sábado, 2 de septiembre de 2023

Septiembre: huellas incompletas de lugares y libros







 Ayer hablaba con una amiga sobre la necesidad que tenemos de documentar todo lo vivido, algo que se puede hacer angustioso debido a la capacidad infinita que nos da la tecnología para almacenar fotos, archivos, listas... Sin embargo, no sé qué es más angustioso, si la sensación de haber dejado de almacenar algo precioso que se podría olvidar o la de haberse limitado a guardar algo que nunca habrá tiempo de procesar, sin haberse parado a darle un sentido. (Ahora recordaba que de ello hablaba Patricia López-Gay en "Archivo y narraciones de vida"; delante de esta "fiebre de archivo", cómo uno puede intentar reflejar la realidad o más bien, mostrar las fallas en la persecución de la misma, como hace la mejor autoficción).


En fin, hoy no quería teorizar sino trenzar un relato sobre lecturas y lugares en homenaje a este mes de septiembre, mes siempre extraño y agridulce, mes lindar, mes frontera entre el espacio libre del yo y y el espacio condicionado, entre tiempos extensivos y tiempos intensivos.  (Los nacidos en septiembre y su ambivalencia sabemos bien del contraste entre el deseo de organización racional y el de que el verano sin pauta rayada no acabe nunca...). Un tiempo, en fin, al que cuesta a veces darle un sentido que sea plurisignificante, que englobe el antes y el después, el ciclo dejado atrás y el que empieza, en el justo equilibrio presente, en la tensión exacta lejos del excesivo amodorramiento o la ansiedad paralizadora. 

Y pensaba que si quiero documentar este verano sin ser demasiado autobiográfica pero lo bastante fiel a mi experiencia específica del mundo, desde su irremediable fragmentariedad, lo mejor podría ser transmitir las lecturas con relación a los lugares y situaciones de lectura.

Por ejemplo, mis lecturas de poesía constituyen recuerdos vívidos y siempre en tránsito (ya no leo poesía dentro de casa pero sí fuera). Por ejemplo, disfruté mucho "Mecánica" de Vicente Luis Mora, que crea una lógica que da sentido a nuestra extraña vida de seres en carne y huesos en el siglo XXI: un libro tan impersonal como profundamente humano, entre la física, la filosofía y la contemplación que me reconcilió con los primeros tramos de vacaciones y verde. 



 Uno puede decirse fácilmente con el poeta que "lo más grande que hemos hecho / es comprender / cuán diminutos somos" o "Siento bajo los pies el musgo fresco / de la nada más pura". Y por encima de ello entender "que la mirada es lanzar "ondas de dudas sobre las cosas / y  de deseo sobre las personas", "la indeterminación del universo / sobre la cabeza / la incertidumbre en el corazón." 

Por cierto, ahora que pienso, empecé "Mecánica" en un recodo del Pirineo mientras cogía una fiebre galopante, continué leyéndolo a trozos en ruta, junto a un lago, y lo terminé felizmente ya curada del todo en el parque de Belleville, París, mientras escuchaba a un guitarrista practicando estándards de jazz a mi lado y mi familia al lado también se detenía en un benéfico interludio. 






Tuve también la suerte de caer en los brazos (páginas) de las "Elegía de Dunio" de Rilke durante momentos robados a la road trip en su fase berlinesa y el ritmo de los versos de Rilke se reflejan ahora por el verde de un parque de Potsdam mientras corría a primera hora de la mañana, con la ciudad aún casi dormida (desvelada por la luz repentina y súbita de la mañana berlinesa):



Sus palabras todavía son un eco de mis pasos, que dibujaban el puente tenue entre el yo y el nosotros:

"Pero a los amantes la agotada naturaleza acoge de nuevo / hacia sí misma, como si no existiesen dos veces las / fuerzas / para realizarlo".  

"Pues nosotros, donde sentimos, nos desvanecemos; ah, nos disipamos en expiración", 

"lo bello no es más / que el inicio de lo terrible, que todavía apenas / soportamos."


En otro momento del verano leí durante un largo trayecto en bus "Rumor Eco Así Tú", una de mis hijas dormida en cada uno de mis hombros: recreación de la ausencia del ser amado (por muerte prematura) desde la radical vitalidad que se desprende del mar y de la naturaleza. 

Un libro simplemente inspirador, en el modo de aunar poesía y prosa, música y mirada, "Hay que abogar por el lenguaje de la música, el lenguaje del canto, de la poesía o de la mirada. (...) Ya me lo decías tú: el lenguaje del cuerpo dice más que el lenguaje verbal ... Y si no tuvieras palabras, tengo los modos, los tonos de tu ser."





Me ha costado un poco más acceder de nuevo a la lectura devoradora de novelas, tal era la extenuación con la que acabé el curso. Pude lograr reconectarme un poco con "Los vencejos" de Aramburu: su fatalismo, paradójicamente, logró animarme a avanzar entre las páginas.

Era el único tono que me hacía reír, como si tomara toda mi pesadumbre reciente y al llevarla a la hipérbole pudiera trascenderla. Tengo amigos y amigas que me han hablado bien y mal de esta novela: pues bien, ha sido un (largo) compañero de viaje durante este verano, que a veces me consolaba, provocaba y hacía reír, otras me fatigaba con tanta impostura... Después de leerla en varios tiempos, de abandonarla en momentos de tránsito, la acabé con mucho gusto en unos días fabulosos en el pueblo de mi abuelo, tan rodeada de amistad y el sosiego que da lo repetido que reí mucho con las últimas "hazañas" del antihéroe. Creo que es una novela interesante, pero tal vez no debería darse por supuesto que el sesgo de género deba llevar siempre por un mismo lado; yo ya me entiendo; una mujer puede asomarse e identificarse también con lo socarrón, lo radical, lejos de la dulces y bienintencionada sentimentalidad.. Eso sí, demasiado algo larga y desigual para mi gusto. Pero solo después de atraversarla o mientras lo hacía he podido volver a abrirme a leer casi cualquier novela.



Por enmedio, ha habido lecturas casuales, fruto de mercadillo parisino como el maravilloso "Le chat philosophe", leído en un tramo en coche hacia el campo del Grand Est, cuyas lecciones de savoir vivre decidí tomar como divisa propia (el gato como ese ser mítico que observa y nada espera) y que pude luego regalar a una querida amiga amante de los gatos que nos acogió en un breve oasis sublime-rústico.

 


 O la amena pero poco significativa "La femme infidèle" de Philippe Vilain, que pude leer casi del tirón en las orillas de río Escalda, en Amberes y me supuso un gran rato de descanso y fuga. 



Como curiosidad, aprendí que Vilain autor se trata del ex-amante joven de la gran Nobel  Annie Ernaux, cuya novela sobre su pasión con un chico mucho más joven que ella, "Le jeune homme", había podido leer recientemente.  Curiosamente, la visión de la pasión en el caso de Vilain me ha resultado mucho más moralizadora y pesimista que en el caso de la narración de su maestra (si bien VIlain no cuenta la misma historia).



Otras novelas: me esperaba hace mucho mi adorada Maggie O'Farrell, con su "Retrato de casada". No era para nada como imaginaba, con ese título un tanto condicionador de una mirada problemática sobre una situación civil. 

Al final no se trata tanto de la protagonista casada o no sino de la inmersión en un ambiente tan sugerente como asfixiante de la mujer artista y noble que debe cumplir su destino en la Florencia del Renacimiento. La frustración constante, el ambiente progresivamente sombrío en las relaciones con su (obligado) marido, las posibles vías de fracaso o escape que dibuja O'Farrell son magistrales. La devoré en unos días de horizontes nubosos y dudas y la congoja de la gran Lucrezia logró abrirme puertas como siempre hace O'Farrell. 






Si la lectura de O'Farrell fue sedentaria, la de Gèstern fue del todo nómada (puedo comprobarlo en el estado diverso de sus cubiertas): en un cambio de trenes y después de una larga caminata solitària, cuando ansiaba volver a casa, me vi atrapada en Portbou, con lluvia y heridas en los pies. Lo que iba a ser una desgracia se convirtió en un refugio cuando leí del tirón  esa novela "555" que también me esperaba y me hizo compañía durante la espera y el resto del viaje. 

Gran sorpresa también: la trama humana y musical, el misterio que alberga una partitura, la codicia o pasiones de varios personajes, y la gran fuerza evocadora de la figura de Domenico Scarlatti pudo convertir la lectura en un auténtico regalo.





Otra novela que cayó a mis manos en buena hora también: "La princesa sou Vós" de Blanca Llum Vidal, breve epistolario y juego narrativo que pone al deseo en una retórica imposible y en un juego inteligentísimo donde trata de construir al Otro mediante un puente de palabras vertiginoso. 

Me gustó dejarme arrastrar por la potentísima poesía verbal de Blanca Llum, mientras la alternaba con el tan opuesto, luminoso e ilustrado "Una filosofía del miedo" , ensayo que reinicié por tercera vez, siempre con mucho agrado, y esta vez logré sostener hasta su final, hipnotizada por la bravura a la que invita, aderezada por un sinfín de referencias filosóficas y populares, en un ímpetu para seguir la senda de la ética spinoziana o el buen vivir epicúreo, no exento de responsabilidad ni compromiso con el entorno; un ensayo que me llevó por diversos lugares hasta que me devolvió a la butaca de casa, donde debía acabarlo para centrar en el punto de partida toda su lucidez combativa. Recordé entonces la lectura también de "Confianza en uno mismo" de Emerson que había tenido lugar semanas atrás en un amanecer en Friburgo demasiado prontío, y entendí por qué Castany en otro libro había recomendado también esa lectura.






Finalmente, la huella del último libro es el que ahora mismo me acompaña, "Los nombres impares", de Álex Chico, que me reclamaba también hace tiempo y no dudaba de su interés pero solo ahora he tenido ganas de leer. Un libro que persigue el eterno misterio de la vida y la literatura, focalizada en la figura de Damián Gallego, ¿o no se llama así?, que fuera compañero de Bolaño y vivía en Vallcaraca, ¿o no? La lectura sigue en proceso, como en proceso sigue el mes de septiembre, las fuerzas mentales recobradas para hacerse nuevas preguntas y atreverse a desvelar enigmas cotidianos.



Amable lector, mon semblable, ma soeur, sé que este es un texto muy caótico y sin rigor ni formato alguno, pero he intentado hacer un homenaje a estos libros compañeros mientras les agradecía los momentos y lugares mentales de su conversación conmigo.

Al final, quizás los mejores momentos de las vacaciones quizá no han sido los más pirotécnicos sino "los momentos oceánicos", aquellos donde el lugar parece el único lugar posible, la noción del tiempo desaparece y la mente se enlaza con un sentir y un pensar que nos hace, fugazmente, universales y eternos. 

Que sigamos hablando, leyendo, mirando...


NOTA- Todas las fotografías de esta entrada son tomadas de Internet al azar, no responden a archivo propio real...