miércoles, 3 de marzo de 2021

Recomponiendo un mundo roto



 ¿Quién no ha querido espiar por una rendija y acceder a las interioridades de un alma

romántica? Pero no de un alma sentimental o voluble cualquiera, sino romántica en su

sentido originario: aquellos seres que hace dos siglos se afanaron en dotar a su

existencia de una intensidad única; que acechaban el arte y la belleza como un perpetuo

estremecimiento; que bebían de la fuente del amor para insuflarle un sentido total; que

rehuían cuanto se esperaba de ellos y fueron a la zaga de sus propios ideales: política

radical o fascinación por Italia, encuentros o soledad absoluta. Aquellos, en definitiva,

que a menudo tuvieron vidas breves con desenlace trágico, pero cuya inmortalidad es

indiscutible en sus obras.

Pues estamos de suerte: con esta antología de Gonzalo Torné, bellamente

editada por Alpha Decay, nos acercaremos a la segunda generación de románticos

ingleses, los poetas Byron, Keats y Shelley y la novelista Mary Shelley. A través de una

selección de cartas, acompañada de sucesivos prólogos explicativos, no solo lograremos

hacernos un perfil de las vicisitudes vitales de estos autores, sino que accederemos a la

particularidad expresiva de cada uno, pues los estilos pronto se revelan como propios e

inconfundibles.

Así, nos fascinará la historia de amor serena y a la vez colmada de fantasmas

entre Percy y Mary Shelley. Especialmente conmueven las palabras de Mary,

expresivas, enfáticas y sombrías: “¿Por qué la vida no admite que se la considere un

fluir continuo, ininterrumpido, ajeno a la cuenta de minutos y horas (…) si el placer solo

habita en la memoria, entonces, al morir, ¿adónde irá el placer? ¿Adónde iremos

nosotros?” En ellas hallaremos las dificultades para unir sus vidas, las muertes sucesivas

de sus hijos, los malos presagios que rodean a Percy y que al final se cumplirán cuando

muere ahogado. (Ella será la única de los cuatro que sí tendrá una larga existencia.)

Al leer a Lord Byron, entenderemos de una vez por todas su mito de

“maldito”: sus cartas nos muestran una tumultuosa existencia, cambiando de país como

de ilusiones, poblada de amores apasionados hasta lo indecible. Las últimas cartas

tienen lugar desde Grecia, a donde acudiría en su lucha por ideales políticos, y donde

fallecería poco después. Para él la expresión amorosa es extremada, a menudo

tragicómica (“ámame al menos como a tu perro”) así como la vitalidad: “el Carpe diem

ya no es suficiente, me veo obligado incluso a intentar sacar provecho de los segundos.”

Bástenos decir que estamos de acuerdo con Torné en valorar estas cartas como “la obra

maestra de Lord Byron”.

La figura de Keats también resulta interesante, si bien diversa: el punto de

vista de un enfermo declarado y con cada vez menos esperanzas en el futuro. Sus cartas

tienen un destinatario único, su vecina Fanny Brawne, su amor absoluto (“el aspecto de

una persona no es nada si no encuentro en su corazón las llamas que habitan en el tuyo,

un fuego donde mi amor pueda arder”), aunque puede leerse en ellas también la lucha

entre creación y amor, puesto que a veces desea que nada pueda distraerle de su misión

literaria. (“Mi mente está colmada por la fantasía, rellena como una pelota de cricket.”)

El libro puede leerse de principio a fin, o entreverando al azar personalidades y

cartas hasta que el mundo roto se haga unidad para el lector. Al acabarlo, sentiremos

habernos acercado a estos autores mucho más que a través de una biografía o una

película. Y nuestro deseo más alto será ahora leer sus obras.


(*) Esta reseña apareció en la edición digital del Heraldo de Aragón el 14 de febrero de 2021.

viernes, 15 de enero de 2021

Vila-Matas: En el abismo, vida y creación se amalgaman





Qué atrae tan poderosamente de Vila-Matas, un autor que ya es un mito de la literatura contemporánea? Está claro que su obra siempre ha constituido una búsqueda de nuevos engranajes literarios. Pero no es solo esta la causa de la fascinación cada vez mayor que provoca entre un tipo de lector y escritor: también el modo como Vila-Matas ha sabido fusionar su literatura con su propia figura.

Para Vila-Matas la literatura es una cuestión vital, fundamental, que se torna pátina que todo lo impregna. Y hasta sus piezas reflexivas se hallan imbricadas de creación: de elementos inesperados, de contradicciones, de humor. Y literatura son sus entrevistas, las que él mismo realizaba de joven, las que recibe hoy. No es casual que Wunderkammer publique a la vez las deliciosas conversaciones con Anna María Iglesia ‘Ese famoso abismo’ y reedite la ‘nouvelle’ ‘Chet Baker piensa en su arte’, que apareció en el año 2011 en la antología de cuentos del mismo nombre, pero que merecía ser publicada de manera autónoma.

De hecho, Chet Baker piensa en su arte resulta la creación vila-matiana donde la construcción de la trama se ha fusionado de manera más radical con la reflexión sobre el proceso de creación, y aquí sin duda es donde brilla con más luz propia el artefacto literario de Enrique Vila-Matas. Interesa especialmente releer hoy este relato de ‘ficción crítica’, donde el yo literario se interroga sobre cómo expresar de modo efectivo la esencia de la realidad, cuando esta es «bárbara, brutal, muda, sin significado».

Para ello, hay un elaborado razonamiento sobre dos tipos de postura, la ‘Finnegans’, abanderada de una literatura difícil, que hace equivaler la dificultad lingüística a la complejidad de la realidad, y la postura ‘Hire’, que opta por una trama de fácil acceso para así comunicar mejor al gran lector. El yo literario se debate entre ambas vertientes, tratando de hacerlas compatibles. Hay aquí, pues, un alegato de una visión literaria, una teoría que se performa en el presente narrativo, y en la que observamos la esencia del Vila-Matas de los últimos años: la convicción de persistir en una literatura ambiciosa, pero tratando al tiempo de acercarse a la realidad del otro, eso sí, huyendo de la introspección autobiográfica, y en aras de una literariedad absoluta y comunicable.

En cuanto a ‘Ese famoso abismo’, puede leerse para iniciarse o para profundizar en Vila-Matas: lejos del repaso cronológico, se trata de una sinfonía de motivos e ideas que se trenzan de modo hábil y natural entre entrevistadora y entrevistado. A lo largo del libro pasearemos de manera oblicua, y con un espíritu tan reflexivo como ‘shandy’ (ligero, alegre) en torno a diversos temas que interesan al último Vila-Matas: especialmente la ficción como libertad total, según el prisma de Quijote, un tubo de ensayo que nos acerque mejor a la ‘verdad’ que otros productos. Bailaremos también al son de las múltiples contradicciones inherentes a la escritura: entre nomadismo y «viaje alrededor de la propia habitación», entre escritura «que interroga» y exigencias del mercado, entre pulsión por el éxito y el fracaso, entre escritura que ha de partir de la vida y la llamada de la imaginación.
Además, el mismo autor nos brindará sus hipótesis sobre las etapas en que se conforma su obra, así como la evolución de la recepción de su obra de los orígenes a hoy. Completaremos el autorretrato como escritor que ya veíamos en Chet Baker con algunas señas básicas de identidad, como precisamente la ausencia de identidad estable, el arte de aparecer y desaparecer, de la máscara y la cita literaria.

Y al final la obra nos lleva hacia ese «famoso abismo», hacia los orígenes del lenguaje, entre la capacidad de nombrar y lo nombrado: donde uno se acerca pero nunca puede atravesar del todo el espejo; donde uno se sumerge en la perplejidad y a la vez en la «literatura expandida», siempre dispuesta a alcanzar otros terrenos, siempre abierta a acompañar a otros en el zarpar de su aventura literaria.

* Este artículo apareció publicado en el Heraldo de Aragón.

domingo, 3 de enero de 2021

Poemanieve (2)

 


IV


Siempre me gustó el cansancio.

Siempre me gustó

hincar los pies fuertemente en el suelo

atravesar superficies arduas

hasta sentir el esfuerzo de los huesos.


Es por eso que hoy

la nieve

me lleva al lugar donde realmente quiero estar

el lugar de la aridez, la ascensión,

la soledad habitada.


Es por eso que amo

atravesar 

la superficie

cada vez mayor de nieve,

sentir que podría 

acabar sepultada

y a la vez saber que no voy a hacerlo,

llegar más lejos de lo que quise

nunca,

intentar

que en mis pasos

haya siempre un lugar para escapar a lo imprevisto,

aunque solo sea desviarse un poco del camino.


V


Cuando camino en la nieve

dejo de ser hija

por la que alguien tiene que preocuparse

dejo también de ser madre

que debe siempre apresurarse 

dejo de ser esposa

que se pregunta si no se estará ya excediendo

en la libertad de sus pasos.


Cuando camino en la nieve

solo soy mis pies

solo soy piedra, solo soy árbol,

libertad absoluta del instante,

plenitud, más bien,

porque de la libertad ya hemos hablado.

¿Tiene que ver con la cantidad de pasos que uno puede dar

sin explicar, sin esperar, sin contar los minutos?

¿O es más bien

el espacio mental que se abre en uno mismo?

¿No es acaso la ventana abierta

al blanco de la nieve,

sin esperanza alguna 

ni remordimiento?

¿No es esto, pues, la libertad, realmente?




VI.


Soy fuerte como un hombre

como un hombre

que carretea leña desde los tiempos inmemoriales por el camino.

Soy inocente como un niño

que transita esta senda

en subida al colegio.


No hay ser humano ni animal

que pueda amilanarme ahora.

Soy un insecto, soy diminuta, soy invisible.

Soy poderosa. No soy. Soy solo nieve


que en el invierno teme deshacerse

tan pronto como puede convertirse en hielo.


VII


Me pregunto a qué se debe el placer intenso

que se siente

al hundir el pie en la nieve.

Tal vez será porque

la naturaleza nos da el instante

la posibilidad ínfima y tan remota

de sentirnos parte 

de ella

de permitirnos

ser acogidos, engullidos

entre su manto.

Es esta una rara ocasión

de dejar de ser el que mira

para olvidarnos en lo que estamos mirando

al abrigo del monte, de la montaña,

más allá de todo.


VIII


Echo de menos la nieve

porque cuando te alejas de ella

dejas atrás el paréntesis

el rapto

la rapsodia monocroma

la gratificación de estar casi muerto


vuelve la vida idéntica a sí misma

con su remoto ajetreo

con sus ansias

sus nunca finalizados propósitos

sus vanas esperanzas soleadas.


Pero a la nieve siempre se puede volver

como se vuelve al latido más lento

como se vuelve siempre una y otra vez

al punto cero.





sábado, 2 de enero de 2021

Poemanieve (1)


 


I

Sepultarse en capas de nieve

como en capas de olvido.

Caminar en lo blanco

es dejarse invadir

dejarse poseer.


En lo blanco

eres.

En lo blanco atraviesas.


En lo blanco

ya no hay un sitio al que llegar,

estás siempre llegando.

En el blanco no hay nada que alcanzar,

se alcanzó ya hace tiempo

o se transita lo que se está alcanzando

ahora 

antes 

o siempre

o alguna vez hasta en sueños

quién sabe.


II


La poesía

es blanco

la poesía es agua

y tierra

y movimiento incesante.

La poesía es lo que avanza

es el camino

y también es el blanco que todo lo cubre

que parece eterno

pero está siempre

en movimiento

siempre deshaciéndose o cubriéndose.


La poesía es este algo

que transita y se queda

este algo

que nadie puede arrebatarte

este algo que tienes

que no ansias

este algo en lo que permaneces.

La poesía es viento, es ruido, es movimiento

y es también

cuando uno piensa

en esta agua, en este movimiento

cuando uno está en el agua

y está en el movimiento

y en la palabra.

La poesía es los pies que andan

por encima de la nieve,

esto y nada más.


III


La poesía es también

andar por el mismo camino

que una vez anduviste.

Sentir que es el mismo y siempre otro.

Poesía es tener miedo y seguir andando.

Tener miedo y seguir.

Pero también es o tal vez mucho más

volver al mismo lugar en que tuviste miedo

y ver cómo este se ha desvanecido.

Poesía es la nieve cayendo de los árboles

las gotas cuajando en el suelo

los ríos incesantes

las aguas que siempre cambian de cauce

que aparecen, se ocultan, se hielan, se descongelan.

Poesía es estar solo y no estarlo al mismo tiempo,

porque el poeta no está nunca solo

está con sus palabras

está con aquello que ve

está en la caricia del instante.

El poeta nunca está solo

siempre que pueda

hacer

orfebrería de palabras

con sus pasos.






jueves, 8 de octubre de 2020

Hélène Gestern: un viaje que reconcilia destinos


Ya hace un tiempo que Periférica y Errata nos tienen acostumbrados a las coediciones, con sorprendentes novelas ambiciosas de autoras poco conocidas en nuestro país, como fue el caso de la alemana Angelika Schrobsdorff o la americana Mary Karr. Ahora nos acercan la obra de Hélène Gestern, escritora e investigadora universitaria francesa (Nancy, 1971), que había sido inédita en castellano hasta el momento.

‘El olor del bosque’ nos hace penetrar, con la sutileza que el título define, en un mundo peculiar, el del conocimiento del pasado a través de la fotografía y la escritura íntima. Pero lo que hace más valiosa a esta novela es la capacidad de ahondar al unísono en la intimidad de la protagonista y de las vidas sobre aquellos que investiga.

Ciertamente el relato construido a través de una indagación sobre fallecidos no se trata de ninguna novedad: hemos podido verlo desarrollado magistralmente en escrituras como la de Siri Hustvedt (‘Elegía para un americano’), Delphine de Vigan (‘Nada se opone a la noche’) o Miguel Ángel Hernández (‘El dolor de los demás’), entre tantos otros. Ahora bien, ¿qué tiene de singular esta novela? La generosidad y la amplitud de miras.

Puesto que trata de un drama íntimo, sí, como todas las novelas citadas, pero no solo eso sino que se pone en paralelo con un proceso de investigación más amplio, que gira en torno a personajes supuestamente famosos o anónimos de la historia reciente (en el contexto de la Primera y Segunda Guerra Mundial), y se nos aproxima a ellos con gran profundidad de matices hasta que percibimos una familiaridad brutal con ellos, como si hubiéramos logrado atravesar y extraer de la sombra filtros y filtros de historia.

No hay que dejarse amilanar por la longitud de esta novela. Hay que abordarla con la lentitud y delicadeza que merece. Nos adentraremos poco a poco por la sintaxis entumecida de Élisabeth Bathori, la protagonista, que emerge de un profundo duelo y comienza a volver a sentir el despertar por su vocación investigadora, la del archivo fotográfico y epistolar. Pronto nos veremos enredados por la maraña de situaciones y personajes del presente, con sus vidas incompletas, con sus dudas y frustraciones, y que al tiempo nos alcanzan otras épocas, otros sufrimientos, otros enigmas: el de Alban, astrónomo sensible y soldado de la «Gran Guerra» y su visión descorazonadora desde el frente; el de Diana, joven adelantada a su época, de carácter impetuoso, amante de las matemáticas, que vive un drama amoroso y vital en total discordancia con su entorno; el de Anatole Massis, cuya obra aplaudida en Francia encierra aún grandes enigmas en biografía y su poemario más célebre (el lector se cansará de buscar estos personajes en Google, son tan verosímiles como inexistentes).

También nos sorprenderá el destino de Tamara Zilberg y su periplo dramático por la Francia de la ocupación. En su proceso de trabajo, Elisabeth se desplaza no solo por Francia, España, Portugal, Suiza, Bélgica sino también por páginas y páginas de cartas y diarios inéditos, por diálogos inesperados con investigadores o descendientes de las personas cuya existencia trata de alumbrar. Y así, de modo progresivo y casi imperceptible, mientras se ve atrapada por los destinos ajenos, como especificidad humana también como documento revelador de dramas colectivos de la historia, logra que su propio destino se vaya desbloqueando y vuelva a interesarse por el latido de la vida y a dejarse seducir por las personas, por los lugares, y vaya surgiendo en ella la llamada de un nuevo punto de anclaje.

Tal vez en algún momento de la parte central nos parecerá que las situaciones ya se repiten, que la continuación es previsible. Pero que eso no nos llame a error: si bien la novela podría ser más breve, y con ello ganaría aún más intensidad, vale la pena recorrer sus páginas de principio a fin. Llegará un momento en que no podremos abandonarla, donde los hallazgos no dejarán de sorprendernos, y donde nos hallaremos tan próximos de todos los personajes, especialmente los dibujados desde tiempos pasados, que sentiremos que todos ellos han encontrado un lugar en nosotros.

En fin, ‘El olor del bosque’ es una apología a la memoria histórica, sobre todo en su parte más humana, individual y casi unamunianamente intrahistórica; una novela brillantemente construida y estructurada a base de fragmentos que van aunándose en busca de sentido; un buen relato para los que amen la fusión entre investigación y ficción, y la hibridación genérica; pero también (y esto es difícil de conseguir a la vez) una novela con una trama adictiva, de esas que una desea acabar y después desearía no haber acabado nunca. Sus tiempos, sus silencios, sus búsquedas, serán las nuestras y harán que también nosotros pasemos imperceptiblemente por encima de nuestro destino y al acabar el libro nos parezca abrazarlo con mayor claridad, como le sucede a la investigadora, como sucede con la mejor literatura.

'El olor del bosque'. Hélène Gestern. Traducción de Laura Salas Rodríguez. Periférica/Errata Naturae. Madrid, 2020. 700 páginas.

* Esta reseña apareció en el Heraldo de Aragón en su versión digital y también en papel 

jueves, 13 de agosto de 2020

Un intento de diálogo intempestivo


Llevaba meses planteándome qué puedo escribir. Cómo puedo dar una respuesta cotidiana a esta situación exasperante del covid, haciéndolo desde la propia verdad, y al tiempo saliendo un poco de los estrictos márgenes del yo. Por ahora la solución que he encontrado es dialogar con mi abuela difunta.

Aquí podéis leer un fragmento del inicio de esa conversación, que va fluyendo a borbotones a lo largo y ancho del verano:




Querida padrina: 

Ya hace tres años que no estás viva. Qué rápido pasa el tiempo. A menudo he pensado que las charlas contigo era uno de los momentos donde me había sentido más presente, en ese presente lento, denso, casi pegajoso en su materialidad y lentitud. Ojalá estuvieras a mi lado ahora y pudiéramos comentar todos los enigmas que acarrea el coronavirus y el rastro de las soledades y las incógnitas que deja a diario. Ojalá, pero en realidad no podría verte para hablar sobre ello. O tal vez ya habrías muerto en la primera oleada del coronavirus en la residencia. Esto es lo más terrible de estos tiempos: en tener que proteger a la gente que más quieres y, por amor, mantenerte alejado de ellos. Y que se hagan tan importantes las conversaciones diferidas en el espacio, no tanto en el tiempo. De hecho la realidad de la conversación a distancia a veces acaba siendo más intensa que esa conversación cara a cara mediatizada por tantas cosas secundarias: si llevamos mascarilla o no, si mantenemos la distancia, si estamos en el lugar adecuado.

Ayer tuve un sueño que me acompañó durante todo el día: lo importante fue solo un retazo, una frase que alguien me dijo y me iluminaba. Era algo filosófico sobre la experiencia. Intenté buscar después de qué frase podría tratarse, qué han dicho los grandes filósofos sobre la experiencia. Nunca recuperaré la frase del sueño, ni sabré si existía o no escrita en algún libro o era producto exclusivo de mis circuitos neuronales. En cualquier caso, podría servirme esta misma de Albert Camus: “No puedes adquirir experiencia realizando experimentos. No puedes crear la experiencia. Tienes que sufrirla.” El covid: hay una soledad que nos atrapa a todos y a la vez nos iguala. ¿Cómo decir a la vez lo individual y lo colectivo, lo neutral y aquella sombra que nos atenaza? Hay que atravesar todo lo que estamos viviendo hasta que encontrarle el sentido. Siempre he querido coleccionar experiencias y todas me han parecido pocas. Pero al final lo importante no es lo que uno atesora sino lo que uno está dispuesto a atravesar, o a dejarse atravesar. Confinados, o en esta perpetua desescalada que no permite que la vida sea exactamente la de antes, todo adquiere otro relieve. Bob Dylan justamente lo canta ahora, “I sing the songs of experience like William Blake”, la experiencia solo tiene sentido si se observa a sí misma. ¿No crees, padrina? Creo que si ahora pudiera hablar contigo verdaderamente, comprenderías exactamente lo que trato de decir. (...)

Tal vez la experiencia que necesito sufrir ahora, “subir”, que unos traducen como sufrir y otros “pasar por” es la de la muerte, la incomunicación. Y ello a través de la palabra en vida. Como si solo la palabra pudiera hacer de pegamento entre soledades e incomprensiones. Quizás por eso ahora he vuelto a pensar en ti, padrina, y necesito acercarme de nuevo a ti, recuperar tu esencia y con ella el tono de nuestra conversación para que ella invada el camino hacia esta experiencia. Me pregunto si ello será suficiente. Pero hay que intentarlo. Un reencuentro diario contigo, con la muerte, con el sentido. Es muy poco pero al menos es algo a lo que agarrarse. (...) No sé si quiero hablar sobre ti o contigo. Pero sé que tú eres ahora la puerta, el amuleto.

lunes, 3 de agosto de 2020

El divorcio según Rachel Cusk

 Estas son unas líneas que escribí para la Revista de Letras, hablando sobre "Despojos" de Rachel Cusk, editorial Asteroide.

Rachel Cusk | Foto: Libros del Asteroide

"'La nueva realidad' era una expresión que oía a todas horas esas primeras semanas: la gente la empleaba para describir mi situación, como si en cierto modo representara un avance. Pero la verdad es que era una regresión: la vida había metido la marcha atrás. De repente no avanzábamos, sino que retrocedíamos, volvíamos al caos, a la historia y la prehistoria, a los comienzos de las cosas y al tiempo anterior a que esas cosas comenzaran. Un plato se cae al suelo: la nueva realidad es que está roto. Tenía que acostumbrarme a la nueva realidad."

Rachel Cusk nos habla con ironía en estas líneas de una nueva realidad y de cómo esta es más bien un retroceso que un avance, un plato roto. Ahora bien, aunque detectemos paralelismos, la nueva normalidad que vemos representada en este libro no es la que ahora vivimos en el plural de la era coronavírica, sino la más específica de su divorcio.

En Despojos, presentado como narrativa autobiográfica, se nos dibuja el paraje desolado que queda después de una separación, con el hundimiento del relato anterior sobre la propia vida, con la vulnerabilidad a flor de piel, con la autorrepresentación en crisis cuando el conjunto familiar pasa de civilización a caos. Y si hay algo relevante y admirable en este libro es precisamente la manera de modular y mostrar el caos, a través de elementos como la analogía, el desplazamiento, la elisión, como si Cusk nos mostrara su mundo en el modo como este se despedaza entre imágenes oníricas, usando los mismos recursos que cifraba Freud en La interpretación de los sueños. Así, Despojos se lee como una suerte de sinfonía musical con diversos movimientos que nos van guiando a través de sugerencias diversas que caracterizan el estado de la protagonista, aunque nunca nos dicten de manera nítida sus móviles:

Rastrojos, el primer capítulo y tal vez el más elocuente, nos habla sobre lo que queda después de la siega, la destrucción antes de la reconstrucción. Y se nos relata cómo fueron las bases de su organización matrimonial, supuestamente muy modernas e igualitarias pero que fracasaron. Así, la pareja decide intercambiarse los roles clásicos al tener hijos, el hombre quedándose en casa y la mujer trabajando pero la ecuación resulta imperfecta, porque la mujer acaba sintiéndose un hombre travestido y con gran frustración por no sentirse reconocida en su maternidad. Aquí aparece un interesante motivo de debate sobre feminismo y sobre cómo ha de construirse una mujer para sentirse completa, conciliando el instinto y la civilización.

Libros del Asteroide

En la segunda parte, Extracción, se habla del momento doloroso de la separación usando a modo de analogía la imagen de la extracción de una muela cuando el dolor ya es insoportable, aunque se sabe que quedarán secuelas. Después, en progresivos capítulos se nos trazan otros elementos que nos ayudan a entender el mapa de las ruinas: la afición de las niñas y ella por los clásicos griegos, como la Orestíada o Antígona, con los que intentan entender sentimientos extremos; el desvalimiento y vulnerabilidad que siente una familia de tres mujeres, en paralelo a una nueva libertad vertiginosa; la mirada ambivalente ante las familias convencionales y su modo de vivir, mientras se va encontrando otro modo de vivir más arriesgado; las conversaciones y encuentros con los tres hombres de su nueva vida: su ex, su psicoanalista y su nuevo amante. Y el último capítulo Trenes resulta un cierre del todo desconcertante, puesto que hay un cambio de punto de vista, y de repente lo que importa es cómo una joven y desvalida canguro enfrenta las dificultades que suponen ayudar a una familia, y sentirse útil en ella, enfrentando a la vez los deseos de la mujer y del hombre enmedio de sus disputas.

En todas esas páginas, pues, veremos una continuidad entre la trilogía novelística A contraluz para los que la hayamos leído, también publicada por Asteriode, y Despojos, traducida ahora al castellano pero que en realidad es anterior cronológicamente. Hay una línea constante en el etilo de ambos: una manera oblicua, perifrástica, de acceder a la interioridad de alguien. Sin embargo, en A contraluz la interioridad de la protagonista queda velada de modo todavía más radical, y accedemos de manera parcial a otras interioridades, otros personajes que se cruzan en su camino.

Sin embargo Despojos, como literatura autobiográfica, resulta un caso atípico y perturbador. Así, cuando se anuncia como un texto sobre "el matrimonio y la separación", el lector al uso pensará que vamos a conocer todas las intimidades y miserias que llevan a un matrimonio al infierno y posterior separación. Pero, tal y como nos advertía la autora en el festival Primera Persona Indoors que tuvo lugar en el CCCB el pasado 30 de mayo, si queremos saber los motivos que llevaron a la separación, ello no es la sustancia de este libro: el libro es un trabajo de escritura, que se adentra en la narración de los despojos del Yo que quedan después de la separación. (De hecho la versión inglesa originaria de 2012 se titula Aftermath, cosa que ya nos indica que se trata de la narración del después de la catástrofe, no de su causa).

En definitiva, si bien resulta deliciosa la prosa enigmática que nos lleva de una reflexión a una imagen y viceversa y que va constituyendo una retórica del dolor y la confusión de la separación, no deja de echarse de menos un mayor ahondamiento en la situación que llevó al matrimonio de Cusck al colapso, puesto que no queda claro si ha tenido algo que ver con el anticonvencional modo de organizarse en familia o no, y ese detalle sí podría resultar relevante en la recepción del discurso del libro. Aunque lo importante sea la escritura, el lector espera una parte de confesión en la escritura autobiográfica para poder empatizar con el personaje y para que el libro constituya un testimonio comunicable de expresión humana. En este caso, esta comunicación se produce de manera harto esquiva, por lo que sentimos que la autora nos regala una pieza de orfebrería literaria, sí, pero sumergida en unas aguas translúcidas en la que no nos es posible vernos reflejados más que a modo de destellos, de fragmentos.

Mejor, entonces, enfrentar la lectura de Despojos a sabiendas de este rasgo: que no nos va a dar pistas claras sobre su proceso de desencuentro, sino que nos van más bien a mostrar los fragmentos del espejo roto, y cómo es de difícil construir una nueva narración sobre uno mismo cuando la anterior ha estallado en mil pedazos. Cómo ser mujer, cómo hacerse mujer, como ser madre sin dejar de ser una misma, cómo tratar de dinamitar los antiguos roles pero sin menospreciar el legado cultural ni el biológico, cómo atreverse a cultivar una identidad nueva, esos son, más allá de la crisis del matrimonio en sí, los grandes temas que subyacen en el texto de Cusk. Y no es poco.

"Mejor vivir una vida compartimentada y desorganizada, mejor sentir la oscura agitación de la creatividad, qu einstalarse en una unidad civilizada y atormentada por el impulso de destrucción".

"Lo que viví como feminismo eran en realidad los valores masculinos que mis padre, entre otras personas, me legaron con buena intención: los valores travestidos de mi padre y los valores antifeministas de mi madre. Por tanto, no soy feminista. Soy una travestida que se odia a sí misma."

"No identifico a esta autoridad como mi marido: la autoridad es el propio matrimonio, y en estos momentos de libertad, tengo la sensación de que a él le amedrenta tanto como a mí, casi llego a pensar que podría reclutarlo para que se sume a la fuga y reencontrarme con él allí, en el no-matrimonio, libres los dos."

"El matrimonio es civilización, y ahora los bárbaros están retozando entre las ruinas".