miércoles, 29 de agosto de 2018

Flâneuses en Paris



Hacer el flâneur una sola en París es fácil: requiere solo situarse en el mapa de París y reavivar la predisposición para seguir sus aristas. Hacer coincidir el pie real con el pie soñado. Recordar con Aragon que se puede mantener a través de los años el «sentiment du mervelleux quotidien» sin dejarse tragar por los hábitos de la edad adulta. Entender que esta calle, esta esquina es única, y también la de más allá. Perseguir las secuencias ya vividas anteriormente, revivir la melancolía de aquel puente, la vitalidad exuberante de aquel barrio, la emoción por recuperar lo que hay después de aquel arco. Buscar siempre algo más allá, algo nunca visto: la belleza de una fachada, el misterio que aguarda dentro de un museo, el frescor que emana una escalera oculta, el magnetismo de un pasaje escondido, y hacer de la ciudad una red de signos, como quería Benjamin. Continuar esa necesidad insaciable de recorrer el mapa entero de París, de retener en el cerebro todas sus estampas e ir calibrando sus variaciones mientras el tiempo se mueve en espiral, en el punto exacto de la modernidad, esa mitad del arte de la que hablaba Baudelaire, basada en lo contingente, lo transitorio, a caballo sobre la otra mitad del arte, lo eterno e inmutable.
Ahora bien, hacer el flâneur, o flâneuse, en compañía requiere algo más de entrenamiento. Especialmente si las flâneuses que te acompañan son tus hijas pequeñas.
Los recorridos nunca serán tan completos, nunca se accederá a todo cuanto uno deseara previamente, puesto que los pasos evanescentes del flâneur son sincopados por el hambre, la sed, los cambios necesarios de escenario, el ímpetu de jugar con lo que sea, un párquing de bicis, una máquina de fotos instantáneas. Aunque, si lo pensamos bien, en realidad no hay mayor reverberación de «el sentimiento moderno de la existencia» que este intento de vivir la ciudad en toda su intensidad y a la vez compartirlo con dos niñas pequeñas. Las contradicciones vividas hacen de ello algo todavía más ambivalente, más claroscuro, más único.  ¿Pues no es más auténtico flâneur el que no predice del todo sus pasos, el que se deja llevar por el viento de la oportunidad, el que captura una secuencia de la existencia que está a punto de desaparecer, de transmutarse en otra cosa? Ir con tus hijas no te permite no estar presente, no estar en el cénit exacto del segundo sin que la mente vuele a lugar alguno.

Estás ahí, en pleno centro de París, o en un barrio de las afueras. La vida tan abierta como cuando conociste la ciudad, la misma excitación cuando se hace de noche, pero una vida además multiplicada por tres. Sabes que el momento es solo vuestro, no hay horarios, nadie os espera. Apenas tienes tiempo de registrar lo vivido, pero estás tan fuertemente adherida al aire que pasa. Sabes que no tienes a nadie cerca a quien llamar ni que te llame. Y el peso de la libertad y la responsabilidad te sumerge en un vértigo irrefrenable, una angustia extraña e innombrable.

Estás ahí, como tantas veces atrás. Estás ahí. Pero ya no eres la misma, la ligereza no te conduce por un azar cualquiera, tus pasos ahora condicionan otros pasos y solo de ti dependen las decisiones y sus consecuencias. El peligro antes despreciado ahora se vuelve de perfiles más ciertos rondando en las esquinas, y un cristal puede romperse en mil pedazos, una niña resultar herida,  tú misma ser incapaz de permanecer como timón inmutable. Eres una con ellas y mimetizada en los alegres pasos, pero a la vez sabes que eres la única adulta, y eso hace que en ti se pose una sombra que no puedes expresarles, que está en ti sola, un yugo en el corazón que no habías previsto enmedio de un lugar hermoso, como un síndrome de Stendhal trasnochado. Has venido a Paris a hacer de flâneuse y te descubres una extraña, una mujer que quiere contagiar el amor por París a sus hijas pero que está temblando de miedo. 
Ya lo decía Vila-Matas, que cuando uno viaja solo lo extraño no es la ciudad sino  uno mismo. Y ahora tu extrañamiento es doble: pues vives en tu fuero interno la misma antigua extrañeza, acompañada de una tensión interna insobornable, una conciencia de fragilidad que se observa a sí misma en el límite. No te dejas amedrantar y estiras tu libertad, vuestra libertad hasta más allá de donde necesitas llegar, a la zaga de cuanto imprevisto depare el día. Pero acabas descubriendo que ya no quieres llegar hasta la orilla más escondida, hasta el puente más incierto. Algo en ti se deshace cuando superpones tu presencia de madre y tu presencia de paseante libre, hace ya casi veinte años. El fantasma de tu soledad veinteañera te invade, un fantasma que no puedes soportar ahora, que te rompe, al que necesitas atravesar y dejar atrás para siempre.

Afegeix la llegenda
Dejando fantasmas de lado, nuestros paseos a tres más o menos funcionarán así: decidiremos una dirección, un posible destino. Observaremos con deleite las calles de la ruta elegida, las fachadas que encontraremos al paso. Estaremos hasta en disposición de hacer algunas fotos. Continuaremos. Comenzaremos a descubrir algo de lo que buscábamos, nos fijaremos en aquellas cosas más peculiares, en cuántos candados hay en un puente, en cómo son las escaleras de ascensión a un museo. La mayor sigue el ímpetu de conocer conmigo; sus cinco años son pura receptividad, pura sensación, cuando no veleidad y dispersión si el cansancio acecha. La pequeña, pura vida e intuición sin razones, con sus tres años.

Después, si no antes, algo sucederá. Una de las tres (generalmente la más pequeña) caerá al suelo y se hará una herida y habrá que socorrerla; o bien otra de las tres (generalmente la pequeña también) decidirá que hay demasiada gente y quiere irse de allí. Otra de las tres (la mayor, plausiblemente, o las dos mayores) la socorrerá compasiva y también se decepcionará porque se ha descompuesto el plan, tratará de llevar a la niña para los pasos deseados, con éxito irregular. Finalmente el conflicto desembocará en un plan residual y no previsto: una visita a una plaza oculta detrás del lugar mayor, una escapada a un lugar risueño donde comer; sea como fuere, un lugar que permite el juego, el goce inmediato sin esperar a los frutos merecidos por una caminata o una visita. ¿Y no hubiera sido demasiado previsible realizar lo que uno pensaba? Al final siempre nos hallamos en un lugar donde las tres vidas pueden respirar, mirar las nubes, deleitarse con un espacio donde saltar o donde acompasar la mirada, ya libre de ningún forcejeo de voluntades. Y ese es, al final, el mayor triunfo que suelen encontrar durante sus paseos las flâneuses de la ciudad.



Cuando dejemos París por Orsay, en una casa donde nos esperan, la tensión se habrá tornado en reposo, la angustia por la seguridad. Pero también nos daremos cuenta de cómo echamos de menos continuar en el ímpetu del paseante libre. El momento donde las tres simplemente estamos, nos detenemos delante de un monumento comiendo un helado, o contemplamos las palomas en una plaza.  Que el día avance a su paso, que las emociones se encabalguen progresivamente mientras la noche se acerca. La curiosidad insaciable. Los miedos que se vencen. Las niñas flâneuses también necesitan improvisar, dejarse arrrastrar por una ráfaga, quedarse atrás por entre los barcos, murmurar una canción.  Y necesitaremos volver solas a la ciudad para revivirlo. 
Cuando acabe este viaje, conoceremos más en profundidad nuestros temores, nuestras alegrías. Habremos percibido con más claridad el perfil del vacío, la oquedad abierta de los caminos por inventar. Continuaremos el empeño de acompañarnos en diferentes registros, de seguir trenzando nuestras vidas en pos de su armonía individual y conjunta.

Y yo tal vez habré entendido al final por qué tenía que realizar este viaje ahora y de este modo.







miércoles, 15 de agosto de 2018

Volver a los lugares de la infancia



Volver a los lugares de tu infancia tiene un encanto que no puede resumirse en el simple placer por revivir algo que fue agradable. Volver a esos lugares remueve todo un universo de sensaciones que nos permiten estar allí presentes, con nuestro mundo de ahora, sus satisfacciones y preocupaciones concretas, y a la vez seguir estando en nuestro universo de niños, un mundo sin límites precisos que parecía extinguido pero que repentinamente palpita.

En mi caso el viaje a Tobed me devuelve a un lugar donde todo parece bastarse a sí mismo, y donde hasta las incomodidades me resultan un lujo. El camino por la carretera a lo largo del Valle del Río Grío, ya pulsa una tecla única: de belleza austera y rotunda, las montañas bajas y redondeadas jalonadas de almendros, cerezos y olivos me da la entrada a otra manera de estar. Después el camino desde el pueblo hasta el Alto del Palomero acompaña en un olor especial, a campo seco y a noche que envuelve y te acoge como si te fueras a quedar allí para siempre. Las estrellas te parecerán iguales a las de entonces y el bar del pueblo, los familiares del pueblo, iguales exactamente a como lo fueron entonces, aunque los años todo lo hayan cambiado.

Luego está la casa familiar, ya en su decadencia, con sus humedades y grietas que reconoces como a unas viejas parientas queridas. Y a medida que vas abriendo puertas, que vas subiendo escaleras, tu cerebro va abriendo compuertas a unos recuerdos cada vez más pretéritos y vivos. Sabes que hay un granero donde se acumulan juguetes y trastos viejos, un granero que es el que ves y también el que viste hace diez años, hace veinte, hace treinta, y las diversas realidades se superponen a las veces que has soñado con ese granero y cuanto has fabulado que allí podría hallarse, y los juegos y lecturas que allí te han crecido, como quien dice, se mezclan con los juegos y lecturas que has imaginado que allí realizarías.
En cualquier caso, el lugar de infancia es un estado de ánimo. Y no hay mejor lugar de infancia que el lugar que veraneabas durante más días y veranos de tu vida, que han quedado inmovilizados en una alegría tan simple, tan básica, que apenas puedes creerlo. Ya solo deseas quedarte allí deambulando por todos los caminos, leyendo todos los libros.

Cuando tus hijas encuentren los juguetes antiguos, cuando salgan a la calle a jugar con coches y pelotas, cuando pasen el tiempo saltando y fabulando en sus camas, tendrás que contenterte para no quedarte allí mirándoles eternamente, una suave sonrisa en el rostro, el tiempo detenido que quisieras que nunca más corriera, esa casa habitada por todos quienes la han ocupado desde ayer y para siempre.

lunes, 30 de julio de 2018

Modernidades excéntricas: Vila-Matas y compañía



El pasado mes de octubre tuve la posibilidad de participar en el magnífico congreso "Modernidades excéntricas" que tuvo lugar en la Universidad Pompeu Fabra, organizado por Jordi Gracia, Domingo Ródenas y Carlos Femenías.

Y por si no fuera poco, ¡albricias! Mi artículo "Los artículos 'Café Perec' de Enrique Vila-Matas: ¿una palestra en el espacio público actual?" ha sido seleccionado para el número de julio de la revista "Artes del ensayo", que no tiene desperdicio y aquí os comparto. (Basta clicar a la portada; todos los artículos se descargan en PDF.)

¡Que disfrutéis de la lectura!


Portada

martes, 17 de julio de 2018

Enrique Vila-Matas impone su suerte

Y aquí tenéis la lectura que hice de "Impón tu suerte" de Enrique Vila-Matas para el Heraldo.


Enrique Vila-Matas impone su suerte




El lector de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) está de suerte. Porque Vila-Matas es autor de una obra global, y su lector es también lector global, que va a la zaga de sus ideas artísticas a través de novelas, artículos, conferencias. Y últimamente se han publicado textos que hasta ahora eran de difícil acceso en papel. Por un lado, ‘Bastian Schneider’, originalmente conferencia en el Collège de France, ha aparecido junto a la nueva edición de ‘Doctor Pasavento’, y funciona como una reverberación de ‘Mac y su contratiempo’, igual que ‘Perder teorías’ lo era de ‘Dublinesca’.

Así, ‘Bastian Schneider’ retoma el concepto de copia que era eje vertebrador de ‘Mac’ y es llevado al límite como configuración teórica, pero también como escenificación de la otredad del autor, en un texto enigmático que avanza ocultándose y pone al descubierto algunos procedimientos usuales en Vila-Matas, como la intertextualidad, la “modificación” de textos o la ausencia de identidad estable.

Sea como fuere, todos los textos seleccionados pertenecen a la obra posterior al cambio de siglo, y la mayoría pueden hallarse en http://www.enriquevilamatas.com/. Se echa de menos un índice de procedencias, de modo que el lector debe rastrear en la Web si desea averiguar cronología y origen de los textos. Ahora bien, el acierto del libro radica en la división temática y no cronológica en cuatro apartados, cuyos límites son relativos, porque todo en Vila-Matas es heterogéneo y mestizo, pero que facilita el diálogo entre las ideas. Así, en ‘La escritura’ destacan los textos donde se nos habla de la interrelación entre “arte y vida” o la importancia de una “literatura del desatino” que acepta previamente el fracaso, así como el elogio de un tipo de autor que se lo juega todo en el arte más allá de las exigencias del mercado.

Por otro lado, el libro ‘Impón tu suerte’ es el esperado compendio de los textos periféricos de Vila-Matas, es decir, cuantos acompañan al desarrollo de su obra narrativa, si bien todo en Vila-Matas parte de un mismo magma literario. El llamativo título que le da nombre corresponde al publicado en la antología ‘Rata’ (2017) y supone una feliz declaración de principios sobre la vivencia de arte como riesgo, como asunción de un camino propio que no tiene que ser el establecido. Los textos incluidos proceden en su mayoría de ‘El País’, sea de ‘Babelia’ sea de la columna del autor ‘Café Perec’, aunque también hallaremos otros pertenecientes a conferencias y artículos diversos, como el imprescindible ‘El futuro’, correspondiente al discurso de recepción del Premio FIL en 2015.


En cuanto al apartado sobre ‘Lecturas’, desarrolla una brújula literaria precisa y rigurosa hacia una literatura “ética” en su búsqueda de “nuevas formas”. Navegando entre autores y textos como un tejido de links, pero con una voz que da sentido al viaje, desearemos leer los ‘Aforismos de Zürau’ de Kafka, las ‘Conversaciones con Duchamp’ de Cabanne, o bien sumergirnos en el descubrimiento de autores diversos y prometedores como Danilo Kis, Alfonso Reyes, Lydia Davis, Fleur Jaeggy o Sergio Chéjfec.

En ‘La mirada’ la perspectiva se acerca a la actualidad, pero generalmente para demostrarnos que hay más verdad en la ficción que en la realidad política. Mediante piruetas lingüísticas y conceptuales, entrelazando y contraponiendo toda actualidad con el mundo del arte y la ficción, instiga al lector a dejarse salvar por la literatura y por la perspectiva crítica, lejos de la mentira mediática y la enajenación que promulga la red.

Por último, los textos recogidos bajo el epígrafe ‘La idea’ nos introducen en regiones subjetivas y sorprendentes donde literatura, vida y actualidad se entrelazan mediante el uso de una primera persona fluctuante y semificticia; así, se nos presentan Días del libro extraños como cuadros expresionistas, alucinaciones sobre “Museos de un solo cuadro” u ‘odradeks', bajo un telón de “fondo eterno”, el del mundo del lenguaje y las ideas, donde prima la “Independencia individual”, esto es, la necesidad de criterio propio.

En definitiva, ‘Impón tu suerte’ es un libro híbrido; un poco “alemán” en su alcance filosófico y su propósito crítico, bastante cervantino en su ironía y su deseo de perpetrar el juego literario, debe leerse en un estado híbrido similar entre la gravedad y la ligereza. Bébase a leves sorbos. Páusese la lectura entre un texto y otro. Ponga el móvil en modo avión. Y luego déjese penetrar por la mirada de festival literario que teñirá cuanto le rodee.

LA FICHA

-‘Impón tu suerte’. Enrique Vila-Matas. Círculo de tiza. Madrid, 2018. 488 páginas.

-‘Doctor Pasavento, seguido de Bastian Schneider’. Prefacio de Maurice Nadeau. Enrique Vila-Matas. Seix Barral. Barcelona, 2018. 458 páginas

martes, 10 de julio de 2018

Crónica de la presentación de "El dolor de los demás" en la Librería Calders

Esta es la crónica de la presentación de la novela "El dolor de los demás" en la Librería Calders que he llevado a cabo para la revista Kopek.

El pasado 30 de mayo tuvo lugar la presentación de la novela “El dolor de los demás” del murciano Miguel Ángel Hernández en la Librería Calders, de Barcelona.

El lugar no podía ser más propicio: el escenario de madera y piedra de la librería, como lugar de encuentro casual entre el piano y la barra de bar, crea un marco inspirador que invita a la tertulia intimista, como el libro de Hernández.

Podríamos decir que Miguel Ángel Hernández es el más internacional e hiperactivo de los escritores murcianos. Profesor de arte, novelista, ensayista, ha sabido compaginar su labor de agitador cultural en Murcia con las estancias de investigación en Estados Unidos, y la atención al arte y la literatura contemporáneos no le ha impedido dedicarse a la creación literaria más individual y propia. Hernández es un valor que tiene que irse consolidando en el panorama de la literatura española actual. Pero todavía en Barcelona no ha llegado a oídos de la mayor parte del público lector, por más que el autor sea premio ciudad de Alcalá de narrativa por “Intento de escapada” y finalista de Premio Herralde de Novela por “El instante de peligro”. Por eso fue un especial gusto para la autora de estas líneas comprobar cómo la Calders entera se rendía al autor y cómo la plana entera de Anagrama, Herralde incluido, acudió a hacer su merecido homenaje a Hernández.

Ahora bien, como los mejores espíritus, que tienen mucho que decir, pero cuyo discurso se sitúa no en la certeza absoluta sino en la indagación, en la misma duda, el autor se presentó con una ausencia total de soberbia. Con su gorra calada, acompañando de Llúcia Ramis, saludaba con timidez al adentrarse en la librería, como si tuviera que agradecer a cada una de las personas que decidieron pasar allí esa tarde. Miguel Ángel Hernández se expresa con tanta precisión como sencillez, como si en el mismo momento de encuentro con el público se hiciera consciente de aquello que quiere comunicar, como si nunca hubiera dejado de ser aquel joven que salió de la Huerta murciana o todavía tuviera que hacerse perdonar por pretender ser otro.

Llúcia Ramis ejerció de acertada jefa de ceremonias, conduciendo la conversación hacia el lugar más adecuado, no el del que hurga en aquello apenas nombrable, sino en el del que indaga sobre los motivos de la escritura y cuanto rodea a su efecto en la realidad, que es aquello más relevante en la novela de Hernández. Ganadora del concurso de Narrativa en català Anagrama de este año, por “Les possessions”, novela sobre otro retorno a los orígenes, Ramis destacó cómo las dos obras acceden a conclusiones similares desde lugares diferentes; cuando se investiga sobre hechos relacionados con el propio entorno, lo que prima es la interrogación sobre uno mismo y a la vez la asunción del riesgo que conlleva tratar de acercarse a la verdad. Si “Las posesiones” trataba sobre el pasado de la historia familiar de la protagonista, a partir de un regreso a Palma. “El dolor de los demás” de Hernández ahonda en el regreso a su lugar de origen, un rincón de la Huerta murciana, y la interrogación del autor sobre un hecho luctuoso incomprensible de su pasado: el día en que, con 18 años, su mejor amigo mató a su hermana y después se suicidó.

“El dolor de los demás”, pues, pudiera parecer a primera vista una novela alejada de las anteriores del mismo autor: estas se construían sobre interrogantes artísticos, ya sobre lo moral en el arte contemporáneo en “Intento de escapada”, ya sobre el peso de la emoción y el paso del tiempo y cómo todo ello se transmuta en arte en “El instante de peligro”. También podríamos colegir que se aleja del registro de sus diarios, en los que reflexiona sobre el haz y el envés de la escritura, en textos como “Presente continuo” o “No ha lugar”. Ahora bien, “El dolor de los demás” en realidad es una obra muy cercana a las anteriores, como el autor mismo especificó en la presentación; puesto que predomina en ella la interrogación sobre el sentido, si bien ahora la materia de partida no constituya el mundo del arte sino un material más humano, más bruto, y como tal más cercano a la emoción del mismo autor, sin apenas filtros que separen lo escrito de la experiencia, o al menos sin otros filtros que los que provoca el mismo intento de aprehender las emociones y las dudas con la escritura. Y es que en realidad lo más importante de la novela, nos explicó, parte de la imposibilidad de la escritura; el fracaso mismo de la escritura; el intento de acceder a una realidad que siempre se escapa de las manos. Desde la destemporalización, desde la desincronización, el reto anida en encontrar la distancia justa entre el dolor de lo cercano y la banalización de lo distante, en la estela de Lacan. Han pasado 20 años desde que murió su amigo, la distancia perfecta, en apariencia, pero quizás no, quizás aún es demasiado poco; de hecho, como nos explicó Hernández y como podemos leer en el mismo libro, legalmente son 25 años los que tienen que pasar para que se pueda consultar cierto material sensible en los registros oficiales.

Miguel Ángel Hernández intenta, así, con la distancia de veinte años, acceder a la verdad de la historia de cuanto sucedió aquella noche de navidad en él mismo y su entorno. Para ello localiza diversos materiales, como el vídeo del año 1995 donde su yo adolescente era entrevistado. Trata de rehacer todos sus recuerdos de aquellos días, en un presente que se encabalga en segunda persona, como un diálogo consigo mismo, buscando la distancia justa entre la personalización y la distancia. Al mismo tiempo, narra su proceso de búsqueda de la historia a la par que decide abrir la conversación sobre cuanto sucedió para dar voz a los otros. Vuelve a la Huerta, se enfrenta al vértigo de los mismos lugares que fueron testigos de los hechos, y conversa con todos aquellos que quedan, única excepción de la familia más directa de las víctimas, en respeto a su dolor. Y encuentra no pocas sorpresas: hay gente que no ha parado de hablar del crimen durante todo ese tiempo y enarbolar variadas teorías sobre ello, y hay otros que se diría llevaban tiempo deseando hablar sobre ello y que alguien los escuchara.

Sea como fuere, abrir una puerta al pasado e inserir las personas reales en la novela tiene consecuencias, y en ello coincidieron Ramis y Hernández. Como mínimo, la gente no se ve del todo reflejada cuando es ubicada como personaje, ya que inevitablemente aparecen reducidos como “monigotes”. Bromas aparte, hay que asumir esos daños colaterales previamente: “Si no asumiéramos el riesgo no escribiríamos”, dice Hernández. Hay que “jugar con materiales radioactivos e intentar que no explote.”

Además de todo ello, en la presentación los oyentes pudimos disfrutar de la explicación de los claroscuros del proceso creativo. Así, a medida que avanzaba en la novela el autor pronto se dio cuenta de que lo importante no era hallar la resolución de lo que sucedió realmente, si bien resultara tentador el acceso a unas imágenes y unas pruebas que lo explicaran todo. El interrogante real estaba en el modo de abordar lo que sucedió, algo que afectó su propia juventud y que nunca logró metabolizar del todo. Se trataba de conjugar un espacio entre la voluntad de avanzar en la verdad y el respeto al dolor de los demás y teniendo en cuenta también la aceptación de los límites de la escritura y del conocimiento de la realidad; un auténtico “tour de force” entre decir algo y no. Este era el verdadero reto, y lo que hizo que varias veces retomara la historia para reformularla de nuevo. En realidad poco a poco, nos cuenta Hernández, fue llegando a la conclusión de que el crimen era una suerte de “Mc Guffin” y que el auténtico tema de escritura era su pasado, él mismo. Y el crimen de verdad era “abandonar el origen”. Y eso percibe también el lector, que queda apresado por la agitación de las páginas, por lo agridulce del camino que lleva a los demonios del pasado, que nunca dejan de estar del todo presentes; y esas noches de insomnio son también las nuestras: un insomnio universal.

Por otro lado, por la mediación de Ramis se nos planteó otro tema, el de la mujer como víctima silenciada. “Hay algo que la mujer ve y el hombre y el escritor no ven hasta mucho después”, dijo, incisiva. Efectivamente, el foco de la atención recae desde el principio sobre el asesino / suicida, puesto que el punto de vista aún años después es el del amigo que no puede lograr entender cómo “mi amigo ha hecho algo terrible”. En cambio ella, la hermana muerta prematuramente, es la víctima silenciada, la víctima en la sombra. En ese momento el foco suyo era otro, y él en el fondo “sigue pensando como en el 1995” en cuanto atañe este tema, hasta que en medio del proceso creativo es consciente de la magnitud de lo que se está quedando en la sombra. “El foco hoy habría sido otro”, admite. Pero, aunque sea con retraso, en el libro hemos podido advertir el momento en el que se da la vuelta al argumento y hay un interés real por saber quién era ella y al unísono nos damos cuenta del peso morboso que todavía recae sobre los agresores, olvidando en la cuneta a las víctimas de sus actos. Aunque sea en la distancia Hernández hace un esfuerzo por ponerse del lado del otro y acceder a un atisbo de comprensión, a un atisbo de ética también, por el tratamiento con el que cuida la historia.

Como aspecto interesante, Hernández nos cuenta asimismo que el libro ha ido adquiriendo sentido después del libro. Escribir “El dolor de los demás” le ha llevado a muchas conversaciones, sobre todo con todos sus paisanos que han participado de alguna manera en la novela. La escritura no cura, nos confiesa, simplemente va abriendo emociones ocultas y aquello que ha quedado escondido. Pero aunque así sea tiene sentido escribir. “Escribir para iniciar una conversación”, comprobar que “no estamos solos.”

Especialmente nos sedujo la narración sobre cuanto sucede en el Yeguas, el bar de almuerzo que es el punto de encuentro para tantas conversaciones durante y después del libro. El Yeguas se ha convertido ahora en un túnel que escapa más allá del tiempo entre el pasado y el presente: un lugar de transición, un ritual de paso, donde se accede a los tiempos modernos y a la vez el tiempo se ha detenido, como un mismísimo pasaje de los que hablaba Walter Benjamin. En definitiva, todo esto ha servido a Miguel Ánguel Hernández para darse cuenta de que el Yeguas ya se ha convertido en el Pasaje por antonomasia de la Huerta de Murcia.

Y, por extensión, en este clima de confesiones y de literatura hecha de pesadilla, de pensamiento, de sudor y de verdad, o de la búsqueda de una verdad imposible, la Calders misma se volvió un Pasaje ritual donde los presentes pudimos evadirnos del tiempo y metamorfosearnos en seres que pasean, que reflexionan, como aquellos dandies que deambulaban por París acompañados de su tortuga. Y la lentitud del instante sabe a momento inolvidable y a arte que se arriesga. Y la tarde se diluye con una sensación agridulce: sabes que se te ha hecho corto, que desearías que la conversación se alargara, pero sabes también que la vida sigue, que el arte sigue, y habrá otras lecturas, otras conversaciones, otras tardes que continuarán la estela del encuentro que se ha producido hoy.




https://www.revistakopek.com/no-ficcion/hernandez/

martes, 3 de julio de 2018

El dolor de los demás: persiguiendo los demonios propios y ajenos




¿Puede un relato dar cuenta de la realidad que nos rodea? El reto es difícil, porque de sobras sabemos que la palabra escasamente accede a rozar la entidad de lo existente, más allá del pensamiento que le da forma. ¿Y puede el yo escritor actuar como detective que ahonda en las huellas de las existencias ajenas y acercarse hacia una verdad escondida? Puede, siempre que sea consciente de sus claroscuros, de sus trampantojos. Como lo hace el texto de Miguel Ángel Hernández, El dolor de los demás, tercera novela del autor murciano que lo consolida como una de las voces más sólidas del panorama actual. Las novelas anteriores eran en apariencia muy diferentes a esta: en Intento de escapada y El instante de peligro sus protagonistas se movían dentro de un entorno que giraba en torno a la experiencia artística. En cambio, en El dolor de los demás, se profundiza sobre una tragedia ocurrida en la huerta de Murcia, en una población católica y cerrada sobre sí misma; un caso truculento, digno de telediario, donde un muchacho de aspecto “normal” y anodino, una Nochebuena cualquiera, de madrugada, y si explicación racional, mata a su hermana y después se suicida.
Ahora bien, en El dolor de los demás, como en las demás novelas del autor, lo importante no son los hechos en sí sino la perspicacia y desnudez de la voz narradora que construye el relato o deberíamos decir que persigue el relato. Así, el lector tendrá la sensación de acompañar al autor en su búsqueda de sentido, donde el texto refracta sobre sí mismo en un laberinto de verdades. El aserto que se va repitiendo a lo largo de la novela es: “Mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”; la frase emergió por azar en una conversación con un escritor amigo y sembró el embrión de la novela, como se nos cuenta. Ante tal enunciado, tan monstruoso como inasumible, el yo narrativo se sumerge en el difícil reto de acercarse a cuanto sucedió aquella noche. Y a lo largo de dicha inmersión en el propio pasado, en el de su amigo, y en el de su lugar de nacimiento, Miguel Ángel Hernández nos hipnotiza con su prosa de gran sencillez y poder sugestivo, que alterna el presente de la investigación con el pasado. Y en realidad se da un curioso quiasmo paradójico en las formas verbales, puesto que mientras las escenas del pasado se relatan en tiempo presente, un presente vivaz, hecho de retazos de sensaciones, en segunda persona, las escenas que narran la búsqueda de esa historia se relatan en pasado, configurando una construcción narrativa al uso. Así, mientras la escena del crimen aparece bruta, desnuda, desde el punto de vista del adolescente Miguel Ángel, en su estado de shock e incredulidad durante las horas posteriores, se produce una suerte de vibrante heterocronía, de manera que ese tiempo se va entremezclando con el tiempo de la narración principal, donde el Miguel Ángel maduro, ya consolidado novelista, trata de acercarse a la historia desde múltiples ángulos: a través de los personajes participantes (vecinos, amigos, familiares) y también a partir de los documentos que el tiempo ha dejado en herencia (noticias, archivos judiciales...).
El narrador- investigador navegará a la deriva, buceando en la perplejidad de los recuerdos subjetivos y la extrañeza de las noticias antiguas donde él, como mejor amigo, aparece como personaje. Hasta que se dará cuenta (junto con el lector) de que la verdad que anda persiguiendo no reside en lo que sucedió realmente, sino la percepción que él mismo puede alcanzar sobre ello. En plena era de la posverdad, Miguel Angel Hernández nos brinda un ejercicio intelectual y emocional lúcido y de gran coraje, en la estela de grandes autores como Carrère o de Vigan. Esta literatura, que es confesional pero que construye un mundo en sí misma, se lee con rabiosa intensidad, hasta el punto que el lector sentirá que escribe él mismo palabra a palabra ese texto de una Huerta murciana ya convertido en escenario universal, donde prevalece la lucha por enfrentar y asumir los demonios más tenaces que desde la juventud nos habitan.

Esta reseña apareció en el Heraldo el 31 de mayo de 2018

martes, 29 de mayo de 2018

Laura Freixas: la voluntad de la escritura




La nueva entrega de los diarios de Laura Freixas en sus años de consolidación literaria resulta estimulante. Se lee con creciente interés, casi como una novela, acompañando a la protagonista en sus ansias: ¿logrará compaginar su vida familiar con la vida profesional y con su vocación literaria? Más concretamente aún, ¿logrará al fin publicar su novela? Y, como deseos que se leen en sordina, ¿logrará tener su segundo hijo?,  ¿conseguirá limar las diferencias latentes con el marido?
Más allá de ello, nos sumergiremos con placer maligno en el mundo literario y sus entresijos. Conoceremos las poses, vestimentas, habitáculos y manías de los escritores con los que se relaciona la protagonista; descubriremos las rivalidades y oportunismos en concursos y publicaciones; percibiremos los diversos colores con que puede recibirse el rechazo editorial. También disfrutaremos de ciertas complicidades literarias como las que se dan con Trapiello o “Mempo”. Por otro lado, también seremos testigos de numerosas lecturas y cuanto se extrae de ellas: como la rareza “baobab” de Chacel, lo sensual en Umbral, la narración de un destino en Smart. Aquí se produce en paralelo la búsqueda de modelos literarios y el análisis de las huellas textuales de género, si bien se incide que lo importante no es juzgar sino observar.  También en el diario nos saldrán al paso sutiles descripciones de paisajes diversos, tanto de sus excursiones por el Maestrazgo o Palencia, como viajes a París o El Cairo. 
Es cierto que se transluce cierta condición privilegiada en la autora, tanto por su situación económica como por la familia de origen y su red de contactos en la vida literaria. Y no podremos evitar cierta envidia al comprobar cuán activa vida de encuentros, viajes y excursiones en soledad o en pareja puede llevar a cabo. Ahora bien, Freixas es consciente de estos privilegios, y tampoco desea alardear de ellos. Pero ello no es óbice para que atraviese las mayores angustias cuando se ve humillada en el ámbito en que desea destacar. De hecho, el mayor mérito de estos diarios es el ahondamiento psicológico y moral de la autora en sus propios sentimientos, sin falsas complacencias ni modestias. Admite en repetidas ocasiones su envidia por los seres que triunfan, su fobia al fracaso, y todas las batallas que debe librar por ello. Y el psicoanálisis se observa como el arma que le ayuda a pasar de la confusión a la claridad. En fin, a lo largo de las páginas somos testigos del nacimiento de una identidad como escritora y una firme voluntad por escribir y por “llegar” aunque “nadie está deseando que uno escriba”. Quizás solo se echa a faltar un relato un poco más prolijo respecto a las contradicciones entre su yo maternal y su yo literario. Como si el tema del diario fuera más bien la construcción del yo escritor pero hubiera un temor a que la hija fagocitara las ambiciones de la autora, y esta aparece mencionada a menudo, como imagen de la felicidad, pero con brevedad, y no parece un impedimento para la carrera literaria de su madre, con excepciones muy contadas (como cuando está enferma).
Sí hallaremos una reflexión extensa sobre la maternidad en términos generales y resulta de actualidad cuando, lejos por igual de la maternidad intensiva como de la maternidad arrepentida, aboga por una maternidad que no pretenda ser un “deus ex machina” que todo lo soluciona; que sea “humana, no divina ni animal”. La maternidad está presente, y ejerce de manto de dicha, pero la no es lo que salva. Lo que salva es la literatura. Leyendo “Todos llevan máscara”, en fin, se siente el ímpetu de mirar más adentro en los deseos y sentimientos ocultos y atreverse a llevar adelante el propio destino.

Laura Freixas: Todos llevan máscara. Diario 1995-1996
Errata Naturae, 2018 

Esta reseña apareció en el Heraldo el 26 de abril de 2018