jueves, 25 de mayo de 2017

Maternidades postergadas: Silvia Nanclares



“Quién quiere ser madre” (Alfaguara) es una novela que se lee con fluidez y cuyo ritmo atrapa desde el principio. En ella se relata el deseo de ser madre por parte de una mujer que roza ya la cuarentena, y las dificultades que va encontrando, bien por su situación sentimental, bien por los obstáculos biológicos. A través de un yo confesional, sumado a la ironía, la hipérbole y la acumulación de detalles, se narra con humor la odisea sembrada de minas por la que debe transitar la que desea culminar su deseo pese a todo. La persona que haya conocido una experiencia similar en primera persona o como testigo va a devorar la novela; también quien haya vivido ese miedo a no poder ser madre, un miedo que puede ser paralizante. Tal vez la historia no sea de alcance universal, y el estilo de la novela no va a depararnos una huella imborrable en sí mismo, pues más bien ejerce de vehículo que nos conduce en volandas a través de la trama. Ahora bien, la novela manifiesta el logro de una feliz naturalidad. Y, sobre todo, lo más interesante de “Quién quiere ser madre” es la lectura doblemente política que subyace: por un lado, la expresión de la validez del deseo tanto de ser madre como de no serlo; esto es, el acercamiento a una mujer que toma las riendas de sus decisiones sin limitarse a seguir las inercias; por otro lado, y más interesante todavía, la interpretación crítica de esa coincidencia fatal entre el momento de anhelo de la maternidad con el inicio del declive reproductivo, para muchas mujeres actuales. Nanclares apunta cómo no puede tratarse de un fenómeno casual, sino que de algún modo la sociedad empuja a las mujeres, bajo un supuesto discurso feminista, a postergar todo lo posible la maternidad, mientras gastan sus “mejores años” formando parte activa del engranaje laboral. De modo que la mujer que ha ido postergando la maternidad aun deseándola, priorizando siempre otras metas, hasta que le alcanza la angustia del reloj biológico, puede sentirse estafada, al darse cuenta de que su posible embarazo acaba entrando en el ámbito del mismo mercado que ha secuestrado su biología, y que le ofrece todo tipo de ayudas a la reproducción, terapias alimentarias, etcétera, a cambio de cuantiosas sumas de dinero. Nanclares ha sabido, en fin, desanudar con valentía un tema controvertido y apuntar un punto de fuga por donde puede construirse la mujer contemporánea, más allá del miedo.

Esta reseña se publicó en el Heraldo el pasado jueves 18 de Mayo de 2017

domingo, 7 de mayo de 2017

Un libro de complicidades: "Buenos días, guapa" de Maxie Wander


Este es un libro de mujeres, sí, pero no necesariamente un libro para mujeres, puesto que consigue reflejar la vivencia femenina en toda su complejidad y esplendor. A través de voces de procedencias y edades diversas, accedemos a las historias que cada mujer se cuenta a sí misma, con sus sueños, sus deseos (fallidos o realizados) sus concesiones, sus contradicciones, y presenciamos cómo cada una va construyendo su identidad, en un clima de auténticas confesiones y complicidad femenina. Tal efecto no es casual, puesto que la autora que firma, Maxie Wander, compuso este libro después de entrevistar a numerosas mujeres en un momento histórico determinado, el de los años setenta en la Alemania del Este, con toda la carga añadida allí latente de ideales políticos y empeño de emancipación de la mujer, aunque en la práctica no les resultara tan fácil conciliar lo emocional con la razón. Lo que más sorprende de este libro es que detectamos la individualidad rabiosa de cada una de estas voces, pero a la vez una unidad de estilo que da a la lectura una fluidez excepcional y un calibre perfecto en la extensión de los relatos. Maxie Wander, además de entrevistar y dirigir las conversaciones selecciona, pule, armoniza, hasta convertir cada confesión en un pequeño diamante tallado.
A destacar, las historias de mujeres jóvenes y sin remilgos como Rosi, que afirma cómo se las arregla con su marido una vez aceptados los límites de su relación y también cómo no se considera una mujer según las típicas cualidades “pasividad, dependencia, conformismo, ansiedad, nerviosismo, narcisismo, obediencia. Así que yo debo de ser un hombre al que sólo le falta su rabito”. O Ruth, la joven camarera que idolatra a su padre y tiene amplios deseos de libertad, que desea “saltar al agua o al fuego” y desprecia a los hombres cuando se reblandecen, pero que en el fondo sueña con un futuro más plácido. O las adolescentes Susanne, la menor de cinco hermanos, que explica cómo ha tratado de imponerse en su familia y en el colegio o Gabi, cuyo mundo quedó empañado por el recuerdo de su abuelo. A algunas historias se le dedica mayor extensión, como la de Katja, relato de una médico que explica su largo periplo desde el enamoramiento romántico de juventud hasta su presente de mujer con profesión propia, aunque su amor igualitario presente ya no sea igual de apasionado. Erika, asistente de escena, también sorprende en su historia de empancipación frente a un hombre de miras más estrechas de lo que parecía en un principio. Lena y Margot, docente y científica respectivamente, se plantean la dificultad de dejarse llevar y disfrutar del presente, más allá de la ambición con la que acostumbran a lidiar a diario, y se preguntan en qué va a revertir la fuerza de las nuevas generaciones. Berta y Julia, las más ancianas, explican sus vivencias desde el punto de vista de la pobreza (Berta, que se crió en el campo) y de la riqueza (Julia, que gozó de un mundo poblado de arte y refinamientos). “¿Sabes? –comenta a su entrevistadora- tuve una vida tan rica… y por eso fui yo también polifacética. Ahora lo echo mucho de menos. Aquí no hay más que política, y basta.”

“Buenos días, guapa”, en definitiva, es un libro para disfrutar y con el que dialogar, que nos acompañará durante muchos días.

Buenos días, guapa
Maxie Wander
Trad. Ibon Zoubiaur
Errata Naturae

Esta reseña apareció publicada en el Heraldo el pasado 27 de abril de 2017

jueves, 27 de abril de 2017

Más sobre "Mac y su contratiempo"

El pasado día 19 de abril se publicó esta reseña sobre "Mac y su contratiempo"en la Revista de Letras, donde ahondo un poco más en el análisis de las claves del libro, y en comparación con "Una casa para siempre"

Enrique Vila-Matas ya nos tiene acostumbrados a una literatura que es perpetua puesta en duda del discurso unívoco y continuo reto al lector, que no se puede instalar en ninguna de las concepciones alcanzadas y decirse “ya lo he entendido”, “aquí me quedo”. Cada libro supone un paso más allá o más acá de la obra anterior, y no es casual que haya obtenido el reconocimiento internacional por esa exigente labor.

Pero no esperábamos que esta vez el juego literario viniera dictado por la propia obra anterior, y que de este modo el autor se duplicara en un juego de espejos total, puesto que tras las páginas se transparenta el Vila-Matas actual, con sus preocupaciones, su estética, su voz narrativa, pero también el Vila-Matas joven con su obra disparatada y subversiva, así como el otro yo, el escritor que hubiera podido ser.

Efectivamente, lo que se propone Mac y su contratiempo es la relectura y reescritura de la obra Una casa para siempre, publicada por el mismo Enrique Vila-Matas en 1988; atrevimiento que nos viene a demostrar cómo un texto nunca está acabado y es susceptible de ser permanentemente interpretado y convertido en otra cosa, y también de qué manera la literatura se nutre siempre de textos anteriores, y no existe la originalidad pura. Paradójicamente, el modo radical de gestionar este ejemplo de literatura como repetición y variación hace de Mac y su contratiempo uno de los textos más originales de Vila-Matas. Por cierto, que nadie se llame a engaño, aquí “contratiempo” no se refiere a ningún tipo de peripecia argumental, sino a aquello que hace a una obra incompleta y por tanto cercana a la “literatura de la dificultad” que Vila-Matas reivindica. Así, Mac aspira humorísticamente a sufrir un “contratiempo serio”, como la desaparición o muerte del autor, o sea él mismo, para que la obra pueda ser leída como un póstumo, o hasta un falso póstumo, porque estaría concebida precisamente para provocar esa aura de incompleción necesaria para una literatura que refleje lo translúcido de la realidad. Por otro lado, la novela de la que se parte, Una casa para siempre (aquí, Walter y su contratiempo) versa sobre otro tipo de contratiempo, el del ventrílocuo que consta de una única voz, pero que sin embargo, cuando esta es robada por su “archienemigo”, logra multiplicarse en voces diversas. Y de algún modo es lo que sucederá también en Mac y su contratiempo: a medida que Mac reescribe el texto de otro autor, arriesgándose a perder su “voz propia”, acaba comulgando con un tutum revolutum literario que se disgrega en tantas otras voces.

¿Qué hace que una trama tan sumamente metaliteraria como esta se convierta en un producto no solo legible sino proclive a una lectura alegre, por no decir festiva?

Por un lado, hay que tener en cuenta que en Vila-Matas todo es y no es lo que parece. El protagonista principal, Mac, afirma ser un constructor en paro y un escritor que debuta con un “diario secreto de iniciación”, siguiendo los ecos de Sarraute (Duras, según otras obras de Vila-Matas):

“Escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos”.

Sin embargo, luego comprobaremos que el supuesto diario íntimo permite también la impostura: así, la identidad de constructor se revelará luego falsa; a la par, resultará difícil creer que se trate de un escritor debutante del todo, por más que en algún momento Mac se dedique a desmentir esa posible duda. Por tanto, se trata de una identidad voluble y no del todo fiable, un autor cercano al propio Vila-Matas, en su yo enunciativo y en su ironía, aunque gobernado por la inseguridad del principiante y centrado en una vida de familia que desconocemos en el Vila-Matas real; no se nos dice el nombre “verdadero” de Mac, puesto que este es “horroroso”; y en su complejidad enunciativa parece ejemplificar las famosas palabras de Barthes que también se citan:

“Quien habla (en el relato) no es quien escribe (en la vida), y quien escribe no es quien existe”.

Por otro lado, Sánchez, el autor del que se inspira Mac, es descrito como autor consagrado, otro yo de Vila-Matas en muchos aspectos (incluso se cita algún elemento relacionado con sus artículos) pero henchido de una petulancia desmedida. En cuanto a la obra de juventud de Sánchez, Walter y su contratiempo, mantiene la estructura básica de la novela de Vila-Matas Una casa para siempre, pero algunos relatos han desaparecido, y otros han transmutado, manteniendo la anécdota básica pero cambiando su sentido y hasta su título. En realidad la conexión con la antigua obra de Vila-Matas funciona como una automitografía inversa, puesto que el autor de Walter y su contratiempo, Sánchez, mantiene una relación muy ambivalente con su novela, hasta el punto de sorprenderle haber logrado escribirla “estando tan borracho siempre”, y Mac confirma que algunos fragmentos parecen haber sido escritos “en estado resacoso y huevón”, y llenos de “momentos mareantes”, que Sánchez en su momento justificó ante los críticos como “baches para que se viera que las obras principales de los dos últimos siglos eran obras maestras imperfectas”. (No resultará casual que precisamente sobre Una casa para siempre diga Vila-Matas en su Web que “fue vapuleada por dos insignes y olvidables críticos españoles”). Así que “Walter y su contratiempo” es y no es el mismo libro respecto a “Una casa para siempre”, cosa que provoca en el lector fiel el apetito contumaz de continuar la lectura adelante para comprobar hasta dónde alcanza el juego literario.

Además, el texto nos sumerge en las aguas de lo imprevisto, y es una invitación al arte de la observación, a maravillarse con lo pequeño, como paseantes walserianos. Ya viene a ser habitual en Vila-Matas la injerencia de la anécdota cotidiana (y casi surreal) como contrapunto al tour de force literario. (Como explicó en Barcelona, en la multitudinaria entrevista con Ana María Iglesia para la presentación del libro, cuando alguien le pregunta qué porcentaje hay en sus libros de realidad y ficción, últimamente contesta irónicamente que lo real constituye el 27%.) Pero aquí dicho proceso de acercamiento a lo extraño cotidiano se produce en Mac como un aprendizaje literario intensivo. El artista, nos dice, al salir a la calle tiene que observarlo todo “como si lo ignorara todo” y después ejecutarlo “como si lo supiera todo” y también: “No hay que buscar,” tu vida es “la gran aventura”. (A Vila-Matas siempre le pasan “cosas raras”, confesaba a Ana M. Iglesia, como descubrir que un indonesio del barrio repite frecuentemente: “Ha perdido el Barça. A la mierda Vila-Matas.”).

Y el mismo Mac, cuando sale a pasear (y a escribir), lo mismo se topa con un “peatón cubista” que acaba resultando un antiguo compañero de clase y luego una especie de impostor, como a un “sobrino odiador” del escritor famoso, o mendigos de toda índole, unos que piden con traje, otros que le recriminan dar demasiado; los llega a comparar con los treintañeros y cuarentones que deambulan por el barrio, o a veces hasta se pregunta si son reflejos de su propia imagen; la crisis se hace palpable en el barrio que llama el Coyote (en homenaje al escritor José Mallorquí y sus creaciones) y los desocupados pueden ser tanto literatos desvaídos, adolescentes tardíos o grandes profesionales en paro. En paralelo, la mujer de Mac va tornándose desconocida mientras su historia va entretejiéndose con la historia que se reescribe El humor y la ironía acompañan a todo el paseo literario; las mujeres de Mac y Sánchez les ridiculizan hasta el punto de dirigirse a ellos con palabras como “Arrepiéntete, cabrón” o “¿Estás tonto o qué?”; Mac se muestra irremisiblemente como “alegre y chiflado lector” a la vez que es contrario a toda altisonancia; y se burla del “sobrino odiador”, considerando que su discurso es “completamente de bofetada” cuando habla de una “búsqueda ética” “en su lucha por crear nuevas formas” (Palabras que el propio Vila-Matas ha usado literalmente en algunos artículos suyos).

Más allá de todo ello, podríamos preguntarnos qué aporta “Mac y su contratiempo” como novedad respecto a la obra anterior. Enrique-Vila-Matas siempre ha trabajado de manera metaliteraria, haciendo literatura de la literatura misma, y a menudo partiendo de la obra de un autor para luego acceder a otro lugar; en Doctor Pasavento fue la obra de Robert Walser el detonante, James Joyce y Beckett en el caso de Dublinesca… Pero esta vez, al tomar la propia obra anterior, la densidad intertextual va a configurarse con gran ironía y va a permitir que el lector habitual de Vila-Matas dé cuenta de un sabroso festín.

En realidad, en el proceso de repetición o variación literaria de esta novela se da una doble reescritura o incluso triple. En primer lugar, la novela que lee Mac, Walter y su contratiempo, no es exactamente la novela Una casa para siempre sino otra, aunque muy parecida: sigue siendo un mosaico de relatos que tienen conexión indirecta con la vida de un ventrílocuo; pero aquí, para empezar, todos los cuentos vienen introducidos por unos epígrafes del todo ausentes en la obra de referencia; se han obviado los detalles secundarios alejados; en algunos cuentos (Dos viejos cónyuges, El efecto de un cuento) se mantienen los hechos y cambian solo los nombres de los personajes. Por otro lado, se realzan algunas cuestiones que tienen que ver con el argumento de Mac y su contratiempo, como el tema de las infidelidades amorosas, el trasvase entre realidad y ficción; asimismo, algunos matices quedan ahora subvertidos respecto al original, y aparecen más dramatizados, como la cólera de un hijo hacia su padre en el segundo relato, las quejas explícitas del muñeco del ventrílocuo sobre el trato denigrante otorgado a la mujer; o la mención a una tal “Carmen” que en Una casa para siempre es muy anecdótica y aquí constituye un relato de peso y el germen de las sospechas de Mac respecto a Sánchez y su mujer Carmen.

Otras veces la semejanza entre relatos aparece muy difuminada, como en Algo en mente respecto a Mar de fondo, que apenas tienen en común lo surrealista de los hechos, aunque ahora asegura Mac que bajo esos hechos subyace una historia de amor. Otro cuento, Cómo me gustaría morirme, es sustituido ahora por uno bien diferente: Un largo engaño. La ficción va penetrando lentamente en la vida de Mac, que se encuentra citando frases literales de lo leído por el barrio, tales como “da igual como siga o deje de seguir”, y cuyo nivel de ingesta de alcohol va incrementando, como probable influencia de esa prosa “mareante” con la que trabaja, como van creciendo también las sospechas sobre la fidelidad de su mujer. En esta primera versión de la antigua novela de Vila-Matas, pues, se ha mantenido o modificado todo aquello que pueda contribuir a conducir los hechos de la vida de Mac hacia una dirección. Después, en la reescritura que ejecuta Mac de la novela todo se contagia por su experiencia personal y por la existencia de Sánchez y su sobrino, de modo que decide exagerar el egoísmo del personaje principal o humanizar a su hijo. A partir de aquí se van entrecruzando la segunda versión de la novela vila-matiana y la tercera, que es la vivida. Así, fantasea con la muerte de los posibles amantes de su mujer, y el odio original del que era objeto el protagonista de Una casa para siempre acaba traspasando al propio Mac a través del sobrino de Sánchez. Por otro lado, el binomio realidad- ficción que aparecía en el relato Dos viejos cónyuges se ha intercambiado por la antítesis sencillez-complejidad en su reescritura. La historia se va haciendo minúscula y enigmática del mismo modo que sus referentes, Hemingway y Kafka. En La visita al maestro, que en Una casa… y Walter… iluminaba el futuro del protagonista ventrílocuo, ahora va dando a Mac la clave de que como escritor debe huir y pasar a ser “más personas”.

De este modo, no solo Mac plantea una versión personal de la obra Walter y su contratiempo, que a su vez versionaba Una casa para siempre. Lo divertido es que presenciamos cómo Mac, cual Quijote moderno, progresivamente se ve invadido por la literatura que le rodea; y cree leer en la novela de su vecino referencias a su mujer, cosa que le acaba llevando a tomar por cierta la infidelidad de su mujer en la vida real. Dicho proceso de porosidad entre lo leído y lo vivido había comenzado desde el principio de la novela con la lectura del horóscopo como vaticinio de lo que va a suceder en la realidad, de suerte que el horóscopo –o “puthoróscopo”− se construye como alegoría de la hermenéutica literaria. Al final, y dado que su mujer (personaje decidido que trae ecos de El viaje vertical) solo desea abandonar la realidad cotidiana y lanzarse a otra existencia, Mac se acaba fusionando con la novela que reescribe, así que terminamos leyendo cómo Mac se deja llevar por un viaje hacia Lisboa y luego Evora, Marrakech, Túnez y Yemen, hasta desembocar en una Arabia feliz, donde el magnetismo del relato oral pervive, donde todo resulta “extraño” y a la vez “familiar” y donde se nos insinúa la huida de un crimen, que puede haberse quedado en una mera idea sin realización, o al revés.

Volviendo a la propuesta de Mac, el autor principiante ha logrado su propósito de gestar un producto que no es novela (género que constituye para él una “forma de muerte”) sino un híbrido de cuentos, diario, ensayo y también novela, a su pesar: un espacio total donde va teniendo cabida todo lo que se lee, escribe y sucede.

En cuanto al destino de Mac, el personaje se ha ido viendo rodeado por mendigos que podrían ser él y se ha dedicado a hacer balance de los muertos del barrio, antes de desaparecer él mismo:

“Yo soy uno y muchos y tampoco sé quién soy”, dice.

Su voz se ha acabado confundiendo tanto con la de Walter como con la del “muerto” que le llama; el lector no podrá evitar pregunarse de qué material está hecha la enigmática voz del muerto que llama a Mac desde el final de la obra; tal vez se trate del mismo espíritu de la novela, que era “esa forma de muerte” que se configuraba a pesar de los pesares; tal vez el otro yo muerto, puesto que el libro se proponía quedarse inconcluso y póstumo; quién sabe si el libro que está escribiendo se ha fusionado con el autor hasta el punto de asesinarlo entre sus páginas; tal vez Mac haya alcanzado de verdad la disgregación en otras voces.

Mac y su contratiempo finaliza mostrándonos un paisaje de fuga coincidente con el cierre de Una casa para siempre, un paisaje que es repetición y variación, que es familiar y a la vez desconocido; y que trae ecos de la noción freudiana de “lo siniestro” como paradoja entre aquello desconocido o perturbador (unheimlich) que irrumpe en medio de lo familiar (heimlich), y que tiene tanta relación con algunas armas usadas en la ficción con que se subvierte la unidad del mundo, apariciones, dobles y demás. El doble de Vila-Matas es su propia obra refractada en versiones como espejos desfigurados: una variación tan infinita como impredecible y que incide en lo real y por eso mismo crea desestabilización.

“Es porque no hay original que no hay copia, por lo tanto, tampoco repetición de lo mismo”, se dice, siguiendo a Deleuze.

No queda otra que ser “radicalmente no original”, puesto que desconocemos hasta el origen del mundo, ha afirmado Vila-Matas recientemente en el Collège de France. La coca-cola de cereza reaparece entre el recuerdo y la intertextualidad, mientras el texto se multiplica y bifurca sin que lo lleguemos a aprehender nunca como discurso cerrado.

Mac y su contratiempo perfila, en fin, un engranaje tan ligero como complejo que viene a demostrar más que nunca en Vila-Matas la asombrosa capacidad creadora y metamórfica de una literatura que se refracta sobre sí misma para seguir concibiendo futuros, y que se erige como un camino de riesgo y aventura más allá de cualquier vacío academicismo o insulsa cotidianidad.

sábado, 22 de abril de 2017

Unas cuantas lecturas para el día del libro



En el día del libro, lo que más deseo es rodearme de lecturas que me hagan la vida más bella.
Y por eso quiero aprovechar la ocasión para recomendar algunas de las que me han parecido últimamente más interesantes; no porque crea que mi criterio tiene validez alguna sino por compartir las sensaciones que he tenido, por si a alguien le animan a leer o no leer alguno de estos libros según sus intereses.

La memòria de l'arbre, de Tina Vallès

Una gran novela, ganadora del último premio Anagrama en català. Si os gustan las historias delicadas, donde la mirada infantil tiene una gran importancia, esta es vuestra novela. "La memòria de l'arbre" se compone de un mosaico de escenas (que son como pequeños poemas) que iluminan a golpe de claroscuros las vivencias entre un abuelo y su nieto. El abuelo tiene una enfermedad que el nieto descubre lentamente. Mientras conviven, y a medida que el abuelo pierde la memoria, el legado va traspasando imperceptiblemente hasta el presente del niño, que se empapa de su abuelo como de una lluvia de primavera. Un libro que muestra tanto como insinúa. Dulce, triste, encantador.

Buenos días, guapa, de Maxie Wander

La alemana Maxie Wander compuso un conjunto de relatos a través de las voces de diversas mujeres a las que ha entrevistado. En el contexto de la RDA, mujeres de toda edad y condición desnudan sus deseos y contradicciones más íntimas, desde las ganas de hallar un lugar propio en la profesión como la necesidad sexual no colmada en el matrimonio pasando por las vicisitudes para construirse un futuro en las más jóvenes o la carga de los recuerdos en las más mayores. Viviremos la compañía de estas mujeres como si fueran íntimas amigas, nos compadeceremos de sus historias, nos sonreíremos de sus picardías. La pluma de Maxie Wander selecciona, unifica estilos y ritmos hasta limar esta pieza de lectura apasionante, que recientemente ha traducido Errata Naturae.

Quién quiere ser madre, de Silvia Nanclares

La novela de Silvia Nanclares aborda el tema de la maternidad llegados los cuarenta, con sus dificultades, sus miedos, la odisea en que se sumerge a menudo aquella que ha postergado la cuestión hasta el momento pero que decide es para ella de vida o muerte. De lectura ligera y amena, lo mejor de "Quien quiere ser madre" es la lectura política que da a la maternidad tardía, que en realidad está más relacionada de lo que parece a primera vista con las necesidades del sistema, que potencia que las mujeres consagren sus "mejores años" al mercado laboral, y que posterguen su maternidad hasta el momento en que sea dificultosa, y entonces el mercado mismo les pueda ayudar con tratamientos astronómicos.

París- Austerlitz, de Rafael Chirbes

La última novela del gran novelista contemporáneo Rafael Chirbes, fallecido en 2015, (novela que comenzó veinte años atrás del momento en que decidió culminarla) es sencillamente hipnótica. En ella relata el encuentro amoroso en París entre un joven pintor y un obrero maduro; nunca había leído una novela de amor homosexual que me resultara tan auténtica y descarnada. No aparece aquí ni la idealización ni tampoco el recrearse en los aspectos morbosos. La pasión aparece en su eclosión y en todas sus contradicciones; la sombra del desamor le acompaña desde el principo; la sombra de las diferencias de clase, de estilo de vida (aquí el hecho de que sea un amor homosexual no resulta relevante en los aspectos principales de la historia, aunque sí da un color especial a los detalles). Pero dicha pasión está teñida desde el inicio de la novela por el final del amor, y también por la enfermedad en la que ha sucumbido Michel, el obrero maduro. Desde el final, desde la decadencia, se relata con valentía los claroscuros del amor y la amistad y las contradicciones morales en que la persona debe caer a veces a pesar de los pesares.


En cuanto a libros que aún no he leído pero que me llaman hay muchos... Por ahora solo me atrevo a recomendar mis dos elecciones de este año, cuya lectura estoy iniciando, que han sido:

Tristram Shandy, de Lawrence Sterne. Un clásico moderno que tenía pendiente. Los amigos de mis amigos son mis amigos, que dice el adagio; pues los escritores que mis escritores favoritos aman tienen que gustarme por fuerza. Y así está siendo: la voz del Tristram tiene una textura muy particular, donde se entremezcla lo confesional, el ensayo y el humor más delirante. Promete.

Marta Sanz, Clavícula

De entre la narrativa española de actualidad, "Clavícula" de Marta Sanz me parece uno de los textos más conseguidos. Su tono es intimista, desgarrador pero no exhibicionista ni exuberante: expresa desde lo breve y lo discontinuo. El tema además me resulta muy atractivo: ahonda en las dolencias que a menudo sufren las mujeres y que tienen un origen psicosomático: la historia se construye desde este interrogante. Si todo va bien, "Clavícula" continúa un tema que ya me apasionó cómo trataba Siri Hustvedt en "La mujer temblorosa", pero esta vez de un modo más marcadamente narrativo.

Si alguien quiere continuar con sus lecturas, animo a hacerlo.
¡Felices libros!

viernes, 21 de abril de 2017

La Tarasca: Una leyenda provenzal



Veníamos del sol y de las vacaciones cuando llegamos a Tarascon; los días eran largos como aperitivos al verano; en la piel llevábamos adherido el viento suave y el cielo límpido de la Provenza; los ojos se habían acostumbrado a las colinas redondeadas y a la generosa anchura del río Rhône. No contábamos con que, a la entrada de la población y ejerciendo de centinela del imponente castillo, nos encontraríamos con la escultura de aquel ser monstruoso que llaman La Tarasca. Mitad tortuga, mitad dragón, sus ojos enfebrecidos y su boca entreabierta no auguraban nada bueno.
─ Seguro que es un dragón que asustaba a la princesa del castillo ─aventuró Alma.
─ Sí, contesté yo, es posible ─y miré de reojo al rostro expectante de mi hija, siempre impresionable y propicia al cuento, a un cuento que reconforte y no aterrorice; esperaba algo de mí, que la guiara entre lo turbio de la historia, y sobre todo que le indicara que aquello podía acabar bien, y que de todo eso se podía extraer una conclusión que alegraría aún más los colores de la tarde.
─ Bueno ─improvisé─ ya investigaremos; es posible que la Tarasca asuste un poco a la princesa, pero yo creo que al final se salvará…
─ … ¡porque vendrá un caballero a rescatarla! ─me interrumpió ella, feliz por su deducción.
Y fue en ese instante cuando una aprensión extraña vino a sobrecogerme. ¿Ese es el fondo de los relatos que transmitimos a nuestras niñas? ¿Que bajo cualquier amenaza subyace la promesa de una salvación por mano masculina? Qué cuentos explicamos a un niño, me he preguntado siempre; leedles cuentos, estimuladles, desde bien pequeños, se nos ha dicho hasta la saciedad. Pero contar es explicar el mundo; pero narrar sucesos con sus consiguientes moralejas es introducir en su cabeza unas ideas que van a confluir en su interpretación del mundo, en la forma y color de sus emociones. Mejor contarles historias más actuales, que partan de situaciones cotidianas, sugieren algunos, esas historias antiguas de terror o de religión están pasadas de moda. Sí, para qué llenarles la cabeza de infiernos, de caballeros con espadas y de monstruos, pero ¿vamos a desechar la tradición como caramelo caducado? ¿Y vamos a quedarnos solo con su envoltorio, y seguir celebrando de manera superficial las festividades que enmarcan los años? ¿No queremos también educar a nuestros hijos en la curiosidad por el origen de cuanto nos rodea? ¿No deseamos que puedan interesarse por las leyendas de nuestras tierras o aquellas por las que viajamos? Por qué negarles ese legado. Pero habrá quizás que elegir muy bien la historia, filtrar la ocasión, modificar el hilo narrativo cuando haga falta para que se trence con naturalidad con el mundo emocional de tu hijo. Contadles cuentos a vuestros hijos, sí, diría si alguien me preguntara, de todo tipo, tradicionales, modernos, de la propia tierra y extranjeros, pero dejando que mientras los contéis se adapten al carácter de vuestro hijo, que se amolden a sus días y sus pasos y lo que están preparados para escuchar en la siguiente esquina; que los cuentos les hagan fuertes y les den herramientas para entender cuanto les sucede. Contadles cuentos sí, pero no pasivamente, no limitándoos a leer lo que la letra esconde, sino dejándoos llevar por el relato, y unir las palabras de los libros con aquellas con las que acompañáis al hijo en su camino diario; dejándoos catapultar por el cuento para que la imaginación se dispare y vaya al encuentro del mundo único de vuestro hijo.
Desde que Alma cumpliera dos años y empezara a interesarse por las historias ya me había tenido que enfrentar a ese reto de recreación constante de los cuentos; quería conocer la leyenda de Sant Jordi después de que hablaran de él en la guardería; pero pronto le daban miedo el dragón y la sangre, así que empezaba a modificar la historia al hilo de su rostro, primero con sutileza, después ostensiblemente. En el mundo de Alma el dragón se hacía amigo de la princesa y jugaban al escondite; la chica de la caja de cerillas no moría sino que iba al cielo volando con su abuela; barba azul poseía un castillo lleno de tesoros y aprendía a compartirlos con todas sus amigas.
De modo que aquella tarde, cuando entre el azul refulgente de Tarascon nos hallamos frente a la Tarasca y el rostro de Alma volvió hacia mí sus ojos verdes, aguardando el final de la historia, algo en mí saltó como un resorte:
─ Tal vez la princesa no necesite que la salve un caballero. Tal vez puede salvarse a sí misma.
Lo había dicho sin pensar y me sorprendió mi propia contundencia. Frente a mí, los rostros de Alma y Edna parecían acompasar mis palabras, sus ojos perspicaces riendo, las piernas vivaces y los desordenados cabellos meciéndose al son del viento provenzal; y yo sonreí como ellas y como ellas me puse a imitar el rugido de la tarasca y el brazo de princesa que viene a someterla, y me dije que era eso, exactamente eso, que daba igual la historia que explique, mientras no les transmita miedo ni la idea de que necesitarán nunca a nadie para seguir adelante.
Poco después continuábamos nuestro deambular por Tarascón, convertidas en amazonas rústicas que se asoman al cauce desierto del Rhon, otean el horizonte del castillo entre los árboles, cabalgan por las calles empedradas y ventanales coloridos repartiendo sonrisas desafiantes, ascienden por todos los pilones y escaleras a su alcance, intrépidas. Los pasos alocados de Edna nos guiaban hacia el corazón laberíntico de aquella población, siempre adelante, sin mirar atrás; la voz delicada de Alma que jugaba al perrito mimoso lograba que perdiéramos la noción del tiempo. Y, cuando parecía que ya Tarascon había descubierto todos sus secretos para nosotros, cuando ya volvíamos de vuelta hacia el aparcamiento, pasamos por una calle de portales abovedados donde nos entretuvimos a mirar los escaparates ahora cerrados; y, de repente, allí estaba: la Tarasca, en su versión de figura popular; esperando su momento para salir a desfilar en las festividades correspondientes. Sus ojos eran desafiadores y cómplices a la vez. Junto a ella, en seguida descubrimos otra figura, la de un caballero de rasgos suaves y pelo largo… ¿o sería una mujer que ejercía de caballero? Pero al fin lo encontramos: un cartel explicaba la historia completa de la Tarasca. Y la sorpresa fue mayúscula al comprobar que nuestra imaginación nos había llevado cerca, muy cerca de la verdadera historia –si es que podemos llamar verdadera a una leyenda. Pues la Tarasca era efectivamente un monstruo legendario que devastaba el pueblo, devoraba a los niños, sembraba la confusión; el pueblo entero había rogado por que alguien viniera a ayudarles. Y fue una mujer, Santa Marta, la que oyó sus ruegos y quiso interceder por ellos. Y lo hizo a su modo: se acercó al monstruo sin armas y le dirigió palabras suaves y reconfortantes, tras lo cual la Tarasca se volvió un animal dócil y amaestrado. Santa Marta tomó una cinta lila y la Tarasca introdujo en ella su cabeza y se dispuso a pasear en su compañía. La fascinación hizo mella en mi hija Alma, que pasó el resto del día jugando a que yo era una Tarasca feroz y ella era Santa Marta que ponía una mano en mi lomo y hacía de mí su dulce perrito.

Este Sant Jordi tal vez imaginaremos que la princesa le pide a Sant Jordi que no se preocupe y busca el amparo de su amiga Santa Marta; juntas, con sus voces almibaradas, amansarán pronto al dragón, e invitarán a dragón y caballero a leer más libros y pelear menos; después saldrán en su compañía a recorrer las calles más allá del castillo, a inundar su vista de flores, a atravesar el mundo sin huella alguna del miedo.

jueves, 6 de abril de 2017

Vilamatiada: entre Zaragoza y Barcelona.

He estado unos cuantos días entretenida vilamateando. La aparición de "Mac y su contratiempo" fue una buena ocasión para deambular por Barcelona al hilo de los pasos de VM por el barrio Coyote y tener la ocasión de presenciar una feliz entrevista entre él y Anna Maria Iglesia en la Biblioteca Agustí Centelles.
Luego el libro me ha acompañado en trenes, trayectos y me ha vuelto a acompañar en las terrazas del Maresme donde lo he releído al son de "Una casa para siempre". Aquí en el Heraldo apareció mi reseña sobre Mac.

Y el epílogo ha valido la pena: volver a Zaragoza, volver a la ciudad que es siempre tan familiar y extraña para mí, como Mac en el final de la novela; volver a Zaragoza para escuchar de nuevo a Enrique, esta vez en compañía de Luis Alegre (cuya presencia es un gozo, como su apellido indica).

  


Pero también para huir en tren,para encontrarme tan sola y tan acompañada por mi criatura de año y medio; para dejar que los portales de Independencia con la lluvia de la tarde me acogieran y me invitaran a soñar con pasados y futuros que se trenzan; volver a Zaragoza para reencontrar también a Antón Castro, con su conversación, su café y su poesía imborrable;




volver a las calles de Zaragoza para recordar otros viajes, cuando mi hija mayor tenía año y medio también entonces, y sentir que el pasado intenso es irrecuperable y a la vez se hace de nuevo presente en su repetición y variación con Emma; reencontrarme de nuevo con mis queridos tíos y primos, pasear por la Aljafería, por el Ebro, por las Tenerías, y sentir que en ese ritual de repetición se saborea lo conocido y también se abren galerías ignotas, instantes luminosos y únicos. Y sobre todo permitir que entre lo ya esperado el instante se resquebraje para que sucedan cosas que no corresponden a lo que una prevé, si es que prevé algo. 




Y luego que Antón Castro te pida que escribas por qué te gusta Vila-Matas de manera libre y que te puedas dar el gusto de explicarlo así:


jueves, 2 de marzo de 2017

Miguel Ángel Hernández: El arte y la vida



Miguel Ángel Hernández | Foto cedida por el autor

Miguel Ángel Hernández constituye una de esas raras, escasas voces que, en cuanto una comienza a seguirlas, aun en la multiplicidad del magma literario, luego no puede dejar de hacerlo. Máxime si su presencia es incuestionable tanto en el panorama narrativo (finalista del premio Herralde 2016) como en las revistas digitales (en la revista eñe va apareciendo su último diario de escritura Aquí y ahora) como en las redes sociales, donde el presente enunciativo de su voz literaria se va gestando y donde, como voyeurs, podemos acompañarle en su aventura artística y literaria.
Pocas voces han aunado de manera tan compacta la indagación literaria con la reflexión sobre la andadura del arte. Ello no es casual, en cuanto concierne a su trayectoria personal; profesor en la Universidad de Murcia, especialista en arte contemporáneo, ha realizado diversas estancias de investigación en Estados Unidos, a la vez que ha escrito teoría y crítica de arte y comisariado numerosas exposiciones. Sin embargo, la manera de hacer del experimento artístico una reflexión absolutamente propia hace de su discurso algo que  no puede dejarnos indiferentes.
Pues la mención al arte no constituye en modo alguno un artificio externo con el que adornar o dar un aliciente más a la lectura, sino que arte y escritura avanzan al unísono hacia un horizonte de exploración de la experiencia humana y su sentido, y el lector no puede más que hacerse partícipe de esta aventura. Que la escritura dé cabida a la reflexión sobre el proceso de escritura de la misma es algo a lo que el lector contemporáneo ya está acostumbrado; ahora bien, en el caso del discurso sobre el arte funciona todavía mejor, porque a través del arte como visión y como interrogación se hace más palpable el proceso de camino hacia el sentido, tanto sensorial como intelectual, y su plasmación verbal final aparece doblemente enriquecida.
En cuanto a las obras de Miguel Ángel Hernández, resulta difícil orientarse en ellas, porque todas hacen relación unas con otras y podemos dudar si lo leído era lo relacionado con una novela u otra o los diarios paralelos de escritura. Las experiencias, como los viajes de estudios a Estados Unidos, sirven como catapultadotas de la imaginación novelística; las trayectorias artísticas que aparecen en las novelas corresponden a otras tantas trayectorias reales (como la de Tatiana Abellán, transmutada en la artista italiana Anna de El instante de peligro o Santiago Sierra, con su émulo Jacobo Montes en Intento de escapada) que también sirven de disparadores de un discurso imaginativo que va más allá de lo académico pero donde se transluce la capacidad de conceptualizar del teórico.
Intento de escapada fue su primera novela (Anagrama, 2013). En esta opera prima ya parecía plantearse la cuestión de la función del arte en la sociedad actual; si el arte contemporáneo puede incidir en la realidad, si una propuesta artística radical supuestamente “comprometida” es una crítica velada a ciertas prácticas sociales o más bien un engranaje más del sistema.


     Dicho cuestionamiento aparecía vehiculado por un lado a través de la mención a la enigmática obra de Jacobo Montes, que se presentaba ya al principio de la novela como un interrogante. Por otro lado, conocíamos a Marcos, joven estudiante, de gran vocación por el arte pero en cuyo circuito no se ha movido todavía, inmerso en su soledad de estudioso y lector infatigable. A través de la influencia de la atractiva profesora Helena, dotada de la experiencia que él desea, y de la órbita del artista Jacobo Montes, Marcos emergerá de su guarida para vivir una suerte de iniciación al mundo del arte contemporáneo en toda su complejidad y sus paradojas.
Así, el lector acompaña a Marcos en su aprendizaje del arte como vivencia, a la zaga de realidades que están a la vista y a la vez se ocultan. Los motivos que funcionarán como detonadores de la experiencia artística serán tanto algunas obras de arte extremas, mostradas por Helena en sus clases (Flannagan el supermasoquista y demás) como algunas realidades de Murcia que Montes invita a Marcos a perseguir, a saber, el submundo de la migración: los locutorios atestados de usuarios, la gasolinera donde se aglutinan a primera hora una retahíla de candidatos a trabajos precarios volátiles, metáforas reales de la dureza de la vida de los inmigrantes, habitantes de las periferias y lados ocultos de las ciudades.
Todo ello provoca en Marcos un gran desconcierto, que le hace vivir la cara y la cruz del mundo del arte. Por un lado, Jacobo Montes descubierto como Arte “social” que hace ver las injusticias a través de situaciones incómodas, y que, de modo muy postmoderno y nada evidente, debe reproducir la injusticia para que sea visible. Por otro lado, el cinismo de los medios artísticos, donde al final el motor de todo ello es el dinero que se puede ganar con las obras, y el dinero que se puede usar para comprar la voluntad de una persona para realizar con ellas lo que uno considere arte.
La dignidad y la indignidad de la persona, la transacción brutal de dinero o de sexo, juegan como elementos estructurales de una novela que planea sobre los límites de lo moralidad y lo inmoralidad, y reabre la vieja cuestión, ¿puede el arte ir más allá de la ética? Esto se plantea doblemente, a través del discurso literario en sí, que constituye la novela, pero también a través de las composiciones artísticas o propuestas globales que en la novela aparecen, que funcionan  como Iconostasis, al modo del arte bizantino: imágenes que mantienen su misterio en la distancia insalvable respecto al espectador.
Intento de escapada, finalmente, compagina a la perfección algunos ingredientes más abtractos propios de la novela filosófica con otros más truculentos, cercanos a la novela negra, que incitan el interés del lector por saber qué sucede al final.
Y, como no podía ser de otro modo, la novela debe acabar con la interrogación pura, con la misma que planteaba la novela, ahora enriquecida por todas las disquisiciones que han atravesado el relato. Ni siquiera sabremos si el personaje crítico con el sistema del arte ha logrado ser consecuente o ha transigido de manera definitiva con él. En una primera instancia parece haberse alejado de Jacobo Montes, después de establecer su propio límite moral respecto al medio artístico. Pero un poco después se nos dice que adquirió una beca de doctorado en Estados Unidos y que comisaria exposiciones, etcétera, así que se ha vuelto una pieza más del engranaje. Además, al final, de manera muy hábil, el paratexto contradice el contenido diegético de la novela, puesto que encontramos una suerte de epílogo donde se nos dice: “Este libro se escribió con motivo de la exposición Intento de escapada: Jacobo Montes y la ética de la distancia…” donde se revela que el autor ha entrado a formar parte del sistema hasta el punto de colaborar con Jacobo Montes de la manera más cínica.
En definitiva, y de manera acorde con el adagio que da título al libro, Intento de escapada, al final ignoramos si se ha producido una escapada o no, tanto la escapada tan deseada de Omar de la trampa conceptual tendida por Jacobo Montes, como la escapada moral de Marcos del montaje del mundo del arte.¿Cuál es el papel del crítico, el teórico del arte como lo es de manera incipiente Marcos?, se dice el lector tras acabar la novela. ¿Solo puede que legitimar de manera indiscriminada las prácticas artísticas más dudosas de la contemporaneidad?
El instante de peligro
Publicada en 2015, presenta un tono muy diferente a la anterior novela. Se trata de un libro elegíaco, crepuscular, y a la vez atravesado de los fogonazos de la pasión que acompañan al renacer. A través de un tono discursivo  continuo todo se mezcla, el presente y el pasado, la escritura y el arte, la ficción y la vida, la amistad y el amor, la ilusión y el desengaño.




El libro parte de un silencio, de un vacío, en material artístico pero también en emoción vital y en ilusión por lo académico. Martín Torres, profesor, investigador de arte y escritor, es invitado a participar en un proyecto artístico en el Clark Art Institute de Willliamstown, donde el mismo Martín había sido becario investigador una década atrás. La artista en cuestión, Anna Morelli, le proponer escribir una historia para dotar de significado a una serie de películas mudas que ha encontrado. Dichas películas exploran con fijeza un mismo lugar en un mismo paisaje, a lo largo de un metraje casi infinito y a través de todas las estaciones del año. En el paisaje, solo hay algo en movimiento: una sombra, una presencia inquietante. Algún artista anónimo ha grabado la fijación de un instante, como han hecho otros artistas del arte contemporáneo. Torres, algo bloqueado, entre los recuerdos de su reciente divorcio y los de otra época mucho más apasionada en ese mismo lugar, primero investiga de manera intelectual, hace acopio de información, saca a la superficie el profesor e investigador que hay en él para hacer suposiciones sobre qué tipo de artista hay bajo esas películas y cuál puede ser el hilo de significado en el que escarbar. Mientras tanto, participa en las reuniones del Clark, en los intercambios intelectuales, y es consciente de su propio vacío, de su escepticismo sobre la vida académica, en contraste con otras épocas donde podía entusiasmarle. Sin embargo, poco a poco irá identificándose con el proceso creativo de la artista Anna Morelli y compartirá con ella la experiencia artística. Al tiempo que descubren la procedencia de las cintas y la existencia real que subyace bajo esas imágenes, el vacío de Anna le atrae, y le hace acercarse al propio vértigo también irremediablemente. Pero dicho vacío solo se podrá colmar o atravesar después de enfrentarse a él de verdad, “hasta quemarse”, no con la cabeza, sino con la emoción, con el recuerdo propio. Así, el protagonista acaba sumergiéndose con todo su ser, con todo su cuerpo en el proyecto, arte, sexo, muerte hechos una amalgama perturbadora, una exploración total donde el cuerpo no puede ser ajeno del proceso del que se deja constancia, como sucedía en Intento de escapada.
Así, el escritor- investigador acaba ahondando en su propia psique sin huir de ella hasta encontrar el centro del propio dolor. Solo entonces lo que la mirada muestra, lo que los recuerdos sugieren, toma cuerpo en forma de sombra, de huella que reclama su lugar. Marcos Torres, una vez está dispuesto a “quemarse” por el arte, pasa de observador a sujeto. Solo así la experiencia artística se transmuta en experiencia transgresora, poderosa. Y del vacío emerge la plenitud del recuerdo, y también la posibilidad de vibrar de nuevo.
“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro.”
Es la cita inicial de Walter Benjamin a la novela, palabras que ejercen de coda de estas páginas.
Y en el fondo de El instante de peligro, viaje para renacer de las propias cenizas a través de “apoderarse del recuerdo” en un momento en que este relampaguea, anida una carta de amor desesperada, aunque a menudo nos haga dudar sobre quién es la destinataria, ya que el amor se presenta como una experiencia compleja y múltiple, y también un homenaje a todos los momentos de la existencia tan intensos como volátiles que aunque desaparecidos, siempre pueden recuperarse a través del arte.
Como en el caso anterior, la novela acaba cuando se anuncia como proyecto de sí misma, en este caso con El libro de Clark que el protagonista va a escribir, culminando así la sensación de autoficción que nos ha acompañado todo el tiempo.
Resulta curioso cómo se engarzan entre sí las dos novelas, Intento de escapada y El instante de peligro, de títulos de algún modo análogos, de sintaxis similar pero que indican de manera opuesta movimientos centrífugos y centríptetos, aunque siguiendo ambas los movimientos de un mismo personaje- estudioso de arte. ¿Hay una intención palpable de confundir al lector en los parámetros entre realidad y ficción, al modo de la órbita de la novela autoficcional, podríamos plantearnos? Aunque el nombre del protagonista no sea Miguel Angel Hernández como el autor sino Marcos Torres, ciertamente aparecen referencias cruzadas en sus dos novelas, donde se persiste en sembrar la confusión entre narrador y escritor, y vemos al narrador de la segunda novela como autor de la primera. Así, en En El instante de peligro se repite la frase “Nadie se folla a las mentes”, y el mismo narrador aclara que eso ya aparecía en su “primera novela”. También encontramos mencionada la relación entre Martín y Helena de la anterior novela, puesto que una alumna del protagonista le susurra al oído que quisiera que alguien la mirara como Martín a Helena. Por otro lado, la migración constituye un campo semántico importante en Intento de escapada, y luego en El instante de peligro se dice que es un estudio que el protagonista dejó sin acabar. (Y fácilmente podemos comprobar en la página Web del autor que en 2011 publicó un ensayo titulado Arte y visibilidad en la cultura migratoria). Dichos indicios siembran el mapa autoficcional de las obras, aunque por otro lado se está subrayando el carácter literario de ambas obras, porque nótese que afirma que dicha frase aparecía en su “primera novela” en vez de afirmar que el personaje haya vivido los hechos correspondientes a la primera novela, por más que estos pudieran relacionarse con la biografía del autor. (Un estudiante de arte, la ciudad de Murcia, un estudio sobre migración, etc.) Los personajes son y no son a la vez el autor, constituyen figuraciones del mismo, otros yo, existencias que parten de ciertas circunstancias compartidas con el autor para acceder más allá, tal y como comenta Pozuelo Yvancos en Figuraciones del yo…, hablando de los personajes de Vila-Matas o de Marías. La novedad de Miguel Hernández es que el yo autoficcional sea un estudioso del arte, cosa que da al discurso literario otra dimensión.
Diario de Ithaca
En paralelo, y si no tuviéramos ya bastante confusión entre autor y narrador, Hernández nos brinda sus diarios de escritura, donde hace referencia también a la situación en la que escribe, sus lecturas, sus encuentros… Aquí el lector puede asomarse intrigado en constatar qué elementos se han transmutado en la novela y cuáles no. Y es que, si bien para un novelista pueda ser irritante la clásica pregunta sobre “qué es real y qué no en tu novela”, porque a ningún mago ni cocinero le gusta revelar sus secretos, y porque toda creación es real y no al unísono, puesto que, como advertía Pitol en El arte de la fuga, el escritor realiza con su propia experiencia una “prótesis múltiple en el interior del relato”, resulta innegable que cierta narrativa que conjuga las referencias reales con la más pura imaginación provoca una tensión en el lector, una pulsión por saber, que le lleva a convertirse en un Voyeur.

Ya sucedía así en Presente continuo el diario de escritura paralelo a la confección de la novela El instante de peligro, definido por el autor como una suerte de making off de su novela. El Diario de Ithaca (Newcastle, 2016) es posterior a dicho momento, y acompaña al autor en su recepción del premio Finalista Anagrama por El instante de peligro así como su traducción al inglés de Intento de escapada, a la vez que nos sumerge en su labor de investigador en el mundo del arte y profesor temporal en la universidad americana. Diario de Ithaca se lee con gran placer por la inmediatez de su estilo presente y por alumbrar un momento especial de cierta consagración en la vida de su autor; aquí podemos observar a Miguel Ángel Hernández en carne y hueso, con sus inseguridades, sus ilusiones, su ironía, sus burlas ante el espejo, si bien recordaremos las palabras de Roland Barthes:
“Toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica.”
Tal y como se indica en el libro, en 2015 el autor realizó una estancia en Ithaca, al norte de NY, en la Universidad de Cornell, para investigar la relación entre arte y temporalidad. Y, en paralelo a la investigación académica, a lo largo del Diario de Ithaca se produce una búsqueda personal de la vivencia sosegada y continua del tiempo, en una utopía de deseos de lectura y escritura constantes. Sin embargo, se concitan diferentes exigencias propias y externas (como dice, es el antibartleby y no sabe nunca decir que no). Así, sus momentos de meditación, escritura y lectura mientras ve nevar y deja que el tiempo pase dócilmente, sus atardeceres de plácida familiaridad y borrachera con sus vecinos Joe y Maria son atravesados de contrapuntos de mil proyectos. La responsabilidad de crear algo para la Society for the Humanities que le ha concedido la beca; la preparación de un seminario que se quiere reflexivo y participativo y las dificultades con el inglés para acceder a sus alumnos; la escritura de prólogos y artículos. Hay cierta angustia por no llegar a todo de manera armoniosa y a la vez una necesidad constante de dejarse arrastrar por innumerables estímulos.
Por otro lado, y a pesar de los pesares, hay cabida en esos días también para innumerables lecturas, de clásicos y contemporáneos, y se mencionan igual a Nabokov que a Vila-Matas o a Menéndez Salmón; también se deja constancia de algunos encuentros envidiables como el que se produce con un intelectual de la talla de Enzo Traverso, que acude a una sesión que protagoniza Hernández como escritor y al que Traverso le acaba haciendo una inocente pregunta propia del lector más humilde: si prefiere escribir por la mañana o por la noche.
Los temas más propiamente literarios son intercalados por las explicaciones más pragmáticas de sus viajes de retorno a España, por familia o por promoción literaria (Murcia, Barcelona, Madrid) así como sus viajes a Nueva York, periplos donde el lector trata de imaginarse constantemente qué supone una vida con ese movimiento incesante, por más que sean requerimientos felices.
Hay también aquí vasos comunicantes constantes con El instante de peligro; el mismo Hernández reconoce que hay un vórtice que le comunica con esta novela, y algunas de las escenas allí pergeñadas acaban haciéndose realidad más tarde. Algunos detalles al respecto puede percibir el lector, como la aparición de personajes reales en ambas obras y la confusión del recuerdo posterior (¿Lo leímos en la novela o el diario? ¿Qué parte era una “confesión” de la realidad y qué parte una posible fantasía?). Así sucede con Mieke Bal: en El instante de peligro ha escrito una recomendación al protagonista; y en el Diario de Ithaca el protagonista está elaborando un prólogo a una obra suya.  (¿O era al revés?) En ambos casos se produce una estancia americana, y el protagonista se encuentra con la exigencia de producir algo concreto que le viene exigido desde fuera, y el deseo de dejarse llevar por las sugestiones imprevistas. En fin, llegará un punto que el lector que haya leído de manera consecutiva la novela y el diario ya no sabrá si lo ha leído en el diario o en la novela y por lo tanto la confusión realidad- ficción será ya impenetrable y definitiva.
Sin embargo la realidad nunca es tan sublime ni tan contrastada como la ficción; al contrario que en caso de la novela, al final de su estancia americana, a Hernández entendemos que le espera una tranquila vida en pareja (con la tal Raquel, que aparecía ya citada en la dedicatoria de Intento de escapada); un trabajo estable en la universidad (como profesor adjunto acreditado)… El mismo autor comenta con sorna que tiene más suerte que el protagonista de El instante de peligro que vuelve de la estancia americana atravesado por el dolor de la pérdida, hueco de amor y también de posición académica y de ilusiones. “Mi historia es menos triste.”, dice.
En Diario de Ithaca hemos asistido a la desacralización del artista-profesor, hecho que lo hace una lectura saludable y optimista más allá de la feria de vanidades; un retrato al vuelo de alguien endiabladamente entusiasmado por sus proyectos y a ratos agobiado y arrepentido; que debe presentar los informes académicos y que nunca sabe cómo hacerlo y se equivoca; alguien que  no calcula bien y debe volar de regreso con un exceso de maletas llenas de libros; alguien que adora a sus amigos aunque el tiempo se le va de las manos por seguirlos a todos; que engorda demasiado con la dieta americana, o que debe recurrir a la masturbación en algunas noches de invierno. La coda “No puedo ser más feliz” se va repitiendo con humor entre la urgencia, la desidia y la ocupación, transportándonos a un estado de ánimo hecho de ilusiones, de aturullamientos, de breves silencios, de autoironía, pero transmitiéndonos siempre un interés contagioso por el arte, y, cómo no, por el transcurrir mismo de la vida.

Este artículo apareció en la Revista de Letras el 16 de febrero de 2017.