lunes, 30 de julio de 2018

Modernidades excéntricas: Vila-Matas y compañía



El pasado mes de octubre tuve la posibilidad de participar en el magnífico congreso "Modernidades excéntricas" que tuvo lugar en la Universidad Pompeu Fabra, organizado por Jordi Gracia, Domingo Ródenas y Carlos Femenías.

Y por si no fuera poco, ¡albricias! Mi artículo "Los artículos 'Café Perec' de Enrique Vila-Matas: ¿una palestra en el espacio público actual?" ha sido seleccionado para el número de julio de la revista "Artes del ensayo", que no tiene desperdicio y aquí os comparto. (Basta clicar a la portada; todos los artículos se descargan en PDF.)

¡Que disfrutéis de la lectura!


Portada

martes, 17 de julio de 2018

Enrique Vila-Matas impone su suerte

Y aquí tenéis la lectura que hice de "Impón tu suerte" de Enrique Vila-Matas para el Heraldo.


Enrique Vila-Matas impone su suerte




El lector de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) está de suerte. Porque Vila-Matas es autor de una obra global, y su lector es también lector global, que va a la zaga de sus ideas artísticas a través de novelas, artículos, conferencias. Y últimamente se han publicado textos que hasta ahora eran de difícil acceso en papel. Por un lado, ‘Bastian Schneider’, originalmente conferencia en el Collège de France, ha aparecido junto a la nueva edición de ‘Doctor Pasavento’, y funciona como una reverberación de ‘Mac y su contratiempo’, igual que ‘Perder teorías’ lo era de ‘Dublinesca’.

Así, ‘Bastian Schneider’ retoma el concepto de copia que era eje vertebrador de ‘Mac’ y es llevado al límite como configuración teórica, pero también como escenificación de la otredad del autor, en un texto enigmático que avanza ocultándose y pone al descubierto algunos procedimientos usuales en Vila-Matas, como la intertextualidad, la “modificación” de textos o la ausencia de identidad estable.

Sea como fuere, todos los textos seleccionados pertenecen a la obra posterior al cambio de siglo, y la mayoría pueden hallarse en http://www.enriquevilamatas.com/. Se echa de menos un índice de procedencias, de modo que el lector debe rastrear en la Web si desea averiguar cronología y origen de los textos. Ahora bien, el acierto del libro radica en la división temática y no cronológica en cuatro apartados, cuyos límites son relativos, porque todo en Vila-Matas es heterogéneo y mestizo, pero que facilita el diálogo entre las ideas. Así, en ‘La escritura’ destacan los textos donde se nos habla de la interrelación entre “arte y vida” o la importancia de una “literatura del desatino” que acepta previamente el fracaso, así como el elogio de un tipo de autor que se lo juega todo en el arte más allá de las exigencias del mercado.

Por otro lado, el libro ‘Impón tu suerte’ es el esperado compendio de los textos periféricos de Vila-Matas, es decir, cuantos acompañan al desarrollo de su obra narrativa, si bien todo en Vila-Matas parte de un mismo magma literario. El llamativo título que le da nombre corresponde al publicado en la antología ‘Rata’ (2017) y supone una feliz declaración de principios sobre la vivencia de arte como riesgo, como asunción de un camino propio que no tiene que ser el establecido. Los textos incluidos proceden en su mayoría de ‘El País’, sea de ‘Babelia’ sea de la columna del autor ‘Café Perec’, aunque también hallaremos otros pertenecientes a conferencias y artículos diversos, como el imprescindible ‘El futuro’, correspondiente al discurso de recepción del Premio FIL en 2015.


En cuanto al apartado sobre ‘Lecturas’, desarrolla una brújula literaria precisa y rigurosa hacia una literatura “ética” en su búsqueda de “nuevas formas”. Navegando entre autores y textos como un tejido de links, pero con una voz que da sentido al viaje, desearemos leer los ‘Aforismos de Zürau’ de Kafka, las ‘Conversaciones con Duchamp’ de Cabanne, o bien sumergirnos en el descubrimiento de autores diversos y prometedores como Danilo Kis, Alfonso Reyes, Lydia Davis, Fleur Jaeggy o Sergio Chéjfec.

En ‘La mirada’ la perspectiva se acerca a la actualidad, pero generalmente para demostrarnos que hay más verdad en la ficción que en la realidad política. Mediante piruetas lingüísticas y conceptuales, entrelazando y contraponiendo toda actualidad con el mundo del arte y la ficción, instiga al lector a dejarse salvar por la literatura y por la perspectiva crítica, lejos de la mentira mediática y la enajenación que promulga la red.

Por último, los textos recogidos bajo el epígrafe ‘La idea’ nos introducen en regiones subjetivas y sorprendentes donde literatura, vida y actualidad se entrelazan mediante el uso de una primera persona fluctuante y semificticia; así, se nos presentan Días del libro extraños como cuadros expresionistas, alucinaciones sobre “Museos de un solo cuadro” u ‘odradeks', bajo un telón de “fondo eterno”, el del mundo del lenguaje y las ideas, donde prima la “Independencia individual”, esto es, la necesidad de criterio propio.

En definitiva, ‘Impón tu suerte’ es un libro híbrido; un poco “alemán” en su alcance filosófico y su propósito crítico, bastante cervantino en su ironía y su deseo de perpetrar el juego literario, debe leerse en un estado híbrido similar entre la gravedad y la ligereza. Bébase a leves sorbos. Páusese la lectura entre un texto y otro. Ponga el móvil en modo avión. Y luego déjese penetrar por la mirada de festival literario que teñirá cuanto le rodee.

LA FICHA

-‘Impón tu suerte’. Enrique Vila-Matas. Círculo de tiza. Madrid, 2018. 488 páginas.

-‘Doctor Pasavento, seguido de Bastian Schneider’. Prefacio de Maurice Nadeau. Enrique Vila-Matas. Seix Barral. Barcelona, 2018. 458 páginas

martes, 10 de julio de 2018

Crónica de la presentación de "El dolor de los demás" en la Librería Calders

Esta es la crónica de la presentación de la novela "El dolor de los demás" en la Librería Calders que he llevado a cabo para la revista Kopek.

El pasado 30 de mayo tuvo lugar la presentación de la novela “El dolor de los demás” del murciano Miguel Ángel Hernández en la Librería Calders, de Barcelona.

El lugar no podía ser más propicio: el escenario de madera y piedra de la librería, como lugar de encuentro casual entre el piano y la barra de bar, crea un marco inspirador que invita a la tertulia intimista, como el libro de Hernández.

Podríamos decir que Miguel Ángel Hernández es el más internacional e hiperactivo de los escritores murcianos. Profesor de arte, novelista, ensayista, ha sabido compaginar su labor de agitador cultural en Murcia con las estancias de investigación en Estados Unidos, y la atención al arte y la literatura contemporáneos no le ha impedido dedicarse a la creación literaria más individual y propia. Hernández es un valor que tiene que irse consolidando en el panorama de la literatura española actual. Pero todavía en Barcelona no ha llegado a oídos de la mayor parte del público lector, por más que el autor sea premio ciudad de Alcalá de narrativa por “Intento de escapada” y finalista de Premio Herralde de Novela por “El instante de peligro”. Por eso fue un especial gusto para la autora de estas líneas comprobar cómo la Calders entera se rendía al autor y cómo la plana entera de Anagrama, Herralde incluido, acudió a hacer su merecido homenaje a Hernández.

Ahora bien, como los mejores espíritus, que tienen mucho que decir, pero cuyo discurso se sitúa no en la certeza absoluta sino en la indagación, en la misma duda, el autor se presentó con una ausencia total de soberbia. Con su gorra calada, acompañando de Llúcia Ramis, saludaba con timidez al adentrarse en la librería, como si tuviera que agradecer a cada una de las personas que decidieron pasar allí esa tarde. Miguel Ángel Hernández se expresa con tanta precisión como sencillez, como si en el mismo momento de encuentro con el público se hiciera consciente de aquello que quiere comunicar, como si nunca hubiera dejado de ser aquel joven que salió de la Huerta murciana o todavía tuviera que hacerse perdonar por pretender ser otro.

Llúcia Ramis ejerció de acertada jefa de ceremonias, conduciendo la conversación hacia el lugar más adecuado, no el del que hurga en aquello apenas nombrable, sino en el del que indaga sobre los motivos de la escritura y cuanto rodea a su efecto en la realidad, que es aquello más relevante en la novela de Hernández. Ganadora del concurso de Narrativa en català Anagrama de este año, por “Les possessions”, novela sobre otro retorno a los orígenes, Ramis destacó cómo las dos obras acceden a conclusiones similares desde lugares diferentes; cuando se investiga sobre hechos relacionados con el propio entorno, lo que prima es la interrogación sobre uno mismo y a la vez la asunción del riesgo que conlleva tratar de acercarse a la verdad. Si “Las posesiones” trataba sobre el pasado de la historia familiar de la protagonista, a partir de un regreso a Palma. “El dolor de los demás” de Hernández ahonda en el regreso a su lugar de origen, un rincón de la Huerta murciana, y la interrogación del autor sobre un hecho luctuoso incomprensible de su pasado: el día en que, con 18 años, su mejor amigo mató a su hermana y después se suicidó.

“El dolor de los demás”, pues, pudiera parecer a primera vista una novela alejada de las anteriores del mismo autor: estas se construían sobre interrogantes artísticos, ya sobre lo moral en el arte contemporáneo en “Intento de escapada”, ya sobre el peso de la emoción y el paso del tiempo y cómo todo ello se transmuta en arte en “El instante de peligro”. También podríamos colegir que se aleja del registro de sus diarios, en los que reflexiona sobre el haz y el envés de la escritura, en textos como “Presente continuo” o “No ha lugar”. Ahora bien, “El dolor de los demás” en realidad es una obra muy cercana a las anteriores, como el autor mismo especificó en la presentación; puesto que predomina en ella la interrogación sobre el sentido, si bien ahora la materia de partida no constituya el mundo del arte sino un material más humano, más bruto, y como tal más cercano a la emoción del mismo autor, sin apenas filtros que separen lo escrito de la experiencia, o al menos sin otros filtros que los que provoca el mismo intento de aprehender las emociones y las dudas con la escritura. Y es que en realidad lo más importante de la novela, nos explicó, parte de la imposibilidad de la escritura; el fracaso mismo de la escritura; el intento de acceder a una realidad que siempre se escapa de las manos. Desde la destemporalización, desde la desincronización, el reto anida en encontrar la distancia justa entre el dolor de lo cercano y la banalización de lo distante, en la estela de Lacan. Han pasado 20 años desde que murió su amigo, la distancia perfecta, en apariencia, pero quizás no, quizás aún es demasiado poco; de hecho, como nos explicó Hernández y como podemos leer en el mismo libro, legalmente son 25 años los que tienen que pasar para que se pueda consultar cierto material sensible en los registros oficiales.

Miguel Ángel Hernández intenta, así, con la distancia de veinte años, acceder a la verdad de la historia de cuanto sucedió aquella noche de navidad en él mismo y su entorno. Para ello localiza diversos materiales, como el vídeo del año 1995 donde su yo adolescente era entrevistado. Trata de rehacer todos sus recuerdos de aquellos días, en un presente que se encabalga en segunda persona, como un diálogo consigo mismo, buscando la distancia justa entre la personalización y la distancia. Al mismo tiempo, narra su proceso de búsqueda de la historia a la par que decide abrir la conversación sobre cuanto sucedió para dar voz a los otros. Vuelve a la Huerta, se enfrenta al vértigo de los mismos lugares que fueron testigos de los hechos, y conversa con todos aquellos que quedan, única excepción de la familia más directa de las víctimas, en respeto a su dolor. Y encuentra no pocas sorpresas: hay gente que no ha parado de hablar del crimen durante todo ese tiempo y enarbolar variadas teorías sobre ello, y hay otros que se diría llevaban tiempo deseando hablar sobre ello y que alguien los escuchara.

Sea como fuere, abrir una puerta al pasado e inserir las personas reales en la novela tiene consecuencias, y en ello coincidieron Ramis y Hernández. Como mínimo, la gente no se ve del todo reflejada cuando es ubicada como personaje, ya que inevitablemente aparecen reducidos como “monigotes”. Bromas aparte, hay que asumir esos daños colaterales previamente: “Si no asumiéramos el riesgo no escribiríamos”, dice Hernández. Hay que “jugar con materiales radioactivos e intentar que no explote.”

Además de todo ello, en la presentación los oyentes pudimos disfrutar de la explicación de los claroscuros del proceso creativo. Así, a medida que avanzaba en la novela el autor pronto se dio cuenta de que lo importante no era hallar la resolución de lo que sucedió realmente, si bien resultara tentador el acceso a unas imágenes y unas pruebas que lo explicaran todo. El interrogante real estaba en el modo de abordar lo que sucedió, algo que afectó su propia juventud y que nunca logró metabolizar del todo. Se trataba de conjugar un espacio entre la voluntad de avanzar en la verdad y el respeto al dolor de los demás y teniendo en cuenta también la aceptación de los límites de la escritura y del conocimiento de la realidad; un auténtico “tour de force” entre decir algo y no. Este era el verdadero reto, y lo que hizo que varias veces retomara la historia para reformularla de nuevo. En realidad poco a poco, nos cuenta Hernández, fue llegando a la conclusión de que el crimen era una suerte de “Mc Guffin” y que el auténtico tema de escritura era su pasado, él mismo. Y el crimen de verdad era “abandonar el origen”. Y eso percibe también el lector, que queda apresado por la agitación de las páginas, por lo agridulce del camino que lleva a los demonios del pasado, que nunca dejan de estar del todo presentes; y esas noches de insomnio son también las nuestras: un insomnio universal.

Por otro lado, por la mediación de Ramis se nos planteó otro tema, el de la mujer como víctima silenciada. “Hay algo que la mujer ve y el hombre y el escritor no ven hasta mucho después”, dijo, incisiva. Efectivamente, el foco de la atención recae desde el principio sobre el asesino / suicida, puesto que el punto de vista aún años después es el del amigo que no puede lograr entender cómo “mi amigo ha hecho algo terrible”. En cambio ella, la hermana muerta prematuramente, es la víctima silenciada, la víctima en la sombra. En ese momento el foco suyo era otro, y él en el fondo “sigue pensando como en el 1995” en cuanto atañe este tema, hasta que en medio del proceso creativo es consciente de la magnitud de lo que se está quedando en la sombra. “El foco hoy habría sido otro”, admite. Pero, aunque sea con retraso, en el libro hemos podido advertir el momento en el que se da la vuelta al argumento y hay un interés real por saber quién era ella y al unísono nos damos cuenta del peso morboso que todavía recae sobre los agresores, olvidando en la cuneta a las víctimas de sus actos. Aunque sea en la distancia Hernández hace un esfuerzo por ponerse del lado del otro y acceder a un atisbo de comprensión, a un atisbo de ética también, por el tratamiento con el que cuida la historia.

Como aspecto interesante, Hernández nos cuenta asimismo que el libro ha ido adquiriendo sentido después del libro. Escribir “El dolor de los demás” le ha llevado a muchas conversaciones, sobre todo con todos sus paisanos que han participado de alguna manera en la novela. La escritura no cura, nos confiesa, simplemente va abriendo emociones ocultas y aquello que ha quedado escondido. Pero aunque así sea tiene sentido escribir. “Escribir para iniciar una conversación”, comprobar que “no estamos solos.”

Especialmente nos sedujo la narración sobre cuanto sucede en el Yeguas, el bar de almuerzo que es el punto de encuentro para tantas conversaciones durante y después del libro. El Yeguas se ha convertido ahora en un túnel que escapa más allá del tiempo entre el pasado y el presente: un lugar de transición, un ritual de paso, donde se accede a los tiempos modernos y a la vez el tiempo se ha detenido, como un mismísimo pasaje de los que hablaba Walter Benjamin. En definitiva, todo esto ha servido a Miguel Ánguel Hernández para darse cuenta de que el Yeguas ya se ha convertido en el Pasaje por antonomasia de la Huerta de Murcia.

Y, por extensión, en este clima de confesiones y de literatura hecha de pesadilla, de pensamiento, de sudor y de verdad, o de la búsqueda de una verdad imposible, la Calders misma se volvió un Pasaje ritual donde los presentes pudimos evadirnos del tiempo y metamorfosearnos en seres que pasean, que reflexionan, como aquellos dandies que deambulaban por París acompañados de su tortuga. Y la lentitud del instante sabe a momento inolvidable y a arte que se arriesga. Y la tarde se diluye con una sensación agridulce: sabes que se te ha hecho corto, que desearías que la conversación se alargara, pero sabes también que la vida sigue, que el arte sigue, y habrá otras lecturas, otras conversaciones, otras tardes que continuarán la estela del encuentro que se ha producido hoy.




https://www.revistakopek.com/no-ficcion/hernandez/

martes, 3 de julio de 2018

El dolor de los demás: persiguiendo los demonios propios y ajenos




¿Puede un relato dar cuenta de la realidad que nos rodea? El reto es difícil, porque de sobras sabemos que la palabra escasamente accede a rozar la entidad de lo existente, más allá del pensamiento que le da forma. ¿Y puede el yo escritor actuar como detective que ahonda en las huellas de las existencias ajenas y acercarse hacia una verdad escondida? Puede, siempre que sea consciente de sus claroscuros, de sus trampantojos. Como lo hace el texto de Miguel Ángel Hernández, El dolor de los demás, tercera novela del autor murciano que lo consolida como una de las voces más sólidas del panorama actual. Las novelas anteriores eran en apariencia muy diferentes a esta: en Intento de escapada y El instante de peligro sus protagonistas se movían dentro de un entorno que giraba en torno a la experiencia artística. En cambio, en El dolor de los demás, se profundiza sobre una tragedia ocurrida en la huerta de Murcia, en una población católica y cerrada sobre sí misma; un caso truculento, digno de telediario, donde un muchacho de aspecto “normal” y anodino, una Nochebuena cualquiera, de madrugada, y si explicación racional, mata a su hermana y después se suicida.
Ahora bien, en El dolor de los demás, como en las demás novelas del autor, lo importante no son los hechos en sí sino la perspicacia y desnudez de la voz narradora que construye el relato o deberíamos decir que persigue el relato. Así, el lector tendrá la sensación de acompañar al autor en su búsqueda de sentido, donde el texto refracta sobre sí mismo en un laberinto de verdades. El aserto que se va repitiendo a lo largo de la novela es: “Mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”; la frase emergió por azar en una conversación con un escritor amigo y sembró el embrión de la novela, como se nos cuenta. Ante tal enunciado, tan monstruoso como inasumible, el yo narrativo se sumerge en el difícil reto de acercarse a cuanto sucedió aquella noche. Y a lo largo de dicha inmersión en el propio pasado, en el de su amigo, y en el de su lugar de nacimiento, Miguel Ángel Hernández nos hipnotiza con su prosa de gran sencillez y poder sugestivo, que alterna el presente de la investigación con el pasado. Y en realidad se da un curioso quiasmo paradójico en las formas verbales, puesto que mientras las escenas del pasado se relatan en tiempo presente, un presente vivaz, hecho de retazos de sensaciones, en segunda persona, las escenas que narran la búsqueda de esa historia se relatan en pasado, configurando una construcción narrativa al uso. Así, mientras la escena del crimen aparece bruta, desnuda, desde el punto de vista del adolescente Miguel Ángel, en su estado de shock e incredulidad durante las horas posteriores, se produce una suerte de vibrante heterocronía, de manera que ese tiempo se va entremezclando con el tiempo de la narración principal, donde el Miguel Ángel maduro, ya consolidado novelista, trata de acercarse a la historia desde múltiples ángulos: a través de los personajes participantes (vecinos, amigos, familiares) y también a partir de los documentos que el tiempo ha dejado en herencia (noticias, archivos judiciales...).
El narrador- investigador navegará a la deriva, buceando en la perplejidad de los recuerdos subjetivos y la extrañeza de las noticias antiguas donde él, como mejor amigo, aparece como personaje. Hasta que se dará cuenta (junto con el lector) de que la verdad que anda persiguiendo no reside en lo que sucedió realmente, sino la percepción que él mismo puede alcanzar sobre ello. En plena era de la posverdad, Miguel Angel Hernández nos brinda un ejercicio intelectual y emocional lúcido y de gran coraje, en la estela de grandes autores como Carrère o de Vigan. Esta literatura, que es confesional pero que construye un mundo en sí misma, se lee con rabiosa intensidad, hasta el punto que el lector sentirá que escribe él mismo palabra a palabra ese texto de una Huerta murciana ya convertido en escenario universal, donde prevalece la lucha por enfrentar y asumir los demonios más tenaces que desde la juventud nos habitan.

Esta reseña apareció en el Heraldo el 31 de mayo de 2018