miércoles, 22 de julio de 2020

Rancière / Bassas. Diálogo sobre la política del lenguaje

 He tenido la ocasión feliz de leer y reseñar el libro "El litigio de las palabras" y los vericuetos de la conversación entre dos grandes, o un grande y un gigante: Xavier Bassas y Jacques Rancière.

Ha aparecido hoy en el "Diari de Tarragona" (Suplemento "Encuentros"

Este libro nos permite un privilegio: asistir al diálogo entre Jacques Rancière, un gigante de la filosofía francesa contemporánea, que fue discípulo de Althusser, siempre polemizador, con obras como El maestro ignorante o En los bordes de lo político, y Javier Bassas, un ‘sparring’ a su altura: traductor de Rancière, autor  de Jacques Rancière, El ensayo de la igualdad, y agitador de la escena filosófica de Barcelona. Y no es baladí que el libro sea un diálogo: este se construye en su forma más genuina, como discusión que se adentra en todos los meandros del pensamiento de Rancière sobre lenguaje y política; un formato dialéctico que no es nuevo en Rancière, pues aparece en obras fundamentales como El reparto de lo sensible o ¿En qué tiempo vivimos? Ahora bien, en El litigio de las palabras Bassas conjuga con especial habilidad el lugar del profesor, el traductor y el ensayista, de modo que el libro adopta muchos niveles de lectura. Tras un pertinente prefacio, cada bloque temático se abre con un discurso que permite al lector enmarcar la cuestión en la obra del autor y situarse en la posición idónea para compartir el alcance de la pregunta. Rancière, por otro lado, tiende a recusar de entrada cualquier afirmación o clasificación previa, para después proponer una construcción alternativa del concepto, donde se tiene en cuenta lo expuesto antes, como si necesitara crear desde la contradicción perpetua.

Este modo de dialogar escenifica de modo impecable la concepción del lenguaje y la igualdad según Rancière, que constituye el tema del libro: no se trata de buscar un lenguaje simplificador para salvar una supuesta distancia entre emisor y receptor, sino de construir un mundo común mediante el proceso de escritura. Y ello  poniendo en cuestión toda separación de géneros y jerarquía, buscando el desplazamiento en el sentido. El discurso filosófico, en similitud con el lenguaje literario, ha de contener tensión de sentidos, con el fin no de reforzar ninguna “convicción o consentimiento” sino de “producir una nueva manera de sentir”. Aquí radica el meollo de la vertiente política de esta escritura disensual, que ha de mostrar y subvertir la desigualdad subterránea. Quien toma la palabra, que siempre es de otro, se erige en sujeto político, y la transforma  en otro sentido, para perseguir la igualdad en el reparto de lo sensible. El arte es entendido también como acto político si, en lugar de la poética representativa y la dominante, que sería la del consenso, nos fijamos en aquellas formas que en su momento se han considerado al margen, como Don Quijote o Pantagruel: estas tendrían que ver también con la práctica del disenso como alteridad e igualdad radical.

En El litigio de las palabras, en suma, el lector puede experimentar y compartir este duelo lingüístico que alumbra nuevos significados de estética y política. A posteriori, la percepción de su propia inteligencia se habrá renovado, y también el ímpetu para continuar adelante la aventura de pensar.

 


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