viernes, 6 de noviembre de 2015

Un cataclismo agridulce: narrativas sobre hijos



            



"El cielo oblicuo", de Belén García Abia y "Cosas de niños", de David Wagner, narrativas fragmentarias en torno al tema de los hijos.

Es sabido que los hijos cambian las percepciones de la vida; las reinauguran con mayor nitidez y también reinstauran toda una retahíla de recuerdos y proyecciones; cataclismo que puede proceder también de su mera representación, su deseo y su ausencia. Es por eso que "El cielo oblicuo" y "Cosas de niños" resultan a la vez paralelos y disímiles. Ambos se dibujan como constelaciones de múltiples sentidos, pero su tonalidad diverge.
En "El cielo oblicuo" se habla desde la corporalidad, ahondando en la naturaleza de mujer, la que no puede tener hijos, o la  que le pesa el mundo. Se lee como un poema en varias estrofas, en torno a la conciencia de la esterilidad, pero también la relación entre mujeres y los discursos sobre las mismas que penetran en la piel; a la enfermedad y la locura. Como una cadencia se repiten algunas frases, "Cada mujer guarda una feroz", "Escribo con el útero"; la intensidad y la corporalidad de la escritura nos remiten a una compleja feminidad,  hecha de contrapuntos. Cielo oblicuo, carne abierta, doliente, fiereza y presencia. Carne que no se desdobla más que en palabras; un estado que linda con el enamoramiento y la muerte: presencia, que se constituye en sí misma y también en la conciencia de su representación. La palabra se muestra en su duda, en su búsqueda, y hace apelación a tantas identidades femeninas ("Escribo para escuchar esas voces"): Virginia Woolf, Anne Sexton, Clarice Lispector; se construye también en base a la voz del posible hijo, que se muestra en el último capítulo y que nos brinda la última pieza que faltaba al poliedro, remitiendo al cielo de los torcidos, donde se encuentran todos aquellos "que llevan el peso del mundo en su espalda".
"Cosas de niños" en cambio se lee como un dietario, una amalgama de reflexiones ligeras -que no leves- y transitivas en torno al hecho de tener hijos. Seduce la autenticidad de la voz masculina, en una asunción plena de la paternidad a solas. La "niña" es un ente tercera persona, tan genérico como concreto, y sus descubrimientos y reflexiones reverberan en el padre. "Desde que el niño está aquí , yo también estoy siempre aquí", se dice. La hija, como el texto, vive también de manera discontinua y a la vez en un perpetuo presente, por más que los fragmentos interrelacionen diferentes edades de la misma. Y cada instantánea se conecta con puentes levadizos dobles: la vivencia del padre en su niñez (que se ve rescatada y revivida ahora) y el futuro incierto ("los hijos se tienen de prestado"). En "Cosas de niños" hay sublimidad y hay humor y tristeza, hay conciencia de la unidad  y fugacidad del tiempo. Hay perspectivismo, lo mismo nos situamos en la piel del padre como de la hija como del abuelo u otras hijas. Algunos fragmentos resultan inolvidables, como el recuerdo de las eternas navidades, "la bella impostura", o la figura de la madre difunta, cuya voz se introduce en la voz del narrador mientras habla a su hija, o bajo el papel que escribe; o la explicación de cómo los hijos "nos hacen el favor", "representan el papel de niño", solo por un tiempo. También se describen con lucidez las paradojas de ser padre, como tener miedo a la muerte, y a la vez no, porque en ellos se pervive. Aunque sin lugar a dudas lo mejor del libro son esos pequeños detalles, como la niña gritando "¡Organización!"mientras siembra el caos y no recoge ninguno de sus juguetes. O ordenando a su padre "¡lee más! ¡lee bien!" mientras este se queda dormido de agotamiento recordando a su padre dormido; la niña obligándole a jugar a lo mismo una y otra vez. Todo ello deja un sabor agridulce al lector, también sumido entre sus propios puentes generacionales personales, reviviendo en circuitos intermitentes lo que ganamos y perdemos en los días.

Wagner y García Abia: dos visiones, en suma, complementarias, que se alzan de la rutina inoculando una mirada penetrante al instante -sea transitiva o intransitiva, masculina o femenina- y haciendo del presente algo irrenunciable y único

Este texto apareció publicado en el suplemento de letras del Heraldo de Aragón el 06/11/2015

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