jueves, 2 de marzo de 2017

Miguel Ángel Hernández: El arte y la vida



Miguel Ángel Hernández | Foto cedida por el autor

Miguel Ángel Hernández constituye una de esas raras, escasas voces que, en cuanto una comienza a seguirlas, aun en la multiplicidad del magma literario, luego no puede dejar de hacerlo. Máxime si su presencia es incuestionable tanto en el panorama narrativo (finalista del premio Herralde 2016) como en las revistas digitales (en la revista eñe va apareciendo su último diario de escritura Aquí y ahora) como en las redes sociales, donde el presente enunciativo de su voz literaria se va gestando y donde, como voyeurs, podemos acompañarle en su aventura artística y literaria.
Pocas voces han aunado de manera tan compacta la indagación literaria con la reflexión sobre la andadura del arte. Ello no es casual, en cuanto concierne a su trayectoria personal; profesor en la Universidad de Murcia, especialista en arte contemporáneo, ha realizado diversas estancias de investigación en Estados Unidos, a la vez que ha escrito teoría y crítica de arte y comisariado numerosas exposiciones. Sin embargo, la manera de hacer del experimento artístico una reflexión absolutamente propia hace de su discurso algo que  no puede dejarnos indiferentes.
Pues la mención al arte no constituye en modo alguno un artificio externo con el que adornar o dar un aliciente más a la lectura, sino que arte y escritura avanzan al unísono hacia un horizonte de exploración de la experiencia humana y su sentido, y el lector no puede más que hacerse partícipe de esta aventura. Que la escritura dé cabida a la reflexión sobre el proceso de escritura de la misma es algo a lo que el lector contemporáneo ya está acostumbrado; ahora bien, en el caso del discurso sobre el arte funciona todavía mejor, porque a través del arte como visión y como interrogación se hace más palpable el proceso de camino hacia el sentido, tanto sensorial como intelectual, y su plasmación verbal final aparece doblemente enriquecida.
En cuanto a las obras de Miguel Ángel Hernández, resulta difícil orientarse en ellas, porque todas hacen relación unas con otras y podemos dudar si lo leído era lo relacionado con una novela u otra o los diarios paralelos de escritura. Las experiencias, como los viajes de estudios a Estados Unidos, sirven como catapultadotas de la imaginación novelística; las trayectorias artísticas que aparecen en las novelas corresponden a otras tantas trayectorias reales (como la de Tatiana Abellán, transmutada en la artista italiana Anna de El instante de peligro o Santiago Sierra, con su émulo Jacobo Montes en Intento de escapada) que también sirven de disparadores de un discurso imaginativo que va más allá de lo académico pero donde se transluce la capacidad de conceptualizar del teórico.
Intento de escapada fue su primera novela (Anagrama, 2013). En esta opera prima ya parecía plantearse la cuestión de la función del arte en la sociedad actual; si el arte contemporáneo puede incidir en la realidad, si una propuesta artística radical supuestamente “comprometida” es una crítica velada a ciertas prácticas sociales o más bien un engranaje más del sistema.


     Dicho cuestionamiento aparecía vehiculado por un lado a través de la mención a la enigmática obra de Jacobo Montes, que se presentaba ya al principio de la novela como un interrogante. Por otro lado, conocíamos a Marcos, joven estudiante, de gran vocación por el arte pero en cuyo circuito no se ha movido todavía, inmerso en su soledad de estudioso y lector infatigable. A través de la influencia de la atractiva profesora Helena, dotada de la experiencia que él desea, y de la órbita del artista Jacobo Montes, Marcos emergerá de su guarida para vivir una suerte de iniciación al mundo del arte contemporáneo en toda su complejidad y sus paradojas.
Así, el lector acompaña a Marcos en su aprendizaje del arte como vivencia, a la zaga de realidades que están a la vista y a la vez se ocultan. Los motivos que funcionarán como detonadores de la experiencia artística serán tanto algunas obras de arte extremas, mostradas por Helena en sus clases (Flannagan el supermasoquista y demás) como algunas realidades de Murcia que Montes invita a Marcos a perseguir, a saber, el submundo de la migración: los locutorios atestados de usuarios, la gasolinera donde se aglutinan a primera hora una retahíla de candidatos a trabajos precarios volátiles, metáforas reales de la dureza de la vida de los inmigrantes, habitantes de las periferias y lados ocultos de las ciudades.
Todo ello provoca en Marcos un gran desconcierto, que le hace vivir la cara y la cruz del mundo del arte. Por un lado, Jacobo Montes descubierto como Arte “social” que hace ver las injusticias a través de situaciones incómodas, y que, de modo muy postmoderno y nada evidente, debe reproducir la injusticia para que sea visible. Por otro lado, el cinismo de los medios artísticos, donde al final el motor de todo ello es el dinero que se puede ganar con las obras, y el dinero que se puede usar para comprar la voluntad de una persona para realizar con ellas lo que uno considere arte.
La dignidad y la indignidad de la persona, la transacción brutal de dinero o de sexo, juegan como elementos estructurales de una novela que planea sobre los límites de lo moralidad y lo inmoralidad, y reabre la vieja cuestión, ¿puede el arte ir más allá de la ética? Esto se plantea doblemente, a través del discurso literario en sí, que constituye la novela, pero también a través de las composiciones artísticas o propuestas globales que en la novela aparecen, que funcionan  como Iconostasis, al modo del arte bizantino: imágenes que mantienen su misterio en la distancia insalvable respecto al espectador.
Intento de escapada, finalmente, compagina a la perfección algunos ingredientes más abtractos propios de la novela filosófica con otros más truculentos, cercanos a la novela negra, que incitan el interés del lector por saber qué sucede al final.
Y, como no podía ser de otro modo, la novela debe acabar con la interrogación pura, con la misma que planteaba la novela, ahora enriquecida por todas las disquisiciones que han atravesado el relato. Ni siquiera sabremos si el personaje crítico con el sistema del arte ha logrado ser consecuente o ha transigido de manera definitiva con él. En una primera instancia parece haberse alejado de Jacobo Montes, después de establecer su propio límite moral respecto al medio artístico. Pero un poco después se nos dice que adquirió una beca de doctorado en Estados Unidos y que comisaria exposiciones, etcétera, así que se ha vuelto una pieza más del engranaje. Además, al final, de manera muy hábil, el paratexto contradice el contenido diegético de la novela, puesto que encontramos una suerte de epílogo donde se nos dice: “Este libro se escribió con motivo de la exposición Intento de escapada: Jacobo Montes y la ética de la distancia…” donde se revela que el autor ha entrado a formar parte del sistema hasta el punto de colaborar con Jacobo Montes de la manera más cínica.
En definitiva, y de manera acorde con el adagio que da título al libro, Intento de escapada, al final ignoramos si se ha producido una escapada o no, tanto la escapada tan deseada de Omar de la trampa conceptual tendida por Jacobo Montes, como la escapada moral de Marcos del montaje del mundo del arte.¿Cuál es el papel del crítico, el teórico del arte como lo es de manera incipiente Marcos?, se dice el lector tras acabar la novela. ¿Solo puede que legitimar de manera indiscriminada las prácticas artísticas más dudosas de la contemporaneidad?
El instante de peligro
Publicada en 2015, presenta un tono muy diferente a la anterior novela. Se trata de un libro elegíaco, crepuscular, y a la vez atravesado de los fogonazos de la pasión que acompañan al renacer. A través de un tono discursivo  continuo todo se mezcla, el presente y el pasado, la escritura y el arte, la ficción y la vida, la amistad y el amor, la ilusión y el desengaño.




El libro parte de un silencio, de un vacío, en material artístico pero también en emoción vital y en ilusión por lo académico. Martín Torres, profesor, investigador de arte y escritor, es invitado a participar en un proyecto artístico en el Clark Art Institute de Willliamstown, donde el mismo Martín había sido becario investigador una década atrás. La artista en cuestión, Anna Morelli, le proponer escribir una historia para dotar de significado a una serie de películas mudas que ha encontrado. Dichas películas exploran con fijeza un mismo lugar en un mismo paisaje, a lo largo de un metraje casi infinito y a través de todas las estaciones del año. En el paisaje, solo hay algo en movimiento: una sombra, una presencia inquietante. Algún artista anónimo ha grabado la fijación de un instante, como han hecho otros artistas del arte contemporáneo. Torres, algo bloqueado, entre los recuerdos de su reciente divorcio y los de otra época mucho más apasionada en ese mismo lugar, primero investiga de manera intelectual, hace acopio de información, saca a la superficie el profesor e investigador que hay en él para hacer suposiciones sobre qué tipo de artista hay bajo esas películas y cuál puede ser el hilo de significado en el que escarbar. Mientras tanto, participa en las reuniones del Clark, en los intercambios intelectuales, y es consciente de su propio vacío, de su escepticismo sobre la vida académica, en contraste con otras épocas donde podía entusiasmarle. Sin embargo, poco a poco irá identificándose con el proceso creativo de la artista Anna Morelli y compartirá con ella la experiencia artística. Al tiempo que descubren la procedencia de las cintas y la existencia real que subyace bajo esas imágenes, el vacío de Anna le atrae, y le hace acercarse al propio vértigo también irremediablemente. Pero dicho vacío solo se podrá colmar o atravesar después de enfrentarse a él de verdad, “hasta quemarse”, no con la cabeza, sino con la emoción, con el recuerdo propio. Así, el protagonista acaba sumergiéndose con todo su ser, con todo su cuerpo en el proyecto, arte, sexo, muerte hechos una amalgama perturbadora, una exploración total donde el cuerpo no puede ser ajeno del proceso del que se deja constancia, como sucedía en Intento de escapada.
Así, el escritor- investigador acaba ahondando en su propia psique sin huir de ella hasta encontrar el centro del propio dolor. Solo entonces lo que la mirada muestra, lo que los recuerdos sugieren, toma cuerpo en forma de sombra, de huella que reclama su lugar. Marcos Torres, una vez está dispuesto a “quemarse” por el arte, pasa de observador a sujeto. Solo así la experiencia artística se transmuta en experiencia transgresora, poderosa. Y del vacío emerge la plenitud del recuerdo, y también la posibilidad de vibrar de nuevo.
“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro.”
Es la cita inicial de Walter Benjamin a la novela, palabras que ejercen de coda de estas páginas.
Y en el fondo de El instante de peligro, viaje para renacer de las propias cenizas a través de “apoderarse del recuerdo” en un momento en que este relampaguea, anida una carta de amor desesperada, aunque a menudo nos haga dudar sobre quién es la destinataria, ya que el amor se presenta como una experiencia compleja y múltiple, y también un homenaje a todos los momentos de la existencia tan intensos como volátiles que aunque desaparecidos, siempre pueden recuperarse a través del arte.
Como en el caso anterior, la novela acaba cuando se anuncia como proyecto de sí misma, en este caso con El libro de Clark que el protagonista va a escribir, culminando así la sensación de autoficción que nos ha acompañado todo el tiempo.
Resulta curioso cómo se engarzan entre sí las dos novelas, Intento de escapada y El instante de peligro, de títulos de algún modo análogos, de sintaxis similar pero que indican de manera opuesta movimientos centrífugos y centríptetos, aunque siguiendo ambas los movimientos de un mismo personaje- estudioso de arte. ¿Hay una intención palpable de confundir al lector en los parámetros entre realidad y ficción, al modo de la órbita de la novela autoficcional, podríamos plantearnos? Aunque el nombre del protagonista no sea Miguel Angel Hernández como el autor sino Marcos Torres, ciertamente aparecen referencias cruzadas en sus dos novelas, donde se persiste en sembrar la confusión entre narrador y escritor, y vemos al narrador de la segunda novela como autor de la primera. Así, en En El instante de peligro se repite la frase “Nadie se folla a las mentes”, y el mismo narrador aclara que eso ya aparecía en su “primera novela”. También encontramos mencionada la relación entre Martín y Helena de la anterior novela, puesto que una alumna del protagonista le susurra al oído que quisiera que alguien la mirara como Martín a Helena. Por otro lado, la migración constituye un campo semántico importante en Intento de escapada, y luego en El instante de peligro se dice que es un estudio que el protagonista dejó sin acabar. (Y fácilmente podemos comprobar en la página Web del autor que en 2011 publicó un ensayo titulado Arte y visibilidad en la cultura migratoria). Dichos indicios siembran el mapa autoficcional de las obras, aunque por otro lado se está subrayando el carácter literario de ambas obras, porque nótese que afirma que dicha frase aparecía en su “primera novela” en vez de afirmar que el personaje haya vivido los hechos correspondientes a la primera novela, por más que estos pudieran relacionarse con la biografía del autor. (Un estudiante de arte, la ciudad de Murcia, un estudio sobre migración, etc.) Los personajes son y no son a la vez el autor, constituyen figuraciones del mismo, otros yo, existencias que parten de ciertas circunstancias compartidas con el autor para acceder más allá, tal y como comenta Pozuelo Yvancos en Figuraciones del yo…, hablando de los personajes de Vila-Matas o de Marías. La novedad de Miguel Hernández es que el yo autoficcional sea un estudioso del arte, cosa que da al discurso literario otra dimensión.
Diario de Ithaca
En paralelo, y si no tuviéramos ya bastante confusión entre autor y narrador, Hernández nos brinda sus diarios de escritura, donde hace referencia también a la situación en la que escribe, sus lecturas, sus encuentros… Aquí el lector puede asomarse intrigado en constatar qué elementos se han transmutado en la novela y cuáles no. Y es que, si bien para un novelista pueda ser irritante la clásica pregunta sobre “qué es real y qué no en tu novela”, porque a ningún mago ni cocinero le gusta revelar sus secretos, y porque toda creación es real y no al unísono, puesto que, como advertía Pitol en El arte de la fuga, el escritor realiza con su propia experiencia una “prótesis múltiple en el interior del relato”, resulta innegable que cierta narrativa que conjuga las referencias reales con la más pura imaginación provoca una tensión en el lector, una pulsión por saber, que le lleva a convertirse en un Voyeur.

Ya sucedía así en Presente continuo el diario de escritura paralelo a la confección de la novela El instante de peligro, definido por el autor como una suerte de making off de su novela. El Diario de Ithaca (Newcastle, 2016) es posterior a dicho momento, y acompaña al autor en su recepción del premio Finalista Anagrama por El instante de peligro así como su traducción al inglés de Intento de escapada, a la vez que nos sumerge en su labor de investigador en el mundo del arte y profesor temporal en la universidad americana. Diario de Ithaca se lee con gran placer por la inmediatez de su estilo presente y por alumbrar un momento especial de cierta consagración en la vida de su autor; aquí podemos observar a Miguel Ángel Hernández en carne y hueso, con sus inseguridades, sus ilusiones, su ironía, sus burlas ante el espejo, si bien recordaremos las palabras de Roland Barthes:
“Toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica.”
Tal y como se indica en el libro, en 2015 el autor realizó una estancia en Ithaca, al norte de NY, en la Universidad de Cornell, para investigar la relación entre arte y temporalidad. Y, en paralelo a la investigación académica, a lo largo del Diario de Ithaca se produce una búsqueda personal de la vivencia sosegada y continua del tiempo, en una utopía de deseos de lectura y escritura constantes. Sin embargo, se concitan diferentes exigencias propias y externas (como dice, es el antibartleby y no sabe nunca decir que no). Así, sus momentos de meditación, escritura y lectura mientras ve nevar y deja que el tiempo pase dócilmente, sus atardeceres de plácida familiaridad y borrachera con sus vecinos Joe y Maria son atravesados de contrapuntos de mil proyectos. La responsabilidad de crear algo para la Society for the Humanities que le ha concedido la beca; la preparación de un seminario que se quiere reflexivo y participativo y las dificultades con el inglés para acceder a sus alumnos; la escritura de prólogos y artículos. Hay cierta angustia por no llegar a todo de manera armoniosa y a la vez una necesidad constante de dejarse arrastrar por innumerables estímulos.
Por otro lado, y a pesar de los pesares, hay cabida en esos días también para innumerables lecturas, de clásicos y contemporáneos, y se mencionan igual a Nabokov que a Vila-Matas o a Menéndez Salmón; también se deja constancia de algunos encuentros envidiables como el que se produce con un intelectual de la talla de Enzo Traverso, que acude a una sesión que protagoniza Hernández como escritor y al que Traverso le acaba haciendo una inocente pregunta propia del lector más humilde: si prefiere escribir por la mañana o por la noche.
Los temas más propiamente literarios son intercalados por las explicaciones más pragmáticas de sus viajes de retorno a España, por familia o por promoción literaria (Murcia, Barcelona, Madrid) así como sus viajes a Nueva York, periplos donde el lector trata de imaginarse constantemente qué supone una vida con ese movimiento incesante, por más que sean requerimientos felices.
Hay también aquí vasos comunicantes constantes con El instante de peligro; el mismo Hernández reconoce que hay un vórtice que le comunica con esta novela, y algunas de las escenas allí pergeñadas acaban haciéndose realidad más tarde. Algunos detalles al respecto puede percibir el lector, como la aparición de personajes reales en ambas obras y la confusión del recuerdo posterior (¿Lo leímos en la novela o el diario? ¿Qué parte era una “confesión” de la realidad y qué parte una posible fantasía?). Así sucede con Mieke Bal: en El instante de peligro ha escrito una recomendación al protagonista; y en el Diario de Ithaca el protagonista está elaborando un prólogo a una obra suya.  (¿O era al revés?) En ambos casos se produce una estancia americana, y el protagonista se encuentra con la exigencia de producir algo concreto que le viene exigido desde fuera, y el deseo de dejarse llevar por las sugestiones imprevistas. En fin, llegará un punto que el lector que haya leído de manera consecutiva la novela y el diario ya no sabrá si lo ha leído en el diario o en la novela y por lo tanto la confusión realidad- ficción será ya impenetrable y definitiva.
Sin embargo la realidad nunca es tan sublime ni tan contrastada como la ficción; al contrario que en caso de la novela, al final de su estancia americana, a Hernández entendemos que le espera una tranquila vida en pareja (con la tal Raquel, que aparecía ya citada en la dedicatoria de Intento de escapada); un trabajo estable en la universidad (como profesor adjunto acreditado)… El mismo autor comenta con sorna que tiene más suerte que el protagonista de El instante de peligro que vuelve de la estancia americana atravesado por el dolor de la pérdida, hueco de amor y también de posición académica y de ilusiones. “Mi historia es menos triste.”, dice.
En Diario de Ithaca hemos asistido a la desacralización del artista-profesor, hecho que lo hace una lectura saludable y optimista más allá de la feria de vanidades; un retrato al vuelo de alguien endiabladamente entusiasmado por sus proyectos y a ratos agobiado y arrepentido; que debe presentar los informes académicos y que nunca sabe cómo hacerlo y se equivoca; alguien que  no calcula bien y debe volar de regreso con un exceso de maletas llenas de libros; alguien que adora a sus amigos aunque el tiempo se le va de las manos por seguirlos a todos; que engorda demasiado con la dieta americana, o que debe recurrir a la masturbación en algunas noches de invierno. La coda “No puedo ser más feliz” se va repitiendo con humor entre la urgencia, la desidia y la ocupación, transportándonos a un estado de ánimo hecho de ilusiones, de aturullamientos, de breves silencios, de autoironía, pero transmitiéndonos siempre un interés contagioso por el arte, y, cómo no, por el transcurrir mismo de la vida.

Este artículo apareció en la Revista de Letras el 16 de febrero de 2017.

domingo, 15 de enero de 2017

Unas cuantas lecturas para el cambio de año

Hace días que pensaba hacer un montón de entradas por cada una de las lecturas que voy realizando y que me resultan interesantes. Pero luego la vida se me lleva, las mañanas con sus trajines y sus paseos, las tardes con sus labores domésticas, sus juegos y sus retos a través de la pantalla, y los intersticios que quedan acaban siendo para nuevas escrituras o lecturas.

Sin embargo, necesito este tiempo de reposo, de recuperar lo leído. Tal vez lo que yo escriba en este blog no interese a nadie, quién soy yo para que lo que yo lea a alguien motive, hay tantas indicaciones de lo que leer, lo que ver, lo que pensar, cuando lo que falta es tiempo para emprender y digerir las propias lecturas y pensamientos.

En fin, sea como fuere, necesito retomar lo leído y darle un lugar, ordenarlo en este espacio tan privado como público. Si alguien quiere tomar esta botella al mar virtual y compartir opiniones o comentarlas, bienvenido sea. Pero la necesidad de hacerlo y ocupar un lugar  habrá sido para mí motivación suficiente. Y decido hacer un "batiburrillo" en esta misma entrada antes que esperar hasta el infinito a tener el tiempo necesario para dedicar una entrada a cada lectura.

  • "Joyce y las gallinas" de Anna Ballbona (Anagrama)
Una propuesta de literatura actual muy interesante, donde el yo narrador oscila entre lo irónico, la más estricta contemporaneidad, y las fuentes de la modernidad más rabiosa (el referente a Joyce y su parodia resulta de lo más atractivo). Al final, la rebelión gallinácea y artística de la protagonista, tan ridícula como sublime, consigue llevarnos a un lugar propio. Y la novela de formación se transforma en una realidad poliédrica tan divertida como sugestiva.
  • "Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño (Anagrama)
El gran clásico contemporáneo de Bolaño todavía no había caído a mis manos, o no había caído en buen momento. Reconozco que tiene su dificultad esta difuminación de caminos, esta novela que comienza al modo clásico en primera persona para relatar una experiencia de aprendizaje en el mundo literario, para luego disiparse en mil documentos por parte de mil personajes vivos en diferentes momentos del siglo XX. No siempre la he leído con el mismo agrado. Pero leer "Los detectives salvajes" me ha hecho recordar cuando yo también fui poeta de veinte años que vagaba a la zaga de ideas, de instantes, y donde la vivencia de la poesía se concretaba en tantos conciliábulos con iguales en las noches de Barcelona. La figura de Cesárea Tinajero, que se evoca con nostalgia e idealismo, la imagen de una gran Madre Poesía que pudiera acogerlos a todos, queda difuminada en el espacio. Y yo me pregunto si es casualidad o no que terminara de leer este libro a la vez que recibí como regalo el libro de poesía "minuscularidades", de Emilia Conejo, nombre de fonética que me sugiere sin remedio el de "Cesárea Tinajero".

  • "Las pequeñas virtudes" de Natalia Ginzburg (Acantilado)
Una prueba viviente de que vale la pena seguir los consejos de libreros y críticos. "Las pequeñas virtudes" es un delicado tesoro. Una escritura sutil, apegada a los detalles, que ilumina con precisión la realidad observada y también las emociones propias y ajenas. Ginzburg nos evoca con igual claridad un amigo desaparecido que la nieve en los zapatos de su antigua localidad. Y además comunica con franqueza extraordinaria los consejos más efectivos que se puede dar a  un padre: que se ocupen de transmitir a sus hijos"las grandes virtudes": la generosidad, la valentía...  no las "pequeñas": el ahorro, la sensatez, el cálculo. Una obra para degustar en tardes de invierno.

  • "Intento de escapada" y "El instante de peligro" de Miguel Ángel Herández (Anagrama)
  • "Diario de Ithaca" de Miguel Ángel Herández (Newcastle ediciones)
Un gran descubrimiento. Una voz contemporánea que aúna de manera magistral el nervio de la ficción con la inteligencia del ensayo. Además, lo original de Hernández es que ofrece el punto de vista del estudioso en arte, por lo que cada obra corresponde a un planteamiento artístico límite y sus consecuencias. En paralelo, sus diarios de escritura consiguen sumergirnos en el deseo de escribir y leer y dejarse inundar por el arte. Otro día hablaré de él con más detenimiento.
 


  • "Kathleen" de Christopher Morley (Periférica) 
Una novela escrita en la época del cine mudo y que sorprende por su agilidad y su humor, al estilo de las comedias de Howard Hawks. El presupuesto es el siguiente: un grupo de amigos, estudiantes de
Oxford, encuentran una carta firmada por una tal Kathleen. Les seduce tanto la voz de esta muchacha, que deciden primero escribir entre todos una novela fabulando sobre ella y el destinatario de su carta. Y después deciden atreverse a conocerla y establecen para ello una suerte de competición para ver quién consigue acercarse más a ella que provocará un sinfín de enredos que nos harán sonreír.,
  • "Las amapolas de Irak", de Brigitte Findakly y Lewis Trondheim (Astiberri)
Escalofriante novela gráfica que nos transporta a las vivencias de la autora en su Irak natal y a las transformaciones vividas a lo largo de las últimas décadas. Irak se perfila como el paraíso perdido y a la vez como el lugar de los claroscuros, las sorpresas no gratas.
La familia que vive entre Irak y París irá observando las transformaciones del país con el paso de los años, pasando por Hussein y por el vendabal del Isis. Una aterradora lección de historia y antropología, desde imágenes y palabras que ilustran más allá de cualquier tópico. Desearemos haber conocido Irak mucho antes, y algún día tener la ocasión de verlo reconstruido.

En paralelo, he releído algunas obras de Enrique Vila-Matas, "Suicidios ejemplares", "El viajero más lento", "Hijos sin hijos", "Lejos de Veracruz" y "Extraña forma de vida", que me recuerdan cómo Vila-Matas fue construyendo su discurso literario en los años noventa a través de la provocación y de la excentricidad. (De esto ya hablaré también con más profundidad en otro lugar.)

Ya se sabe que la lista de libros por leer no se acaba nunca, y además constantemente se añaden a ella nuevas ideas azarosas o caprichosas...
Sin embargo en mi lista de próximas lecturas están:
  • Joan del Muro
  • Marta Orriols
  • Jenn Díaz
  • Elena Ferrante
Y tantos otros que hace tiempo codicio o bien que el viento de lo nuevo me propicia.
No sé vosotros, pero yo, cuando leo algo que me gusta y me dejo mecer por ello, me siento más renovada que saliendo de un balneario o una clase de Pilates.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Elogios al segundo hijo


Del primer hijo se han dicho muchas cosas. Cuando nace el primer hijo es como una epifanía, la visión del mundo se abre como un arco-iris y a la vez se cierra sobre sí misma. Redescubres tu ritmo cotidiano; las calles que rodean tu casa; la intensidad de lo minúsculo; la maravilla de lo que cada día es igual y a la vez diferente; de lo que crece, de lo que mira, de lo que es. No es que dejen de interesarte el resto de cosas, es que cobran una importancia secundaria, como el fondo del cuadro donde el primer plano es otro y ya para siempre; el fondo será más o menos agradable pero sus fluctuaciones ya no podrán arrebatarte el humor que sí tambalea cuando tu hijo está enfermo o cuando dudas de si lo que haces es correcto o cuando tienes un arrebato de agotamiento.

Cuando tienes el segundo, te alertan con los clásicos adagios "No lo vivirás como el primero". "Ahora vas a ver lo que es tener trabajo" y, el peor tópico, "Ahora vas a destronar el primero... se le acabó la buena vida... Ya verás qué difícil manejar los celos." Pero, pese a tantos infernales adagios, similares en siniestro a los que oías cuando esperabas el primero aunque en otra escala ("Ya verás lo que te espera", "Olvídate de pensar nunca más en ti", etcétera) te decides a tener un segundo. Fundamentalmente porque no concibes dejar a tu amado hijo sin paralelo el resto de su vida, sin alguien en quien mirarse, sin alguien con quien aliarse que esté siempre presente. Ahora bien, la gran duda no te la quitas de encima. Me estaré equivocando. Voy a relegar para siempre al mayor a la posición de secundón. Voy a acabar con este maravilloso idilio por una idea preconcebida de lo que es una familia. El primero me salió bueno y el segundo me va a amargar la vida o va a romper el equilibrio de la familia.
Te decides pese a todo. Nace tu hijo y ves a tu primero que va adaptándose a tomar otras posiciones, no siempre a estar enganchado a tu abrazo; ves cómo mira con ternura al bebé, a "su" bebé, o "nuestro" bebé, y que lo va entendiendo como algo que nos pertenece a todos, que todos cuidamos y protegemos. Observas como el amor inmenso que te unía con ese hijo no se difumina, se hace más fuerte y desarrolla otras caras que lo hacen más maduro.
En cuanto al bebé, primero te conformas con ver que "es bueno", no te da demasiada guerra, se adapta pronto a la familia; convive pacíficamente en algún lugar de la casa mientras seguís vuestro ritmo; a veces hasta te olvidas de que está ahí.
Al principio te conformas con comprobar que no se cumplen nunguno de tus peores escenarios: tu familia sigue unida y la vida continúa. El recién nacido no te ha arrebatado a tu hijo, ni tampoco a tu marido; no siempre puedes estar con ellos pero sabes que siguen ahí como rocas inmunes a la corriente.
Luego pasa el tiempo. Cada vez asimilas más que sois cuatro y no tres de manera ya irremisible. Y cuando el pequeño empieza a hablar, a moverse, a mostrar su personalidad, poco a poco te vas haciendo consciente de que tu hijo pequeño no te ha quitado nada absolutamente (más  allá de unas horas menos de sueño para lo que ya estabas concienciado.) sino que te ha dado, que os ha dado a todos.
Su manera de decirte estoy aquí ha logrado que aprendas a ser más consciente de todo tu entorno y puedas multiplicar tu atención. Tu capacidad de dispersión concentrada aumentará hasta niveles impensables, y podrás aplicarla a cualquier otra situación, hasta a tus hobbies y tu trabajo. Sus pequeñas travesuras introducen una nota de humor constante a la familia, y el simple recordar su rostro te hará sonreír siempre. Su presencia hace al mayor más generoso, al padre más atento, a la madre más flexible.
El hermano pequeño sabe esperar su turno. Sabe observar bien a su familia, imitarlos en lo que le parece interesante, burlarse de sus seriedades absurdas. Ese bebé nos acompaña a todas partes; nos recuerda que somos frágiles, con sus ojos da continuidad a la aventura para que se sigan abriendo cada día puertas a lo nuevo.
El pequeño tiene claro lo que es importante y lo que no, y te lo enseña. Da igual a qué hora comamos o durmamos o si tenemos más o menos artilugios de los que recomiendan para cada edad o si visitamos más o menos sitios nuevos. La vida pasa rápida como un vendabal, muchas cosas se olvidan y no hay tiempo de grandes trascendencias en la observación del bebé, ni siquiera planear demasiado cómo querrás cuidarlo, a qué querrás jugar. Él sabrá indicaros a qué jugar, cómo querrá que le cuidéis. Él sabrá sacar provecho a cada situación. Y manifestar su alegría cuando estáis todos juntos y en casa. Porque él sabe lo que todos habéis aprendido con él:  que lo importante, lo único verdaderamente importante es estar juntos, y vivir y disfrutarlo.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Narrativas viejísimas




He tenido la suerte de participar en este libro de relatos, que gira en torno al tema de la mayoría de edad. A raíz del decimoctavo aniversario de la editorial Reservoir Books, nos pedían que escribiéramos sobre el paso de la adolescencia a la edad adulta. Aceptamos el reto, entre el vértigo y el apremio. Cada uno (sin saber ni quiénes eran los "otros") enfocó el tema según su óptica y su estilo particular. Y no ha sido sino hasta ahora que hemos tenido la ocasión de leer el conjunto de relatos en torno a los cuales se ubica el propio. Ha sido una experiencia fascinante. La verdad que entre todos se abre un mapa caleidoscópico que concentra las posibles vivencias que caben en la adolescencia y en la manera de verla o vivirla desde una cierta distancia temporal. Me ha hecho especial ilusión leer tantos tonos y registros diversos del mío y que entre todos formemos una suerte de totalidad.
Me gustaría transmitiros una brizna de las visiones diversas que aguardan en este libro, sin otra pretensión que ser una invitación a la lectura, que creo muy recomendable, y no lo digo por afán de dar a conocer mi modesto relato, sino por todas las gratas sorpresas que he hallado. Los comento en orden en que aparecen, orden que me parece un gran acierto, y en grupos de tres, ya que me plantean ciertas afinidades estos tres bloques.
Los tres primeros relatos son tan concretos como evocadores, desde una primera persona que parece hacernos navegar en la órbita de la autoficción. Para algunos la adolescencia supone un espacio donde gobiernan otras reglas, una comunidad secreta, como vemos en el  relato de Ana Llurba, "La vida eterna", un espacio transido de transgresión y complicidades que se sostienen al filo del abismo entre dos chicas. Bea Barco enfoca la adolescencia desde la memoria familiar y el diálogo intergeneracional. "Lo que sé de Antonio Martín", personaje oculto en los meandros del pasado de la abuela, nos brinda un intenso y lírico relato que nos traerá al palador el sabor agridulce de los secretos de familia. "Mala Straná", por otro lado, de Carlos Robles Lucena, a través de una misteriosa carta nos sumerge en una atmósfera fantasmagórica donde amor, muerte, aventura van a la zaga por las calles de Praga; una zozobra que nos acompaña a lo largo del relato y que no nos abandonará hasta el final, donde al fin entendermos.
El siguiente grupo de tres tienen en común una suerte de inmediatez, de redondez en su planteamiento. No todos están escritos en presente pero sí plantean existencias muy definidas. Franco Chiaravalloti trenza un feroz retrato de una joven  zaragozana que se construye a sí misma por las inhóspitas calles y trabajos precarios de la capital inglesa. "Mancha" dibuja con acierto el paralelismo entre la geografía de la ciudad y el alma de la protagonista. Lolita Copacabana, en "Hasta que se enfríen un poco las cosas", plantea una adolescencia desde el presente asfixiante de una postura acomodada y frívola, a lo Breat Easton Ellis,  y hace de su personaje una voz provocadora  en su afán de disfrutar a costa de todo y a caballo entre la indiferencia y la madurez. Pía Sommer en "Todos contra el muro o volver a los diecisiete" da otro cariz al asunto, y, desde un sugerente diario de viaje, nos propone el afán de viaje como aventura vital y política solo apta para un momento de la vida donde las ilusiones y fuerzas son propicias.
Los tres últimos textos plantean relatos donde hay varios tiempos o varios niveles narrativos. Así, el de Jorge Benítez "Segunda temporada en el infierno" supone una divertísima indagación sobre la adolescencia de Rimbaud, e incluye también una divagación sobre quién o cómo podría ser un Rimbaud hoy en Barcelona. De mi relato "No quería dormir" no hablaré mucho pero sí avanzo que constituye una reflexión sobre la adolescencia vista desde el presente de la maternidad y como un vaivén de tiempos y de emociones. Para acabar, Fede Durán trenza una original fábula, "Todos los árboles del mundo", sobre la búsqueda de la madurez desde la postura excéntrica de un joven judío que tiene el don de convertir en realidad todo lo que dibuja.

En fin, en "Nueve relatos viejísimos sobre la mayoría de edad" podréis viajar al planeta de la adolescencia a través de evocaciones que os resulten muy cercanas y lejanas a la vez. Buen viaje.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Narrativas indómitas





Más allá del feminismo

TORBORG NEDREASS Y EDNA O'BRIEN: Narrativas indómitas


Edna O'Brien

Errata Naturae continúa en su empeño de rescatar imprescindibles voces femeninas contemporáneas. Esta vez se trata de la noruega Torborg Nedreass y la irlandesa Edna O'Brien: lecturas compulsivas que nos arrastrarán por los terrenos tumultuosos de la condición femenina y de la sociedad moderna, erigiéndose en un grito contra la desigualdad y la violencia estructural. Quien busque lecturas complacientes y sosegadoras, que no emprenda la lectura de “Nada crece a la luz de la luna” ni de las “Las sillitas rojas”.
“Nada crece a la luz de la luna” es una historia de pasión, dolor y feminismo avant-la-lettre,  a través de una prosa tan delicada como espeluznante, que avanza a modo de confesión, alternando el punto de vista del hombre-testigo y la mujer protagonista. Un hombre encuentra a una mujer en la fría noche de una estación de tren. Esta misteriosa mujer, de actitud oscilante entre el retraimiento y el abandono, se muestra receptiva al desconocido; la noche se hace larga y compartida y entre alcohol y cigarrillos la mujer ofrece su desgarrada historia, que le ha llevado de su pasión e inocencia juveniles al actual deterioro físico y desmoronamiento de ilusiones. En la Noruega de mitad de siglo XX, en un entorno muy convencional y opresivo, la mujer ha tratado de ser consecuente con sus sentimientos, hacia un hombre que bien la ama, bien la desprecia; la historia nos sumerge en unas espirales cada vez más brutales de amor y destrucción, que va haciendo mella en el alma y también en el cuerpo de la mujer, mientras nos muestra las rabiosas desigualdades que la rodean y hacia las que se ve impotente. La novela atrapa por la historia que explica y sobre todo por el modo con que lo hace, alternando lo explícito y la alusión, la voz de la emoción vivida y la visión externa de un ser que se nos escapa de las manos.
Las sillitas rojas”,  se trata de la reciente novela de Edna O'Brien, desconcertante y de gran potencia simbólica. Su inicio nos recuerda a los ambientes descritos en sus primeras novelas: una Irlanda bucólica que subraya la belleza y lo fiero del paisaje, marco de una sociedad dominada por la convención y los prejuicios. Allí aparece un ser enigmático, un curandero de aspecto mesiánico que va a provocar interés e inestabilidad en el pueblo.  En algún momento podemos preguntarnos a dónde va a llevarnos esa exaltación  del extranjero y la descripción de los estragos que hace en las mujeres, y vamos a temer si la novela no va a estancarse en un tópico. Pero ya algunas señales indican que van a desbordarse los cánones de la narrativa pintoresca: la descripción del cúmulo de inmigrantes que residen en Irlanda, su multiplicidad de voces e historias;  la pluralidad de puntos de vista, conjugados con gran maestría para alternar el conocimiento y desconocimiento; la inmersión brusca en los sueños del 'curandero' que nos hacen intuir los horizontes por donde se mueve el personaje. Y repentinamente el horror más absoluto hace su aparición. Y el contraste con la novela idílica anterior lo hace mucho más impactante. La violencia infringida a la mujer y descrita minuciosamente es un eco de la violencia infringida a los pueblos, a las naciones. De golpe ya no se trata de la novela sobre un pueblo irlandés y de los afanes de sus habitantes. Se trata del éxodo de una mujer, Fidelma; y a la vez del éxodo del pueblo Bosnio en su conjunto. Y de tantos éxodos. En un Londres cosmopolita y de gran dureza se encontrarán los abandonados del mundo, mujeres africanas que sufrieron ablaciones y no quieren volver a su país, refugiados de los Balcanes que no pueden alejar de su mente las atrocidades vividas. Fildelma, en su periplo, pasa también por un sufrimiento personal arrasador mientras aprende el sentido de la solidaridad por todos los humillados. La autora nos transmite la fiereza de la condición femenina, su energía indómita para sobrevivir más allá del sufrimiento, mientras nos indica algunos caminos en los que anida la esperanza de la humanidad.

Esta reseña se publicó en el Heraldo el 10/11/2016

martes, 1 de noviembre de 2016

La educación por venir (Botella al mar... II)

Os debía todavía la segunda parte de mis palabras sobre la educación pública, a raíz de la lectura sobre el caso finlandés.
Y os lo envío hoy guiada por las palabras sabias de Nataliza Ginzburg: 

"Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber." (Natalia Ginzburg, "Las pequeñas virtudes". Acantilado.)

Esta frase pronunciada hace cincuenta años resulta aún de gran validez y alumbra a mi modo de entender los caminos por los que ha de transitar la escuela del futuro. Una escuela guiada no por el faro de las pequeñas virtudes, al modo de Ginzburg (ahorro, prudencia, orden, etc), que en realidad constituyen un marco dentro de la zona de confort, que moldea a los hijos para que se adapten al sistema reinante lo mejor posible, sino una escuela cuyo objetivo final sean los grandes valores, a saber: la generosidad, el empuje, el deseo de saber, la curiosidad, el amor a la vida y a las personas y a la propia voluntad, el deseo de dedicarse con pasión a la vocación sin perder nunca de vista al otro.

Pero una educación con tan vasto horizonte es compleja. Necesitamos que la sociedad entera se implique en ello. De hecho ya no hablamos solo de la escuela propiamente sino de la sociedad entera como portadora de unos valores. Para ello, no valen los antiguos paradigmas, pero tampoco hace falta dinamitar todo cuanto existe y desear a ciegas copiar otros modelos, como si en alguno de ellos se hallara la verdad. La única verdad es que la sociedad entera debe volcarse al deseo de educar a las nuevas generaciones.

Como explica Melgarejo en "Gracias, Finlandia", cada modelo de escuela corresponde a un modelo de valores no dicho; por ejemplo, el caso finlandés está orquestado en torno a valores como la equidad, la eficiencia, la responsabilidad, que son valores en auge en Finlandia; en España los valores ocultos serían la libertad y la igualdad, valores muy necesarios del postfranquismo pero que quizás ahora necesitan una actualización para que la educación resultante promueva realmente esa libertad y esa igualdad y no de manera superficial.
Según los modelos reinantes y las acciones políticas que se emprenden, el sistema educativo puede evolucionar hacia diversos escenarios: la escuela como una carga de burocracia (que viene a ser lo sucedido aquí con los constantes cambios de currículum), la escuela como ampliación de modelo de mercado (que es a donde peligra también con el auge del modelo de la escuela concertada y la ilusión de la familia que puede 'elegir' el 'mejor' centro para sus hijos); dichos modelos pueden acabar conduciendo a la desintegración de la escuela como motor de la sociedad, y hasta la institución de una "sociedad en red"

En cambio el único modelo que tiene sentido ahora es el propiciado en Finlandia, el de la escuela como "comunidad de aprendizaje" como núcleo gordiano en torno al cual se articula la comunidad entera. Independientemente de las diferencias culturales, ese es un horizonte al cual sí podemos aspirar. 
En este sentido, muchos actores deberían emprender sus cartas en el asunto. ¿No podrían las televisiones de aquí programar las emisiones sin traducir, con subtítulos, como se hace en Finlandia, para garantizar el máximo conocimiento de idiomas en la población de modo inmediato? ¿No podrían las bibliotecas ser todas de libre acceso para la población, para incentivar la lectura como bien al alcance de todos sin traba alguna?

¿Y los gobernantes? ¿No podrían emprender decisiones más cerca de los ciudadanos? ¿Consensuar una enseñanza entendida como bien público y orientada en el corazón de la comunidad? ¿Propiciar una equidad de verdad, sin multiplicar recursos, implementando la calidad de la base educativa así como promoviendo el prestigio del sistema educativo y del conocimiento mismo? -Puesto que si mejoramos la base e integramos, ahorraremos en recursos para 'atrapar' a los rezagados, a los repetidores. (Recordemos que en Finlandia no hay repetidores y el 84% de alumnos con necesidades especiales se integran en aulas normales.)-

En cuanto al profesorado, ¿no podría optimizarse el mismo y promover su excelencia si se tomaran otras medidas? Menos burocracia a exigirles, menos exámenes y controles y más preparación emocional y rigor. Promover la idea de que ser profesor es un honor por atender a una clientela tan exquisita; que un profesor debe ser siempre un investigador, no un funcionario obediente que repite sin cuestionar las directrices que le vinenen impuestas.
Resulta curioso que en Finlandia no exista la función del inspector, pues no se necesita. La enseñanza está descentralizada para que se adapte al máximo a las situaciones específicas. El curriculum es una suerte de "folleto de consulta" muy general que no limita, que sirve solo de referencia que cada profesor y centro puede aplicar según sus necesidades.La escuela tiene una relación más directa con la comunidad: dependen de municipios, los directores son elegidos por consejos municipales, y los profesores por los directores.). Así la función directiva -que tanto aterra a veces en España- puede al contrario tener sentido, si esas personas son apoyadas y validadas por la misma comunidad.

¿Y las familias? Tampoco las familias pueden quedar ilesas en esta subversión de los paradigmas por nuestras lares. Ya basta de igualdad aparente, "de boquilla". En España, la familia todavía no ha superado el modelo patriarcal. ¿Cuántas familias conocemos aún donde el peso de la organización de la casa y de los hijos es llevado por la madre? El equilibrio en una familia ha de pasar por el cedazo de la corresponsabilidad, donde ambos progenitores se impliquen por igual en el desarrollo de sus hijos, donde se busque siempre la compatibilidad entre las inclinaciones individuales (sean laborales, artísticas, deportivas...) y la responsabilidad doméstica y de cuidados. Si no, ¿qué modelo estamos dando a nuestros hijos? Si los queremos libres para que se realicen y al tiempo queremos que aprendan la responsabilidad, no pueden sino aprehenderlo de los propios padres. Sí, se me dirá, la teoría es muy bonita pero la realidad es diferente; los empleadores son diferentes, las empresas retienen a sus trabajadores hasta las 19 de la tarde y les trae sin cuidado la conciliación. Bueno, sucede todavía. Pero si no tenemos claro que eso no debería ser normal, si no seguimos buscando y exigiendo no conseguiremos dejar eso atrás.

¿Y la sociedad entera? ¿Qué papel juega en todo ello? También se podría argüir que no somos especialmente una "sociedad del conocimiento", aunque sí ha ido aumentando en los últimos años la idea de que el aprendizaje se produce durante toda la vida, también en la vida adulta. Está comprobado en el caso finlandés que a medida que la sociedad adulta se ve motivada a su desarrollo continuo, la estela del conocimiento amplía su capacidad de impregnación en todas las edades, el conocimiento dejando así de ser una tediosa obligación que por fortuna acaba en unos años sino constituyendo un principio deseable sobre el que se asienta la sociedad entera.
(Finlandia detenta el mayor porcentaje de adultos en formación continiuada, en un 56% y ha visto aumentar sus procesos I + D investigacioń y desarrollo los últimos años) .

En resumen, el ejemplo finlandés nos muestra que los engranajes familiar, sociocultural, escolar no pueden ir cada uno por una vía: tienen que ir todos a una y promover los mismos valores para que la ecuación funcione.

Por último, me digo yo tras leer a Melgarejo, ¿qué podemos hacer para favorecer el advenimiento de la educación que queremos, nosotros, padres noveles entusiasmados por nuestros hijos?

Primero, entender que la inversión en hijos y en educación es la mayor riqueza a la que podemos aspirar... Por ello, deberíamos intentar dentro de nuestras posibilidades dedicar tiempo a los hijos, no delegar, acompañar cuanto podamos sus salidas y entradas del cole, sus preguntas, sus reflexiones del día a día, sus momentos donde el juego lo es todo y no tiene límites; leer y aprender a su lado; priorizar compartir con ellos, delegar preferentemente otras cuestiones que no exijan lo mejor de nosotros.

En cuanto a la conciliación profesional, confiar por un lado en que el estado se ocupe menos de reformar leyes educativas y más en repensar la base humana y de tiempo sin la cual la educación de calidad no es posible. Emprender la lucha laboral activa si es necesario. Participar en la formación continua de la sociedad. Plantearse las jornadas intensivas tanto en trabajos como en colegios para que quede una parte del día abierta al descubrimiento del mundo en familia, que no sea el día a día una carrera contra reloj, cada miembro de la familia por caminos diversos hasta el encuentro en el agotamiento final, donde la receptividad mutua es imposible. 

Y sobre todo, creo yo, está en nuestras manos pensar que es posible. Participar de la belleza de aprender. Podemos vivirlo en nosotros mismos y transmitirlo. Compartir con ilusión las vivencias de nuestros hijos en el cole en conversaciones interminables. Ver el maestro como nuestro aliado;  interesarnos por todo, lo que nos gusta, lo que nos disgusta, con la sonrisa del que confía, del que espera que lo que ya está bien se seguirá haciendo bien, que lo que no está bien se hará cada día mejor. El poder de la emoción transmitida es fuerte. ¿Tal vez nuestra benevolencia hacia el maestro le dará alas?

En fin, si queremos participar en el advenimiento de la educación que deseamos, cabe recordar que el microclima de la escuela es el eco del anfiteatro del mundo, y esa es la dificultad y la gracia de la escuela pública. Dejémonos de aspirar a ideales: las sombras que hallaremos en las aulas son ecos de las sombras que hallarán nuestros hijos en el mundo; la divergencia un reflejo de la variedad de perfiles y opiniones que encontrarán en el camino. Toda la variedad del mundo cabe en una aula. Y si queremos que eso sea un motor positivo de crecimiento, la tolerancia  y la apertura es lo que debemos inculcar en nuestros hijos, para que todas las posturas, todas las personalidades y juegos quepan en su corazón. Para que ese mini escenario actúe en pro de la inserción de todos en una comunidad de apoyo y participación mutua. Para que el día de mañana ese mismo esquema de multiplicidad y ductilidad les acompañe y les haga seres generosos, múltiples, fluidos. Y nosotros habremos aprendido también lo que nos faltaba durante el trecho del camino que les hayamos acompañado.

viernes, 7 de octubre de 2016

Botella al mar en favor de la educación pública (1)

 


Acabo de leer el libro "Gracias, Finlandia", de Xavier Melgarejo. Y me ha encantado tener la sensación de percibir una brizna de claridad por entre las ideas comunes. Creo que informarnos un poco más de las luces y sombras de la educación aquí y en otros países nos puede ayudar a enfrentar el siglo XXI con mayor optimismo, o realismo, o más bien una esperanza realista.

Xavier Melgarejo ha dedicado un decenio de su vida a estudiar el sistema educativo finlandés en comparación al español, y ha hecho su tesis doctoral sobre ello. Así que no nos habla de oídas cuando se dedica a analizar las peculiaridades del sistema finlandés, buscando en ello cuál es el "hecho diferencial" que provoca un éxito rotundo cualitativo y cuantitativo en sus resultados, y tratando de perfilar si alguno de esos rasgos serían exportables a España.

Durante el trayecto del libro (lectura que os recomiendo, por fructífera a la par que amena, la leeréis en unas pocas sentadas), varios procesos mentales se han desencadenado en mí, que quería compartir con vosotros.
(Esto no es un resumen exhaustivo del libro, son algunas ideas que he retenido de su lectura que me han parecido especialmente interesantes.)

Contra los tópicos

Las informaciones de Melgarejo nos aportan datos muy útiles para escapar de los tópicos que hacen mella en nuestra visión del sistema educativo español. Estas son algunas de las ideas que deconstruye:

- La educación aquí es mala porque no se tiene buena metodología

Melgarejo insinúa que eso no es cierto en líneas generales. España tiene buenos profesionales y programas; si a veces el conjunto fracasa no se debe tanto a ello sino a las dificultades organizativas: ratio alta, escasez de recursos, escasez de medios de atención a la diversidad, poca ayuda a las familias...

- Los resultados lectores son un desastre.

Ha corrido mucha tinta sobre ello, debido a los famosos informes internacionales PISA de comprensión lectora. En ellos se observa que hay un gran número de alumnos que no alcanzan las competencias mínimas, y los resultados distan mucho de los excelentes de Finlandia. Sin embargo, no son resultados desastrosos, y de hecho la media se sitúa a un nivel similar al de otros países nórdicos con buenos sistemas educativos, como Noruega, Suecia, Dinamarca. Teniendo en cuenta que la inversión en educación es mucho menor en España, nuestra situación podría interpretarse hasta admirable.
"Podemos llegar  a la conclusión de que los resultados españoles relativamente positivos se pueden atribuir al sistema escolar, mientras que el número de alumnos españoles que no superan la enseñanza obligatoria (nuestro llamado 'fracaso escolar') debe de estar relacionado con las tasas muy bajas en las variables de Estado del bienestar, sanidad, PIB de inversión en educación."

El problema aquí sería más bien el de la poca excelencia, puesto que los resultados de nivel más alto lector son escasos en comparación a otros países, y también el de la no existencia de una masa compacta de ciudadano crítico y lector, en la línea del "aprendizaje para la vida". Según datos de 2009, el porcentaje de personas que no siguen los estudios después de los obligatorios en España es del 31%, frente al 9% finlandés o el 14% de media europea. No resultará casual que también en Finlandia se produce el porcentaje mayor de adultos que siguen en formación permanente (más del 50%).

- Los profesores y alumnos aquí son vagos

La idea del "carácter latino" o "clima mediterráneo" para justificar un nivel de implicación en los estudios menor al de otros países no tiene fundamento científico. Lo que definitivamente puede afectar al rendimiento escolar son unos horarios excesivos y una excesiva permanencia del niño en el aula desde los 3 años. (En Finlandia la escuela empieza a los 7 años, y las clases son de 45 minuto y dejan suficiente tiempo libre al niño por las tardes.)
La ecuación aquí está mal entendida: no se trataría de a menor rendimiento, más permanencia en el aula sino lo contrario: cuanto más se optimizan las horas de aula más serenidad y salud en el niño para equilibrar las horas de su día en relación a su vida familiar, social, etc.
(¿Por qué será que aquí tan a menudo se quiere "cansar" a los niños?, me pregunto yo.  ¿Realmente a los padres les resulta satisfactoria la fórmula cole-extraescolares-parque-baño-cena-dormir? ¿Y el tiempo para disfrutar y aprender juntos de todo lo que ofrece el día a día?)
No, los profesores y alumnos no son vagos. Trabajan muchas horas. Pero acaban agotados con los horarios y ritmos aquí predominantes, y eso hará que no siempre estén tan receptivos al aprendizaje.

- Aquí escasea la vocación docente

No escasea la vocación docente, puesto que las facultades de Magisterio andan llenas de candidatos. Lo que cojea es la gestión de la administración de dichas vocaciones. Puesto que hay tantas plazas de Magisterio y la nota de corte siempre es baja, acaban en las aulas de formación de maestros una gran parte de la población que no tenía vocación para ello, de modo que después el porcentaje de abandono, según examina Melgarejo, es de aproximadamente el 50%.
¿No sería más conveniente adoptar el ejemplo finlandés y ejercer la selección docente no después del proceso (con las temidas oposiciones) sino antes, ejerciendo un fuerte filtro -de conocimientos, pero sobre todo de aptitudes sociales y emocionales- para aquellos que deseen dedicarse a la docencia? De este modo se ahorra en recursos y solo pueden acceder unos pocos a la docencia; pero la vocación y competencia de esos pocos está asegurada; y la administración además con el ahorro de plazas sobrantes podrá dedicar más recursos a ellos, como sucede en el excelente plan de formación del profesorado finlandés (grupos reducidos, prácticas en centros de excelencia, profesorado muy selecto, trabajo artístico, de crítica e investigación...).

- Las escuelas españolas no saben educar para la vida

Según algunas encuestas que transmite Melgarejo, un 55% de padres finlandeses consideran que la educación de sus hijos es su responsabilidad mientras que en el caso de los españoles se trata del 15% únicamente. Mientras sigamos con esa expectativa, estamos depositando en los hombros de la escuela un peso excesivo que, teniendo en cuenta las limitaciones actuales, es insostenible.

En realidad, olvidamos que objetivamente un niño pasa más tiempo fuera del cole que en su cole. Melgarejo nos transmite unas estadísticas recientes realizadas en Catalunya donde se puede observar que la cantidad de horas pasadas por un alumno en Catalunya de media viendo la tele (cerca de 1000) son ligeramente superiores a la media de horas pasadas en la escuela. ¿Tanto nos preocupa el contenido de la escuela y tan poco medir la calidad del tiempo pasado en casa o de los contenidos mediante los cuales la tele los educa? Y es que en realidad, argumenta Melgarejo, teniendo en cuenta los días festivos, las tardes y todas las vacaciones, un niño acaba pasando sustancialmente más horas en su casa (o fuera del cole) que en el cole, un 80% aproximadamente de su tiempo anual, que, si descontamos las horas de sueño, se mantiene en cualquier caso superior al 50%.
Por otro lado, si tenemos en cuenta que los alumnos finlandeses no se escolarizan sino hasta los 7 años y a los 9 ya encabezan los resultados en comprensión lectora, ¿no será que las horas de dedicación familiar hacen en ellos más mella que la escolarización? ¿No deberemos hacer un esfuerzo en educarles con el ejemplo, crear un clima lector en casa en vez de exigir que sea el profesor quien le inculque el hábito?

En suma, ¿a quién no le preocupa que su hijo sea feliz? Ahora bien, ¿ha de ser responsabilidad de la escuela dicho balance existencial? Me temo que a menudo olvidamos que la principal responsabilidad sobre la educación del hijo es de los padres, no de la escuela. De los padres depende su educación en valores, su sensibilidad, su solidaridad, su curiosidad por el saber, su capacidad de compartir con otros, en resumen, el disfrute y felicidad. La escuela es un sistema formal que asegura que los niños en el futuro tengan unos mínimos conocimientos y que aprendan a vivir en una micro sociedad estructurada. Que los eduquen en valores y que potencien el disfrute es un obvio avance de la pedagogía moderna. Ahora bien, no nos confundamos. Esa misión es fundamentalmente nuestra. Si la escuela lo refuerza, miel sobre hojuelas.

- Aquí hay pocos recursos  para emprender cambios.

En el análisis de los Informes PISA Melgarejo ha demostrado que la renta de un país no es proporcional a rendimiento escolar. (Noruega, Dinamarca y Suecia poseen una renta superior a Finlandia y resultados inferiores.) La renta puede ser una variable a favor o en contra pero todo depende de cómo se optimicen los recursos.

Que la escasez de recursos sea la causa básica del fracaso escolar español es otro tópico a desmentir. En España se han producido terribles recortes en educación, está claro. Ahora bien, recursos hay. La pregunta es en qué se gastan. Y se están gastando en cambiar constantemente las leyes educativas. (Finlandia demostró hace tiempo que es mejor tener una ley estable y lo bastante amplia y flexible para adaptarse constantemente a la diversidad.) Se gastan en mantener al alumno como sea en el sistema educativo, a través de repeticiones, refuerzos, desdoblamientos. Es decir, se intenta curar el fracaso escolar con parches muy costosos; cuando ese fracaso, como sucede también en sanidad, debe 'curarse' desde la misma base, desde la concepción misma de la educación.
En Finlandia los alumnos no repiten más que en un porcentaje muy mínimo. (Menos del 0,4% aproximadamente del alumnado.) La UNESCO ya alertado que los alumnos con una edad superior en una aula presentan más dificultades. No hay apenas fracaso escolar, en el sentido de que más del 90% de la población acaba la enseñanza obligatoria. Para que todo ello se produzca, habrá que invertir en recursos que reinventen la base educativa, que den empuje a la población estudiantil, no simplemente vayan cosiendo tiritas caritativamente a aquella parte del sistema que se descompone.
Para empezar, habría que publicitarse el coste de un alumno en nuestro país para que puedan calcularse mejor las medidas y la inversión que suponen. 

- Los directores tienen que ser uno más, el poder debe estar repartido entre el profesorado.
Aquí hay mucho miedo a la función directiva en un centro, tal vez a causa de la herencia franquista o a la ansiedad por mantener un ideal de libertad. Se quieren escuelas no directivas. Se dice  que alguien es un "tirano" cuando ejerce su mandato. No nos confundamos: una cosa es mandar por mandar, por ejercer el poder, o el funcionario que solo desea ganar "puntos" para poder abandonar ese destino no deseado cuanto antes; si aquí los directores a veces no ejercen su magisterio con magnetismo, tal vez será una rémora del antiguo sistema funcionarial.
Pero ello no es óbice para razonar que hace falta un liderazgo potente en todo centro educativo... y si en Finlandia ha funcionado que los directores tengan una función y formación específica, y sean elegidos por los consejos municipales, y que ellos a su vez puedan elegir directamente a los profesores, ¿por qué no?


- No hay que exigir a los alumnos conocimientos.

De acuerdo en que la memorística tradicional no es aquello que más convenga al desarrollo del espíritu crítico... y que no hace falta aprender tablas de reyes visigodos. Sí, la enseñanza futura, como ya se demostró con la implantación del constructivismo como filosofía de enseñanza, debe de estar basada en la construcción del saber por parte del alumno y en la adquisición de competencias que les sirvan para la vida... Ahora bien, ¿por ello hay que desdeñar el saber, el aprendizaje de contenidos? Trabajar por proyectos, aunque un horizonte deseable y alentado por la nueva pedagogía, no debe erigirse en el único bastión escolar, pues debe primar por encima de todo la reverencia por el saber.
Así, en Finlandia, fuente de inspiración para la Escuela 21, ha asumido el modelo constructivista y el incentivo del espíritu crítico e investigador por parte del alumno, pero siempre desde el reconocimiento de la excelencia y desde una auténtica vocación de aprender. A los maestros también se les exige una gran cantidad de conocimientos de todo tipo, científicos, lingüísticos, tecnológicos, sociales... En fin, que el desear una escuela con otra metodología a aquella que usaron con nosotros no quiere decir que tengamos que huir de todo lo relacionado con los conceptos, ni que haya que desdeñar la transmisión de los mismos siempre que sea necesario. ¿O queremos futuros ciudadanos presentistas, sin ninguna noción histórica ni conocimiento estructurado del mundo? 


- Es imposible aquí ningún cambio... es demasiado complicado.

Finlandia no siempre ha tenido este modelo educativo. Sí se procedía de una tradición luterana donde se valora y potencia la lectura personal y la responsabilidad individual. Ahora bien, el sistema educativo como se conoce ahora procede de la década de 1970. Tras una profunda crisis social, política y económica, en Finlandia se realizó un amplio análisis hasta proponerse un gran cambio en la educación como estrategia política centrada en acciones concretas. Los objetivos eran dos:  potenciar la lengua y la educación como cohesión social, y conseguir liderar sociedad del conocimiento sin renunciar al bienestar, potenciando la equidad y la calidad.
En la gran reforma, el eje central la ocuparía la formación del profesorado, que pasaría a ser la más exigente y exquisita de Europa. Y ello pronto tendría una repercusión directa en la enseñanza y también en la valoración social del profesor, lo que redundaría en una mayor sincronía entre sociedad, familia y escuela en favor de la educación.

Si en Finlandia se logró un viraje radical y, tras una reforma profunda, pudieron verse los resultados en veinte años, aquí no sería imposible emprender algún tipo de reestructuración profunda. Pero hace falta mucha voluntad política y también un gran tesón hasta observar los resultados fruto de los cambios.

Quería hablar ahora de los caminos de excelencia que podrían apuntarse basándonos en el ejemplo finlandés... pero este post me ha quedado ya demasiado largo.

Continuará.