jueves, 22 de octubre de 2015

Mis lecturas de verano (2): "Esos de ahí afuera"


Aunque soy más bien lectora de novela, puesto que cuando una historia me atrapa no quiero soltarla nunca más, de vez en cuando me dejo hipnotizar por un buen libro de cuentos.
Y así fue con "Esos de ahí afuera", de Franco Chiaravalloti, escritor argentino afincado en Barcelona. Como ya lo advirtiera Javier Argüello en la presentación del libro que tuvo lugar en el Ateneu Barcelonès, este libro de relatos cumple el más importante requisito al que puede aspirar una narración corta: que no se pueda soltar una vez iniciada. 
Eso oí en la presentación, junto con la pasión por la obra en cuestión que transpiraban el autor y su presentador. Esos de ahí afuera, nos contaron, trata sobre personajes variopintos externos al propio autor, personajes pintorescos y que se hallan en una situación límite, y al que el autor se ha aproximado todo lo que ha podido hasta robarles el alma, o insuflarles de alma, quién sabe.
La lectura posterior no hizo más que confirmar y hasta intensificar tan halagüeña entrada a su lectura. Estos cuentos, encabezados cada uno de ellos por el nombre del personaje, con nombre y apellidos, se enmarcan en contextos tan variados como los siguientes: una mujer a punto de avortar, un hombre que comienza a trabajar para la Real Academia, una adicta a la belleza del cuerpo que se enamora de su opuesto, un viejo adicto a los velatorios de desconocidos en los que se invita a café... 
Y efectivamente, una vez iniciado cada uno de ellos no se puede dejar de leer: es evidente el gran trabajo de orfebre que subyace tras ellos; cada palabra está en el lugar adecuado; la cantidad de información; el tono usado que oscila de lo humorístico, lo irónico a lo lírico; los registros de habla de cada personaje, la somera descripción de toda la situación en la que nos vemos inmersos, la tensión controlada que va apuntalando el relato hasta un certero final que nunca nos dejará indiferentes.
"Esos de ahí afuera" constituye una galaxia tan compleja como completa, y a todas luces equilibrada entre sí, de manera que no solo cada relato por separado no puede dejar de leerse, sino el libro en su totalidad: uno desea conocerlo todo sobre todos esos seres que nos inundan de perplejidad.

Una lectura muy recomendable, en fin, para todos aquellos que disponen de poco tiempo y, a caballo entre una actividad y otra, quieren leer algo con la certeza de que los distraerá y arrastrará.


lunes, 19 de octubre de 2015

El tiempo de calidad... o mejor el tiempo a secas.

Es algo que hace días me carcome y tengo necesidad de decir.

¿Cómo puede ser que nos hayan enredado tanto con lo del "tiempo de calidad", sobre todo en lo que atañe a la vida familiar?
A mí que no me digan que lo que importa no es no tener tiempo para tus hijos sino que el tiempo que se pase sea de calidad. Hombre, claro que si tienes solo una o dos horas para tu hijo al día, mejor que sean positivas y agradables que pasarlas a gritos y desplantes o con el mando de la tele siempre en la mano. Pero, ¿siginifica eso que sea mejor una o dos horas de juegos y charlas maravillosas que pasar la tarde entera con tu hijo, y compartir todos los momentos, los mediocres, los aburridos, los maravillosos?

Nos han sorbido el seso, supongo que para consolarnos de esta estructura social donde hay que producir todo lo posible y el hijo es el obstáculo, el impedimento a producir más, y entonces mejor hacerlo que produzca también en cuanto pueda, o produzcan con él, y pasar con él poco rato y que no resulte muy cansado, eso sí, ojito que es tiempo "de calidad".

Y, ¿a quién querrá más un niño? ¿A aquel que le atienda muchas horas al día y le acompañe? ¿O a aquel que le brinda un momento de gloria que pasa rápido como un espejismo? Está claro. Quizás nos queremos engañar y pensar que los niños son como nosotros los adultos, que se aburren fácilmente de lo rutinario, y prefieren lo inaudito, lo excesivo, lo fuera de lo habitual, como tal vez nosotros a veces nos decimos por lo bajini, que en nuestras relaciones daríamos la vida y las horas de rutina por un instante de deseo y espejismo total. Pero no. Los niños son mucho más claros que nosotros. Aman lo que vive con ellos. Lo que transita con ellos y va pasando fases.

Por otro lado, supongo que es más fácil atreverse a hablar de ello cuando se tiene tiempo. Tengo que decir que me siento muy afortunada de poder pasar mucho tiempo con mis hijas y verlas crecer, y que mi marido haga lo mismo.
Cuando acaba un día en el que he podido acompañar el mundo tras la mirada incisiva de Alicia, o la inédita de Emma que se descubre, siento que viajo con ellas en cada milésima de mirada, y que mi día ha sido grande, redondo, con volumen, color, sabor: un viaje más allá de todo.

domingo, 11 de octubre de 2015

Mis lecturas de verano (1): "Invitación al baile".

Ahora que se acaba el verano y empieza el frío, y el tiempo de recogerse y hacer balances, es tiempo de hacer referencia a aquellas lecturas que me acompañaron el tránsito a través del verano y que igual os pueden hacer compañía a vosotros durante el tránsito al otoño.

La primera será "Invitación al baile", de Rosamond Lehmann

¿Alguno de vosotros, semejantes lectores, ha sido introvertido en algún momento de su juventud o adolescencia, o no ha sido digamos precoz en sentirse cómodo en la vida mundana? Entonces disfrutaréis con la lectura de "Invitación al baile".
Aquí la inglesa Rosamond Lehmann (1901-1990) nos cuenta con delicadeza la transición hacia la vida adulta de la muchacha Olivia y la de su hermana Kate.
Olivia ha cumplido 17 años y recibe como regalo un diario donde anotar sus sentimientos, y también una tela con la cual hacerse un vestido de fiesta. En un contexto de vida familiar de campo ordenada y rutinaria, el horizonte del baile funciona como acicate para los sueños. Y en el espacio de esa noche se conjura la vida adulta de dos muchachas, se concita  la esperanza de conocer a alguien especial, de brillar en sociedad, de escapar hacia una vida diferente, de ser, en definitiva, individual y adulto con un proyecto de vida propio. El baile es el espejismo y el embudo de transición hacia otra vida.
Sin embargo, el baile hará resonar en cada una de las hermanas una galaxia diferente; polos opuestos dentro de una misma andadura. Así, mientras la exitosa Kate pronto hallará el camino recto en sociedad, hará efectivos sus sueños y  hallará a alguien a quien deslumbrar e hipnotizar y que le proponga horizontes nuevos, la estela de Olivia seguirá en la onda de la inseguridad y el análisis permanente, y toma forma en un baile disperso e irregular. Pero es precisamente en la torpeza de la hermana pequeña donde aparece la verdad de la transformación dolorosa del mundo de la niña al mundo de la mujer.
 A lo largo de la fiesta, Olivia se ve inmersa en una telaraña, un castillo de naipes de vanidades. El baile constituye un microcosmos de personajes integrados en la sociedad (como las hipócritas muchachas del pueblo, el bullanguero alcohólico en ciernes...) y excluidos sociales (el ciego sensible,  el honesto anfitrión apartado del mundo...), así como seres ambiguos, como el afable buscón de jovencitas. Encuentros variados que le harán moverse permanentemente entre la euforia y la tristeza, entre la ilusión y el desengaño; el complejo universo adulto se construye  a través de retazos y conversaciones, haciendo de esa experiencia una iniciación a los claroscuros de las relaciones sociales y las emociones; todo ello salpicado por intersticios de espejismos de opulencia y felicidad.

Al acabar la noche, y con los rayos del nuevo día, en una melancolía que nos remite al inicio, y propia de un mundo a punto de desaparecer, Kate estará dispuesta a empezar una nueva vida en la que seguirá el dictado ya no de su familia sino de otro hombre; su intimidad quedará a partir de ahora velada para su hermana y los colores de la casa familiar se dibujarán de otra manera; en el caso de Olivia, nada habrá cambiado aparentemente, no ha logrado el éxito social como su hermana, pero no importa: la luz de la mañana traerá a otra nueva persona, bañada por la ataraxia y la autonomía; alguien que va a construirse en la curva de su soledad;  que sabe que todo es transitorio y solo permanece la mirada que todo lo ve y transfigura.

Parece que he revelado demasiado de la lectura, pero lo esencial aquí no son los hechos sino la sensibilidad de la mirada; una  lectura para leer en tardes otoñales, hecha no de grandes acontecimientos, sino de finas observaciones y delicados contrastes, como las telas de los vestidos del baile.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La fórmula del 4

Se acabó la fórmula del 3, la del cohete que sale disparado cada día al planeta que uno desea.

Bienvenidos a la fórmula del 4, constelación donde todas las combinaciones e instantes son imprevisibles.

La fórmula del 4, un cometa que se expande en múltiples direcciones.
4 no es igual a 2 + 1 +1 . O puede serlo, así como 2+2 o 3+1 o 3+1; los elementos son reagrupables y conmutables.
Somos 4 y el caos nos gobierna. Somos 4 y la mirada nunca está fija:  vaga. Somos 4 y los planetas gravitan y se alumbran entre sí, y está vacante el timón del mando.

Somos 4 y vamos penetrando en una galaxia de arquitectura variable, que se metamorfosea cada día. Y si asumimos en el propio cuerpo la metamorfosis, podremos incluso reírnos más que antes.

Solo basta decir que sí. Sí al caos. Sí al no saber. Sí al instante centrífugo.

En los malabarismos del 4, vivimos un aprendizaje auténtico: el reto de tejer los días de risas.

jueves, 6 de agosto de 2015

El primer parto de aire; el segundo, de tierra

No, no os voy a abrumar con detalles siniestros de hospitales e imprevistos médicos de mi primer y segundo parto. Resumiremos rápido las cuestiones técnicas: idealmente ambos tenían que haber sido de otra manera, pero hubo riesgos y los dos acabaron siendo adelantados y luego bruscamente convertidos en cesárea. Pero un primer parto y un segundo nada tienen que ver aunque aparentemente sean iguales.

En el primero todo era vértigo y flotar en el desconcierto, en el miedo, el no querer saber, y un refugiarse en el pasado, el futuro, la poesía. Antes de que naciera Alicia ya estaba dibujada en poemas. Todo iba bien mientras siguiera en la órbita ideal del aire, y en los cálculos de mi mente. Ahora bien, no quería ni oír hablar de la palabra parto hasta el final y cuando llegó antes de hora no lo pude creer, hasta que me vi en la camilla con la comadrona delante, expectante. Cuando se me llevaron para la cesárea casi fue un alivio pensar que se acababan esas horas de incertidumbre. Pude sobrevolar el quirófano con el recuerdo de las últimas vacaciones y pasar los días siguientes en una dimensión paralela, perdida en el rostro sereno de mi niña sin apenas atreverme a tocarla. Cuando salí de allí, cuando al fin vino la leche, había perdido la noción del tiempo y el espacio y me extrañó comprobar que había gente en el pasillo, en las habitaciones contiguas, en la calle. Pronto olvidé todas las molestias prácticas, en el coche de vuelta lloraba de felicidad y hasta los colores tras la ventana me parecían más vivos. El primer mes transcurrió plácido entre tetas, sueño y una dulce letargia invernal de la que no salíamos ni Alicia ni yo. ( Las molestias y dudas vendrían más tarde, como si también ellas hubieran quedado atrás, dormidas.)

En esta segunda ocasión, la palabra parto ya no me daba miedo. Me había informado bien de lo que podía suceder. Había hecho yoga, me había preparado en técnicas respiratorias; hasta me hacía ilusión sentir el dolor de las contracciones. Y cuando todo se torció de nuevo, ya sabía lo que me esperaba. No me evadí. Intenté no lamentarme. Eso sí, mientras la camilla se me llevaba al quirófano sentí la angustia que atenazaba mi cuerpo, las vísceras dolientes, que no querían ser abiertas. Lloré mientras las luces blancas me envolvían y mi pareja no llegaba aún. Luego me alivió cogerle la mano, sudorosa, y pude aceptar a duras penas lo que sucedía, mientras el cuerpo entero temblaba y escuchaba comentar al equipo lo que se encontraban al abrirme y que 'me había ido del canto de un duro'. Esta vez quería estar presente, así que sufrí a conciencia: el sentirme el cuerpo anulado durante horas, el dolor durante días como después de una batalla. Sufrí el insomnio y el llanto de mi bebé y el sudor y la sangre y las horas infinitas al pecho hasta que brotó la leche con rapidez inaudita. Eso sí, caminé desde el primer momento que pude, y quise saber dónde estaba. Me adueñé del espacio del hospital. Decidí irme antes, y así lo llevamos a cabo. Y no dudé en cómo ni cuánto tener a mi bebé en brazos, hasta encontrarle la sonrisa. La acompañé, nos acompañamos en el tránsito. No hubo lágrimas de emoción pero sí orgullo, firmeza, resistencia.  Y la ha habido después también a pesar del dolor, la fiebre, el insomnio; hasta que hemos podido ir encontrando un lugar. Un parto sin parto, de nuevo. Pero un parto de tierra, sí.  Desde el cuerpo, el sudor. Sin abstracciones y sin poesía. Simplemente estando, dejando que la piel se abra, que la vida se robe a sí misma.

Me digo que es increíble lo que dibujan a una mujer, a un bebé los partos. O es el bebé el que va a marcar cómo se vive ¿puede ser casual que Alicia haya sido desde el principio suave y soñadora? ¿que Emma se haya mostrado desde el primer día intensa y luchadora?

Me pregunto cómo sería un tercer parto, de tenerlo. Pero no habrá más partos. O no en carne propia.

lunes, 6 de julio de 2015

En el vértigo de la espera

Estar embarazada de ocho meses te pone en una disposición de ánimo particular.

Hay algo que sucede en tu cuerpo que ya no admite excusa ni escapismo alguno: tu barriga está inflada que parece que vaya a reventar. No puedes andar cómodamente si no arqueas la pelvis para alojar mejor el peso. Cada vez que comes alguien ejecuta una suerte de baile tribal en tus carnes. El calor te pone en estado de trance y el bajo vientre reclama frecuentemente horizontalidad relativa.
A los ojos de la gente, tú ya no eres tú sino una barriga a una mujer pegada. ¡Qué barriga ya! Falta poco, ¿no? ¿Cómo llevas el calor? Serán algunos de los más frecuentes inicios de conversaciones de las próximas semanas. Sonríes mientras caminas a paso de pingüino y dices que sí, a todo que sí, y que poco a poco y que a ver qué pasa...
Hasta aquí todo previsible, todo plácido y que parece que se culminaría con aquello de "a ver si sale ya" y se acabara ya todo, las molestias, la espera, los pasos patosos, la dificultad de atarse los zapatos, la impotencia ante los impulsos  de una niña de dos años que quiere jugar encima de tu barriga.

Sin embargo, cada vez que alguien te dice: "Saldrá ya en cualquier momento", sientes un escalofrío. Y es que a la vez quieres que salga y no. Deseas tener a este bebé en brazos y verle la cara y dejar que empiece una nueva fase donde perderás de nuevo la noción del tiempo y el universo será tu casa, los minutos, el pecho que se entrega, la boca que se abre. Y viceversa, otra parte de ti desea que se alargue como un chicle este tiempo de impasse y poder todavía ser tú, aun horizontal o con paso de payaso borracho. Dedicarte a leer y a escribir sin testigos, permitiendo que tu mente se ensanche y dé pábulo a todas sus solicitaciones. Dejar que el día se alargue mansamente al ritmo que marcan los caprichos de tus carnes, al son de tantas pequeñas cuestiones pendientes que se van soldando casi imperceptiblemente, aunque nunca del todo. Concentrarte en el presente y evadirte de él a partes iguales. Acariciarte la barriga y preguntarte cómo irá todo y si vendrá antes o después. Qué sentirás al ver su cara. Si estarás preparada y tendrás un parto de leyenda épica o más bien de sainete, del que te reirás dentro de un tiempo. Si lograrás disfrutar de los próximos meses, ser un poco todavía tú, o te perderás en una vorágine de tareas domésticas sincopadas al ritmo del llanto o del reclamo. Si el cambio de ser tres a cuatro será feliz o desquiciante o  a ratos. Si habrá cosas que cambien para siempre y si las echarás de menos o no.

Ahora en la espera todo es posible, hay cabida para todas las experiencias y todos los futuros recuerdos. Una vez se desencadene lo inevitable, todo tomará una dirección desconocida, se supone que halagüeña, pero ya solo una. Y es tan inquietante como intenso esto de estar a la espera, colgando del vacío. Esperando como quien está aguardando en la estación que llegue el tren que le ha de llevar al destino elegido con los ojos cerrados. Esperando como el reo su condena inevitable que no admite ya réplica. O  como quien alberga una esperanza hacia una más alta felicidad apenas imaginada. En esos segundos antes de coger el avión y que este despegue. Confabulando miedo y confianza en un mismo cócktail de hormonas.

No hace falta estar de ocho meses para sentir esto. Todo es posible siempre, y podríamos volvernos locos de estremecimiento si lo pensáramos a cada instante. Pero solo es en momentos como este que una no puede escapar de ello, y no puede más que tratar de prepararse cada día a la vez para que pase algo, para que no pase nada.

Ojalá pudiera vivir siempre así, embarazada de ocho meses, enmarañada en la galaxia de lo posible.

Froto la barriga como lámpara mágica y le pido que me perdone, y que sea lo que tenga que ser. O, como dice mi padrina, "que sigui lo que més convingo".

jueves, 2 de julio de 2015

Del uso de la ironía: "Chicas felizmente casadas". (Edna O'Brien).

¿Recordáis a la gran Edna O'Brien de la que os hablé hace algunas entradas? Pues tuve ocasión de leer la continuación, "Chicas felizmente casadas", que me resultó sorprendente y sobrecogedora. Si en en algún momento cabría tildar un título de novela de irónico, este sería un gran ejemplo. Ahí va la reseña que apareció en el mes de abril en el Heraldo de Aragón.



Que nadie se llame a engaño. “Chicas felizmente casadas” no es una comedia amable donde se nos dibujan los avatares de unas graciosas mujeres en su dorada segunda juventud o primera madurez, estilo “Sex in the city” o “Desperate Housewives”, como su título podría hacernos creer. De hecho, la traducción “Chicas felizmente casadas” solo refleja pálidamente la ironía subyacente en la expresión inglesa “Girls in their married bliss”, que sería algo así como “chicas en su bendición matrimonial”.
Edna O’Brien continúa aquí la labor iniciada en las dos novelas anteriores de la trilogía, “Las chicas del campo” y “Las chicas de ojos verdes” donde se retrataba a Kate y Baba, hijas de la Irlanda más rural, católica y recalcitrante, que, a mitad del siglo XX, trataban de huir de sus condicionamientos y construirse una vida plena de amor y proyectos como habían soñado.
Ahora continuarán las andanzas de ambas chicas, ya mujeres casadas y residentes en Londres, la ciudad donde todo parece posible.
Sin embargo, Edna O’Brien nos reserva dos sorpresas estructurales en el desarrollo de la novela.
Para empezar, la cuestión de sus matrimonios y destinos es ventilada en unas pocas páginas al comienzo de la novela; de modo que pronto vemos que el peso del relato no va a recaer en el consabido “chica busca a chico” que termina en el happy end del matrimonio, sino en las sendas más siniestras de unos matrimonios fallidos y unos sueños de amor e independencia descuartizados, ofreciéndonos la cara más sombría del romanticismo al uso.
Por otro lado, si hasta ahora predominaba el punto de vista de Kate, la mujer sensible, cultivada y razonable, para la que el lector auguraba un futuro prometedor, ahora sin embargo esta perspectiva se alterna con la de Baba, la aquí predominante, la cual teníamos por alocada y superficial y ajena a una comprensión profunda de la vida; nos sorprrenderá y conquistará la inteligencia cínica de Baba, en contraste con una conciencia cada vez más borrosa y difusa, la de Kate.

Un relato sin duda apasionante como los anteriores, y además feroz, descarnado, que no duda en ahondar en las contradicciones en que tan a menudo se han bañado los ideales de una mujer que se cree moderna y aún ha de traspasar tantas barreras y auto limitaciones. Desazonador. Corrosivo. Imprescindible.