Un blog sobre literatura y sobre el poso que dejan los días; o de los equilibrismos perpetuos para ser a la vez preludio y fuga.
domingo, 4 de julio de 2021
Fernández Mallo: una mirada exótica a la contemporaneidad
miércoles, 5 de mayo de 2021
Un poema para el despertar
Ya es hora, ya.
por fin es hora.
Ya es hora de que la luz
entorne sus párpados
y nos manche de carmín terroso.
Es hora de mirar
directamente hacia las nubes
es hora de andar hasta quedarse sin aliento
es hora de respirar es hora de suspirar, es hora de completar.
Hemos esperado tanto este momento.
Aunque este momento quede
perpetuamente en suspenso.
Es hora de decirnos
que es inútil seguir aguardando
pero al menos hay algo que sabemos con certeza:
que aquí estamos, en cuerpo, sin escaparnos.
Quiero emborracharme de mis propios pasos.
descuajeringnando brújulas
aplastando el corazón que palpita en la batería
de todos los aparatos.
Es hora de andar, de andar, de andar sin más
es hora de alzar la voz
es hora de articular la voz
es hora de huir, es hora de correr,
es hora de volver,
es hora de adentrarse en el bosque
es hora de desaparecer
es hora de decir basta
es hora de decir sí,
ya,
es hora de perderse en el atardecer
buscar el camino más alto
buscar lo difícil
es hora de sudar
hora de emprender un riesgo
mínimo, ínfimo, tal vez ridículo
pero riesgo al fin y al cabo
es hora de maquillar las dudas
hora de subrayar las anisas
de prohibirse enternecerse
con todo aquello que un día nos hizo llorar
es hora de romper las hogueras
de maldecir los espejos
de agarrarse con las uñas
al otro lado de nuestro reflejo
es hora de gritar basta, de gritar no,
es hora de hacerse joven
tan joven como nuestras esperanzas antiguas
minúsculas
es hora de regresar al silencio, a la nada,
de bajar las guardias, las banderas
es hora de decirse que ya no es hora
es hora de decir que a quién le importa la hora.
Es hora es deshora, qué más da lo que es,
pero aquí estamos.
Es hora de levar las anclas, de arrancar el timón
es hora de murmurar te quiero, es hora del silencio,
es hora de romper las listas de rencores, hora de reiniciar, hora de tirar los bártulos de nuestra memoria,
porque ahora es hora
de tanto
es hora de atreverse a nuevos caminos, es hora de meterse bajo las alcantarillas,
bajo los puentes, las autopistas,
es hora de apreciar lo feo, de rascar los piojos del cansancio,
es hora de la risa, porque hoy es hoy sin lugar a dudas
porque hoy se abren las grietas las grietas de los ojos, de la piel
porque hoy queremos cánticos, queremos ser uno con el pájaro, ser uno con los gusanos,
ser uno con los niños de los barrenderos, con los perros de las peluqueros,
queremos ser uno con los coches destartalados, con los motoristas que encontramos por caminos deshabitados, y no tenemos miedo
ni siquiera tenemos miedo al desvarío
Hoy es el día y es la hora y es el mes y el minuto
donde Laura ha venido a nuestro encuentro
o donde más bien Laura nos ha asegurado
que nunca vendrá a nuestro encuentro
que qué narices estamos esperando
el día y la hora y el mes y el año
en que supimos que no había que esperar
nunca y definitivamente
y aquí se abría
la hendidura infinita
una pura
crisálida.
jueves, 15 de abril de 2021
"Clima", de Jenny Offill
Después de ‘Departamento de especulaciones’, ya sabíamos que Offill no es una escritora convencional, que nos ofrezca una trama lineal al uso. Pero es justamente en su fragmentarismo, sus bruscos virajes de escena y planteamiento como nos acerca a una melodía muy cercana a nuestro mundo, complejo y lleno de interrupciones. Y ‘Clima’ se lee con especial alegría y sentido del humor. En esta obra podremos conocer personajes tan mediocres como lúcidos, tan desesperados y a la vez resignados a la imperfección como nosotros mismos.
Lizzie Benson es la protagonista, con un destino fracasado, de gris bibliotecaria, y una cotidianeidad con los trasiegos propios de su imperfecta maternidad y su corriente vida conyugal. Pero van a aparecer dos elementos desestabilizadores: uno de entusiasmo ciego y otro de destrucción pura. Por un lado, su amiga y antigua profesora, la única persona auténticamente convencida de su valía intelectual, le incita a ejercer de ayudante, debido a su ingente trabajo como comunicadora en un programa sobre cambio climático, que está atrayendo figuras de lo más excéntrico, hasta tal punto que no puede atender al correo. A Lizzie le tocará, pues, acceder a conciencias distorsionadas y afectadas por la idea del fin del mundo, con figuras tan opuestas como jóvenes ecologistas radicales o cristianos acérrimos que buscan el sostenimiento de la civilización cristiana. El juego intertextual aquí entre correos electrónicos, conferencias, pensamientos de la protagonista resulta tan irrisorio como escalofriante. Al mismo tiempo, el hermano de la protagonista, Herny, aquejado de adicción a la droga, y al que ella siempre parece haber cuidado, encuentra un renacimiento, a través de un positivo noviazgo (con una joven ecologista y emprendedora), que le acaba llevando inclusive al matrimonio y la paternidad. Pero todo ello acaba desembocando en el caos y el fracaso, puesto que el hermano recae, su mundo se desmorona, y con él su hermana. Ello se ve contrapuntado mediante el crescendo social que viven los Estados Unidos por la proximidad de las nuevas elecciones y la posibilidad del derroque definitivo de Trump; que al final no se produce, cuestión que trastoca los ánimos de la familia Benson y hunde a la exitosa oradora en un descrédito por el futuro tan absoluto como fue antes su entusiasmo.
Jenny Offill, Clima, Libros del Asteroide, 194 páginas. (Traducción, Eduardo Jordá)
sábado, 10 de abril de 2021
Pandemia y escritura: un pícnic, intentando que nadie se ahogue
Foto: Flickr: puesta de sol de Mataró (arturdebat)
Si algo tiene esta época es la extraña mezcla entre soledad e hipercomunicación. Nos piden que trabajemos en casa. Nos piden que nos quedemos en nuestra burbuja. Muchos (afortunados) lo hacemos, acatamos todas las medidas y hacemos de tripas corazón. Pero somos seres sociables y echamos de menos quedar con nuestros amigos, con nuestros padres, sin calcular distancias y horarios, sin estar siempre pasando la vida por el tamiz de lo adecuado o lo responsable. Acaba siendo agotador este autocontrol, esta constante rebaja de lo pletórico, lo espontáneo, lo hedonista. Por otro lado, no nos resignamos a ello y persistimos en comunicarnos por whatsapp, por Twitter, por teléfono, por correo. Mantenemos algunas amistades cotidianas que nos importan. Todavía creamos nuevas conexiones con desconocidos, o descubrimos que algunos conocidos en la distancia se vuelven compañías inseparables. Pero estamos tan mediatizados por las pantallas que a veces quisiéramos romperlas, pasar al otro lado de ellas, como Alicia en el espejo, y descubrir un mundo lleno de parámetros inesperados e imprevistos.
Por otro lado, si la soledad fuera tal y buscada, si la soledad fuera plena, si no tuviéramos que hiperconectarnos, podríamos dedicarla a una vida mucho más armoniosa como a veces deseamos: perdernos en la naturaleza, dedicarnos a cultivar manzanas y leer bajo el sol, mientras nuestros hijos se dedican a recolectar hormigas. Escribir largos ensayos sobre la existencia, encontrar la armonía definitiva de todos nuestros pasos, construir la casa de nuestros sueños. En fin, una vida idílica. Pero no hay posibilidad de vida idílica en plena pandemia. En una vida con pandemia, por mucho que queramos buscar la parte buena en todo, aceptar la nueva normalidad... Nada es normal y nada es más difícil que encontrar la armonía mientras convivimos con las dificultades que la pandemia crea. En el mejor de los casos, y si no caemos enfermos, teóricamente disponemos de más tiempo, pero igualmente es tiempo interrumpido, por las exigencias de la vida doméstica, por el teletrabajo, que fácilmente invade gran parte del día; porque nuestra mente ya se ha acostumbrado a la perpetua interrupción; necesitamos saber de los otros, sentirnos animales en un mismo destino. Y por eso es imposible vivir idílicamente la pandemia, porque es una contradicción irresoluble.
Hace tiempo que quería escribir sobre esto, sobre la armonía, o sobre la falta de ella, o la búsqueda de ella, según el día, pero en realidad mi vida está tan interrumpida que me es muy difícil encontrar el tiempo para escribir, la claridad mental para escribir, mucho más que cuando hacía muchas actividades exteriores y mi mente disponía de un orden claro, de un engranaje de funcionamiento que se activaba de modo diverso en relación a unas franjas delimitadas en el espacio y el tiempo.
Y, en fin, esta semana ha habido dos elementos que me han parecido una clave para intentar escribir algo con sentido: por un lado, la vacuna, el hecho de vacunarme al fin. Por otro lado, la lectura de Jenny Offil, Clima.
El miércoles por la tarde, fui a vacunarme al CAP de Mataró de AstraZeneca. Después de meses de esperar a que me avisaran (nunca me avisaron), de pedir yo cita y luego me la cancelaran por las dudas sobre la vacuna, después de esperar a que me volvieran a avisar (nunca me volvieron a avisar), de pedir yo cita de nuevo, esperar hasta última hora a ver si la cancelaban, ir al CAP a mi hora, esperar a que me llamaran (nunca me llamaron), vacunarme la última del turno y a desgana de las enfermeras... Todo parecía indicar que el evento iba a ser del todo esperpéntico y kafkiano y podía arrepentirme luego de ello. (De hecho, llegar a casa y anunciarse la detención definitiva de la vacuna para mi franja de edad fue casi inmediato.)
Sin embargo, algo me sucedió al salir de la vacuna. Estaba dolorida, y aterrada, lo que reconozco. Tenía miedo a lo desconocido, a qué podría pasar dentro de mi cuerpo, pues es algo que escapa a nuestro control. Pero recordé algo. Recordé haberme sentido así cuando iba a dar a luz, el terror de ignorar cómo iba a producirse, qué iba a pasar por mi cuerpo y si acabaría bien. Pero entonces, por más que el motivo fuera alegre, me sentía sola en ese camino, mi cuerpo molde único que vivía en un momento imprevisible. Y ahora me sentí muy acompañada. En la distancia, por fin estaba igual que miles de millones de personas vacunadas con AstraZeneca, a pesar de las dudas, del miedo. Recordé por qué lo hacía: por mi marido, por mis hijas, por mis padres, por el mundo entero... Si a través de mí podía provocar una ligera disminución del riesgo de que alguien muriera, bienvenido sería el miedo a cualquier extrañeza en mis carnes. Ese pensamiento me iluminó y me ha acompañado desde entonces. Y el dolor en mi brazo me recuerda que estoy en ese mismo barco, que por fin hay algo concreto que he podido hacer, más allá de seguir existiendo en la pantalla.
Y el jueves por la noche, mientras pasaba una fiebre pasajera, cogí el libro Clima de Jenny Offill, que me aguardaba desde las navidades, y encontré el tono exacto que necesitaba leer, en esa mezcla de subjetividad, fragmentarismo, conexión y desconexión con los otros en que nos hallamos todos.
En las páginas 28/29 de la edición de Asteroide (traducción de Eduardo Jordá), la protagonista habla sobre la conferencia a la que asiste y el tema de la moralidad y 'lo normal'. Encontré un fragmento que me entusiasmó.
"'Lo que consideramos una persona buena, una persona de conducta moralmente digna no se juzga del mismo modo en las épocas de crisis o en circunstancias normales.' Muestra una diapositiva de gente haciendo pícnic en la orilla de un lago. Cielo azul, árboles frondosos, gente blanca.
'Imaginen que van de pícnic con unos amigos al parque. Este acto es moralmente neutro, pero si en un momento dado se dan cuenta de que un grupo de niños se están ahogando en el lago y ustedes continúan charlando y comiendo se han vuelto ustedes unos monstruos.'"
Y bien, ¿no debería preocuparnos ahora exactamente eso? ¿En qué pícnic pasamos nuestro tiempo? ¿Qué niños se están ahogando mientras?
Nuestra época es obligadamente solitaria, pero no por eso debería ser individualista. Preguntémonos cómo estar presentes para los otros desde nuestras burbujas. Presentes de algún modo útil, no solo presentes porque les damos la paliza para que recuerden que existimos. Es difícil. Muy difícil. Yo misma llevo meses deseando escribir, deseándolo intensamente, sin encontrar el momento para ello, diciéndome a la vez que es pueril, que a nadie le aporta nada que yo escriba. Sin embargo, tampoco hay nada que sepa hacer muy bien en vez de escribir y que pueda servir a otros. Ni sé arreglar cosas ni cocino muy bien ni tengo grandes iniciativas políticas. Así que por ahora no me queda otra que intentar escribir, y que el hecho de escribir no sea un acto puramente egocéntrico. Probablemente no sirva de nada. Y seguiré siendo alguien tomando pícnic mientras los niños se ahogan. Pero al menos quería explicar esto. Esta impotencia, este deseo de salvar algunos niños sin que se nos quiten las ganas de hacer pícnics.
Matisse. Picnic.
miércoles, 3 de marzo de 2021
Recomponiendo un mundo roto
¿Quién no ha querido espiar por una rendija y acceder a las interioridades de un alma
romántica? Pero no de un alma sentimental o voluble cualquiera, sino romántica en su
sentido originario: aquellos seres que hace dos siglos se afanaron en dotar a su
existencia de una intensidad única; que acechaban el arte y la belleza como un perpetuo
estremecimiento; que bebían de la fuente del amor para insuflarle un sentido total; que
rehuían cuanto se esperaba de ellos y fueron a la zaga de sus propios ideales: política
radical o fascinación por Italia, encuentros o soledad absoluta. Aquellos, en definitiva,
que a menudo tuvieron vidas breves con desenlace trágico, pero cuya inmortalidad es
indiscutible en sus obras.
Pues estamos de suerte: con esta antología de Gonzalo Torné, bellamente
editada por Alpha Decay, nos acercaremos a la segunda generación de románticos
ingleses, los poetas Byron, Keats y Shelley y la novelista Mary Shelley. A través de una
selección de cartas, acompañada de sucesivos prólogos explicativos, no solo lograremos
hacernos un perfil de las vicisitudes vitales de estos autores, sino que accederemos a la
particularidad expresiva de cada uno, pues los estilos pronto se revelan como propios e
inconfundibles.
Así, nos fascinará la historia de amor serena y a la vez colmada de fantasmas
entre Percy y Mary Shelley. Especialmente conmueven las palabras de Mary,
expresivas, enfáticas y sombrías: “¿Por qué la vida no admite que se la considere un
fluir continuo, ininterrumpido, ajeno a la cuenta de minutos y horas (…) si el placer solo
habita en la memoria, entonces, al morir, ¿adónde irá el placer? ¿Adónde iremos
nosotros?” En ellas hallaremos las dificultades para unir sus vidas, las muertes sucesivas
de sus hijos, los malos presagios que rodean a Percy y que al final se cumplirán cuando
muere ahogado. (Ella será la única de los cuatro que sí tendrá una larga existencia.)
Al leer a Lord Byron, entenderemos de una vez por todas su mito de
“maldito”: sus cartas nos muestran una tumultuosa existencia, cambiando de país como
de ilusiones, poblada de amores apasionados hasta lo indecible. Las últimas cartas
tienen lugar desde Grecia, a donde acudiría en su lucha por ideales políticos, y donde
fallecería poco después. Para él la expresión amorosa es extremada, a menudo
tragicómica (“ámame al menos como a tu perro”) así como la vitalidad: “el Carpe diem
ya no es suficiente, me veo obligado incluso a intentar sacar provecho de los segundos.”
Bástenos decir que estamos de acuerdo con Torné en valorar estas cartas como “la obra
maestra de Lord Byron”.
La figura de Keats también resulta interesante, si bien diversa: el punto de
vista de un enfermo declarado y con cada vez menos esperanzas en el futuro. Sus cartas
tienen un destinatario único, su vecina Fanny Brawne, su amor absoluto (“el aspecto de
una persona no es nada si no encuentro en su corazón las llamas que habitan en el tuyo,
un fuego donde mi amor pueda arder”), aunque puede leerse en ellas también la lucha
entre creación y amor, puesto que a veces desea que nada pueda distraerle de su misión
literaria. (“Mi mente está colmada por la fantasía, rellena como una pelota de cricket.”)
El libro puede leerse de principio a fin, o entreverando al azar personalidades y
cartas hasta que el mundo roto se haga unidad para el lector. Al acabarlo, sentiremos
habernos acercado a estos autores mucho más que a través de una biografía o una
película. Y nuestro deseo más alto será ahora leer sus obras.
(*) Esta reseña apareció en la edición digital del Heraldo de Aragón el 14 de febrero de 2021.
viernes, 15 de enero de 2021
Vila-Matas: En el abismo, vida y creación se amalgaman
Para Vila-Matas la literatura es una cuestión vital, fundamental, que se torna pátina que todo lo impregna. Y hasta sus piezas reflexivas se hallan imbricadas de creación: de elementos inesperados, de contradicciones, de humor. Y literatura son sus entrevistas, las que él mismo realizaba de joven, las que recibe hoy. No es casual que Wunderkammer publique a la vez las deliciosas conversaciones con Anna María Iglesia ‘Ese famoso abismo’ y reedite la ‘nouvelle’ ‘Chet Baker piensa en su arte’, que apareció en el año 2011 en la antología de cuentos del mismo nombre, pero que merecía ser publicada de manera autónoma.
De hecho, Chet Baker piensa en su arte resulta la creación vila-matiana donde la construcción de la trama se ha fusionado de manera más radical con la reflexión sobre el proceso de creación, y aquí sin duda es donde brilla con más luz propia el artefacto literario de Enrique Vila-Matas. Interesa especialmente releer hoy este relato de ‘ficción crítica’, donde el yo literario se interroga sobre cómo expresar de modo efectivo la esencia de la realidad, cuando esta es «bárbara, brutal, muda, sin significado».
Para ello, hay un elaborado razonamiento sobre dos tipos de postura, la ‘Finnegans’, abanderada de una literatura difícil, que hace equivaler la dificultad lingüística a la complejidad de la realidad, y la postura ‘Hire’, que opta por una trama de fácil acceso para así comunicar mejor al gran lector. El yo literario se debate entre ambas vertientes, tratando de hacerlas compatibles. Hay aquí, pues, un alegato de una visión literaria, una teoría que se performa en el presente narrativo, y en la que observamos la esencia del Vila-Matas de los últimos años: la convicción de persistir en una literatura ambiciosa, pero tratando al tiempo de acercarse a la realidad del otro, eso sí, huyendo de la introspección autobiográfica, y en aras de una literariedad absoluta y comunicable.
En cuanto a ‘Ese famoso abismo’, puede leerse para iniciarse o para profundizar en Vila-Matas: lejos del repaso cronológico, se trata de una sinfonía de motivos e ideas que se trenzan de modo hábil y natural entre entrevistadora y entrevistado. A lo largo del libro pasearemos de manera oblicua, y con un espíritu tan reflexivo como ‘shandy’ (ligero, alegre) en torno a diversos temas que interesan al último Vila-Matas: especialmente la ficción como libertad total, según el prisma de Quijote, un tubo de ensayo que nos acerque mejor a la ‘verdad’ que otros productos. Bailaremos también al son de las múltiples contradicciones inherentes a la escritura: entre nomadismo y «viaje alrededor de la propia habitación», entre escritura «que interroga» y exigencias del mercado, entre pulsión por el éxito y el fracaso, entre escritura que ha de partir de la vida y la llamada de la imaginación.
Además, el mismo autor nos brindará sus hipótesis sobre las etapas en que se conforma su obra, así como la evolución de la recepción de su obra de los orígenes a hoy. Completaremos el autorretrato como escritor que ya veíamos en Chet Baker con algunas señas básicas de identidad, como precisamente la ausencia de identidad estable, el arte de aparecer y desaparecer, de la máscara y la cita literaria.
Y al final la obra nos lleva hacia ese «famoso abismo», hacia los orígenes del lenguaje, entre la capacidad de nombrar y lo nombrado: donde uno se acerca pero nunca puede atravesar del todo el espejo; donde uno se sumerge en la perplejidad y a la vez en la «literatura expandida», siempre dispuesta a alcanzar otros terrenos, siempre abierta a acompañar a otros en el zarpar de su aventura literaria.
domingo, 3 de enero de 2021
Poemanieve (2)
IV
Siempre me gustó el cansancio.
Siempre me gustó
hincar los pies fuertemente en el suelo
atravesar superficies arduas
hasta sentir el esfuerzo de los huesos.
Es por eso que hoy
la nieve
me lleva al lugar donde realmente quiero estar
el lugar de la aridez, la ascensión,
la soledad habitada.
Es por eso que amo
atravesar
la superficie
cada vez mayor de nieve,
sentir que podría
acabar sepultada
y a la vez saber que no voy a hacerlo,
llegar más lejos de lo que quise
nunca,
intentar
que en mis pasos
haya siempre un lugar para escapar a lo imprevisto,
aunque solo sea desviarse un poco del camino.
V
Cuando camino en la nieve
dejo de ser hija
por la que alguien tiene que preocuparse
dejo también de ser madre
que debe siempre apresurarse
dejo de ser esposa
que se pregunta si no se estará ya excediendo
en la libertad de sus pasos.
Cuando camino en la nieve
solo soy mis pies
solo soy piedra, solo soy árbol,
libertad absoluta del instante,
plenitud, más bien,
porque de la libertad ya hemos hablado.
¿Tiene que ver con la cantidad de pasos que uno puede dar
sin explicar, sin esperar, sin contar los minutos?
¿O es más bien
el espacio mental que se abre en uno mismo?
¿No es acaso la ventana abierta
al blanco de la nieve,
sin esperanza alguna
ni remordimiento?
¿No es esto, pues, la libertad, realmente?
VI.
Soy fuerte como un hombre
como un hombre
que carretea leña desde los tiempos inmemoriales por el camino.
Soy inocente como un niño
que transita esta senda
en subida al colegio.
No hay ser humano ni animal
que pueda amilanarme ahora.
Soy un insecto, soy diminuta, soy invisible.
Soy poderosa. No soy. Soy solo nieve
que en el invierno teme deshacerse
tan pronto como puede convertirse en hielo.
VII
Me pregunto a qué se debe el placer intenso
que se siente
al hundir el pie en la nieve.
Tal vez será porque
la naturaleza nos da el instante
la posibilidad ínfima y tan remota
de sentirnos parte
de ella
de permitirnos
ser acogidos, engullidos
entre su manto.
Es esta una rara ocasión
de dejar de ser el que mira
para olvidarnos en lo que estamos mirando
al abrigo del monte, de la montaña,
más allá de todo.
VIII
Echo de menos la nieve
porque cuando te alejas de ella
dejas atrás el paréntesis
el rapto
la rapsodia monocroma
la gratificación de estar casi muerto
vuelve la vida idéntica a sí misma
con su remoto ajetreo
con sus ansias
sus nunca finalizados propósitos
sus vanas esperanzas soleadas.
Pero a la nieve siempre se puede volver
como se vuelve al latido más lento
como se vuelve siempre una y otra vez
al punto cero.

