lunes, 22 de octubre de 2018

The second time around


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No me suelo dedicar aquí a contar sueños. Un sueño suele interesar solo a su propio dueño. Sin embargo el sueño de hoy me ha ido acompañando todo el día,  hasta que finalmente lo he entendido, y creo que de él se puede extrar alguna reflexión que interesara a un hipotético lector.

Trataba sobre mi hija pequeña. Es un ser tan desconcertante como vivaz. Nunca sabes si te comerá a besos o te echará de su lado. Si deseará bailar o que la abraces sin límite. Si será feliz por ir a una fiesta o te gritará a cajas destempladas que quiere volver a casa. Puede ser independiente y salvaje  o dulce como koala.

Bien, pues en el sueño íbamos toda la familia con ella y llegábamos a una piscina gigantesca.  Nos salían a recibir unas mujeres joviales, y saludaban con especial interés a Emma, a ella, la pequeña de la casa, y le decían que si quería podía adentrarse ya allí que había muchos espacios para jugar. Ella se iba de su mano, contenta, y yo pensaba, esta niña está creciendo, mírala qué independiente y segura. Y secretamente agradecía no tener que estar pendiente de ella y de sus caprichos un rato. Pero ella nunca volvía. Y después acabábamos sabiendo que se había adentrado en una secta muy peligrosa de la que es muy difícil emerger. Había toda una ciudad oculta donde captan a los seres que les interesan desde muy pequeños y los retienen para sus fines. De golpe yo pasaba de la tranquilidad y el desapego al pánico y al más feroz de los amores. Recordaba su fino pelo con una nostalgia insoportable, y pensaba que daría lo que fuera por rozar sus cabellos. Pensaba en sus ojos llenos de vida y en su expresión despierta, de la que sabe siempre más que quien la mira. Empecé a sospechar que querían de ella su energía imbatible, su determinación, su inteligencia. Y empezaba a echarla de menos terriblemente y a saber con certeza qué es todo lo que admiro en ella. De golpe me volvía una madre combativa y terrible. Perseguía a las responsables directas e indirectas de la secta. Les gritaba con una voz que no me había oído nunca, de osa de las cavernas. Convocaba a todos los amigos y familia delante de la entrada de aquel lugar para defender mi causa. Pero al final mi madre misma llegaba a decir algo que me consolaba y me hacía vislumbrar por fin la esperanza: "Emma es una gata. No se va a conformar con quedarse ahí si no le gusta. Les morderá. Les arañará. Tendrán que dejarla libre o les va a volver locos." Yo sonreí y supe que tenía razón.

Después de todo el día con una sutil sensación de angustia como sordina de fondo, por más que supiera que solo era un sueño, poco a poco he ido entendiendo. La angustia no era solo porque no volviera. Era porque yo en algún momento había deseado que se fuera, que me dejara tranquila. Y no había entendido cuánto me importaba hasta que no estaba. Todo el día he admirado sus ojos inescrutables, su movimiento impredecible, su baile, su alegre locura cotidiana, hasta sus rabietas.

Y me ha dado por pensar que el segundo hijo es como el segundo amor de tu vida. Ya no tienes una expectativa tan gigantesca . Ya no tienes ideas previas sobre lo que tiene que ser, sobre lo que quieres que sea. Solo tienes claro lo que no quieres que sea: no quieres dudas, preocupaciones. Simplemente sientes por intuición cuando todo va bien, cuando la vida fluye. Y con el segundo amor, el segundo hijo, todo va tan rápido que no tienes tiempo para detenerte a pensar, para detenerte a admirar. Te dejas llevar, para qué quieres más, vas hacia donde sabes que quieres ir. Pero un día te das cuenta de que la primera vez saboreabas más las ocasiones, te detenías más. Y sabes que esta segunda vez es igual de maravillosa aunque no te detengas tanto para pensarlo. Y de pronto sientes que todo está yendo demasiado rápido y que un día este amor se puede perder por entre el mundo, por entre el paso del tiempo. Y solo entonces te das cuenta de los rasgos inigualables de este ser, de la fuerza insobornable de este amor que te gobierna. Y te paras y admiras y luego dices que adelante, que quieres que todo siga adelante, como este ser te enseña, que los días sigan adelante como eterna danza. Pero sin dejar nunca de acariciar ese mechón de pelo, mirar esos ojos tal como son ahora e intentar aprehenderlos para siempre.


Love is lovelier the second time around
Just as wonderful with both feet on the ground
It's that second time you hear your love song sung
Makes you think perhaps that love, like youth, is wasted on the young
Love's more comfortable the second time you fall
Like a friendly home the second time you call
Who can say what brought us to this miracle we've found?
There are those who'll bet love comes but once, and yet
I'm oh, so glad we met the second time around
Who can say what brought us to this miracle we've found?
There are those who'll bet love comes but once, and yet
I'm oh, so glad we met the second time around

sábado, 20 de octubre de 2018

O'Brien, Ferrante, Lehmann. Relatos que inventan destinos



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Hay autoras que nos seducen irremediablemente por su obra en conjunto, por la sensibilidad y los pasos afines con que nos guían en sus búsquedas. Es el caso de la obra de la irlandesa Edna O’Brien (1930) así como la de la italiana Elena Ferrante (1943): desde entornos tan diferentes como hermanados, el de la Irlanda rural y el del suburbio napolitano, ambas dibujan en su obra un fresco apasionante en que se conjuga la lucha de la mujer por desarrollarse en sí misma, más allá de cualquier límite, en la pasión y la vida cotidiana, y  el afán por realizar una obra.

Empecemos por lo más explícito: recientemente se ha publicado Chica de campo, por Errata Naturae (editorial introductora de la autora en España) las memorias de Edna O’Brien a sus ochenta años, un libro  crepuscular y apasionado, que arroja luz a la obra de la irlandesa, y a la vez aporta algo de incalculable valor: el relato del destino de una mujer que luchó por realizar su obra a pesar de los pesares. Más allá de las estrecheces de su pueblo natal, del oscuro reinado de las monjas, de las borracheras de su padre, de los terrores morales inculcados por su madre. Más allá también de las garras de un marido que desea a su lado una esposa-niña pero no una mujer que sea aclamada como escritora más que él mismo. Sorprenderá la escenografía variada en que se mueven las vivencias de la autora, los periplos en su vida londinense en pos de su libertad no exenta de maternidad, por la que combate. Su segunda vida neoyorkina, la que retoma a temporadas y que la lleva a conocer a Normal Mailer, Arthur Miller, Jackie Onassis y tantos otros. El ahínco por hallar el amor, y la dificultad por encontrar a un hombre al que le una la pasión y también el compañerismo. El inicio del atardecer de su vida, con la mezcla de serenidad y melancolía que conlleva, los límites cada vez más borrosos entre el presente y el pasado, la certeza de que no habrá más pasiones que la conmuevan y desestabilicen, pero sí habrá más literatura.
Precisamente hace un año Errata Naturae publicaba  la novela de O'Brien Un lugar pagano que reflejaba la infancia y la iniciación a la vida en la conciencia de una muchacha de un pueblo irlandés. En una segunda persona perturbadora y una sintaxis seca y a la vez diáfana, que no hay palabra que no admita nombrar ni adjetivo que no dibuje los perfiles de ese mundo, O'Brien nos relataba lo brutal de la iniciación a la sexualidad en comunidades acorazadas por la religiosidad, como su lugar de origen. Allí si una chica quedaba embarazada podía sucumbir al juicio de un pueblo entero o al conchabamiento de sus padres con el médico o a una brutal paliza. Otra podía confundir el deseo de amor y pureza con la admiración por un párroco joven de oscuros deseos transmutados en su hábito. Se nos describirá con crudeza las trampas que la situación impone a algunas chicas ansiosas de erotismo. Y al final entendemos por qué la novela se llama contradictoriamente Un lugar pagano, porque si bien el catolicismo impregna las convenciones sociales de la población, en realidad la potencia de la naturaleza circundante, de la búsqueda erótica, se despliega con una fuerza mayor a los condicionantes coercitivos del lugar de origen, sumiendo a algunas muchachas en un terrible destino al huir a veces a marchas forzadas con el primer tren que puede alejarlas de allí. Asimismo, unas vivencias semejantes a las andanzas juveniles iniciáticas de la autora, en su lado menos complaciente y poblado de claroscuros hemos podido leer en su trilogía Las chicas del campo, donde seguíamos los destinos de dos amigas que huyen de su población natal en pos de una identidad moderna y cosmopolita, para luego acabar en unos matrimonios desdichados y en un Londres siniestro, relatos que sobrecogen en su ironía trágica.
Habíamos podido leer asimismo unos meses atrás A la intemperie de Rosamond Lehmann (Buckinghamshire, Inglaterra, 1901- Londres, 1990), una de las figuras menos conocidas relacionadas con el Bloomsbury, publicada también en castellano por Errata, continuación de "Invitación al baile” y nos había dejado una sensación agridulce similar a la de los textos de Edna O’Brien: novelas que relatan el transcurso de una vida bohemia, preñada de expectativas, y el posterior encuentro con un hombre casado y la vida que aquí se inicia de pasión, de tumulto, sumergiéndonos en todas las contradicciones del personaje principal, cuya sintaxis oscilante es portadora de toda la volubilidad del ser en que se mueve el personaje. En este caso lo íntimo del relato es sabiamente transpuesto a través de una tercera persona que mueve a la compasión y también a la distancia, puesto que a cada página va quedando más en evidencia de qué manera se corporeiza en la protagonista el destino de cazador cazado. La pasión por la que se deja transportar la protagonista pretende ser una consecuencia más del camino de libertad y autenticidad de la joven, pero pronto el lector observa que se trata de una vulgar pasión estéril, fruto del engaño y que conduce a lo contrario: a la dependencia sin sentido y a la ausencia de libertad interior...un destino ciertamente cruel en que se deja atrapar Olivia, que precisamente era la joven más cerebral y orgullosa de su independencia moral en la novela anterior, Invitación al baile. De algún modo el destino dibujado en las novelas de Rosamond Lehmann vendría a ser el negativo del relato autobiográfico de O'Brien, de un modo similar a Chicas felizmente casadas, tercer volumen de la trilogía de la irlandesa; esto es: la mujer que se quiere libre, que desea inventarse un destino, que en su primera juventud se fragua una identidad de autosuperación no exenta de soberbia, pero que después sucumbe a la peor dependencia emocional respecto a un hombre, y de repente ya nada más que eso parece importarle. La prosa de Lehmann, en su monólogo interior y su aparente inocencia, resulta a ratos subyugadora y otras revuelve la sangre, tan flagrante es la autocondena que la protagonista se inflige.

Todas estas contradicciones se hacen también explícitas en la monumental tetralogía de Ferrante, Dos amigas (publicada en castellano en Lumen entre 2012 y 2014) donde hemos podido leer los complejos destinos de Elena Greco y Lila Cerullo desde la infancia hasta la vejez, en una prosa muy fluida que entrevera pasajes descriptivos evocadores de tiempos y ambientes, retahílas de pensamientos que caracterizan muy bien al personaje, escenas de gran agilidad que nos hacen vivir la historia prácticamente como una película. (No resulta extraño que HBO la haya transformado en serie, que se estrenará próximamente.) Ambas mujeres, como las heroínas de O’Brien o Lehmann, pugnan por revertir desde su infancia (en La amiga estupenda) todos los prejuicios reinantes sobre el rol de la mujer, que debe tener buena reputación, ocuparse en tareas prácticas y buscar un marido; la  inteligencia, astucia, voluntad de estudio y de salir de toda estrechez de miras permiten a ambas mantener una distancia con el entorno mientras construyen su espacio y calibran la huida. Más tarde, Elena, se evadirá de su Nápoles natal y de cualquier matrimonio precipitado o profesión ninguneadora, para desarrollarse con el arma del estudio y cambiará su residencia por el norte, mientras que Lilla se quedará en su lugar de origen y se casará joven y trabajará como se le es supuesto, con todo el amargo descubrimiento que ello le supondrá, como leemos en la segunda parte "Un mal nombre". Ahora bien, los demonios y las dudas sobre el destino elegido surgen a ambas en diferentes momentos, y las deudas de los caprichos de la carne aparecen antes o después, como leeremos en "Las deudas del cuerpo", tomo donde es más evidente que nunca la ambivalencia moral que se transpira en ambas mujeres, que aparecen como legitimadas por la novela de manera alterna según qué fase de la vida se narre. Huelga decir que en el caso de ambas la iniciación sexual, como sucedía en las autoras antes comentadas, no corre pareja a la iniciación erótica. Hay un deseo de amar, de experimentar con las emociones y el cuerpo, pero la violencia que reciben en sus primeros escarceos no corresponde a la supuesta adoración que su juventud provoca, y no es sino más adelante que ambas logran algún instante donde emoción y pasión física se corresponden. Ahora bien, (y aquí uno de los mayores logros de Ferrante, más allá de la trama vigorosa que nos mantiene en vilo): ¿en cuál de las dos mujeres reside en realidad una libertad moral más profunda? Aparentemente la heroína con la que el lector tiende a identificarse es Elena, en primer lugar porque es la protagonista principal y narradora, y de cuyos pensamientos y motivaciones tenemos siempre constancia: tal y como ella va desvelando, la acompañamos en su voluntad de hacerse a sí misma, de convertirse en estudiosa y en escritora. Es la cerebral, la intelectual, la que siempre tiende a reaccionar de la manera más sensata o sosegada y trata de limar asperezas en su entorno y en su vida, aún a costa de reprimir algunas de sus pulsiones más recurrentes. Lilla en cambio, en un primer momento parece visceral, irracional, de motivaciones incomprensibles, y de hecho es el personaje que siempre permanece en parte en la sombra, pues solo tenemos de ella la perspectiva de Elena. ¿Es Lilla alguien tan irreflexivo y poco ambicioso respecto a su destino, como en algún momento pudiera parecerlo? ¿O simplemente se trata del perfil que deja entrever, y en su interior se halla una reserva de fortaleza inagotable? ¿Y no es ella la más dispuesta a cambiar de trabajo, de residencia, de pareja, reinventarse de nuevo cuantas veces haga falta, y formarse de manera libre y autodidacta, mientras que Elena, por más que viaje, que escriba, que sea una conocida activista feminista, no logrará borrar de su mente los lazos perennes con su Nápoles natal -con cuantos sentimientos de culpa ello suponga- ni tampoco la idolatría por un tipo de hombre, por el cual estaría dispuesta a tirarlo todo por la borda? Hasta la propia Lilla no logra entender cómo Elena, que ha llegado a ser "alguien", está dispuesta a creer en esa suerte de espejismo de enamoramiento tardío con el mismo ímpetu de la adolescencia. Las contradicciones y contrastes entre ambas mujeres, de hecho, sintetizan la paradoja que anida en el seno de un buen número de mujeres: la necesidad de construirse como persona, como individuo, como creadora, y a la vez el deseo de conciliarse con el origen, o quedarse en la zona de confort, valorando  las necesidades pragmáticas y morales ligadas a la familia; el equilibrio entre el respeto a los propios deseos y a la propia persona; la dificultad de compaginar su vocación con el cuidado maternal que no fagocite toda su existencia.
Al final no queda claro si lo más conveniente es intentar realizar su destino desde dentro de los condicionantes y las dificultades, o más bien cambiar de lugar de residencia, (aunque la ciudad de infancia siempre nos acompaña) o simplemente desaparecer, dejar de ser para todo cuanto nos condiciona y nos hace daño. Ciertamente hay una sensación de pérdida grande al final del último volumen, La niña perdida, si bien la pérdida puede ser la de las proyecciones y la esencia de lo que fuimos en la infancia o todo aquello que fue asolado por las vicisitudes de la existencia.

En cualquier caso, hay destinos de mujer que llaman a ser contados, y que gozan de abundantes lectores deseosos de leerlos, como se ha visto en el caso del clamoroso éxito de la saga Ferrante; sobre todo cuando la narración se centra en el abismo de la esencia de ser mujer con todas sus contradicciones y luchas. Se está contando, se está reescribiendo o traduciendo (imprescindibles también las arriesgadas voces de Vivian Gornick, Mary Karr y Angelika Schrobsdorff, desde el memorialismo y la semificción, publicadas recientemente en castellano, entre tantas otras) y aún tiene que contarse y leerse esta historia: la de la mujer que no ceja en sus deseos de pasión sin que ello deba suponer renuncia, que tampoco niega  su voluntad de crear ni de ser madre, y la dificultad de conjugar todo ello en un mismo destino, y conciliándose con el destino de origen.
Alguien podría argüir que se trata de una  historia ya contada de otro siglo, pero en realidad aún se está escribiendo la lucha titánica que ello supone: las rudezas de la iniciación sexual, las contradicciones que la libertad acarrea, la pugna entre razón y sentimientos, la voluntad de acero que requiere llegar a conciliar todas las facetas de su existencia en armonía con una misma, con o sin pareja al lado. Y evidentemente no se trata solo de proclamar que la mujer pueda trabajar, pueda escribir, pueda ser tratada aparentemente como igual. Se trata de que su destino no se dé por supuesto, que lo elija cada persona y cada día, que una mujer pueda merecerse todo lo que se proponga sin tener que pedir perdón por ello, con la misma naturalidad con que un personaje masculino lo haría, que raramente estará pendiente del fardo de su educación, ni del ninguneo de su pareja, ni del tiempo infinito devorado por el cuidado de sus hijos.
Nunca se recordará bastante la consigna de Simone de Beauvoir "no se nace mujer, se llega a serlo". Y algunas lecturas pueden ayudarnos a visualizar cómo nos conviene o no nos conviene llegar a ser mujer, y nos recuerdan la importancia de "maximizar las posibilidades de vivir la vida", puesto que "nos perdemos en lo que leemos, solo para regresar a nosotros mismos, transformados y parte de un mundo más expansivo", como ha dicho más recientemente Judith Butler.

* Este artículo se publicó en la Revista de Letras el pasado 17 de septiembre de 2018

miércoles, 29 de agosto de 2018

Flâneuses en Paris



Hacer el flâneur una sola en París es fácil: requiere solo situarse en el mapa de París y reavivar la predisposición para seguir sus aristas. Hacer coincidir el pie real con el pie soñado. Recordar con Aragon que se puede mantener a través de los años el «sentiment du mervelleux quotidien» sin dejarse tragar por los hábitos de la edad adulta. Entender que esta calle, esta esquina es única, y también la de más allá. Perseguir las secuencias ya vividas anteriormente, revivir la melancolía de aquel puente, la vitalidad exuberante de aquel barrio, la emoción por recuperar lo que hay después de aquel arco. Buscar siempre algo más allá, algo nunca visto: la belleza de una fachada, el misterio que aguarda dentro de un museo, el frescor que emana una escalera oculta, el magnetismo de un pasaje escondido, y hacer de la ciudad una red de signos, como quería Benjamin. Continuar esa necesidad insaciable de recorrer el mapa entero de París, de retener en el cerebro todas sus estampas e ir calibrando sus variaciones mientras el tiempo se mueve en espiral, en el punto exacto de la modernidad, esa mitad del arte de la que hablaba Baudelaire, basada en lo contingente, lo transitorio, a caballo sobre la otra mitad del arte, lo eterno e inmutable.
Ahora bien, hacer el flâneur, o flâneuse, en compañía requiere algo más de entrenamiento. Especialmente si las flâneuses que te acompañan son tus hijas pequeñas.
Los recorridos nunca serán tan completos, nunca se accederá a todo cuanto uno deseara previamente, puesto que los pasos evanescentes del flâneur son sincopados por el hambre, la sed, los cambios necesarios de escenario, el ímpetu de jugar con lo que sea, un párquing de bicis, una máquina de fotos instantáneas. Aunque, si lo pensamos bien, en realidad no hay mayor reverberación de «el sentimiento moderno de la existencia» que este intento de vivir la ciudad en toda su intensidad y a la vez compartirlo con dos niñas pequeñas. Las contradicciones vividas hacen de ello algo todavía más ambivalente, más claroscuro, más único.  ¿Pues no es más auténtico flâneur el que no predice del todo sus pasos, el que se deja llevar por el viento de la oportunidad, el que captura una secuencia de la existencia que está a punto de desaparecer, de transmutarse en otra cosa? Ir con tus hijas no te permite no estar presente, no estar en el cénit exacto del segundo sin que la mente vuele a lugar alguno.

Estás ahí, en pleno centro de París, o en un barrio de las afueras. La vida tan abierta como cuando conociste la ciudad, la misma excitación cuando se hace de noche, pero una vida además multiplicada por tres. Sabes que el momento es solo vuestro, no hay horarios, nadie os espera. Apenas tienes tiempo de registrar lo vivido, pero estás tan fuertemente adherida al aire que pasa. Sabes que no tienes a nadie cerca a quien llamar ni que te llame. Y el peso de la libertad y la responsabilidad te sumerge en un vértigo irrefrenable, una angustia extraña e innombrable.

Estás ahí, como tantas veces atrás. Estás ahí. Pero ya no eres la misma, la ligereza no te conduce por un azar cualquiera, tus pasos ahora condicionan otros pasos y solo de ti dependen las decisiones y sus consecuencias. El peligro antes despreciado ahora se vuelve de perfiles más ciertos rondando en las esquinas, y un cristal puede romperse en mil pedazos, una niña resultar herida,  tú misma ser incapaz de permanecer como timón inmutable. Eres una con ellas y mimetizada en los alegres pasos, pero a la vez sabes que eres la única adulta, y eso hace que en ti se pose una sombra que no puedes expresarles, que está en ti sola, un yugo en el corazón que no habías previsto enmedio de un lugar hermoso, como un síndrome de Stendhal trasnochado. Has venido a Paris a hacer de flâneuse y te descubres una extraña, una mujer que quiere contagiar el amor por París a sus hijas pero que está temblando de miedo. 
Ya lo decía Vila-Matas, que cuando uno viaja solo lo extraño no es la ciudad sino  uno mismo. Y ahora tu extrañamiento es doble: pues vives en tu fuero interno la misma antigua extrañeza, acompañada de una tensión interna insobornable, una conciencia de fragilidad que se observa a sí misma en el límite. No te dejas amedrantar y estiras tu libertad, vuestra libertad hasta más allá de donde necesitas llegar, a la zaga de cuanto imprevisto depare el día. Pero acabas descubriendo que ya no quieres llegar hasta la orilla más escondida, hasta el puente más incierto. Algo en ti se deshace cuando superpones tu presencia de madre y tu presencia de paseante libre, hace ya casi veinte años. El fantasma de tu soledad veinteañera te invade, un fantasma que no puedes soportar ahora, que te rompe, al que necesitas atravesar y dejar atrás para siempre.

Afegeix la llegenda
Dejando fantasmas de lado, nuestros paseos a tres más o menos funcionarán así: decidiremos una dirección, un posible destino. Observaremos con deleite las calles de la ruta elegida, las fachadas que encontraremos al paso. Estaremos hasta en disposición de hacer algunas fotos. Continuaremos. Comenzaremos a descubrir algo de lo que buscábamos, nos fijaremos en aquellas cosas más peculiares, en cuántos candados hay en un puente, en cómo son las escaleras de ascensión a un museo. La mayor sigue el ímpetu de conocer conmigo; sus cinco años son pura receptividad, pura sensación, cuando no veleidad y dispersión si el cansancio acecha. La pequeña, pura vida e intuición sin razones, con sus tres años.

Después, si no antes, algo sucederá. Una de las tres (generalmente la más pequeña) caerá al suelo y se hará una herida y habrá que socorrerla; o bien otra de las tres (generalmente la pequeña también) decidirá que hay demasiada gente y quiere irse de allí. Otra de las tres (la mayor, plausiblemente, o las dos mayores) la socorrerá compasiva y también se decepcionará porque se ha descompuesto el plan, tratará de llevar a la niña para los pasos deseados, con éxito irregular. Finalmente el conflicto desembocará en un plan residual y no previsto: una visita a una plaza oculta detrás del lugar mayor, una escapada a un lugar risueño donde comer; sea como fuere, un lugar que permite el juego, el goce inmediato sin esperar a los frutos merecidos por una caminata o una visita. ¿Y no hubiera sido demasiado previsible realizar lo que uno pensaba? Al final siempre nos hallamos en un lugar donde las tres vidas pueden respirar, mirar las nubes, deleitarse con un espacio donde saltar o donde acompasar la mirada, ya libre de ningún forcejeo de voluntades. Y ese es, al final, el mayor triunfo que suelen encontrar durante sus paseos las flâneuses de la ciudad.



Cuando dejemos París por Orsay, en una casa donde nos esperan, la tensión se habrá tornado en reposo, la angustia por la seguridad. Pero también nos daremos cuenta de cómo echamos de menos continuar en el ímpetu del paseante libre. El momento donde las tres simplemente estamos, nos detenemos delante de un monumento comiendo un helado, o contemplamos las palomas en una plaza.  Que el día avance a su paso, que las emociones se encabalguen progresivamente mientras la noche se acerca. La curiosidad insaciable. Los miedos que se vencen. Las niñas flâneuses también necesitan improvisar, dejarse arrrastrar por una ráfaga, quedarse atrás por entre los barcos, murmurar una canción.  Y necesitaremos volver solas a la ciudad para revivirlo. 
Cuando acabe este viaje, conoceremos más en profundidad nuestros temores, nuestras alegrías. Habremos percibido con más claridad el perfil del vacío, la oquedad abierta de los caminos por inventar. Continuaremos el empeño de acompañarnos en diferentes registros, de seguir trenzando nuestras vidas en pos de su armonía individual y conjunta.

Y yo tal vez habré entendido al final por qué tenía que realizar este viaje ahora y de este modo.







miércoles, 15 de agosto de 2018

Volver a los lugares de la infancia



Volver a los lugares de tu infancia tiene un encanto que no puede resumirse en el simple placer por revivir algo que fue agradable. Volver a esos lugares remueve todo un universo de sensaciones que nos permiten estar allí presentes, con nuestro mundo de ahora, sus satisfacciones y preocupaciones concretas, y a la vez seguir estando en nuestro universo de niños, un mundo sin límites precisos que parecía extinguido pero que repentinamente palpita.

En mi caso el viaje a Tobed me devuelve a un lugar donde todo parece bastarse a sí mismo, y donde hasta las incomodidades me resultan un lujo. El camino por la carretera a lo largo del Valle del Río Grío, ya pulsa una tecla única: de belleza austera y rotunda, las montañas bajas y redondeadas jalonadas de almendros, cerezos y olivos me da la entrada a otra manera de estar. Después el camino desde el pueblo hasta el Alto del Palomero acompaña en un olor especial, a campo seco y a noche que envuelve y te acoge como si te fueras a quedar allí para siempre. Las estrellas te parecerán iguales a las de entonces y el bar del pueblo, los familiares del pueblo, iguales exactamente a como lo fueron entonces, aunque los años todo lo hayan cambiado.

Luego está la casa familiar, ya en su decadencia, con sus humedades y grietas que reconoces como a unas viejas parientas queridas. Y a medida que vas abriendo puertas, que vas subiendo escaleras, tu cerebro va abriendo compuertas a unos recuerdos cada vez más pretéritos y vivos. Sabes que hay un granero donde se acumulan juguetes y trastos viejos, un granero que es el que ves y también el que viste hace diez años, hace veinte, hace treinta, y las diversas realidades se superponen a las veces que has soñado con ese granero y cuanto has fabulado que allí podría hallarse, y los juegos y lecturas que allí te han crecido, como quien dice, se mezclan con los juegos y lecturas que has imaginado que allí realizarías.
En cualquier caso, el lugar de infancia es un estado de ánimo. Y no hay mejor lugar de infancia que el lugar que veraneabas durante más días y veranos de tu vida, que han quedado inmovilizados en una alegría tan simple, tan básica, que apenas puedes creerlo. Ya solo deseas quedarte allí deambulando por todos los caminos, leyendo todos los libros.

Cuando tus hijas encuentren los juguetes antiguos, cuando salgan a la calle a jugar con coches y pelotas, cuando pasen el tiempo saltando y fabulando en sus camas, tendrás que contenterte para no quedarte allí mirándoles eternamente, una suave sonrisa en el rostro, el tiempo detenido que quisieras que nunca más corriera, esa casa habitada por todos quienes la han ocupado desde ayer y para siempre.

lunes, 30 de julio de 2018

Modernidades excéntricas: Vila-Matas y compañía



El pasado mes de octubre tuve la posibilidad de participar en el magnífico congreso "Modernidades excéntricas" que tuvo lugar en la Universidad Pompeu Fabra, organizado por Jordi Gracia, Domingo Ródenas y Carlos Femenías.

Y por si no fuera poco, ¡albricias! Mi artículo "Los artículos 'Café Perec' de Enrique Vila-Matas: ¿una palestra en el espacio público actual?" ha sido seleccionado para el número de julio de la revista "Artes del ensayo", que no tiene desperdicio y aquí os comparto. (Basta clicar a la portada; todos los artículos se descargan en PDF.)

¡Que disfrutéis de la lectura!


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martes, 17 de julio de 2018

Enrique Vila-Matas impone su suerte

Y aquí tenéis la lectura que hice de "Impón tu suerte" de Enrique Vila-Matas para el Heraldo.


Enrique Vila-Matas impone su suerte




El lector de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) está de suerte. Porque Vila-Matas es autor de una obra global, y su lector es también lector global, que va a la zaga de sus ideas artísticas a través de novelas, artículos, conferencias. Y últimamente se han publicado textos que hasta ahora eran de difícil acceso en papel. Por un lado, ‘Bastian Schneider’, originalmente conferencia en el Collège de France, ha aparecido junto a la nueva edición de ‘Doctor Pasavento’, y funciona como una reverberación de ‘Mac y su contratiempo’, igual que ‘Perder teorías’ lo era de ‘Dublinesca’.

Así, ‘Bastian Schneider’ retoma el concepto de copia que era eje vertebrador de ‘Mac’ y es llevado al límite como configuración teórica, pero también como escenificación de la otredad del autor, en un texto enigmático que avanza ocultándose y pone al descubierto algunos procedimientos usuales en Vila-Matas, como la intertextualidad, la “modificación” de textos o la ausencia de identidad estable.

Sea como fuere, todos los textos seleccionados pertenecen a la obra posterior al cambio de siglo, y la mayoría pueden hallarse en http://www.enriquevilamatas.com/. Se echa de menos un índice de procedencias, de modo que el lector debe rastrear en la Web si desea averiguar cronología y origen de los textos. Ahora bien, el acierto del libro radica en la división temática y no cronológica en cuatro apartados, cuyos límites son relativos, porque todo en Vila-Matas es heterogéneo y mestizo, pero que facilita el diálogo entre las ideas. Así, en ‘La escritura’ destacan los textos donde se nos habla de la interrelación entre “arte y vida” o la importancia de una “literatura del desatino” que acepta previamente el fracaso, así como el elogio de un tipo de autor que se lo juega todo en el arte más allá de las exigencias del mercado.

Por otro lado, el libro ‘Impón tu suerte’ es el esperado compendio de los textos periféricos de Vila-Matas, es decir, cuantos acompañan al desarrollo de su obra narrativa, si bien todo en Vila-Matas parte de un mismo magma literario. El llamativo título que le da nombre corresponde al publicado en la antología ‘Rata’ (2017) y supone una feliz declaración de principios sobre la vivencia de arte como riesgo, como asunción de un camino propio que no tiene que ser el establecido. Los textos incluidos proceden en su mayoría de ‘El País’, sea de ‘Babelia’ sea de la columna del autor ‘Café Perec’, aunque también hallaremos otros pertenecientes a conferencias y artículos diversos, como el imprescindible ‘El futuro’, correspondiente al discurso de recepción del Premio FIL en 2015.


En cuanto al apartado sobre ‘Lecturas’, desarrolla una brújula literaria precisa y rigurosa hacia una literatura “ética” en su búsqueda de “nuevas formas”. Navegando entre autores y textos como un tejido de links, pero con una voz que da sentido al viaje, desearemos leer los ‘Aforismos de Zürau’ de Kafka, las ‘Conversaciones con Duchamp’ de Cabanne, o bien sumergirnos en el descubrimiento de autores diversos y prometedores como Danilo Kis, Alfonso Reyes, Lydia Davis, Fleur Jaeggy o Sergio Chéjfec.

En ‘La mirada’ la perspectiva se acerca a la actualidad, pero generalmente para demostrarnos que hay más verdad en la ficción que en la realidad política. Mediante piruetas lingüísticas y conceptuales, entrelazando y contraponiendo toda actualidad con el mundo del arte y la ficción, instiga al lector a dejarse salvar por la literatura y por la perspectiva crítica, lejos de la mentira mediática y la enajenación que promulga la red.

Por último, los textos recogidos bajo el epígrafe ‘La idea’ nos introducen en regiones subjetivas y sorprendentes donde literatura, vida y actualidad se entrelazan mediante el uso de una primera persona fluctuante y semificticia; así, se nos presentan Días del libro extraños como cuadros expresionistas, alucinaciones sobre “Museos de un solo cuadro” u ‘odradeks', bajo un telón de “fondo eterno”, el del mundo del lenguaje y las ideas, donde prima la “Independencia individual”, esto es, la necesidad de criterio propio.

En definitiva, ‘Impón tu suerte’ es un libro híbrido; un poco “alemán” en su alcance filosófico y su propósito crítico, bastante cervantino en su ironía y su deseo de perpetrar el juego literario, debe leerse en un estado híbrido similar entre la gravedad y la ligereza. Bébase a leves sorbos. Páusese la lectura entre un texto y otro. Ponga el móvil en modo avión. Y luego déjese penetrar por la mirada de festival literario que teñirá cuanto le rodee.

LA FICHA

-‘Impón tu suerte’. Enrique Vila-Matas. Círculo de tiza. Madrid, 2018. 488 páginas.

-‘Doctor Pasavento, seguido de Bastian Schneider’. Prefacio de Maurice Nadeau. Enrique Vila-Matas. Seix Barral. Barcelona, 2018. 458 páginas

martes, 10 de julio de 2018

Crónica de la presentación de "El dolor de los demás" en la Librería Calders

Esta es la crónica de la presentación de la novela "El dolor de los demás" en la Librería Calders que he llevado a cabo para la revista Kopek.

El pasado 30 de mayo tuvo lugar la presentación de la novela “El dolor de los demás” del murciano Miguel Ángel Hernández en la Librería Calders, de Barcelona.

El lugar no podía ser más propicio: el escenario de madera y piedra de la librería, como lugar de encuentro casual entre el piano y la barra de bar, crea un marco inspirador que invita a la tertulia intimista, como el libro de Hernández.

Podríamos decir que Miguel Ángel Hernández es el más internacional e hiperactivo de los escritores murcianos. Profesor de arte, novelista, ensayista, ha sabido compaginar su labor de agitador cultural en Murcia con las estancias de investigación en Estados Unidos, y la atención al arte y la literatura contemporáneos no le ha impedido dedicarse a la creación literaria más individual y propia. Hernández es un valor que tiene que irse consolidando en el panorama de la literatura española actual. Pero todavía en Barcelona no ha llegado a oídos de la mayor parte del público lector, por más que el autor sea premio ciudad de Alcalá de narrativa por “Intento de escapada” y finalista de Premio Herralde de Novela por “El instante de peligro”. Por eso fue un especial gusto para la autora de estas líneas comprobar cómo la Calders entera se rendía al autor y cómo la plana entera de Anagrama, Herralde incluido, acudió a hacer su merecido homenaje a Hernández.

Ahora bien, como los mejores espíritus, que tienen mucho que decir, pero cuyo discurso se sitúa no en la certeza absoluta sino en la indagación, en la misma duda, el autor se presentó con una ausencia total de soberbia. Con su gorra calada, acompañando de Llúcia Ramis, saludaba con timidez al adentrarse en la librería, como si tuviera que agradecer a cada una de las personas que decidieron pasar allí esa tarde. Miguel Ángel Hernández se expresa con tanta precisión como sencillez, como si en el mismo momento de encuentro con el público se hiciera consciente de aquello que quiere comunicar, como si nunca hubiera dejado de ser aquel joven que salió de la Huerta murciana o todavía tuviera que hacerse perdonar por pretender ser otro.

Llúcia Ramis ejerció de acertada jefa de ceremonias, conduciendo la conversación hacia el lugar más adecuado, no el del que hurga en aquello apenas nombrable, sino en el del que indaga sobre los motivos de la escritura y cuanto rodea a su efecto en la realidad, que es aquello más relevante en la novela de Hernández. Ganadora del concurso de Narrativa en català Anagrama de este año, por “Les possessions”, novela sobre otro retorno a los orígenes, Ramis destacó cómo las dos obras acceden a conclusiones similares desde lugares diferentes; cuando se investiga sobre hechos relacionados con el propio entorno, lo que prima es la interrogación sobre uno mismo y a la vez la asunción del riesgo que conlleva tratar de acercarse a la verdad. Si “Las posesiones” trataba sobre el pasado de la historia familiar de la protagonista, a partir de un regreso a Palma. “El dolor de los demás” de Hernández ahonda en el regreso a su lugar de origen, un rincón de la Huerta murciana, y la interrogación del autor sobre un hecho luctuoso incomprensible de su pasado: el día en que, con 18 años, su mejor amigo mató a su hermana y después se suicidó.

“El dolor de los demás”, pues, pudiera parecer a primera vista una novela alejada de las anteriores del mismo autor: estas se construían sobre interrogantes artísticos, ya sobre lo moral en el arte contemporáneo en “Intento de escapada”, ya sobre el peso de la emoción y el paso del tiempo y cómo todo ello se transmuta en arte en “El instante de peligro”. También podríamos colegir que se aleja del registro de sus diarios, en los que reflexiona sobre el haz y el envés de la escritura, en textos como “Presente continuo” o “No ha lugar”. Ahora bien, “El dolor de los demás” en realidad es una obra muy cercana a las anteriores, como el autor mismo especificó en la presentación; puesto que predomina en ella la interrogación sobre el sentido, si bien ahora la materia de partida no constituya el mundo del arte sino un material más humano, más bruto, y como tal más cercano a la emoción del mismo autor, sin apenas filtros que separen lo escrito de la experiencia, o al menos sin otros filtros que los que provoca el mismo intento de aprehender las emociones y las dudas con la escritura. Y es que en realidad lo más importante de la novela, nos explicó, parte de la imposibilidad de la escritura; el fracaso mismo de la escritura; el intento de acceder a una realidad que siempre se escapa de las manos. Desde la destemporalización, desde la desincronización, el reto anida en encontrar la distancia justa entre el dolor de lo cercano y la banalización de lo distante, en la estela de Lacan. Han pasado 20 años desde que murió su amigo, la distancia perfecta, en apariencia, pero quizás no, quizás aún es demasiado poco; de hecho, como nos explicó Hernández y como podemos leer en el mismo libro, legalmente son 25 años los que tienen que pasar para que se pueda consultar cierto material sensible en los registros oficiales.

Miguel Ángel Hernández intenta, así, con la distancia de veinte años, acceder a la verdad de la historia de cuanto sucedió aquella noche de navidad en él mismo y su entorno. Para ello localiza diversos materiales, como el vídeo del año 1995 donde su yo adolescente era entrevistado. Trata de rehacer todos sus recuerdos de aquellos días, en un presente que se encabalga en segunda persona, como un diálogo consigo mismo, buscando la distancia justa entre la personalización y la distancia. Al mismo tiempo, narra su proceso de búsqueda de la historia a la par que decide abrir la conversación sobre cuanto sucedió para dar voz a los otros. Vuelve a la Huerta, se enfrenta al vértigo de los mismos lugares que fueron testigos de los hechos, y conversa con todos aquellos que quedan, única excepción de la familia más directa de las víctimas, en respeto a su dolor. Y encuentra no pocas sorpresas: hay gente que no ha parado de hablar del crimen durante todo ese tiempo y enarbolar variadas teorías sobre ello, y hay otros que se diría llevaban tiempo deseando hablar sobre ello y que alguien los escuchara.

Sea como fuere, abrir una puerta al pasado e inserir las personas reales en la novela tiene consecuencias, y en ello coincidieron Ramis y Hernández. Como mínimo, la gente no se ve del todo reflejada cuando es ubicada como personaje, ya que inevitablemente aparecen reducidos como “monigotes”. Bromas aparte, hay que asumir esos daños colaterales previamente: “Si no asumiéramos el riesgo no escribiríamos”, dice Hernández. Hay que “jugar con materiales radioactivos e intentar que no explote.”

Además de todo ello, en la presentación los oyentes pudimos disfrutar de la explicación de los claroscuros del proceso creativo. Así, a medida que avanzaba en la novela el autor pronto se dio cuenta de que lo importante no era hallar la resolución de lo que sucedió realmente, si bien resultara tentador el acceso a unas imágenes y unas pruebas que lo explicaran todo. El interrogante real estaba en el modo de abordar lo que sucedió, algo que afectó su propia juventud y que nunca logró metabolizar del todo. Se trataba de conjugar un espacio entre la voluntad de avanzar en la verdad y el respeto al dolor de los demás y teniendo en cuenta también la aceptación de los límites de la escritura y del conocimiento de la realidad; un auténtico “tour de force” entre decir algo y no. Este era el verdadero reto, y lo que hizo que varias veces retomara la historia para reformularla de nuevo. En realidad poco a poco, nos cuenta Hernández, fue llegando a la conclusión de que el crimen era una suerte de “Mc Guffin” y que el auténtico tema de escritura era su pasado, él mismo. Y el crimen de verdad era “abandonar el origen”. Y eso percibe también el lector, que queda apresado por la agitación de las páginas, por lo agridulce del camino que lleva a los demonios del pasado, que nunca dejan de estar del todo presentes; y esas noches de insomnio son también las nuestras: un insomnio universal.

Por otro lado, por la mediación de Ramis se nos planteó otro tema, el de la mujer como víctima silenciada. “Hay algo que la mujer ve y el hombre y el escritor no ven hasta mucho después”, dijo, incisiva. Efectivamente, el foco de la atención recae desde el principio sobre el asesino / suicida, puesto que el punto de vista aún años después es el del amigo que no puede lograr entender cómo “mi amigo ha hecho algo terrible”. En cambio ella, la hermana muerta prematuramente, es la víctima silenciada, la víctima en la sombra. En ese momento el foco suyo era otro, y él en el fondo “sigue pensando como en el 1995” en cuanto atañe este tema, hasta que en medio del proceso creativo es consciente de la magnitud de lo que se está quedando en la sombra. “El foco hoy habría sido otro”, admite. Pero, aunque sea con retraso, en el libro hemos podido advertir el momento en el que se da la vuelta al argumento y hay un interés real por saber quién era ella y al unísono nos damos cuenta del peso morboso que todavía recae sobre los agresores, olvidando en la cuneta a las víctimas de sus actos. Aunque sea en la distancia Hernández hace un esfuerzo por ponerse del lado del otro y acceder a un atisbo de comprensión, a un atisbo de ética también, por el tratamiento con el que cuida la historia.

Como aspecto interesante, Hernández nos cuenta asimismo que el libro ha ido adquiriendo sentido después del libro. Escribir “El dolor de los demás” le ha llevado a muchas conversaciones, sobre todo con todos sus paisanos que han participado de alguna manera en la novela. La escritura no cura, nos confiesa, simplemente va abriendo emociones ocultas y aquello que ha quedado escondido. Pero aunque así sea tiene sentido escribir. “Escribir para iniciar una conversación”, comprobar que “no estamos solos.”

Especialmente nos sedujo la narración sobre cuanto sucede en el Yeguas, el bar de almuerzo que es el punto de encuentro para tantas conversaciones durante y después del libro. El Yeguas se ha convertido ahora en un túnel que escapa más allá del tiempo entre el pasado y el presente: un lugar de transición, un ritual de paso, donde se accede a los tiempos modernos y a la vez el tiempo se ha detenido, como un mismísimo pasaje de los que hablaba Walter Benjamin. En definitiva, todo esto ha servido a Miguel Ánguel Hernández para darse cuenta de que el Yeguas ya se ha convertido en el Pasaje por antonomasia de la Huerta de Murcia.

Y, por extensión, en este clima de confesiones y de literatura hecha de pesadilla, de pensamiento, de sudor y de verdad, o de la búsqueda de una verdad imposible, la Calders misma se volvió un Pasaje ritual donde los presentes pudimos evadirnos del tiempo y metamorfosearnos en seres que pasean, que reflexionan, como aquellos dandies que deambulaban por París acompañados de su tortuga. Y la lentitud del instante sabe a momento inolvidable y a arte que se arriesga. Y la tarde se diluye con una sensación agridulce: sabes que se te ha hecho corto, que desearías que la conversación se alargara, pero sabes también que la vida sigue, que el arte sigue, y habrá otras lecturas, otras conversaciones, otras tardes que continuarán la estela del encuentro que se ha producido hoy.




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