de un manual para aprender sobre la vida que se halla dentro del mar, y todas las curiosidades posibles del mundo marino. Un libro que encantará a niños de siete años en adelante, y que puede acompañar también a los adultos en viajes sin fin. Las ilustraciones son sencillamente fascinantes, y acompañan perfectamente al texto (no es casual que la misma autora sea a la vez la ilustradora) convirtiendo el texto en una auténtica caja de Pandora, una enciclopedia casi tan infinita como llamativa se abra por donde se abra. El libro invitará a niños y adultos a adentrarse en el conocimiento de los océanos, los glaciares, los peces de todo tamaño, la vida natural que se encuentra en las playas o en el fondo del mar. Encontraremos incluso retratada la relación del hombre con el mar: diferentes tipos de pesca, de faros, personalidades que han estudiado o explorado los océano. Y, cómo no, el libro se cierra con una invitación a una actitud responsable de los niños hacia el medio ambiente para frenar el cambio climático. Como curiosidad, Rothman explica que se decidió a embarcarse en este ambicioso proyecto de la vida en el océano a resultas de las cartas recibidas por niños de todo el mundo que, admirados por sus anteriores libros, le pedían un nuevo libro centrado en el mar.

En definitiva, la línea infantil de Errata sigue de cerca el ideario de Errata, puesto que reivindica de forma ejemplar el encanto del mundo natural y a la vez trata de valores fundamentales, como la autenticidad del ser, el respeto a la naturaleza, la capacidad innata imaginativa de los niños, etcétera. No en vano Errata tiene también la colección “Libros salvajes”, donde ha publicado entre muchos otros numerosos libros de Henry Thoreau.

 Padres que deseen educar a sus niños en la lectura más allá de los cánones de Disney o del Youtube, prueben con estos libros. Eso sí, deberán compaginarlos necesariamente con excursiones al aire libre y la exploración de la naturaleza fuera del ritmo que marcan los relojes.

“¡EY! Esta es mi casa”. Blanca Lacasa & Gómez. Errata Naturae.

 “La vida en el océano”. Secretos y curiosidades del mundo marino. Julia Rothman. Errata Naturae.

Errata Naturae. 206 páginas.

* Esta reseña apareció en el Heraldo el 28 de octubre de 2021.

martes, 21 de septiembre de 2021

El deseo de la obra

¿Qué resulta fundamental en la trayectoria de un artista hacia la culminación de su obra? ¿Qué peso tiene un encuentro o la búsqueda interior? A estas preguntas parecen obedecer Un amor al alba e Historia de una novela, ambas de ediciones Periférica. Por un lado, Un amor al alba es una obra de semificción donde la protagonista-investigadora da un salto en el tiempo para averiguar qué sucedió entre la poeta Anna Ajmátova y el artista Amedeo Modigliani en París. Este encuentro fue doble, el primero en 1910, mientras Ajmátova descubría por primera vez la ciudad, de la mano de su marido, en decepcionante viaje de novios; el segundo en 1911, con una Ajmátova ya independizada. Durante estas páginas transcurren las elucubraciones y percepciones de Élisabeth Barillé en pos de su historia. Pero también desfilan la historia de la Rusia de principios de siglo, la búsqueda de la belleza y la libertad de Ajmátova, «una mujer sedienta de absoluto, una lanzadora de bombas»; su progresivo acercamiento a la emancipación creadora. También describe el París meca de artistas bohemios, y la vocación ineludible de Modigliani, su solemnidad y su entrega absoluta a la obra; «él busca el rayo que despierta, la luz que fulmina». Ambos seres debían confluir en un mismo impulso creador, más allá de sus circunstancias, a pesar del hiato epistolar, mientras él veía el rostro de ella en cada piedra. En su reencuentro, la conversación hierve de mutua admiración e inspiración. Ninguno todavía ha visto su arte reconocido, pero el arte de uno irradia al otro como vasos comunicantes. La prosa de Brouiĺlé es sinuosa y evanescente: pasa de la supuesta conciencia de uno al otro, de los testimonios reales que han dejado algunas cartas y escritos a la pura imaginación. Al final poco importa lo que dijeron, ni saber si hubo encuentro físico alguno. Puesto que realmente se trata mucho más que de una historia de amor: el tema es el deseo de creación: el deseo de la autora que persigue las sombras que van a llevarle a existencias apasionantes; y también el de ambos artistas a la zaga de su creación, siguiendo a la vez el rastro de una pasión solo insinuada, solo rozada con la punta de los dedos pero que puede suponer un instante de gracia. Thomas Wolfe nos lleva en cambio por otra deriva: el de la obra como culminación de un camino individual: un destino que se va adelgazando a sí mismo, para después dejarse penetrar por un torrente interior, una plenitud desordenada, que conduce al caos y a la obra. En Historia de una novela, publicado por primera vez en 1936, cuenta en primera persona los avatares que supuso la preparación de su segunda novela Del tiempo y el río (1935), después del éxito de la primera. Y lo que debería ser un proceso relativamente sencillo acaba convirtiéndose en una aventura existencial del más hondo calado, donde todo se pone en juego, donde debe aislarse de todo estímulo y a la vez absorber la multiplicidad de estímulos de la existencia, inclusive la totalidad del alma americana, país cuya voz oirá con más nitidez desde su exilio y aislamiento en Europa. Para culminar su creación, deberá fagocitar todo lo anterior. Se atravesarán marismas, dudas, torturas acrecentadas por la soledad y la obra inacabada. Pero aquí el papel del editor será fundamental para inyectar confianza en el escritor y lograr ayudarle a acceder al espacio textual necesario. Lo más impactante del libro de Wolfe es la forma sencilla y apasionada con la que es capaz de transmitirnos su experiencia creativa, su proceso hasta encontrar su modus vivendi de escritor. El autor se halla atrapado por «aquel deseo insaciable y furioso», por esa «célula flamígera en mi cerebro» que no podría aplacar ninguna sustancia ni persona; ninguna tranquilidad hallaría hasta que habría completado la obra. Y, a lo largo de este camino, por fin entiende de verdad qué supone «asumir la vida de un escritor». En definitiva, dos lecturas arrolladoras, especialmente para aquellos tocados por el fuego de la creación artística. * Este texto apareció en la Revista de Letras el 15 de septiembre de 2021.

viernes, 20 de agosto de 2021

Perderse en el viaje lector: Franco Chiaravalloti y Maria Judithe de Carvalho

 


Siempre he sido una pésima lectora de relatos. Sí, ya sé que requieren de grandes dosis de habilidad técnica, intuición y gracia. Y sí, reconozco la maestría de “cuentistas” como Chejov, Carver, Munro o Lispector. Pero, pese a todo ello, me suele tentar demasiado la necesidad de impregnarme de un universo narrativo complejo, que esa historia me acompañe durante un tiempo más extenso, y a menudo dejo los libros de relatos a medias mientras leo novelas o los leo de modo muy interrumpido, de modo que pierdo la melodía que los cohesiona. Sin embargo, este verano he tenido dos experiencias de lectura de relatos tan satisfactorias, que me han hecho sobrevolar más allá de mis limitaciones lectoras. Se trata de dos escritores y dos libros que aparentemente nada tienen que ver entre sí: el libro del argentino Franco Chiaravalloti afincado en Barcelona, Insular, publicado recientemente en Tres Hermanas (2020), y el libro de la portuguesa Maria Judite de Carvalho Tanta gente, Mariana, escrito originalmente en 1959 y que ahora publica en castellano Errata naturae (2021) en traducción de Regina López Muñoz.

Respecto a Insular, tuve la suerte de acudir al acto de presentación que tuvo lugar en Barcelona a principios de verano, en un momento pletórico de vuelta a la semi normalidad en la librería Byron, con Pablo Martín Sánchez de maestro de ceremonias. Ahí tuve claro que este libro era mucho más que una novedad cuya huella tenía curiosidad por seguir. Se trataba sin duda de un libro refrescante, un viaje no solo por todo el mundo sino también por todo tipo de personalidades y culturas. Chiaravalloti ya había hecho gala en su libro anterior, Esos de ahí fuera, de dos cualidades a mi juicio muy valiosas en un cuentista: la primera, su sorprendente capacidad de situarse en la piel ajena, inmiscuyéndose por igual en personajes femeninos, masculinos, de diferentes condiciones y situaciones, y logrando siempre interesarnos por ello; la segunda, su precisión lingüística, su minucioso trabajo de escultor literario, que posibilita que el lector perciba en la lectura de cada relato que se ha dicho exactamente aquello que tenía
que decirse, sin detalles explicativos enojosos, sin elusiones demasiado pretenciosas: el lector sigue la historia, se le permite identificarse parcialmente con el personaje, y a la vez queda en el relato una zona de sombra perfecta para que el relato siga resonando una vez acabado el mismo. Ambas cualidades, que ya sobresalían entonces, se han agigantado todavía más en Insular. Aquí Franco acomete el exigente reto de situarse en historias pertenecientes a todos los continentes y culturas, algunos de ellos realmente exóticos y excéntricos. Como nos diría en la presentación, en muchos de dichos lugares sí que ha estado personalmente y en otros no. Pero mientras leemos los relatos, no nos importará conocer la implicación exacta del autor con el país. Los relatos están tan suficientemente bien construidos y documentados que valen por sí mismos como un constructo aparte. Se leen con apasionamiento, con el deseo de continuar cada viaje y después de pasar al siguiente. Nos sorprenderemos con la frialdad de la estudiante argentina afincada en Japón que se ha vuelto hipercompetitiva, con la fascinante historia del país insular Tuvalu, siempre bajo la amenaza de desaparecer por la marea. Nos estremeceremos con la muchacha iraní de Meymand y el modo sutilísimo con que se expresa su pasión por el viajero, o con el viaje terrible de una madre y una hija huyendo de un destino
aciago por Malabo, Guinea Ecuatorial. No podremos tampoco dejar de hipnotizarnos por el relato de la exploración en el polo Ártico o los confines desabridos de la isla Tristan da Cunha, isla en pleno océano atlántico dominada por la lejanía de todo. Chiaravalloti nos presenta lugares extraños, liminares, personajes que traspasan un límite, que salen más allá de la normalidad hasta un punto donde no sabemos si van a encontrarse o a perderse definitivamente. Aunque las historias sean muy distantes entre sí, pasaremos con avidez de unas a otras, compartiendo en cada una de ellas esa “tentación por la lejanía”, por lo desconocido, que tanto parece seducir al mismo autor.

En cambio el libro de Maria Judite de Carvalho, dama semi desconocida de las letras lusas, escritora, periodista, cosmopolita, galardonada varias veces en Portugal, pero cuya voz aquí apenas había llegado, sorprende por el modo como cualquier viaje es abortado, cerrado de pies a cabeza. Sin duda la autora en Tanta gente, Mariana, que se compone de una nouvelle con el mismo título y siete relatos breves, deseaba denunciar la situación de la mujer en el Portugal tradicional de los años cincuenta-sesenta, la dificultad de salir más allá de sus condicionamientos y de las convenciones sociales, hecho que podía condenar a tantas mujeres a Regentas “post la lettre”, insatisfechas de por vida. Sin embargo, los destinos de los personajes de Carvalho no son previsibles y sí del todo variados. En común con Chiaravalloti observaremos la capacidad de empatía que se produce por igual con una mujer soltera y sin hijos, con otra que presiente va a ser abandonada por su marido o con un hombre cuya vida ha sido consumida por la abulia y la desesperanza. De hecho sus relatos beben del substrato de una melancolía de fondo, un tono fatalista muy portugués y que nos retrotrae a Pessoa y a las letras de los mejores fados. Sin embargo, en Carvalho, como en Chiaravalotti, predomina la multiplicación en diversas máscaras, y cierto distanciamiento de los personajes, por más que su destino se nos acerque en primera instancia, desembocando en la ironía trágica. La autora recoge diversas situaciones para disponer una lupa gigantesca y presenciar sus más terribles paisajes interiores, sus esperanzas más disparatadas, todo ello con una prosa delicada y contenida. Poco después, cuando el lector ya ha empatizado con los rincones más sombríos del personaje, aleja la lupa de dichas perspectivas para terminar con toda crueldad de un zapatazo con el personaje en cuestión. Todo en Maria Judithe Carvalho es sutileza aunada a humor negro, crueldad, en unos relatos tan inteligentes y bien construidos como los de Franco, de modo que cuando empezamos uno nos familiarizamos con su universo, su música, como si el libro de relatos fuera en realidad una misma novela, un mismo viaje literario a la fatalidad desde varias perspectivas y con un lazo de compasión y cinismo que los aúna a todos. Al acabar los relatos, desearemos fundirnos en una misma aura de nostalgia y fatalidad, asumiremos la abolición de todos los planes y deseos, pero al mismo tiempo nos sonreiremos por el modo como Maria Judithe de Carvalho nos ha hecho sobrevolar por encima de todo ello,para aceptarlo y a continuación dejarlo atrás.

Ahora que se avecina septiembre, ese momento del año donde uno desearía viajar a cualquier sitio y a ninguno a la vez, donde puede uno perderse aunque sea mentalmente mientras enfoca los meses por venir, puede ser una buena ocasión de leer tanto a Chiaravallotti como a De Carvalho.

* Este texto apareció en la revista Kopek Perderse en el viaje lector: Franco Chiaravalloti y Maria Judithe de Carvalho | Kopek (revistakopek.com)

domingo, 4 de julio de 2021

Fernández Mallo: una mirada exótica a la contemporaneidad






El ensayo de Fernández Mallo ‘La mirada imposible’, publicado deliciosamente por WunderKammer, nos seduce desde el principio con su tono narrativo y apelativo, con sus probaturas de forma y de contenido, a la zaga de conexiones peculiares de pensamiento, de motivos y analogías para describir al hombre contemporáneo.

Así, como reza la primera parte, se pregunta por qué «somos seres tropicales», cómo nos adaptamos a las diversas circunstancias, cómo deseamos siempre lo ajeno para constituirnos : necesitamos del arte de la imitación, la representación, el arte del escenario. Eso lo relaciona con potentes imágenes, como Petrarca y el alpinismo. Cuando Petrarca describía su ascensión a los Alpes hacía de ello una anécdota épica. Si escalaba era para luego contarlo, representarlo. Somos seres tropicales, somos seres que necesitamos de un escenario para disfrazarnos, para vendernos. Somos seres también que necesitamos atravesar la quinta pared, hallar un lugar donde escondernos y allí confundir los parámetros entre realidad y ficción. Y en verdad «es en el travestismo donde emerge nuestro más secreto yo»: nuestro disfraz, nuestra máscara, pues, es lo que nos define.

En la segunda parte «Mirar y ser mirados», Mallo describe cómo en la era de la identidad digital la identidad se conforma a través de un haz de identidades que no controlamos, en el magma de la red. Y describe como «mirada imposible» la que trata de captar en su totalidad la realidad; la ausente mirada de Dios, la de una película de David Lynch. Igual de imposible resulta la «identidad autocreada», una falacia, ya que nuestra identidad carece de centro y en realidad no depende de nosotros sino que la construyen «los otros».

Otra de las analogías que realiza es la de la oscuridad y la luz. Y a nivel simbólico establece puentes entre esa experiencia y la del hogar. En la oscuridad de lo indefinido, de nuestra propia imagen, de nuestros propios órganos internos, esto es, nuestro ser más íntimo, necesitamos ser mirados, como demuestra la mirilla de las casas, y necesitamos también dar un punto de salida de la oscuridad corporal, como quedaría representado por el agujero del inodoro. Esas analogías salvajes y únicas nos llevan de sorpresa en sorpresa hasta el desarrollo final del ensayo, donde hace equiparar la oscuridad a la oralidad, que se pierde en la noche de los tiempos, y la escritura a la luz.

Así, en el magma de la identidad contemporánea, donde somos seres tropicales, inquietos, movibles, deseosos de ficción, perdidos en la vida virtual, que no sabemos por dónde ni desde dónde mirar ni mirarnos, al final podemos hallar un resquicio de esperanza en la escritura como portadora de sentido. Un ensayo, pues, bizarro, original, muy tropical en sí mismo, que podría comenzar a leerse con la camisa hawaiana puesta, en un tránsito nómada o en una playa de invierno, a deshora, y que se acabaría con aire meditativo, desde el escritorio de casa, mirando y mirándose uno junto a una taza de café.

Este artículo apareció en el Heraldo de Aragón el 23 de junio de 2021.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Un poema para el despertar


 

Ya es hora, ya.
por fin es hora.

Ya es hora de que la luz
entorne sus párpados
y nos manche de carmín terroso.

Es hora de mirar
directamente hacia las nubes
es hora de andar hasta quedarse sin aliento
es hora de respirar es hora de suspirar, es hora de completar.

Hemos esperado tanto este momento.
Aunque este momento quede
perpetuamente en suspenso.


Es hora de decirnos
que es inútil seguir aguardando
pero al menos hay algo que sabemos con certeza:
que aquí estamos, en cuerpo, sin escaparnos.


Quiero emborracharme de mis propios pasos.
descuajeringnando brújulas
aplastando el corazón que palpita en la batería
de todos los aparatos.


Es hora de andar, de andar, de andar sin más
es hora de alzar la voz
es hora de articular la voz
es hora de huir, es hora de correr,
es hora de volver,
es hora de adentrarse en el bosque
es hora de desaparecer
es hora de decir basta
es hora de decir sí,
ya,
es hora de perderse en el atardecer
buscar el camino más alto
buscar lo difícil
es hora de sudar
hora de emprender un riesgo
mínimo, ínfimo, tal vez ridículo
pero riesgo al fin y al cabo
es hora de maquillar las dudas
hora de subrayar las anisas
de prohibirse enternecerse
con todo aquello que un día nos hizo llorar
es hora de romper las hogueras
de maldecir los espejos
de agarrarse con las uñas
al otro lado de nuestro reflejo
es hora de gritar basta, de gritar no,
es hora de hacerse joven
tan joven como nuestras esperanzas antiguas
minúsculas
es hora de regresar al silencio, a la nada,
de bajar las guardias, las banderas
es hora de decirse que ya no es hora
es hora de decir que a quién le importa la hora.

Es hora es deshora, qué más da lo que es,
pero aquí estamos.

Es hora de levar las anclas, de arrancar el timón
es hora de murmurar te quiero, es hora del silencio,
es hora de romper las listas de rencores, hora de reiniciar, hora de tirar los bártulos de nuestra memoria,
porque ahora es hora
de tanto
es hora de atreverse a nuevos caminos, es hora de meterse bajo las alcantarillas,
bajo los puentes, las autopistas,
es hora de apreciar lo feo, de rascar los piojos del cansancio,
es hora de la risa, porque hoy es hoy sin lugar a dudas
porque hoy se abren las grietas las grietas de los ojos, de la piel
porque hoy queremos cánticos, queremos ser uno con el pájaro, ser uno con los gusanos,
ser uno con los niños de los barrenderos, con los perros de las peluqueros,
queremos ser uno con los coches destartalados, con los motoristas que encontramos por caminos deshabitados, y no tenemos miedo
ni siquiera tenemos miedo al desvarío

Hoy es el día y es la hora y es el mes y el minuto
donde Laura ha venido a nuestro encuentro
o donde más bien Laura nos ha asegurado
que nunca vendrá a nuestro encuentro
que qué narices estamos esperando
el día y la hora y el mes y el año
en que supimos que no había que esperar
nunca y definitivamente
y aquí se abría
la hendidura infinita
una pura

crisálida.


jueves, 15 de abril de 2021

"Clima", de Jenny Offill

 

Después de ‘Departamento de especulaciones’, ya sabíamos que Offill no es una escritora convencional, que nos ofrezca una trama lineal al uso. Pero es justamente en su fragmentarismo, sus bruscos virajes de escena y planteamiento como nos acerca a una melodía muy cercana a nuestro mundo, complejo y lleno de interrupciones. Y ‘Clima’ se lee con especial alegría y sentido del humor. En esta obra podremos conocer personajes tan mediocres como lúcidos, tan desesperados y a la vez resignados a la imperfección como nosotros mismos.

Lizzie Benson es la protagonista, con un destino fracasado, de gris bibliotecaria, y una cotidianeidad con los trasiegos propios de su imperfecta maternidad y su corriente vida conyugal. Pero van a aparecer dos elementos desestabilizadores: uno de entusiasmo ciego y otro de destrucción pura. Por un lado, su amiga y antigua profesora, la única persona auténticamente convencida de su valía intelectual, le incita a ejercer de ayudante, debido a su ingente trabajo como comunicadora en un programa sobre cambio climático, que está atrayendo figuras de lo más excéntrico, hasta tal punto que no puede atender al correo. A Lizzie le tocará, pues, acceder a conciencias distorsionadas y afectadas por la idea del fin del mundo, con figuras tan opuestas como jóvenes ecologistas radicales o cristianos acérrimos que buscan el sostenimiento de la civilización cristiana. El juego intertextual aquí entre correos electrónicos, conferencias, pensamientos de la protagonista resulta tan irrisorio como escalofriante. Al mismo tiempo, el hermano de la protagonista, Herny, aquejado de adicción a la droga, y al que ella siempre parece haber cuidado, encuentra un renacimiento, a través de un positivo noviazgo (con una joven ecologista y emprendedora), que le acaba llevando inclusive al matrimonio y la paternidad. Pero todo ello acaba desembocando en el caos y el fracaso, puesto que el hermano recae, su mundo se desmorona, y con él su hermana. Ello se ve contrapuntado mediante el crescendo social que viven los Estados Unidos por la proximidad de las nuevas elecciones y la posibilidad del derroque definitivo de Trump; que al final no se produce, cuestión que trastoca los ánimos de la familia Benson y hunde a la exitosa oradora en un descrédito por el futuro tan absoluto como fue antes su entusiasmo.

 La novela nos sumerge, pues, en un estado de ánimo lleno de ironía, de zozobra y de ternura. Las posibilidades de dicha y amor aparecen aquí como leves destellos en la oscuridad, destellos ciertos pero a los que uno no puede aferrarse en actitud de excesiva inocencia. Los tiempos son oscuros, la amenaza apocalíptica nos zarandea desde tierras americanas y se extiende por todo el globo. Pero Offill, con sus frases nerviosas, su frescura, su sarcasmo, consigue poner en contacto las existencias individuales del lector y volver la lectura, la vivencia, una experiencia compartida: una existencia tumultuosa pero no exenta de esperanza.

  

Jenny Offill, Clima, Libros del Asteroide, 194 páginas. (Traducción, Eduardo Jordá)



 

sábado, 10 de abril de 2021

Pandemia y escritura: un pícnic, intentando que nadie se ahogue


                                                        Foto:  Flickr: puesta de sol de Mataró (arturdebat)

Si algo tiene esta época  es la extraña mezcla entre soledad e hipercomunicación. Nos piden que trabajemos en casa. Nos piden que nos quedemos en nuestra burbuja.  Muchos (afortunados) lo hacemos, acatamos todas las medidas y hacemos de tripas corazón. Pero somos seres sociables y echamos de menos quedar con nuestros amigos, con nuestros padres, sin calcular distancias y horarios, sin estar siempre pasando la vida por el tamiz de lo adecuado o lo responsable. Acaba siendo agotador este autocontrol, esta constante rebaja de lo pletórico, lo espontáneo,  lo hedonista. Por otro lado, no nos resignamos a ello y persistimos en comunicarnos por whatsapp, por Twitter, por teléfono, por correo. Mantenemos algunas amistades cotidianas que nos importan. Todavía creamos nuevas conexiones con desconocidos, o descubrimos que algunos conocidos en la distancia se vuelven compañías inseparables. Pero estamos tan mediatizados por las pantallas que a veces quisiéramos romperlas, pasar al otro lado de ellas, como Alicia en el espejo, y descubrir un mundo lleno de parámetros inesperados e imprevistos.

Por otro lado, si la soledad fuera tal y buscada, si la soledad fuera plena, si no tuviéramos que hiperconectarnos, podríamos dedicarla a una vida mucho más armoniosa como a veces deseamos: perdernos en la naturaleza, dedicarnos a cultivar manzanas y leer bajo el sol, mientras nuestros hijos se dedican a recolectar hormigas. Escribir largos ensayos sobre la existencia, encontrar la armonía definitiva de todos nuestros pasos, construir la casa de nuestros sueños. En fin, una vida idílica. Pero no hay posibilidad de vida idílica en plena pandemia. En una vida con pandemia, por mucho que queramos buscar la parte buena en todo, aceptar la nueva normalidad... Nada es normal y nada es más difícil que encontrar la armonía  mientras convivimos con las dificultades que la pandemia crea. En el mejor de los casos, y si no caemos enfermos, teóricamente disponemos de más tiempo,  pero igualmente es tiempo interrumpido, por las exigencias de la vida doméstica, por el teletrabajo, que fácilmente invade gran parte del día; porque nuestra mente ya se ha acostumbrado a la perpetua interrupción;  necesitamos saber de los otros, sentirnos animales en un mismo destino. Y por eso es imposible vivir idílicamente la pandemia, porque es una contradicción irresoluble. 

Hace tiempo que quería escribir sobre esto, sobre la armonía, o sobre la falta de ella, o la búsqueda de ella, según el día, pero en realidad mi vida está tan interrumpida que me es muy difícil encontrar el tiempo para escribir, la claridad mental para escribir, mucho más que cuando hacía muchas actividades exteriores y mi mente disponía de un orden claro, de un engranaje de funcionamiento que se activaba de modo diverso en relación a unas franjas delimitadas en el espacio y el tiempo.

Y, en fin, esta semana ha habido dos elementos que me han parecido una clave para intentar  escribir algo con sentido: por un lado, la vacuna, el hecho de vacunarme al fin. Por otro lado, la lectura de Jenny Offil, Clima.

El miércoles por la tarde, fui a vacunarme al CAP de Mataró de AstraZeneca. Después de meses de esperar a que me avisaran (nunca me avisaron), de pedir yo cita y luego me la cancelaran por las dudas sobre la vacuna, después de esperar a que me volvieran a avisar (nunca me volvieron a avisar), de pedir yo cita de nuevo, esperar hasta última hora a ver si la cancelaban, ir al CAP a mi hora, esperar a que me llamaran (nunca me llamaron), vacunarme la última del turno y a desgana de las enfermeras... Todo parecía indicar que el evento iba a ser del todo esperpéntico y kafkiano y podía arrepentirme luego de ello. (De hecho, llegar a casa y anunciarse la detención definitiva de la vacuna para mi franja de edad fue casi inmediato.)

Sin embargo, algo me sucedió al salir de la vacuna. Estaba dolorida, y aterrada, lo que reconozco. Tenía miedo a lo desconocido, a qué podría pasar dentro de mi cuerpo, pues es algo que escapa a nuestro control. Pero recordé algo. Recordé haberme sentido así cuando iba a dar a luz, el terror de ignorar cómo iba a producirse, qué iba a pasar por mi cuerpo y si acabaría bien. Pero entonces, por más que el motivo fuera alegre, me sentía sola en ese camino, mi cuerpo molde único que vivía en un momento imprevisible. Y ahora me sentí muy acompañada. En la distancia, por fin estaba igual que miles de millones de personas vacunadas con AstraZeneca, a pesar de las dudas, del miedo. Recordé por qué lo hacía: por mi marido, por mis hijas, por mis padres, por el mundo entero... Si a través de mí podía provocar una ligera disminución del riesgo de que alguien muriera, bienvenido sería el miedo a cualquier extrañeza en mis carnes. Ese pensamiento me iluminó y me ha acompañado desde entonces. Y el dolor en mi brazo me recuerda que estoy en ese mismo barco, que por fin hay algo concreto que he podido hacer, más allá de seguir existiendo en la pantalla.

Y el jueves por la noche, mientras pasaba una fiebre pasajera, cogí el libro Clima de Jenny Offill, que me aguardaba desde las navidades, y encontré el tono exacto que necesitaba leer, en esa mezcla de subjetividad, fragmentarismo, conexión y desconexión con los otros en que nos hallamos todos.



En las páginas 28/29 de la edición de Asteroide (traducción de Eduardo Jordá), la protagonista habla sobre la conferencia a la que asiste y el tema de la moralidad y 'lo normal'. Encontré un fragmento que me entusiasmó.

"'Lo que consideramos una persona buena, una persona de conducta moralmente digna no se juzga del mismo modo en las épocas de crisis o en circunstancias normales.' Muestra una diapositiva de gente haciendo pícnic en la orilla de un lago. Cielo azul, árboles frondosos, gente blanca.

'Imaginen que van de pícnic con unos amigos al parque. Este acto es moralmente neutro, pero si en un momento dado se dan cuenta de que un grupo de niños se están ahogando en el lago y ustedes continúan charlando y comiendo se han vuelto ustedes unos monstruos.'"

Y bien, ¿no debería preocuparnos ahora exactamente eso? ¿En qué pícnic pasamos nuestro tiempo? ¿Qué niños se están ahogando mientras?

Nuestra época es obligadamente solitaria, pero no por eso debería ser individualista. Preguntémonos cómo estar presentes para los otros desde nuestras burbujas. Presentes de algún modo útil, no solo presentes porque les damos la paliza para que recuerden que existimos. Es difícil. Muy difícil. Yo misma llevo meses deseando escribir, deseándolo intensamente, sin encontrar el momento para ello, diciéndome a la vez que es pueril, que a nadie le aporta nada que yo escriba. Sin embargo, tampoco hay nada que sepa hacer muy bien en vez de escribir y que pueda servir a otros. Ni sé arreglar cosas ni cocino muy bien ni tengo grandes iniciativas políticas. Así que por ahora no me queda otra que intentar escribir, y que el hecho de escribir no sea un acto puramente egocéntrico. Probablemente no sirva de nada. Y seguiré siendo alguien tomando pícnic mientras los niños se ahogan. Pero al menos quería explicar esto. Esta impotencia, este deseo de salvar algunos niños sin que se nos quiten las ganas de hacer pícnics.


                                                               Matisse. Picnic.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Recomponiendo un mundo roto



 ¿Quién no ha querido espiar por una rendija y acceder a las interioridades de un alma

romántica? Pero no de un alma sentimental o voluble cualquiera, sino romántica en su

sentido originario: aquellos seres que hace dos siglos se afanaron en dotar a su

existencia de una intensidad única; que acechaban el arte y la belleza como un perpetuo

estremecimiento; que bebían de la fuente del amor para insuflarle un sentido total; que

rehuían cuanto se esperaba de ellos y fueron a la zaga de sus propios ideales: política

radical o fascinación por Italia, encuentros o soledad absoluta. Aquellos, en definitiva,

que a menudo tuvieron vidas breves con desenlace trágico, pero cuya inmortalidad es

indiscutible en sus obras.

Pues estamos de suerte: con esta antología de Gonzalo Torné, bellamente

editada por Alpha Decay, nos acercaremos a la segunda generación de románticos

ingleses, los poetas Byron, Keats y Shelley y la novelista Mary Shelley. A través de una

selección de cartas, acompañada de sucesivos prólogos explicativos, no solo lograremos

hacernos un perfil de las vicisitudes vitales de estos autores, sino que accederemos a la

particularidad expresiva de cada uno, pues los estilos pronto se revelan como propios e

inconfundibles.

Así, nos fascinará la historia de amor serena y a la vez colmada de fantasmas

entre Percy y Mary Shelley. Especialmente conmueven las palabras de Mary,

expresivas, enfáticas y sombrías: “¿Por qué la vida no admite que se la considere un

fluir continuo, ininterrumpido, ajeno a la cuenta de minutos y horas (…) si el placer solo

habita en la memoria, entonces, al morir, ¿adónde irá el placer? ¿Adónde iremos

nosotros?” En ellas hallaremos las dificultades para unir sus vidas, las muertes sucesivas

de sus hijos, los malos presagios que rodean a Percy y que al final se cumplirán cuando

muere ahogado. (Ella será la única de los cuatro que sí tendrá una larga existencia.)

Al leer a Lord Byron, entenderemos de una vez por todas su mito de

“maldito”: sus cartas nos muestran una tumultuosa existencia, cambiando de país como

de ilusiones, poblada de amores apasionados hasta lo indecible. Las últimas cartas

tienen lugar desde Grecia, a donde acudiría en su lucha por ideales políticos, y donde

fallecería poco después. Para él la expresión amorosa es extremada, a menudo

tragicómica (“ámame al menos como a tu perro”) así como la vitalidad: “el Carpe diem

ya no es suficiente, me veo obligado incluso a intentar sacar provecho de los segundos.”

Bástenos decir que estamos de acuerdo con Torné en valorar estas cartas como “la obra

maestra de Lord Byron”.

La figura de Keats también resulta interesante, si bien diversa: el punto de

vista de un enfermo declarado y con cada vez menos esperanzas en el futuro. Sus cartas

tienen un destinatario único, su vecina Fanny Brawne, su amor absoluto (“el aspecto de

una persona no es nada si no encuentro en su corazón las llamas que habitan en el tuyo,

un fuego donde mi amor pueda arder”), aunque puede leerse en ellas también la lucha

entre creación y amor, puesto que a veces desea que nada pueda distraerle de su misión

literaria. (“Mi mente está colmada por la fantasía, rellena como una pelota de cricket.”)

El libro puede leerse de principio a fin, o entreverando al azar personalidades y

cartas hasta que el mundo roto se haga unidad para el lector. Al acabarlo, sentiremos

habernos acercado a estos autores mucho más que a través de una biografía o una

película. Y nuestro deseo más alto será ahora leer sus obras.


(*) Esta reseña apareció en la edición digital del Heraldo de Aragón el 14 de febrero de 2021.

viernes, 15 de enero de 2021

Vila-Matas: En el abismo, vida y creación se amalgaman





Qué atrae tan poderosamente de Vila-Matas, un autor que ya es un mito de la literatura contemporánea? Está claro que su obra siempre ha constituido una búsqueda de nuevos engranajes literarios. Pero no es solo esta la causa de la fascinación cada vez mayor que provoca entre un tipo de lector y escritor: también el modo como Vila-Matas ha sabido fusionar su literatura con su propia figura.

Para Vila-Matas la literatura es una cuestión vital, fundamental, que se torna pátina que todo lo impregna. Y hasta sus piezas reflexivas se hallan imbricadas de creación: de elementos inesperados, de contradicciones, de humor. Y literatura son sus entrevistas, las que él mismo realizaba de joven, las que recibe hoy. No es casual que Wunderkammer publique a la vez las deliciosas conversaciones con Anna María Iglesia ‘Ese famoso abismo’ y reedite la ‘nouvelle’ ‘Chet Baker piensa en su arte’, que apareció en el año 2011 en la antología de cuentos del mismo nombre, pero que merecía ser publicada de manera autónoma.

De hecho, Chet Baker piensa en su arte resulta la creación vila-matiana donde la construcción de la trama se ha fusionado de manera más radical con la reflexión sobre el proceso de creación, y aquí sin duda es donde brilla con más luz propia el artefacto literario de Enrique Vila-Matas. Interesa especialmente releer hoy este relato de ‘ficción crítica’, donde el yo literario se interroga sobre cómo expresar de modo efectivo la esencia de la realidad, cuando esta es «bárbara, brutal, muda, sin significado».

Para ello, hay un elaborado razonamiento sobre dos tipos de postura, la ‘Finnegans’, abanderada de una literatura difícil, que hace equivaler la dificultad lingüística a la complejidad de la realidad, y la postura ‘Hire’, que opta por una trama de fácil acceso para así comunicar mejor al gran lector. El yo literario se debate entre ambas vertientes, tratando de hacerlas compatibles. Hay aquí, pues, un alegato de una visión literaria, una teoría que se performa en el presente narrativo, y en la que observamos la esencia del Vila-Matas de los últimos años: la convicción de persistir en una literatura ambiciosa, pero tratando al tiempo de acercarse a la realidad del otro, eso sí, huyendo de la introspección autobiográfica, y en aras de una literariedad absoluta y comunicable.

En cuanto a ‘Ese famoso abismo’, puede leerse para iniciarse o para profundizar en Vila-Matas: lejos del repaso cronológico, se trata de una sinfonía de motivos e ideas que se trenzan de modo hábil y natural entre entrevistadora y entrevistado. A lo largo del libro pasearemos de manera oblicua, y con un espíritu tan reflexivo como ‘shandy’ (ligero, alegre) en torno a diversos temas que interesan al último Vila-Matas: especialmente la ficción como libertad total, según el prisma de Quijote, un tubo de ensayo que nos acerque mejor a la ‘verdad’ que otros productos. Bailaremos también al son de las múltiples contradicciones inherentes a la escritura: entre nomadismo y «viaje alrededor de la propia habitación», entre escritura «que interroga» y exigencias del mercado, entre pulsión por el éxito y el fracaso, entre escritura que ha de partir de la vida y la llamada de la imaginación.
Además, el mismo autor nos brindará sus hipótesis sobre las etapas en que se conforma su obra, así como la evolución de la recepción de su obra de los orígenes a hoy. Completaremos el autorretrato como escritor que ya veíamos en Chet Baker con algunas señas básicas de identidad, como precisamente la ausencia de identidad estable, el arte de aparecer y desaparecer, de la máscara y la cita literaria.

Y al final la obra nos lleva hacia ese «famoso abismo», hacia los orígenes del lenguaje, entre la capacidad de nombrar y lo nombrado: donde uno se acerca pero nunca puede atravesar del todo el espejo; donde uno se sumerge en la perplejidad y a la vez en la «literatura expandida», siempre dispuesta a alcanzar otros terrenos, siempre abierta a acompañar a otros en el zarpar de su aventura literaria.

* Este artículo apareció publicado en el Heraldo de Aragón.

domingo, 3 de enero de 2021

Poemanieve (2)

 


IV


Siempre me gustó el cansancio.

Siempre me gustó

hincar los pies fuertemente en el suelo

atravesar superficies arduas

hasta sentir el esfuerzo de los huesos.


Es por eso que hoy

la nieve

me lleva al lugar donde realmente quiero estar

el lugar de la aridez, la ascensión,

la soledad habitada.


Es por eso que amo

atravesar 

la superficie

cada vez mayor de nieve,

sentir que podría 

acabar sepultada

y a la vez saber que no voy a hacerlo,

llegar más lejos de lo que quise

nunca,

intentar

que en mis pasos

haya siempre un lugar para escapar a lo imprevisto,

aunque solo sea desviarse un poco del camino.


V


Cuando camino en la nieve

dejo de ser hija

por la que alguien tiene que preocuparse

dejo también de ser madre

que debe siempre apresurarse 

dejo de ser esposa

que se pregunta si no se estará ya excediendo

en la libertad de sus pasos.


Cuando camino en la nieve

solo soy mis pies

solo soy piedra, solo soy árbol,

libertad absoluta del instante,

plenitud, más bien,

porque de la libertad ya hemos hablado.

¿Tiene que ver con la cantidad de pasos que uno puede dar

sin explicar, sin esperar, sin contar los minutos?

¿O es más bien

el espacio mental que se abre en uno mismo?

¿No es acaso la ventana abierta

al blanco de la nieve,

sin esperanza alguna 

ni remordimiento?

¿No es esto, pues, la libertad, realmente?




VI.


Soy fuerte como un hombre

como un hombre

que carretea leña desde los tiempos inmemoriales por el camino.

Soy inocente como un niño

que transita esta senda

en subida al colegio.


No hay ser humano ni animal

que pueda amilanarme ahora.

Soy un insecto, soy diminuta, soy invisible.

Soy poderosa. No soy. Soy solo nieve


que en el invierno teme deshacerse

tan pronto como puede convertirse en hielo.


VII


Me pregunto a qué se debe el placer intenso

que se siente

al hundir el pie en la nieve.

Tal vez será porque

la naturaleza nos da el instante

la posibilidad ínfima y tan remota

de sentirnos parte 

de ella

de permitirnos

ser acogidos, engullidos

entre su manto.

Es esta una rara ocasión

de dejar de ser el que mira

para olvidarnos en lo que estamos mirando

al abrigo del monte, de la montaña,

más allá de todo.


VIII


Echo de menos la nieve

porque cuando te alejas de ella

dejas atrás el paréntesis

el rapto

la rapsodia monocroma

la gratificación de estar casi muerto


vuelve la vida idéntica a sí misma

con su remoto ajetreo

con sus ansias

sus nunca finalizados propósitos

sus vanas esperanzas soleadas.


Pero a la nieve siempre se puede volver

como se vuelve al latido más lento

como se vuelve siempre una y otra vez

al punto cero.





sábado, 2 de enero de 2021

Poemanieve (1)


 


I

Sepultarse en capas de nieve

como en capas de olvido.

Caminar en lo blanco

es dejarse invadir

dejarse poseer.


En lo blanco

eres.

En lo blanco atraviesas.


En lo blanco

ya no hay un sitio al que llegar,

estás siempre llegando.

En el blanco no hay nada que alcanzar,

se alcanzó ya hace tiempo

o se transita lo que se está alcanzando

ahora 

antes 

o siempre

o alguna vez hasta en sueños

quién sabe.


II


La poesía

es blanco

la poesía es agua

y tierra

y movimiento incesante.

La poesía es lo que avanza

es el camino

y también es el blanco que todo lo cubre

que parece eterno

pero está siempre

en movimiento

siempre deshaciéndose o cubriéndose.


La poesía es este algo

que transita y se queda

este algo

que nadie puede arrebatarte

este algo que tienes

que no ansias

este algo en lo que permaneces.

La poesía es viento, es ruido, es movimiento

y es también

cuando uno piensa

en esta agua, en este movimiento

cuando uno está en el agua

y está en el movimiento

y en la palabra.

La poesía es los pies que andan

por encima de la nieve,

esto y nada más.


III


La poesía es también

andar por el mismo camino

que una vez anduviste.

Sentir que es el mismo y siempre otro.

Poesía es tener miedo y seguir andando.

Tener miedo y seguir.

Pero también es o tal vez mucho más

volver al mismo lugar en que tuviste miedo

y ver cómo este se ha desvanecido.

Poesía es la nieve cayendo de los árboles

las gotas cuajando en el suelo

los ríos incesantes

las aguas que siempre cambian de cauce

que aparecen, se ocultan, se hielan, se descongelan.

Poesía es estar solo y no estarlo al mismo tiempo,

porque el poeta no está nunca solo

está con sus palabras

está con aquello que ve

está en la caricia del instante.

El poeta nunca está solo

siempre que pueda

hacer

orfebrería de palabras

con sus pasos.