No, no os voy a abrumar con detalles siniestros de hospitales e imprevistos médicos de mi primer y segundo parto. Resumiremos rápido las cuestiones técnicas: idealmente ambos tenían que haber sido de otra manera, pero hubo riesgos y los dos acabaron siendo adelantados y luego bruscamente convertidos en cesárea. Pero un primer parto y un segundo nada tienen que ver aunque aparentemente sean iguales.
En el primero todo era vértigo y flotar en el desconcierto, en el miedo, el no querer saber, y un refugiarse en el pasado, el futuro, la poesía. Antes de que naciera Alicia ya estaba dibujada en poemas. Todo iba bien mientras siguiera en la órbita ideal del aire, y en los cálculos de mi mente. Ahora bien, no quería ni oír hablar de la palabra parto hasta el final y cuando llegó antes de hora no lo pude creer, hasta que me vi en la camilla con la comadrona delante, expectante. Cuando se me llevaron para la cesárea casi fue un alivio pensar que se acababan esas horas de incertidumbre. Pude sobrevolar el quirófano con el recuerdo de las últimas vacaciones y pasar los días siguientes en una dimensión paralela, perdida en el rostro sereno de mi niña sin apenas atreverme a tocarla. Cuando salí de allí, cuando al fin vino la leche, había perdido la noción del tiempo y el espacio y me extrañó comprobar que había gente en el pasillo, en las habitaciones contiguas, en la calle. Pronto olvidé todas las molestias prácticas, en el coche de vuelta lloraba de felicidad y hasta los colores tras la ventana me parecían más vivos. El primer mes transcurrió plácido entre tetas, sueño y una dulce letargia invernal de la que no salíamos ni Alicia ni yo. ( Las molestias y dudas vendrían más tarde, como si también ellas hubieran quedado atrás, dormidas.)
En esta segunda ocasión, la palabra parto ya no me daba miedo. Me había informado bien de lo que podía suceder. Había hecho yoga, me había preparado en técnicas respiratorias; hasta me hacía ilusión sentir el dolor de las contracciones. Y cuando todo se torció de nuevo, ya sabía lo que me esperaba. No me evadí. Intenté no lamentarme. Eso sí, mientras la camilla se me llevaba al quirófano sentí la angustia que atenazaba mi cuerpo, las vísceras dolientes, que no querían ser abiertas. Lloré mientras las luces blancas me envolvían y mi pareja no llegaba aún. Luego me alivió cogerle la mano, sudorosa, y pude aceptar a duras penas lo que sucedía, mientras el cuerpo entero temblaba y escuchaba comentar al equipo lo que se encontraban al abrirme y que 'me había ido del canto de un duro'. Esta vez quería estar presente, así que sufrí a conciencia: el sentirme el cuerpo anulado durante horas, el dolor durante días como después de una batalla. Sufrí el insomnio y el llanto de mi bebé y el sudor y la sangre y las horas infinitas al pecho hasta que brotó la leche con rapidez inaudita. Eso sí, caminé desde el primer momento que pude, y quise saber dónde estaba. Me adueñé del espacio del hospital. Decidí irme antes, y así lo llevamos a cabo. Y no dudé en cómo ni cuánto tener a mi bebé en brazos, hasta encontrarle la sonrisa. La acompañé, nos acompañamos en el tránsito. No hubo lágrimas de emoción pero sí orgullo, firmeza, resistencia. Y la ha habido después también a pesar del dolor, la fiebre, el insomnio; hasta que hemos podido ir encontrando un lugar. Un parto sin parto, de nuevo. Pero un parto de tierra, sí. Desde el cuerpo, el sudor. Sin abstracciones y sin poesía. Simplemente estando, dejando que la piel se abra, que la vida se robe a sí misma.
Me digo que es increíble lo que dibujan a una mujer, a un bebé los partos. O es el bebé el que va a marcar cómo se vive ¿puede ser casual que Alicia haya sido desde el principio suave y soñadora? ¿que Emma se haya mostrado desde el primer día intensa y luchadora?
Me pregunto cómo sería un tercer parto, de tenerlo. Pero no habrá más partos. O no en carne propia.
Un blog sobre literatura y sobre el poso que dejan los días; o de los equilibrismos perpetuos para ser a la vez preludio y fuga.
jueves, 6 de agosto de 2015
lunes, 6 de julio de 2015
En el vértigo de la espera
Estar embarazada de ocho meses te pone en una disposición de ánimo particular.
Hay algo que sucede en tu cuerpo que ya no admite excusa ni escapismo alguno: tu barriga está inflada que parece que vaya a reventar. No puedes andar cómodamente si no arqueas la pelvis para alojar mejor el peso. Cada vez que comes alguien ejecuta una suerte de baile tribal en tus carnes. El calor te pone en estado de trance y el bajo vientre reclama frecuentemente horizontalidad relativa.
A los ojos de la gente, tú ya no eres tú sino una barriga a una mujer pegada. ¡Qué barriga ya! Falta poco, ¿no? ¿Cómo llevas el calor? Serán algunos de los más frecuentes inicios de conversaciones de las próximas semanas. Sonríes mientras caminas a paso de pingüino y dices que sí, a todo que sí, y que poco a poco y que a ver qué pasa...
Hasta aquí todo previsible, todo plácido y que parece que se culminaría con aquello de "a ver si sale ya" y se acabara ya todo, las molestias, la espera, los pasos patosos, la dificultad de atarse los zapatos, la impotencia ante los impulsos de una niña de dos años que quiere jugar encima de tu barriga.
Sin embargo, cada vez que alguien te dice: "Saldrá ya en cualquier momento", sientes un escalofrío. Y es que a la vez quieres que salga y no. Deseas tener a este bebé en brazos y verle la cara y dejar que empiece una nueva fase donde perderás de nuevo la noción del tiempo y el universo será tu casa, los minutos, el pecho que se entrega, la boca que se abre. Y viceversa, otra parte de ti desea que se alargue como un chicle este tiempo de impasse y poder todavía ser tú, aun horizontal o con paso de payaso borracho. Dedicarte a leer y a escribir sin testigos, permitiendo que tu mente se ensanche y dé pábulo a todas sus solicitaciones. Dejar que el día se alargue mansamente al ritmo que marcan los caprichos de tus carnes, al son de tantas pequeñas cuestiones pendientes que se van soldando casi imperceptiblemente, aunque nunca del todo. Concentrarte en el presente y evadirte de él a partes iguales. Acariciarte la barriga y preguntarte cómo irá todo y si vendrá antes o después. Qué sentirás al ver su cara. Si estarás preparada y tendrás un parto de leyenda épica o más bien de sainete, del que te reirás dentro de un tiempo. Si lograrás disfrutar de los próximos meses, ser un poco todavía tú, o te perderás en una vorágine de tareas domésticas sincopadas al ritmo del llanto o del reclamo. Si el cambio de ser tres a cuatro será feliz o desquiciante o a ratos. Si habrá cosas que cambien para siempre y si las echarás de menos o no.
Ahora en la espera todo es posible, hay cabida para todas las experiencias y todos los futuros recuerdos. Una vez se desencadene lo inevitable, todo tomará una dirección desconocida, se supone que halagüeña, pero ya solo una. Y es tan inquietante como intenso esto de estar a la espera, colgando del vacío. Esperando como quien está aguardando en la estación que llegue el tren que le ha de llevar al destino elegido con los ojos cerrados. Esperando como el reo su condena inevitable que no admite ya réplica. O como quien alberga una esperanza hacia una más alta felicidad apenas imaginada. En esos segundos antes de coger el avión y que este despegue. Confabulando miedo y confianza en un mismo cócktail de hormonas.
No hace falta estar de ocho meses para sentir esto. Todo es posible siempre, y podríamos volvernos locos de estremecimiento si lo pensáramos a cada instante. Pero solo es en momentos como este que una no puede escapar de ello, y no puede más que tratar de prepararse cada día a la vez para que pase algo, para que no pase nada.
Ojalá pudiera vivir siempre así, embarazada de ocho meses, enmarañada en la galaxia de lo posible.
Froto la barriga como lámpara mágica y le pido que me perdone, y que sea lo que tenga que ser. O, como dice mi padrina, "que sigui lo que més convingo".
Hay algo que sucede en tu cuerpo que ya no admite excusa ni escapismo alguno: tu barriga está inflada que parece que vaya a reventar. No puedes andar cómodamente si no arqueas la pelvis para alojar mejor el peso. Cada vez que comes alguien ejecuta una suerte de baile tribal en tus carnes. El calor te pone en estado de trance y el bajo vientre reclama frecuentemente horizontalidad relativa.
A los ojos de la gente, tú ya no eres tú sino una barriga a una mujer pegada. ¡Qué barriga ya! Falta poco, ¿no? ¿Cómo llevas el calor? Serán algunos de los más frecuentes inicios de conversaciones de las próximas semanas. Sonríes mientras caminas a paso de pingüino y dices que sí, a todo que sí, y que poco a poco y que a ver qué pasa...
Hasta aquí todo previsible, todo plácido y que parece que se culminaría con aquello de "a ver si sale ya" y se acabara ya todo, las molestias, la espera, los pasos patosos, la dificultad de atarse los zapatos, la impotencia ante los impulsos de una niña de dos años que quiere jugar encima de tu barriga.
Sin embargo, cada vez que alguien te dice: "Saldrá ya en cualquier momento", sientes un escalofrío. Y es que a la vez quieres que salga y no. Deseas tener a este bebé en brazos y verle la cara y dejar que empiece una nueva fase donde perderás de nuevo la noción del tiempo y el universo será tu casa, los minutos, el pecho que se entrega, la boca que se abre. Y viceversa, otra parte de ti desea que se alargue como un chicle este tiempo de impasse y poder todavía ser tú, aun horizontal o con paso de payaso borracho. Dedicarte a leer y a escribir sin testigos, permitiendo que tu mente se ensanche y dé pábulo a todas sus solicitaciones. Dejar que el día se alargue mansamente al ritmo que marcan los caprichos de tus carnes, al son de tantas pequeñas cuestiones pendientes que se van soldando casi imperceptiblemente, aunque nunca del todo. Concentrarte en el presente y evadirte de él a partes iguales. Acariciarte la barriga y preguntarte cómo irá todo y si vendrá antes o después. Qué sentirás al ver su cara. Si estarás preparada y tendrás un parto de leyenda épica o más bien de sainete, del que te reirás dentro de un tiempo. Si lograrás disfrutar de los próximos meses, ser un poco todavía tú, o te perderás en una vorágine de tareas domésticas sincopadas al ritmo del llanto o del reclamo. Si el cambio de ser tres a cuatro será feliz o desquiciante o a ratos. Si habrá cosas que cambien para siempre y si las echarás de menos o no.
Ahora en la espera todo es posible, hay cabida para todas las experiencias y todos los futuros recuerdos. Una vez se desencadene lo inevitable, todo tomará una dirección desconocida, se supone que halagüeña, pero ya solo una. Y es tan inquietante como intenso esto de estar a la espera, colgando del vacío. Esperando como quien está aguardando en la estación que llegue el tren que le ha de llevar al destino elegido con los ojos cerrados. Esperando como el reo su condena inevitable que no admite ya réplica. O como quien alberga una esperanza hacia una más alta felicidad apenas imaginada. En esos segundos antes de coger el avión y que este despegue. Confabulando miedo y confianza en un mismo cócktail de hormonas.
No hace falta estar de ocho meses para sentir esto. Todo es posible siempre, y podríamos volvernos locos de estremecimiento si lo pensáramos a cada instante. Pero solo es en momentos como este que una no puede escapar de ello, y no puede más que tratar de prepararse cada día a la vez para que pase algo, para que no pase nada.
Ojalá pudiera vivir siempre así, embarazada de ocho meses, enmarañada en la galaxia de lo posible.
Froto la barriga como lámpara mágica y le pido que me perdone, y que sea lo que tenga que ser. O, como dice mi padrina, "que sigui lo que més convingo".
jueves, 2 de julio de 2015
Del uso de la ironía: "Chicas felizmente casadas". (Edna O'Brien).
¿Recordáis a la gran Edna O'Brien de la que os hablé hace algunas entradas? Pues tuve ocasión de leer la continuación, "Chicas felizmente casadas", que me resultó sorprendente y sobrecogedora. Si en en algún momento cabría tildar un título de novela de irónico, este sería un gran ejemplo. Ahí va la reseña que apareció en el mes de abril en el Heraldo de Aragón.
Que nadie se llame a engaño. “Chicas felizmente casadas” no es una comedia amable donde se nos dibujan los avatares de unas graciosas mujeres en su dorada segunda juventud o primera madurez, estilo “Sex in the city” o “Desperate Housewives”, como su título podría hacernos creer. De hecho, la traducción “Chicas felizmente casadas” solo refleja pálidamente la ironía subyacente en la expresión inglesa “Girls in their married bliss”, que sería algo así como “chicas en su bendición matrimonial”.
Edna O’Brien continúa aquí la labor iniciada en las dos novelas anteriores de la trilogía, “Las chicas del campo” y “Las chicas de ojos verdes” donde se retrataba a Kate y Baba, hijas de la Irlanda más rural, católica y recalcitrante, que, a mitad del siglo XX, trataban de huir de sus condicionamientos y construirse una vida plena de amor y proyectos como habían soñado.
Ahora continuarán las andanzas de ambas chicas, ya mujeres casadas y residentes en Londres, la ciudad donde todo parece posible.
Sin embargo, Edna O’Brien nos reserva dos sorpresas estructurales en el desarrollo de la novela.
Para empezar, la cuestión de sus matrimonios y destinos es ventilada en unas pocas páginas al comienzo de la novela; de modo que pronto vemos que el peso del relato no va a recaer en el consabido “chica busca a chico” que termina en el happy end del matrimonio, sino en las sendas más siniestras de unos matrimonios fallidos y unos sueños de amor e independencia descuartizados, ofreciéndonos la cara más sombría del romanticismo al uso.
Por otro lado, si hasta ahora predominaba el punto de vista de Kate, la mujer sensible, cultivada y razonable, para la que el lector auguraba un futuro prometedor, ahora sin embargo esta perspectiva se alterna con la de Baba, la aquí predominante, la cual teníamos por alocada y superficial y ajena a una comprensión profunda de la vida; nos sorprrenderá y conquistará la inteligencia cínica de Baba, en contraste con una conciencia cada vez más borrosa y difusa, la de Kate.
Un relato sin duda apasionante como los anteriores, y además feroz, descarnado, que no duda en ahondar en las contradicciones en que tan a menudo se han bañado los ideales de una mujer que se cree moderna y aún ha de traspasar tantas barreras y auto limitaciones. Desazonador. Corrosivo. Imprescindible.
martes, 9 de junio de 2015
Semper acqua
Volver a nadar en las piscinas municipales de El Masnou podría resultar un asunto prosaico (la piscina como algo higienista y recomendable, especialmente para embarazadas). Sin embargo, en mi caso es algo que alcanza una dimensión mucho más amplia que quisiera hoy explicar.
Hay acciones que acaban resultando míticas por sus repeticiones, por sus eternas variaciones pero también por el estado invariable al que conducen. Y para mí el agua siempre ha resultado un volver al punto de inicio, al estado receptivo donde la mente está clara y el cuerpo flexible y alerta, dispuesto a inventarse de nuevo.
En esta piscina comencé mi afición a la natación libre, hace ya unos... ¡veinte años! Y en esta piscina vuelvo a encontrarme hoy. Dos situaciones tan distintas y sin embargo, tan similares: entonces venía a nadar con mi padre al anochecer, mientras mi madre nos preparaba la cena. Y ahora vengo a primera hora de la mañana, después de desayunar, con Emma en mi vientre.
Cuando empecé a nadar aquí, siguiendo la afición paterna, yo estudiaba COU, la cabeza me bullía de ideas, de datos, de aprendizajes de literatura, filosofía... Toda yo era un amalgama de afán de saber, de incertidumbre futura; necesitaba nadar para desenredar la madeja, para aligerar mi cabeza de datos ajenos y sentir que era yo la que conducía el barco... Por aquel entonces, hubo una película, "Azul", de mi tan admirada Binoche, que me hizo asociar la piscina aún más a ese intersticio de libertad, ese momento donde una asume que está sola y lo hace sin trabas, sin autoengaños. Después continué viniendo a nadar regularmente mientras estudiaba Filología e iba y venía de Barcelona. Tras cada nuevo reto, tras cada desengaño, ese nadar me enseñó que era posible convocar las aletas y alas propias cada vez que uno quiere. Nadar de frente y penetrar en la libertad anhelada. Nadar de espaldas y dejarse llevar sin miedo como si se volara en el agua. No admitir bajo ningún pretexto no saber volar, eso era el lema.
Entre ese nado y el de hoy han pasado muchas piscinas. He vivido en diversos barrios de Barcelona y nadado en todas sus piscinas correspondientes: en la piscina de Frontó Colom, en la parte baja de las Ramblas, donde reducía la ansiedad por unas decisiones sentimentales que parecía iban a resquebrajarlo todo; en la piscina de la calle Perill, de Gracia, donde combatía mis primeros demonios laborales y los mantenía a raya; y durante unos cuantos años nadé en la piscina Aiguajoc Borrell, cerca de Sant Antoni, donde pude aprender las dichas de nadar en compañía (y regalarse una buena cena japonesa después), y también logré ir desenredando el hilo de mis preocupaciones intelectuales y creativas hasta darles un sentido. También dediqué un tiempo breve pero inolvidable a nadar en la piscina Can Ricart, en el Raval, no lejos del Gótico en que vivía. En aquel lugar pude entretener la espera de un embarazo que iba unido a demasiados cambios al mismo tiempo... y donde todo se agolpaba en un nudo inquietante del que sí pude desembarazarme, cómo no, en el agua. Atreverme a ese último e inopinado cambio de piscina en la ciudad Condal fue el preludio de una nueva etapa donde por fin dejarían de darme miedo los cambios de nuevo.
Y heme aquí de nuevo viviendo en El Maresme como en los inicios y nadando en mi vieja compañera piscina. Aquí he venido a nadar con Alicia en sus primeros meses, luego en su primer año de vida, luego en su segundo, y he compartido con ella las alegrías del descubrimiento, los miedos que luego se convierten en entusiasmos. Pero no ha sido hasta ahora, esperando a Emma, que me he decidido a volver sola (si a esto se le puede llamar sola).
Han pasado tantas cosas pero todo sigue siendo lo mismo. Me sumerjo en el agua y todo aquello pensado y vivido deja de pesar. Me reconcilio con la idea de lo pasado y lo venidero. Nada y todo importa.
No es fácil estar embarazada de nuevo. No todo es la magia de la dulce espera como rezan las frases populares. Hay un ser que aún se siente uno, que tiene sus propósitos, sus ambiciones, sus deseos... Un cuerpo que roba minutos al tiempo, al del trabajo, la pareja, la otra hija... Y sin embargo esos ratos de soledad tan preciosos, en un minutero que ya señala la cuenta atrás, ya no son solo de una; algo en el interior recuerda que se está gestando, que alguien reclama ya su presencia; y quiere ser tenido en cuenta. Esos movimientos imprevisibles, esos dolores inoportunos están ahí, y no siempre resulta posible no vivirlos como un penoso obstáculo en las ruedas o alas.
Pero en el agua una vez más me es posible desenredar el ovillo. En el agua encuentro la posición óptima para desplazarme con ligereza, hasta agilidad. Mi vientre se recoloca, encuentra el modo de alojar a Emma con ternura y a la vez sin grandes sacrificios. Arqueo mi espalda, mi tronco para que ella pueda permanecer en paz en su cobijo. Dejo que las piernas se muevan con suavidad para albergar con cuidado la carga. Recupero la fortaleza de mis brazos, ellos sí totalmente libres para reconducir el timón, transportando a la pequeña Emma, y también haciéndose cargo de las inquietudes de su madre. Qué más dará lo externo, lo que piensen los demás, el reconocimiento. Serse uno, orientarse a uno mismo, saber sobrellevarse. Atreverse a seguir siendo.
El agua me recuerda que harán falta grandes equilibrismos pero que siempre estará el vuelo en mis manos. Siempre el agua. A ellas, a Alicia, a Emma, las iré acompañando, pero en el timón siempre yo, siempre el agua. No necesitar nada más que este instante. O al menos poder acudir siempre al agua para revivirlo.
(Y, de regalo, os dejo una pieza del gran Preisner, de la película "Azul".)
(Y, de regalo, os dejo una pieza del gran Preisner, de la película "Azul".)
Song for the Unification of Europe - Julie's version
viernes, 6 de marzo de 2015
Fantasmagoría en Ciudad Lineal: una fuga.
Fui a un congreso a Madrid a hablar de Vila-Matas. Fui a Madrid, en Ciudad Lineal, a las afueras de las afueras de la capital. Fui a Madrid a debatir sobre literatura y escritura en la actualidad, y solo deseaba ir a cenar arroz a un restaurante chino.
Fui a Madrid, a Ciudad Lineal, al CSIC, a reflexionar sobre el estado actual de la literatura, en mi primer viaje en soledad desde hacía más de dos años, y confiaba que en todo el tiempo libre, entre sesión y sesión, tendría el estado de ánimo perfecto para meditar sobre literatura, para conectar con nuevas y fructíferas iluminaciones.
Pero lo único que ocupaba mi mente, entre ponencia y ponencia, era la disposición del cielo tras la ventana, la simetría de los edificios madrileños, la curva infinita del metro de Ciudad Lineal que me comunicaba con el centro de la ciudad. El deseo de comer en un restaurante chino, o dormitar en mi falsa cabaña de pensar, en el hotel. Y el día acababa asemejándose al bucle de la marmota transmediática, que penetra una vez y otra en la senda que conduce por el metro en la línea 5, dirección Alameda de Osuna, ojalá me dejen sentarme, o tendré que pedirlo, asientos reservados, lo dice claramente; y la otra senda, la que lleva de la cafetería del hotel a mi habitación, a través del pasillo confuso que una vez sí otra no me hace desembocar o no en la escalera de incendios.
Pero el bucle kierkegaardiano, cuando se repite, por algo es. Y por eso, cuando recorro una vez más el camino que lleva del restaurante chino al hotel, pasando por el confuso pasillo que me hace desorientarme de nuevo, me digo, aquí hay algo en esta experiencia que está faltando, un sentido que no estoy alcanzando.
Y al fin lo veo. Fui a Madrid a hablar de Kassel no invita a la lógica y me encuentro que mis paseos por Madrid no me llevan a una visión poética y catártica del arte, sino a un sendero poblado de claroscuros, donde estoy repitiendo entre brumas los pasos de la obra que pretendo analizar.
Fui a Madrid y no tenía que sentarme en el Dhingis Khan como hace Vila-Matas en Kassel pero solo hallaba mi lugar en ese chino, en ese hotel de las afueras de las afueras, donde nada parecía tener sentido y donde a la vez la oscuridad me albergaba, confortable, y me susurraba que no hay que buscar nuevos caminos para la literatura, que se vive en la literatura y esta te abraza en un guante y te conducirá imperceptiblemente a la estación siguiente. A Ciudad Lineal y más adelante, donde haga falta, siempre que se mire con ojos centrados en lo que están viendo. Ni más ni menos.
Sin ideas previas. Sin sueños. El vacío dispuesto a llenarse, y la palabra agazapada a la espera.
lunes, 23 de febrero de 2015
El mundo de Edna O'Brien: Frescura y provocación
La Irlanda del siglo XX se ha construido en base a tensiones
fulminantes: la afirmación de la identidad católica e irlandesa,
los contrastes entre mundo rural y urbano, catolicismo conservador y
vitalidad festiva… De este universo complejo e intenso se nutre la
escritura de Edna O’Brien (1930), candidata a Premio Nobel de 2014
y que ha cultivado todos los géneros literarios. Su trayectoria es
compuesta por más de una quincena de novelas, además de relatos,
teatro, poesía y ensayo (inclusive biografías de Joyce y de Byron);
cuantiosa obra que apenas ha tenido repercusión en España.
Recientemente, la editorial Errata Naturae se ha propuesto
publicar en español la trilogía “Las chicas de campo”,
conformada por las tres primeras novelas de la autora, publicadas en
los años sesenta. Las dos primeras han visto ya la luz: “Las
chicas del campo” y “La chica de ojos verdes”. Como los títulos
ya insinúan, bajo el prisma de una narración semi autobiográfica,
se muestra la situación general en que vivían las chicas de campo
irlandesas a mitad de siglo, constreñidas por las convenciones
morales y la ideología machista.
Caithleen, de gran sensibilidad, ferviente amante de los libros,
alberga el anhelo de explorar la vida y el amor en plenitud, y no
emular el destino de su madre, mártir que soporta arduos trabajos de
campo, y a un marido alcohólico. Tras la trágica muerte de esta, y
con ello la pérdida de todo referente emocional, la huida será el
principal objetivo de Caithleen. Junto a su amiga Baba, la alocada y
superficial muchacha con la que se complementa, harán lo posible por
escapar primero de la grisura de su pueblo y después del agrio
colegio de monjas que debía impulsar sus estudios. En la segunda
novela, “La chica de los ojos verdes”, Caithleen y Baba ya se han
instalado en Dublín, y vivimos su iniciación a la noche y a las
citas románticas: deambulando entre la sociedad dublinesa, se ven
envueltas de una aureola de gracia, una miseria noble que rehuye lo
vulgar, a la zaga de una pasión que llene de sentido sus
existencias, y de bienes sus escaseces. Y, curiosamente, será
Caithleen y no Baba quien, más allá de frivolidades puntuales,
desafíe la moralidad para unirse a un protestante divorciado y
convertirse en su amante, para gran sufrimiento propio, puesto que
deberá luchar contra las presiones de su familia y a la vez con los
demonios internos, entre la necesidad de desprenderse de su educación
severa y la funesta sospecha de estarse convirtiendo en esclava de
sus vaivenes emocionales.
Lo más destacable en ambos relatos es la construcción de la
identidad femenina, su lucha permanente entre los deseos y las
limitaciones, entre lo heredado y lo desconocido, extremos que a
veces se entrecruzan. Y la sinceridad del retrato femenino, máxime
en cuestiones sexuales, resultó toda una provocación para la
sociedad de la época; baste recordar que “Las chicas del campo”
fue quemada en el pueblo de la autora. Pero, más allá de eso, la
escritura de O’Brien sobresale por la exquisitez de su estilo, que
sabe hacer de las andanzas de esta muchacha particular una evocación
universal. Los diálogos ágiles, la construcción trepidante de los
personajes, las pasiones vertiginosas se matizan con perspicaces
observaciones e interludios poéticos, donde bastan pocas palabras
para percibir el agudo amor por los libros, la ruda belleza de los
campos irlandeses, la volubilidad del cielo irlandés, siempre en
movimiento, como el alma de una muchacha joven. Edna O'Brien
consigue, con sencillez prístina y sin efectismos innecesarios, dar
vida a la Irlanda profunda de mitad de siglo no sin ironía y, al
unísono, dibujar con nitidez unos personajes que nos cautivan y
provocan una lectura compulsiva por la necesidad de acompañarles en
su destino, tan cercano al de Anna Karenina de Tolstoy como al de
Andrea de Carmen Laforet. No podemos por más que desear la próxima
publicación en Errata Naturae de la tercera novela, “Girls
in their Married Bliss”.
-Este artículo apareció publicado el pasado diciembre en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón-
miércoles, 19 de noviembre de 2014
"La niña gorda", de Mercedes Abad
Si por
gorda entendemos “abultada” o “torpe”, nada de gorda tiene la
escritura de Mercedes Abad (Barcelona, 1961), antes bien, se trata de
una voz ágil, fibrada, de corrosivo humor y aguda inteligencia, que
lleva al lector en volandas de una expectativa a otra, de una
atmósfera a otra, para atestarle sus calculadas bofetadas de gracia.
La autora ya ha hecho gala de su feliz cóctel entre desparpajo,
ironía y precisión lingüística en numerosos libros de relatos
como “Ligeros libertinajes sabáticos”(1986) o “Media docena de
robos y un par de mentiras” (2009), y en sus dos novelas, “Sangre”
(2000) y “El vecino de abajo” (2007). El presente libro se puede
leer como un conjunto de relatos aislados, pues cada uno contiene su
universo singular, o bien, y mucho mejor resulta entonces, como una
sinfonía con diversas variaciones sobre el mismo tema, teniendo en
cuenta que cada una de ellas es irremplazable y única. La niña
gorda atraviesa estas páginas en diversos momentos de su infancia y
madurez; en común, un personaje sumido en una tensión irreparable:
la insatisfacción, que va adoptando distintos matices, al unísono
del estilo. De este modo, si bien en los primeros se narra su
infancia desde una impertinente omnisciencia no exenta de ironía,
como aparece en “El endocrino” (un relato casi épico de la
iniciación de la protagonista en el agridulce destino de la dieta) y
después en “El castillo”, “Amiguitas” o “La excursión”
(introducidos por una misma salmodia, que va cifrando el paso del
tiempo), el cuento “Las hermanas Bruch” efectúa un giro de punto
de vista inesperado, en cuanto se presenta como un mundo cerrado en
sí mismo, asfixiante, y en cuanto nuestra heroína ya no ejerce de
protagonista sino de testigo Pero, eso sí, la voz narrativa ha
virado a la primera persona, y en los siguientes cuentos irá
transformándose en protagonista y alcanzando cuotas de cada vez más
lucidez y cinismo. La primera persona se mantendrá ya hasta el
final: en “El alféizar” y “La clase de costura”, la
singularidad atormentada propia de la adolescencia va emergiendo
buscando otra clase de rebeldía, mientras en “El regalo” y
“Talla 36”, a medida que la protagonista cabalga en su propia
juventud, la desfachatez y lo disparatado van ganando a los
complejos, y la capacidad de mantenerse delgada es vista con gran
ingenio, como un símil de voluntad sobrehumana en hacerse a uno
mismo. Todo ello desemboca en “El sacrificio”, un relato hercúleo
y desternillante que viene a ser un colofón perfecto para las
transformaciones alegórico-realistas de una mujer que no se
conformaba con ser gorda. En suma, “La niña gorda” ha aplicado
todos sus kilos extra en inyectar los relatos de tensión narrativa y
continuo extrañamiento, arrastrando al lector en una lectura de
interés creciente y apasionante.
Esta reseña apareció en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón el 23 de octubre de 2014
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