martes, 9 de junio de 2015

Semper acqua



Volver a nadar en las piscinas municipales de El Masnou podría resultar un asunto prosaico (la piscina como algo higienista y recomendable, especialmente para embarazadas). Sin embargo, en mi caso es algo que alcanza una dimensión mucho más amplia que quisiera hoy explicar.

Hay acciones que acaban resultando míticas por sus repeticiones, por sus eternas variaciones pero también por el estado invariable al que conducen. Y para mí el agua siempre ha resultado un volver al punto de inicio, al estado receptivo donde la mente está clara y el cuerpo flexible y alerta, dispuesto a inventarse de nuevo.

En esta piscina comencé mi afición a la natación libre, hace ya unos... ¡veinte años! Y en esta piscina vuelvo a encontrarme hoy. Dos situaciones tan distintas y sin embargo, tan similares: entonces venía a nadar con mi padre al anochecer, mientras mi madre nos preparaba la cena. Y ahora vengo a primera hora de la mañana, después de desayunar, con Emma en mi vientre. 

Cuando empecé a nadar aquí, siguiendo la afición paterna, yo estudiaba COU, la cabeza me bullía de ideas, de datos, de aprendizajes de literatura, filosofía... Toda yo era un amalgama de afán de saber, de incertidumbre futura; necesitaba nadar para desenredar la madeja, para aligerar mi cabeza de datos ajenos y sentir que era yo la que conducía el barco... Por aquel entonces, hubo una película, "Azul", de mi tan admirada Binoche, que me hizo asociar la piscina aún más a ese intersticio de libertad, ese momento donde una asume que está sola y lo hace sin trabas, sin autoengaños. Después continué viniendo a nadar regularmente mientras estudiaba Filología e iba y venía de Barcelona. Tras cada nuevo reto, tras cada desengaño, ese nadar me enseñó que era posible convocar las aletas y alas propias cada vez que uno quiere. Nadar de frente y penetrar en la libertad anhelada. Nadar de espaldas y dejarse llevar sin miedo como si se volara en el agua. No admitir bajo ningún pretexto no saber volar, eso era el lema. 



Entre ese nado y el de hoy han pasado muchas piscinas. He vivido en diversos barrios de Barcelona y nadado en todas sus piscinas correspondientes: en la piscina de Frontó Colom, en la parte baja de las Ramblas, donde reducía la ansiedad por unas decisiones sentimentales que  parecía iban a resquebrajarlo todo; en la piscina de la calle Perill, de Gracia, donde combatía mis primeros demonios laborales y los mantenía a raya; y durante unos cuantos años nadé en la piscina Aiguajoc Borrell, cerca de Sant Antoni, donde pude aprender las dichas de nadar en compañía (y regalarse una buena cena japonesa después), y también logré ir desenredando el hilo de mis preocupaciones intelectuales y creativas hasta darles un sentido. También dediqué un tiempo breve pero inolvidable a nadar en la piscina Can Ricart, en el Raval, no lejos del Gótico en que vivía. En aquel lugar pude entretener la espera de un embarazo que iba unido a demasiados cambios al mismo tiempo... y donde todo se agolpaba en un nudo inquietante del que sí pude desembarazarme, cómo no, en el agua. Atreverme a ese último e inopinado cambio de piscina en la ciudad Condal fue el preludio de una nueva etapa donde por fin dejarían de darme miedo los cambios de nuevo. 

Y heme aquí de nuevo viviendo en El Maresme como en los inicios y nadando en mi vieja compañera piscina. Aquí he venido a nadar con Alicia en sus primeros meses, luego en su primer año de vida, luego en su segundo, y he compartido con ella las alegrías del descubrimiento, los miedos que luego se convierten en entusiasmos. Pero no ha sido hasta ahora, esperando a Emma, que me he decidido a volver sola (si a esto se le puede llamar sola).

Han pasado tantas cosas pero todo sigue siendo lo mismo. Me sumerjo en el agua y todo aquello pensado y vivido deja de pesar. Me reconcilio con la idea de lo pasado y lo venidero. Nada y todo importa.

No es fácil estar embarazada de nuevo. No todo es la magia de la dulce espera como rezan las frases populares. Hay un ser que aún se siente uno, que tiene sus propósitos, sus ambiciones, sus deseos... Un cuerpo que roba minutos al tiempo, al del trabajo, la pareja, la otra hija... Y sin embargo esos ratos de soledad tan preciosos, en un minutero que ya señala la cuenta atrás, ya no son solo de una; algo en el interior recuerda que se está gestando, que alguien reclama ya su presencia; y quiere ser tenido en cuenta. Esos movimientos imprevisibles, esos dolores inoportunos están ahí, y no siempre resulta posible no vivirlos como un penoso obstáculo en las ruedas o alas.

Pero en el agua una vez más me es posible desenredar el ovillo. En el agua encuentro la posición óptima para desplazarme con ligereza, hasta agilidad. Mi vientre se recoloca, encuentra el modo de alojar a Emma con ternura y a la vez sin grandes sacrificios. Arqueo mi espalda, mi tronco para que ella pueda permanecer en paz en su cobijo. Dejo que las piernas se muevan con suavidad para albergar con cuidado la carga. Recupero la fortaleza de mis brazos, ellos sí totalmente libres para reconducir el timón, transportando a la pequeña Emma, y también haciéndose cargo de las inquietudes de su madre. Qué más dará lo externo, lo que piensen los demás, el reconocimiento. Serse uno, orientarse a uno mismo, saber sobrellevarse. Atreverse a seguir siendo.

El agua me recuerda que harán falta grandes equilibrismos pero que siempre estará el vuelo en mis manos. Siempre el agua. A ellas, a Alicia, a Emma, las iré acompañando, pero en el timón siempre  yo, siempre el agua. No necesitar nada más que este instante. O al menos poder acudir siempre al agua para revivirlo.

(Y, de regalo, os dejo una pieza del gran Preisner, de la película "Azul".)

Song for the Unification of Europe - Julie's version



viernes, 6 de marzo de 2015

Fantasmagoría en Ciudad Lineal: una fuga.



Fui a un congreso a Madrid a hablar de Vila-Matas. Fui a Madrid, en Ciudad Lineal, a las afueras de las afueras de la capital. Fui a Madrid a debatir sobre literatura y escritura en la actualidad, y solo deseaba ir a cenar arroz a un restaurante chino.
Fui a Madrid, a Ciudad Lineal, al CSIC, a reflexionar sobre el estado actual de la literatura, en mi primer viaje en soledad desde hacía más de dos años, y confiaba que en todo el tiempo libre, entre sesión y sesión, tendría el estado de ánimo perfecto para meditar sobre literatura, para conectar con nuevas y fructíferas iluminaciones.

Pero lo único que ocupaba mi mente, entre ponencia y ponencia, era la disposición del cielo tras la ventana, la simetría de los edificios madrileños, la curva infinita del metro de Ciudad Lineal que me comunicaba con el centro de la ciudad. El deseo de comer en un restaurante chino, o dormitar en mi falsa cabaña de pensar, en el hotel. Y el día acababa asemejándose al bucle de la marmota transmediática, que penetra una vez y otra en la senda que conduce por el metro en la línea 5, dirección Alameda de Osuna, ojalá me dejen sentarme, o tendré que pedirlo, asientos reservados, lo dice claramente; y la otra senda, la que lleva de la cafetería del hotel a mi habitación, a través del pasillo confuso que una vez sí otra no me hace desembocar o no en la escalera de incendios.

Pero el bucle kierkegaardiano, cuando se repite, por algo es. Y por eso, cuando recorro una vez más el camino que lleva del restaurante chino al hotel, pasando por el confuso pasillo que me hace desorientarme de nuevo, me digo, aquí hay algo en esta experiencia que está faltando, un sentido que no estoy alcanzando.

Y al fin lo veo. Fui a Madrid a hablar de Kassel no invita a la lógica y me encuentro que mis paseos por Madrid no me llevan a una visión poética y catártica del arte, sino a un sendero poblado de claroscuros, donde estoy repitiendo entre brumas los pasos de la obra que pretendo analizar.

Fui a Madrid y no tenía que sentarme en el Dhingis Khan como hace Vila-Matas en Kassel pero solo hallaba mi lugar en ese chino, en ese hotel de las afueras de las afueras, donde nada parecía tener sentido y donde a la vez la oscuridad me albergaba, confortable, y me susurraba que no hay que buscar nuevos caminos para la literatura, que se vive en la literatura y esta te abraza en un guante y te conducirá imperceptiblemente a la estación siguiente. A Ciudad Lineal y más adelante, donde haga falta, siempre que se mire con ojos centrados en lo que están viendo. Ni más ni menos.

Sin ideas previas. Sin sueños. El vacío dispuesto a llenarse, y la palabra agazapada a la espera.

lunes, 23 de febrero de 2015

El mundo de Edna O'Brien: Frescura y provocación



La Irlanda del siglo XX se ha construido en base a tensiones fulminantes: la afirmación de la identidad católica e irlandesa, los contrastes entre mundo rural y urbano, catolicismo conservador y vitalidad festiva… De este universo complejo e intenso se nutre la escritura de Edna O’Brien (1930), candidata a Premio Nobel de 2014 y que ha cultivado todos los géneros literarios. Su trayectoria es compuesta por más de una quincena de novelas, además de relatos, teatro, poesía y ensayo (inclusive biografías de Joyce y de Byron); cuantiosa obra que apenas ha tenido repercusión en España. Recientemente, la editorial Errata Naturae se ha propuesto publicar en español la trilogía “Las chicas de campo”, conformada por las tres primeras novelas de la autora, publicadas en los años sesenta. Las dos primeras han visto ya la luz: “Las chicas del campo” y “La chica de ojos verdes”. Como los títulos ya insinúan, bajo el prisma de una narración semi autobiográfica, se muestra la situación general en que vivían las chicas de campo irlandesas a mitad de siglo, constreñidas por las convenciones morales y la ideología machista.
Caithleen, de gran sensibilidad, ferviente amante de los libros, alberga el anhelo de explorar la vida y el amor en plenitud, y no emular el destino de su madre, mártir que soporta arduos trabajos de campo, y a un marido alcohólico. Tras la trágica muerte de esta, y con ello la pérdida de todo referente emocional, la huida será el principal objetivo de Caithleen. Junto a su amiga Baba, la alocada y superficial muchacha con la que se complementa, harán lo posible por escapar primero de la grisura de su pueblo y después del agrio colegio de monjas que debía impulsar sus estudios. En la segunda novela, “La chica de los ojos verdes”, Caithleen y Baba ya se han instalado en Dublín, y vivimos su iniciación a la noche y a las citas románticas: deambulando entre la sociedad dublinesa, se ven envueltas de una aureola de gracia, una miseria noble que rehuye lo vulgar, a la zaga de una pasión que llene de sentido sus existencias, y de bienes sus escaseces. Y, curiosamente, será Caithleen y no Baba quien, más allá de frivolidades puntuales, desafíe la moralidad para unirse a un protestante divorciado y convertirse en su amante, para gran sufrimiento propio, puesto que deberá luchar contra las presiones de su familia y a la vez con los demonios internos, entre la necesidad de desprenderse de su educación severa y la funesta sospecha de estarse convirtiendo en esclava de sus vaivenes emocionales.

 Lo más destacable en ambos relatos es la construcción de la identidad femenina, su lucha permanente entre los deseos y las limitaciones, entre lo heredado y lo desconocido, extremos que a veces se entrecruzan. Y la sinceridad del retrato femenino, máxime en cuestiones sexuales, resultó toda una provocación para la sociedad de la época; baste recordar que “Las chicas del campo” fue quemada en el pueblo de la autora. Pero, más allá de eso, la escritura de O’Brien sobresale por la exquisitez de su estilo, que sabe hacer de las andanzas de esta muchacha particular una evocación universal. Los diálogos ágiles, la construcción trepidante de los personajes, las pasiones vertiginosas se matizan con perspicaces observaciones e interludios poéticos, donde bastan pocas palabras para percibir el agudo amor por los libros, la ruda belleza de los campos irlandeses, la volubilidad del cielo irlandés, siempre en movimiento, como el alma de una muchacha joven. Edna O'Brien consigue, con sencillez prístina y sin efectismos innecesarios, dar vida a la Irlanda profunda de mitad de siglo no sin ironía y, al unísono, dibujar con nitidez unos personajes que nos cautivan y provocan una lectura compulsiva por la necesidad de acompañarles en su destino, tan cercano al de Anna Karenina de Tolstoy como al de Andrea de Carmen Laforet. No podemos por más que desear la próxima publicación en Errata Naturae de la tercera novela, “Girls in their Married Bliss”.

-Este artículo apareció publicado el pasado diciembre en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón-

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"La niña gorda", de Mercedes Abad


Si por gorda entendemos “abultada” o “torpe”, nada de gorda tiene la escritura de Mercedes Abad (Barcelona, 1961), antes bien, se trata de una voz ágil, fibrada, de corrosivo humor y aguda inteligencia, que lleva al lector en volandas de una expectativa a otra, de una atmósfera a otra, para atestarle sus calculadas bofetadas de gracia. La autora ya ha hecho gala de su feliz cóctel entre desparpajo, ironía y precisión lingüística en numerosos libros de relatos como “Ligeros libertinajes sabáticos”(1986) o “Media docena de robos y un par de mentiras” (2009), y en sus dos novelas, “Sangre” (2000) y “El vecino de abajo” (2007). El presente libro se puede leer como un conjunto de relatos aislados, pues cada uno contiene su universo singular, o bien, y mucho mejor resulta entonces, como una sinfonía con diversas variaciones sobre el mismo tema, teniendo en cuenta que cada una de ellas es irremplazable y única. La niña gorda atraviesa estas páginas en diversos momentos de su infancia y madurez; en común, un personaje sumido en una tensión irreparable: la insatisfacción, que va adoptando distintos matices, al unísono del estilo. De este modo, si bien en los primeros se narra su infancia desde una impertinente omnisciencia no exenta de ironía, como aparece en “El endocrino” (un relato casi épico de la iniciación de la protagonista en el agridulce destino de la dieta) y después en “El castillo”, “Amiguitas” o “La excursión” (introducidos por una misma salmodia, que va cifrando el paso del tiempo), el cuento “Las hermanas Bruch” efectúa un giro de punto de vista inesperado, en cuanto se presenta como un mundo cerrado en sí mismo, asfixiante, y en cuanto nuestra heroína ya no ejerce de protagonista sino de testigo Pero, eso sí, la voz narrativa ha virado a la primera persona, y en los siguientes cuentos irá transformándose en protagonista y alcanzando cuotas de cada vez más lucidez y cinismo. La primera persona se mantendrá ya hasta el final: en “El alféizar” y “La clase de costura”, la singularidad atormentada propia de la adolescencia va emergiendo buscando otra clase de rebeldía, mientras en “El regalo” y “Talla 36”, a medida que la protagonista cabalga en su propia juventud, la desfachatez y lo disparatado van ganando a los complejos, y la capacidad de mantenerse delgada es vista con gran ingenio, como un símil de voluntad sobrehumana en hacerse a uno mismo. Todo ello desemboca en “El sacrificio”, un relato hercúleo y desternillante que viene a ser un colofón perfecto para las transformaciones alegórico-realistas de una mujer que no se conformaba con ser gorda. En suma, “La niña gorda” ha aplicado todos sus kilos extra en inyectar los relatos de tensión narrativa y continuo extrañamiento, arrastrando al lector en una lectura de interés creciente y apasionante. 

Esta reseña apareció en el suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón el 23 de octubre de 2014

lunes, 3 de noviembre de 2014

No es solo entretenimiento (o por qué conviene enamorarse de los libros)



Lecturas inspiradoras que quiero compartir. Hoy, el ensayo de Jean Marie Schaffer, ¿Por qué la ficción?, que me ha alumbrado algunas ideas nuevas sobre la ficción y, sobre todo, me ha reafirmado en algunas intuiciones que ya tenía con sólidos argumentos. A ver qué os parece.

Schaeffer analiza cómo en nuestra civilización hemos convivido con el descrédito hacia la ficción en oleadas, ya desde los tiempos de Platón.
Y más concretamente, se ha desconfiado de un arte mimético; concepto que, aunque muy difícil de matizar y acotar, podría definirse como aquel arte que pretende emular la realidad (tradúzcase por ¿realista? ¿figurativo?... y abramos un amplio paréntesis de to be continued). 
Los argumentos que se han dado históricamente contra la ficción como arte que pretende imitar la realidad han sido los siguientes: que se nos brinda una "ilusión mimética", algo por un lado muy "fácil" (entiendo algo así como "simplón") y por otro "peligroso", puesto que puede llevar a los individuos ingenuos a confundir la realidad con la ficción o a pretender hacer de ello, erróneamente, una fuente de conocimiento.

Sin embargo, argumenta Schaeffer, ¿realmente puede darse que alguien confunda realidad y ficción simplemente por la lectura de novelas? Como seres cuerdos y racionales, ¿no tenemos la capacidad innata de desarrollar la capacidad imaginativa como un mundo paralelo al real? ¿No se da la "ficción lúdica" en todas las culturas del mundo desde la más tierna infancia? Y, para más INRI, ¿cómo se teme tanto la "capacidad de arrastre" (o riesgo de imitación de ciertas conductas en el mundo real) del arte ficcional, y tan poco la "capacidad de arrastre" que indudablemente existe en la realidad? Esto es, no tenderemos a ser más violentos por leer más historias de novela negra, sino por presenciar violencia en casa o incluso en los medios de comunicación.

Ciertamente, el descrédito por el arte mimético, o realista, o por la ficción pura y dura, elijamos la nomenclatura que elijamos, ha vivido otra oleada enorme de descrédito en este principio de siglo. Para empezar, el descrédito ha venido de la "alta cultura". ¿Solo puede ser digno un arte que se muestra consciente de sí mismo y que se enrosca en bucles y bucles de autoreferencialidad? ¿O solo puede ser digno un arte que tenga que aportar necesariamente "novedades formales" respecto al arte anterior? Por otro lado, en otro tipo de entornos menos "literarios", también se desacredita la ficción con otro tipo de argumento: que las novelas son "pérdidas de tiempo" y para eso, cuando una persona lee poco, resulta más útil leer ensayo histórico, o de actualidad, o autoayuda, que al menos así se mejoran los conocimientos o la propia vida. Y en este caso habría que preguntarse en este caso quién da la legitimidad de los contenidos de los supuestos libros de ensayo que DOCUMENTAN la realidad. ¿No está aquí el verdadero engaño, puesto que se presentan como reales interpretaciones puramente individuales?

Reconozcámoslo: una cosa es la legitimidad que se le quiera dar al arte por las voces que presiden la jerarquización de lo que es o deja de ser cultura válida.
Otra muy distinta la esencia del arte y lo que realmente opera en la emoción y en la mente de cada uno de los lectores, desde Homero a hoy.

Y como Schaeffer explica, precisamente en el caso de los niños se ha demostrado que a más capacidad ficcional (costumbre de leer, de imaginar mundos, de teatralizar) menos riesgo de agresividad. 

"El peligro de pasar a los actos no proviene, como Platón y sus seguidores creen, de una vida imaginativa demasiado rica, sino, a la inversa, de una capacidad imaginativa demasiado poco desarrollada. Oponerse al ejercicio de las capacidades imaginativas, lejos de imitar los riesgos de un palo del 'de mentira' al 'de verdad', los aumenta."

 Es más, hoy sabemos que la "competencia imaginativa" no solo no es perniciosa sino que asegura el "equilibrio afectivo". Cuando una persona se acostumbra desde pequeña al juego ficcional, sea  a través de lectura, teatro, juegos de rol, etcétera, se facilita su gestión de los afectos, ya que está acostumbrado a reconocer emociones y al tiempo desidentificarse de ellas, y ello asegura una buena gestión de los afectos en la realidad, o, como se diría hoy, una buena "inteligencia emocional.", que no es poca cosa, porque facilita el bienestar mental y la felicidad de la persona. ¿Quién no quiere eso para sí y los suyos?

Eso sí, nos aclara Schaeffer, para que se dé esta "función trascendental de la ficción" como reguladora de las emociones, se necesitan dos requisitos: el primero, que se produzca una "inmersión lúdica" en el hecho ficcional, es decir, tiene que disfrutarse horrores de lo que se lee, tiene que vivirse como algo libre y placentero, que el leer no entienda del paso de las horas; el segundo requisito, la "atención estética", que va muy ligado al primero, esto es, la capacidad de percibir belleza estremecedora en el juego ficcional.

Me gustaría saber por qué no se ocupan un poquito más de todo esto los políticos y no de tanta verborrea insustancial.  ¿Por qué no dar a conocer más a los ciudadanos estos argumentos para animar a todos los padres a que los libros formen parte del mundo de sus niños desde la más tierna infancia? ¿Tenemos en cambio que llenarles la cabeza de ideas, de corsés, y de miedos al futuro? Practiquen la ficción, vívanla, sin complejos, podría leerse en vallas publicitarias, que no es una pérdida de tiempo: serán más sabios y felices, y tendrán menos amargura.



jueves, 2 de octubre de 2014

Para siempre... O para nunca.


¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico

(Julio Cortázar, Rayuela)

Como para tanta otra gente, ese inicio de novela marcó para mí el himno de un enamoramiento, el  de París, ciudad literaria y poética donde las haya, el enamoramiento también de una noción romántica del amor, el que se deja llevar por la realidad del momento, el que se escribe a través de las notas del azar que nos rodean. El Pont-des-Arts es para mí los sueños y proyecciones de juventud y los primeros amores y también el desengaño y el paso del tiempo y la madurez, que resiste a los embates de lo circunstancial, lo que caduca. El Pont-des-Arts es recogimiento, momento de detención eterna; presente, pasado y futuro;  punto de fuga hacia los museos Louvre y Orsay; mirador privilegiado hacia esa extrañeza de las bifurcaciones que se ahondan en la Ile-de-la-Cité.
Pero una moda pasajera, la de poner candados en un puente emulando los personajes de un best-seller de Federico Moccia, está peligrando este símbolo y este lugar de singular belleza. Parece mentira cómo lo mediático tiene más poder que la lógica más elemental y la capacidad de dejarse impresionar por lo bello. Desde el 2008 se inició la moda, y no se detiene. Ya el junio pasado una barandilla cayó por el peso de los candados. El ayuntamiento propuso medidas para acabar con tal locura como invitar a los ciudadanos a hacerse selfies; pero los vendedores ambulantes siguen al acecho; se apostan en las esquinas, tal cual vendedores de droga, y las candorosas parejas que acuden a la caza de un momento de gloria saben a dónde dirigirse. Ahora, visto que el problema no cesa, las autoridades han decidido sustituir las vayas por paneles de vidrio.


Es una auténtica lástima que se sepulte la belleza de esas barandillas de hierro forjado, que permiten asomarse al puente sin perderse un detalle de la forma del agua a nuestros pies, tal cual hacía la Maga mientras Oliveira la admiraba en silencio sin ser visto. Es una lástima que el Pont-des-Arts entero peligre. Y es una colosal ironía que eso se haga bajo el nombre del amor y de la literatura, cuando ya antes el puente, con toda su desnudez y encanto intrínsecos, venía a representar exactamente lo mismo, pero sin que nadie necesitara apropiárselo, mellarlo, destrozarlo. Y los ingenuos que sellan los candados deben de creer que no puede existir mejor símbolo, que su amor queda salvaguardado para siempre. Pero el siempre es nunca y mientras el agua sigue avanzando bajo sus pies sin que puedan verla, los puentes y pasarelas se van cargando de un peso imprevisto, brutal que no pueden asumir, que les van hacer resquebrajarse sin remedio.

Llamadme romántica incurable, pero, cuando me encontré en el Pont-des-Arts ante ese nuevo paisaje, tengo que reconocer que lloré.

lunes, 16 de junio de 2014

Invitación a leer el Ulysses

Un pequeño homenaje a Joyce, aprovechando que el Bloomsday. Pequeña glosa libre de los primeros capítulos, densa melodía que sin embargo se puede proseguir lentamente como un día eterno y compacto; un día que contiene la nada y el todo; como nuestros propios días, si los miráramos de cerca y a la vez con distanciamiento y una lupa gigantesca de palabras.

I. El joven Stephen Dedalus se levanta en la Torre Martello, un caserón semiabandonado a las afueras de Dublín, en plena crisis, diciendo qué hago aquí viviendo con estas piezas, quién soy, para qué, ¿quién eligió esta cara para mí? Lluvia de palabras tejiendo su conciencia, junto al mar, palabras casadas, blancodeola, rielando sobre la sombría marea.

II

Dedalus en su trabajo de profe de historia de insituto sintiendo el absurdo a cada momento, oigo la ruina de todo el espacio, cristal roto y mampostería derrumbándose, y el tiempo hecho una sola llama lívida y definitiva. ¿Qué nos queda entonces?
 La dinámica absurda del aula, intercambio desigual, cerebros alimentados y alimentadores .
Pobres chicos, desabridos, aunque él también fue un muchacho, todos hijos de una madre, una le habría amado, le había llevado en brazos y en el corazón.
Algunos, y más cuando son jefes, va y se creen su papel, su patriotismo, su idiología, Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices.

III

De paseo en el mar. Ineluctable modalidad de los visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Presente rabioso.  Encuentras oscuras mis palabras. Oscuridad en nuestras almas, ¿no crees? Mañana será otro día. Sí, el poniente se encontrará a sí mismo en mí, sin mí. Todos los días llegan a su fin.
Observación de presencias sensuales. Desahogo solitario; altas vergas de un barco de tres palos, las velas recogidas en crucetas, en arribada, a contracorriente, moviéndose silenciosamente, barco silencioso.

IV

Leopold Bloom se levanta y va a comprar un poco de carne y preparar el desayuno para él y su mujer. Atravesando Dublín. Buen rompecabezas sería cruzar Dublín sin pasar por delante de una taberna.
 Observando las piernas, los movimientos de cadera. Date prisa, maldita sea. Aprovechar la ocasión mientras dura.
Ahora bien, ellas nunca comprenden.

V

Prosiguiendo el paseo, pronto a prepararse para el entierro del pobre. ¿Qué tal va ese cuerpo? Se va viviendo, dijo M’Coy. Desolación de los cuerpos. Lo tétrico de la iglesia.zz 
Buena idea el latín. Los deja atontados primero. Asilo para agonizantes. Idea rara: comer pedacitos de cadáver. Luego se sienten todos como una reunión de familia. Luego salen como emborrachados.

VI

De entierro. La bebida, el defecto de muchos hombres muertos.Desde luego, In paradisum. Dijo que iba al paraíso o que está en el paraíso. Lo dice encima de todo el mundo. Un trabajo bien fatigoso. Pero algo tiene que decir.
 Una vez estás muerto estás muerto. La idea del último día. Levantándoles a todos de un golpe de sus tumbas.
Siempre aparece alguien que uno no se imaginaba nunca.
Si de repente todos fuéramos alguien diferente.
 Fosas de cal viva. Cámara letal. Cenizas a las ceniza. O sepultar en el mar.

To be continued.