Un blog sobre literatura y sobre el poso que dejan los días; o de los equilibrismos perpetuos para ser a la vez preludio y fuga.
martes, 21 de septiembre de 2021
El deseo de la obra
viernes, 20 de agosto de 2021
Perderse en el viaje lector: Franco Chiaravalloti y Maria Judithe de Carvalho
Siempre he sido una pésima lectora de relatos. Sí, ya sé que requieren de grandes dosis de habilidad técnica, intuición y gracia. Y sí, reconozco la maestría de “cuentistas” como Chejov, Carver, Munro o Lispector. Pero, pese a todo ello, me suele tentar demasiado la necesidad de impregnarme de un universo narrativo complejo, que esa historia me acompañe durante un tiempo más extenso, y a menudo dejo los libros de relatos a medias mientras leo novelas o los leo de modo muy interrumpido, de modo que pierdo la melodía que los cohesiona. Sin embargo, este verano he tenido dos experiencias de lectura de relatos tan satisfactorias, que me han hecho sobrevolar más allá de mis limitaciones lectoras. Se trata de dos escritores y dos libros que aparentemente nada tienen que ver entre sí: el libro del argentino Franco Chiaravalloti afincado en Barcelona, Insular, publicado recientemente en Tres Hermanas (2020), y el libro de la portuguesa Maria Judite de Carvalho Tanta gente, Mariana, escrito originalmente en 1959 y que ahora publica en castellano Errata naturae (2021) en traducción de Regina López Muñoz.
Respecto a Insular, tuve la suerte de acudir al acto de presentación que tuvo lugar en Barcelona a principios de verano, en un momento pletórico de vuelta a la semi normalidad en la librería Byron, con Pablo Martín Sánchez de maestro de ceremonias. Ahí tuve claro que este libro era mucho más que una novedad cuya huella tenía curiosidad por seguir. Se trataba sin duda de un libro refrescante, un viaje no solo por todo el mundo sino también por todo tipo de personalidades y culturas. Chiaravalloti ya había hecho gala en su libro anterior, Esos de ahí fuera, de dos cualidades a mi juicio muy valiosas en un cuentista: la primera, su sorprendente capacidad de situarse en la piel ajena, inmiscuyéndose por igual en personajes femeninos, masculinos, de diferentes condiciones y situaciones, y logrando siempre interesarnos por ello; la segunda, su precisión lingüística, su minucioso trabajo de escultor literario, que posibilita que el lector perciba en la lectura de cada relato que se ha dicho exactamente aquello que tenía
que decirse, sin detalles explicativos enojosos, sin elusiones demasiado pretenciosas: el lector sigue la historia, se le permite identificarse parcialmente con el personaje, y a la vez queda en el relato una zona de sombra perfecta para que el relato siga resonando una vez acabado el mismo. Ambas cualidades, que ya sobresalían entonces, se han agigantado todavía más en Insular. Aquí Franco acomete el exigente reto de situarse en historias pertenecientes a todos los continentes y culturas, algunos de ellos realmente exóticos y excéntricos. Como nos diría en la presentación, en muchos de dichos lugares sí que ha estado personalmente y en otros no. Pero mientras leemos los relatos, no nos importará conocer la implicación exacta del autor con el país. Los relatos están tan suficientemente bien construidos y documentados que valen por sí mismos como un constructo aparte. Se leen con apasionamiento, con el deseo de continuar cada viaje y después de pasar al siguiente. Nos sorprenderemos con la frialdad de la estudiante argentina afincada en Japón que se ha vuelto hipercompetitiva, con la fascinante historia del país insular Tuvalu, siempre bajo la amenaza de desaparecer por la marea. Nos estremeceremos con la muchacha iraní de Meymand y el modo sutilísimo con que se expresa su pasión por el viajero, o con el viaje terrible de una madre y una hija huyendo de un destino
aciago por Malabo, Guinea Ecuatorial. No podremos tampoco dejar de hipnotizarnos por el relato de la exploración en el polo Ártico o los confines desabridos de la isla Tristan da Cunha, isla en pleno océano atlántico dominada por la lejanía de todo. Chiaravalloti nos presenta lugares extraños, liminares, personajes que traspasan un límite, que salen más allá de la normalidad hasta un punto donde no sabemos si van a encontrarse o a perderse definitivamente. Aunque las historias sean muy distantes entre sí, pasaremos con avidez de unas a otras, compartiendo en cada una de ellas esa “tentación por la lejanía”, por lo desconocido, que tanto parece seducir al mismo autor.
En cambio el libro de Maria Judite de Carvalho, dama semi desconocida de las letras lusas, escritora, periodista, cosmopolita, galardonada varias veces en Portugal, pero cuya voz aquí apenas había llegado, sorprende por el modo como cualquier viaje es abortado, cerrado de pies a cabeza. Sin duda la autora en Tanta gente, Mariana, que se compone de una nouvelle con el mismo título y siete relatos breves, deseaba denunciar la situación de la mujer en el Portugal tradicional de los años cincuenta-sesenta, la dificultad de salir más allá de sus condicionamientos y de las convenciones sociales, hecho que podía condenar a tantas mujeres a Regentas “post la lettre”, insatisfechas de por vida. Sin embargo, los destinos de los personajes de Carvalho no son previsibles y sí del todo variados. En común con Chiaravalloti observaremos la capacidad de empatía que se produce por igual con una mujer soltera y sin hijos, con otra que presiente va a ser abandonada por su marido o con un hombre cuya vida ha sido consumida por la abulia y la desesperanza. De hecho sus relatos beben del substrato de una melancolía de fondo, un tono fatalista muy portugués y que nos retrotrae a Pessoa y a las letras de los mejores fados. Sin embargo, en Carvalho, como en Chiaravalotti, predomina la multiplicación en diversas máscaras, y cierto distanciamiento de los personajes, por más que su destino se nos acerque en primera instancia, desembocando en la ironía trágica. La autora recoge diversas situaciones para disponer una lupa gigantesca y presenciar sus más terribles paisajes interiores, sus esperanzas más disparatadas, todo ello con una prosa delicada y contenida. Poco después, cuando el lector ya ha empatizado con los rincones más sombríos del personaje, aleja la lupa de dichas perspectivas para terminar con toda crueldad de un zapatazo con el personaje en cuestión. Todo en Maria Judithe Carvalho es sutileza aunada a humor negro, crueldad, en unos relatos tan inteligentes y bien construidos como los de Franco, de modo que cuando empezamos uno nos familiarizamos con su universo, su música, como si el libro de relatos fuera en realidad una misma novela, un mismo viaje literario a la fatalidad desde varias perspectivas y con un lazo de compasión y cinismo que los aúna a todos. Al acabar los relatos, desearemos fundirnos en una misma aura de nostalgia y fatalidad, asumiremos la abolición de todos los planes y deseos, pero al mismo tiempo nos sonreiremos por el modo como Maria Judithe de Carvalho nos ha hecho sobrevolar por encima de todo ello,para aceptarlo y a continuación dejarlo atrás.
Ahora que se avecina septiembre, ese momento del año donde uno desearía viajar a cualquier sitio y a ninguno a la vez, donde puede uno perderse aunque sea mentalmente mientras enfoca los meses por venir, puede ser una buena ocasión de leer tanto a Chiaravallotti como a De Carvalho.
* Este texto apareció en la revista Kopek Perderse en el viaje lector: Franco Chiaravalloti y Maria Judithe de Carvalho | Kopek (revistakopek.com)
domingo, 4 de julio de 2021
Fernández Mallo: una mirada exótica a la contemporaneidad
miércoles, 5 de mayo de 2021
Un poema para el despertar
Ya es hora, ya.
por fin es hora.
Ya es hora de que la luz
entorne sus párpados
y nos manche de carmín terroso.
Es hora de mirar
directamente hacia las nubes
es hora de andar hasta quedarse sin aliento
es hora de respirar es hora de suspirar, es hora de completar.
Hemos esperado tanto este momento.
Aunque este momento quede
perpetuamente en suspenso.
Es hora de decirnos
que es inútil seguir aguardando
pero al menos hay algo que sabemos con certeza:
que aquí estamos, en cuerpo, sin escaparnos.
Quiero emborracharme de mis propios pasos.
descuajeringnando brújulas
aplastando el corazón que palpita en la batería
de todos los aparatos.
Es hora de andar, de andar, de andar sin más
es hora de alzar la voz
es hora de articular la voz
es hora de huir, es hora de correr,
es hora de volver,
es hora de adentrarse en el bosque
es hora de desaparecer
es hora de decir basta
es hora de decir sí,
ya,
es hora de perderse en el atardecer
buscar el camino más alto
buscar lo difícil
es hora de sudar
hora de emprender un riesgo
mínimo, ínfimo, tal vez ridículo
pero riesgo al fin y al cabo
es hora de maquillar las dudas
hora de subrayar las anisas
de prohibirse enternecerse
con todo aquello que un día nos hizo llorar
es hora de romper las hogueras
de maldecir los espejos
de agarrarse con las uñas
al otro lado de nuestro reflejo
es hora de gritar basta, de gritar no,
es hora de hacerse joven
tan joven como nuestras esperanzas antiguas
minúsculas
es hora de regresar al silencio, a la nada,
de bajar las guardias, las banderas
es hora de decirse que ya no es hora
es hora de decir que a quién le importa la hora.
Es hora es deshora, qué más da lo que es,
pero aquí estamos.
Es hora de levar las anclas, de arrancar el timón
es hora de murmurar te quiero, es hora del silencio,
es hora de romper las listas de rencores, hora de reiniciar, hora de tirar los bártulos de nuestra memoria,
porque ahora es hora
de tanto
es hora de atreverse a nuevos caminos, es hora de meterse bajo las alcantarillas,
bajo los puentes, las autopistas,
es hora de apreciar lo feo, de rascar los piojos del cansancio,
es hora de la risa, porque hoy es hoy sin lugar a dudas
porque hoy se abren las grietas las grietas de los ojos, de la piel
porque hoy queremos cánticos, queremos ser uno con el pájaro, ser uno con los gusanos,
ser uno con los niños de los barrenderos, con los perros de las peluqueros,
queremos ser uno con los coches destartalados, con los motoristas que encontramos por caminos deshabitados, y no tenemos miedo
ni siquiera tenemos miedo al desvarío
Hoy es el día y es la hora y es el mes y el minuto
donde Laura ha venido a nuestro encuentro
o donde más bien Laura nos ha asegurado
que nunca vendrá a nuestro encuentro
que qué narices estamos esperando
el día y la hora y el mes y el año
en que supimos que no había que esperar
nunca y definitivamente
y aquí se abría
la hendidura infinita
una pura
crisálida.
jueves, 15 de abril de 2021
"Clima", de Jenny Offill
Después de ‘Departamento de especulaciones’, ya sabíamos que Offill no es una escritora convencional, que nos ofrezca una trama lineal al uso. Pero es justamente en su fragmentarismo, sus bruscos virajes de escena y planteamiento como nos acerca a una melodía muy cercana a nuestro mundo, complejo y lleno de interrupciones. Y ‘Clima’ se lee con especial alegría y sentido del humor. En esta obra podremos conocer personajes tan mediocres como lúcidos, tan desesperados y a la vez resignados a la imperfección como nosotros mismos.
Lizzie Benson es la protagonista, con un destino fracasado, de gris bibliotecaria, y una cotidianeidad con los trasiegos propios de su imperfecta maternidad y su corriente vida conyugal. Pero van a aparecer dos elementos desestabilizadores: uno de entusiasmo ciego y otro de destrucción pura. Por un lado, su amiga y antigua profesora, la única persona auténticamente convencida de su valía intelectual, le incita a ejercer de ayudante, debido a su ingente trabajo como comunicadora en un programa sobre cambio climático, que está atrayendo figuras de lo más excéntrico, hasta tal punto que no puede atender al correo. A Lizzie le tocará, pues, acceder a conciencias distorsionadas y afectadas por la idea del fin del mundo, con figuras tan opuestas como jóvenes ecologistas radicales o cristianos acérrimos que buscan el sostenimiento de la civilización cristiana. El juego intertextual aquí entre correos electrónicos, conferencias, pensamientos de la protagonista resulta tan irrisorio como escalofriante. Al mismo tiempo, el hermano de la protagonista, Herny, aquejado de adicción a la droga, y al que ella siempre parece haber cuidado, encuentra un renacimiento, a través de un positivo noviazgo (con una joven ecologista y emprendedora), que le acaba llevando inclusive al matrimonio y la paternidad. Pero todo ello acaba desembocando en el caos y el fracaso, puesto que el hermano recae, su mundo se desmorona, y con él su hermana. Ello se ve contrapuntado mediante el crescendo social que viven los Estados Unidos por la proximidad de las nuevas elecciones y la posibilidad del derroque definitivo de Trump; que al final no se produce, cuestión que trastoca los ánimos de la familia Benson y hunde a la exitosa oradora en un descrédito por el futuro tan absoluto como fue antes su entusiasmo.
Jenny Offill, Clima, Libros del Asteroide, 194 páginas. (Traducción, Eduardo Jordá)
sábado, 10 de abril de 2021
Pandemia y escritura: un pícnic, intentando que nadie se ahogue
Foto: Flickr: puesta de sol de Mataró (arturdebat)
Si algo tiene esta época es la extraña mezcla entre soledad e hipercomunicación. Nos piden que trabajemos en casa. Nos piden que nos quedemos en nuestra burbuja. Muchos (afortunados) lo hacemos, acatamos todas las medidas y hacemos de tripas corazón. Pero somos seres sociables y echamos de menos quedar con nuestros amigos, con nuestros padres, sin calcular distancias y horarios, sin estar siempre pasando la vida por el tamiz de lo adecuado o lo responsable. Acaba siendo agotador este autocontrol, esta constante rebaja de lo pletórico, lo espontáneo, lo hedonista. Por otro lado, no nos resignamos a ello y persistimos en comunicarnos por whatsapp, por Twitter, por teléfono, por correo. Mantenemos algunas amistades cotidianas que nos importan. Todavía creamos nuevas conexiones con desconocidos, o descubrimos que algunos conocidos en la distancia se vuelven compañías inseparables. Pero estamos tan mediatizados por las pantallas que a veces quisiéramos romperlas, pasar al otro lado de ellas, como Alicia en el espejo, y descubrir un mundo lleno de parámetros inesperados e imprevistos.
Por otro lado, si la soledad fuera tal y buscada, si la soledad fuera plena, si no tuviéramos que hiperconectarnos, podríamos dedicarla a una vida mucho más armoniosa como a veces deseamos: perdernos en la naturaleza, dedicarnos a cultivar manzanas y leer bajo el sol, mientras nuestros hijos se dedican a recolectar hormigas. Escribir largos ensayos sobre la existencia, encontrar la armonía definitiva de todos nuestros pasos, construir la casa de nuestros sueños. En fin, una vida idílica. Pero no hay posibilidad de vida idílica en plena pandemia. En una vida con pandemia, por mucho que queramos buscar la parte buena en todo, aceptar la nueva normalidad... Nada es normal y nada es más difícil que encontrar la armonía mientras convivimos con las dificultades que la pandemia crea. En el mejor de los casos, y si no caemos enfermos, teóricamente disponemos de más tiempo, pero igualmente es tiempo interrumpido, por las exigencias de la vida doméstica, por el teletrabajo, que fácilmente invade gran parte del día; porque nuestra mente ya se ha acostumbrado a la perpetua interrupción; necesitamos saber de los otros, sentirnos animales en un mismo destino. Y por eso es imposible vivir idílicamente la pandemia, porque es una contradicción irresoluble.
Hace tiempo que quería escribir sobre esto, sobre la armonía, o sobre la falta de ella, o la búsqueda de ella, según el día, pero en realidad mi vida está tan interrumpida que me es muy difícil encontrar el tiempo para escribir, la claridad mental para escribir, mucho más que cuando hacía muchas actividades exteriores y mi mente disponía de un orden claro, de un engranaje de funcionamiento que se activaba de modo diverso en relación a unas franjas delimitadas en el espacio y el tiempo.
Y, en fin, esta semana ha habido dos elementos que me han parecido una clave para intentar escribir algo con sentido: por un lado, la vacuna, el hecho de vacunarme al fin. Por otro lado, la lectura de Jenny Offil, Clima.
El miércoles por la tarde, fui a vacunarme al CAP de Mataró de AstraZeneca. Después de meses de esperar a que me avisaran (nunca me avisaron), de pedir yo cita y luego me la cancelaran por las dudas sobre la vacuna, después de esperar a que me volvieran a avisar (nunca me volvieron a avisar), de pedir yo cita de nuevo, esperar hasta última hora a ver si la cancelaban, ir al CAP a mi hora, esperar a que me llamaran (nunca me llamaron), vacunarme la última del turno y a desgana de las enfermeras... Todo parecía indicar que el evento iba a ser del todo esperpéntico y kafkiano y podía arrepentirme luego de ello. (De hecho, llegar a casa y anunciarse la detención definitiva de la vacuna para mi franja de edad fue casi inmediato.)
Sin embargo, algo me sucedió al salir de la vacuna. Estaba dolorida, y aterrada, lo que reconozco. Tenía miedo a lo desconocido, a qué podría pasar dentro de mi cuerpo, pues es algo que escapa a nuestro control. Pero recordé algo. Recordé haberme sentido así cuando iba a dar a luz, el terror de ignorar cómo iba a producirse, qué iba a pasar por mi cuerpo y si acabaría bien. Pero entonces, por más que el motivo fuera alegre, me sentía sola en ese camino, mi cuerpo molde único que vivía en un momento imprevisible. Y ahora me sentí muy acompañada. En la distancia, por fin estaba igual que miles de millones de personas vacunadas con AstraZeneca, a pesar de las dudas, del miedo. Recordé por qué lo hacía: por mi marido, por mis hijas, por mis padres, por el mundo entero... Si a través de mí podía provocar una ligera disminución del riesgo de que alguien muriera, bienvenido sería el miedo a cualquier extrañeza en mis carnes. Ese pensamiento me iluminó y me ha acompañado desde entonces. Y el dolor en mi brazo me recuerda que estoy en ese mismo barco, que por fin hay algo concreto que he podido hacer, más allá de seguir existiendo en la pantalla.
Y el jueves por la noche, mientras pasaba una fiebre pasajera, cogí el libro Clima de Jenny Offill, que me aguardaba desde las navidades, y encontré el tono exacto que necesitaba leer, en esa mezcla de subjetividad, fragmentarismo, conexión y desconexión con los otros en que nos hallamos todos.
En las páginas 28/29 de la edición de Asteroide (traducción de Eduardo Jordá), la protagonista habla sobre la conferencia a la que asiste y el tema de la moralidad y 'lo normal'. Encontré un fragmento que me entusiasmó.
"'Lo que consideramos una persona buena, una persona de conducta moralmente digna no se juzga del mismo modo en las épocas de crisis o en circunstancias normales.' Muestra una diapositiva de gente haciendo pícnic en la orilla de un lago. Cielo azul, árboles frondosos, gente blanca.
'Imaginen que van de pícnic con unos amigos al parque. Este acto es moralmente neutro, pero si en un momento dado se dan cuenta de que un grupo de niños se están ahogando en el lago y ustedes continúan charlando y comiendo se han vuelto ustedes unos monstruos.'"
Y bien, ¿no debería preocuparnos ahora exactamente eso? ¿En qué pícnic pasamos nuestro tiempo? ¿Qué niños se están ahogando mientras?
Nuestra época es obligadamente solitaria, pero no por eso debería ser individualista. Preguntémonos cómo estar presentes para los otros desde nuestras burbujas. Presentes de algún modo útil, no solo presentes porque les damos la paliza para que recuerden que existimos. Es difícil. Muy difícil. Yo misma llevo meses deseando escribir, deseándolo intensamente, sin encontrar el momento para ello, diciéndome a la vez que es pueril, que a nadie le aporta nada que yo escriba. Sin embargo, tampoco hay nada que sepa hacer muy bien en vez de escribir y que pueda servir a otros. Ni sé arreglar cosas ni cocino muy bien ni tengo grandes iniciativas políticas. Así que por ahora no me queda otra que intentar escribir, y que el hecho de escribir no sea un acto puramente egocéntrico. Probablemente no sirva de nada. Y seguiré siendo alguien tomando pícnic mientras los niños se ahogan. Pero al menos quería explicar esto. Esta impotencia, este deseo de salvar algunos niños sin que se nos quiten las ganas de hacer pícnics.
Matisse. Picnic.
miércoles, 3 de marzo de 2021
Recomponiendo un mundo roto
¿Quién no ha querido espiar por una rendija y acceder a las interioridades de un alma
romántica? Pero no de un alma sentimental o voluble cualquiera, sino romántica en su
sentido originario: aquellos seres que hace dos siglos se afanaron en dotar a su
existencia de una intensidad única; que acechaban el arte y la belleza como un perpetuo
estremecimiento; que bebían de la fuente del amor para insuflarle un sentido total; que
rehuían cuanto se esperaba de ellos y fueron a la zaga de sus propios ideales: política
radical o fascinación por Italia, encuentros o soledad absoluta. Aquellos, en definitiva,
que a menudo tuvieron vidas breves con desenlace trágico, pero cuya inmortalidad es
indiscutible en sus obras.
Pues estamos de suerte: con esta antología de Gonzalo Torné, bellamente
editada por Alpha Decay, nos acercaremos a la segunda generación de románticos
ingleses, los poetas Byron, Keats y Shelley y la novelista Mary Shelley. A través de una
selección de cartas, acompañada de sucesivos prólogos explicativos, no solo lograremos
hacernos un perfil de las vicisitudes vitales de estos autores, sino que accederemos a la
particularidad expresiva de cada uno, pues los estilos pronto se revelan como propios e
inconfundibles.
Así, nos fascinará la historia de amor serena y a la vez colmada de fantasmas
entre Percy y Mary Shelley. Especialmente conmueven las palabras de Mary,
expresivas, enfáticas y sombrías: “¿Por qué la vida no admite que se la considere un
fluir continuo, ininterrumpido, ajeno a la cuenta de minutos y horas (…) si el placer solo
habita en la memoria, entonces, al morir, ¿adónde irá el placer? ¿Adónde iremos
nosotros?” En ellas hallaremos las dificultades para unir sus vidas, las muertes sucesivas
de sus hijos, los malos presagios que rodean a Percy y que al final se cumplirán cuando
muere ahogado. (Ella será la única de los cuatro que sí tendrá una larga existencia.)
Al leer a Lord Byron, entenderemos de una vez por todas su mito de
“maldito”: sus cartas nos muestran una tumultuosa existencia, cambiando de país como
de ilusiones, poblada de amores apasionados hasta lo indecible. Las últimas cartas
tienen lugar desde Grecia, a donde acudiría en su lucha por ideales políticos, y donde
fallecería poco después. Para él la expresión amorosa es extremada, a menudo
tragicómica (“ámame al menos como a tu perro”) así como la vitalidad: “el Carpe diem
ya no es suficiente, me veo obligado incluso a intentar sacar provecho de los segundos.”
Bástenos decir que estamos de acuerdo con Torné en valorar estas cartas como “la obra
maestra de Lord Byron”.
La figura de Keats también resulta interesante, si bien diversa: el punto de
vista de un enfermo declarado y con cada vez menos esperanzas en el futuro. Sus cartas
tienen un destinatario único, su vecina Fanny Brawne, su amor absoluto (“el aspecto de
una persona no es nada si no encuentro en su corazón las llamas que habitan en el tuyo,
un fuego donde mi amor pueda arder”), aunque puede leerse en ellas también la lucha
entre creación y amor, puesto que a veces desea que nada pueda distraerle de su misión
literaria. (“Mi mente está colmada por la fantasía, rellena como una pelota de cricket.”)
El libro puede leerse de principio a fin, o entreverando al azar personalidades y
cartas hasta que el mundo roto se haga unidad para el lector. Al acabarlo, sentiremos
habernos acercado a estos autores mucho más que a través de una biografía o una
película. Y nuestro deseo más alto será ahora leer sus obras.
(*) Esta reseña apareció en la edición digital del Heraldo de Aragón el 14 de febrero de 2021.


