lunes, 13 de abril de 2020

Contemplar la realidad como a una fotografía (casi) inmóvil





Ya ignoro cuántas semanas, cuántos días han pasado desde que nos confinamos. Sí sé los estados por los que he pasado y sigo pasando: la incredulidad, el enervamiento, el bienestar, la angustia, la esperanza, la resignación (no en orden sucesivo sino alternado). Este escrito no pretende dar explicación general alguna ni ahondar en las causas ni consecuencias de lo que sucede, eso lo dejo a los expertos y a los filósofos. Yo me quiero limitar a ahondar en la perplejidad que estamos viviendo.

Partamos de una contradicción muy sencilla: la necesidad que tenemos todos de conexión y desconexión al mismo tiempo. 
Durante muchos días me he levantado siempre o casi siempre la primera de la casa, "lontemps, je me suis levée de bonne heure", con la ilusión de disponer de un espacio del que sé voy a carecer el resto del día. Eso sí, mi mente es incapaz de asumir por ahora el encierro y sigo soñando con el mundo exterior: paseos por la playa, encuentros amistosos, recitales poéticos, cafeterías, viajes. Cuando abro un ojo, en el silencio de la mañana, hay un primer momento de desconcierto: "Aquí estoy de nuevo. Y no va a pasar nada de todo esto." Pero al lado de ese pensamiento aparece otro, su hermano gemelo que le recuerda: "Pase lo que pase, si te levantas ahora mismo podrás disfrutar de un tiempo precioso". Entonces voy allá, con energía renovada, me preparo un café, enciendo el ordenador...Y paso la primera media hora mirando twitter, redes sociales, el diario, el correo, y de repente mi tiempo único se convierte en una puerta donde el mundo exterior entra en forma de datos, otras soledades, otras reflexiones. Finalmente dejo todo de lado y me dispongo a mis asuntos, aunque con gran parte del impulso perdido, agitado y emborronado por todo lo de afuera. ¿Mis asuntos? Son invariablemente los que ya tenía entre manos antes del coronavirus: el trabajo, la tesis, los libros, los idiomas... Aun con la atención dispersa, les dedico mi energía, sí, y eso me hace sentir casi normal, casi como si nada sucediera. Al cabo de un rato se levantan todos en la casa y ahora algo sí sucede, algo muy evidente; los días ya no están organizados como antes, se construyen desde su misma esencia de desorden, de pura vida. Y eso es tan emocionante  como aterrador. 

Así pues, después de varios días de decirme que era absurdo que el tiempo más propio y especial del día comience enajenándome de este modo, pero sin poder evitar que la gravedad me llevara cada mañana a la misma rutina, hoy la he roto definitivamente. Me he levantado y me he sentado a contemplar la ventana en silencio, aunque hoy llueve y hay ropa tendida y el paisaje lo tiene todo menos lo bucólico. Y me ha reconfortado ese vacío que veía en la ropa blanca y mojada, en el cielo gris, en el suelo de la terraza lleno de charcos, de olvidos e imperfecciones. Y mientras miraba me he acordado de aquella película de Asuter, Smoke, donde el personaje no se mueve apenas de un lugar pero al hacer fotografías diariamente a ese lugar la realidad adquiere una nueva textura. Y me he dicho que hay que contemplar la realidad como a una fotografía inmóvil. Que no hay que huir de la incomodidad, de la extrañeza en la que vivimos, como un charco molesto, como una arruga perpetua que no podemos alisar. Que tal vez si aceptamos ese estado, si lo observamos, nos lo apropiamos, lograremos entender mejor, lograremos que esta vivencia tenga sentido para nosotros, lograremos, paradójicamente, sentirnos más conectados con los demás, porque hemos mirado más adentro, y ese adentro lo compartimos todos.

Tal vez no haya nada que entender y os parezcan ridículas mis palabras. A ver, no quiero caer en lo esotérico ni lo mesiánico, no voy a decir que la humanidad necesita un aviso, ni que esto sean las siete plagas o el arca de Noé, ni creo que nadie merezca nunca estar separado de la gente a la que quiere, sufrir una enfermedad o una muerte absurdas. De hecho si no hubiera estos componentes de tiempo indefinido a la espera, de amenaza seria latente, podríamos hasta pensar que el tiempo de detención era necesario y útil para todos. Demasiado a menudo nuestra sociedad se vuelve una carrera de obstáculos que no termina nunca, y ¿quién de nosotros no se había dicho algún día, antes de que todo sucediera 'ojalá todo se detenga', sin pensar en las consecuencias catastróficas de ello? Pero el haber en juego el futuro entero, la vida de todos, vuelve este posible espacio sanador algo mucho más complejo, algo con un trasfondo de sufrimiento. Eso hace la experiencia incomprensible y un reto para todos nosotros.

Sin pretender hacer un elogio de este tiempo, sí quería escribir sobre ello y buscar la luna oculta entre las sombras. Sin ir más lejos, convivir veinticuatro horas al día con nuestros seres queridos, ¿es una condena o un regalo? ¿No nos está sirviendo para redescubrir facetas del otro que ya habíamos olvidado?, ¿para conocerlo mejor en sus más íntimas oscilaciones anímicas? ¿No nos obliga a extraer todas nuestras potencialidades, nuestra capacidad de humor, de inventiva, para que la vida de los demás sea más soportable? ¿No nos está llevando a reformular nuestra visión de nosotros mismos, de nuestros hijos, de nuestra familia? ¿No nos sirve también para tener una visión más constructiva de nuestra propia casa, la que ahora nos sostiene, de la que no podemos huir y con la que tenemos que hacer las paces definitivamente, lentamente, día a día, propósito a propósito? ¿Y qué decir de nuestros amigos? ¿No nos damos cuenta perfectamente en la distancia de a quiénes echamos de menos, y tenemos que aguantarnos y quererlos desde lejos, a conciencia? ¿Y nuestros padres? Algunos seguramente nunca antes habíamos sido tan conscientes de su vulnerabilidad, y por fin nos preocupan mucho más ellos que nosotros mismos, ¿y no hay en esa inversión de tendencia algo que nos hace mejores?

Volviendo a lo que comentaba al principio, a la conexión y desconexión. No sostengo que debamos vivir sin redes, son fundamentales ahora los whatsapps, correos, videollamadas para mantener el contacto con los seres queridos, o con las actividades que nos importaban y nos siguen importando; tampoco podemos rehuir del estado del mundo, saber en qué marco nos movemos. Pero sí es cierto también que el exceso de fragmentación nos puede llevar a vivir en un sobresalto continuo. Quizás si tratamos de alejarnos a menudo de los diversos sistemas de comunicación digital y observamos la realidad de modo más continuo, en silencio, prestamos atención a cada amanecer, cada anochecer, aprehendemos la foto fija que tenemos delante de nuestras ventanas, la realidad según nuestro punto de vista y su minucioso movimiento milimétrico, podremos asumir mejor esta vida que nos ha tocado vivir ahora y su  poesía oculta, inquietante y serena a partes iguales. ¿No es ello mismo una metáfora acentuada de la condición esencial de estar vivos? ¿No se nos hace una evidencia que, por mucho que queramos organizar y controlar la vida, ella es en sí misma un misterio cuyas leyes desconocemos?

Por último, en estos momentos es especialmente chocante también la ambivalencia entre individualismo y solidaridad. Al desconectarme, al mirar exclusivamente hacia mi ventana, puedo temer que no me preocupo del mundo, que me sumerjo en el egoísmo. Pero, ¿de verdad contribuimos al mundo estando hiperconectados? ¿No nos hacen oscilar al viento tantas declaraciones, luchas políticas, retos irrisorios, combates de egos, cuestiones tan inesenciales donde siempre alguien quiere quedar por encima de otro alguien?

Nunca antes se nos había pedido que por el bien de todos nos quedemos inmóviles. Esta inmovilidad vivida a conciencia tiene que ser una fuente donde podamos sanarnos, donde nos veamos reflejados hasta el fondo, sin concesiones, y, en esas aguas translúcidas, veamos reflejados también al otro.